EL VISADO DE ETIOPÍA

Por Miquel Silvestre
Hola, queridos amigos que seguís mis viajes en moto en este blog, en estas últimas entradas os estoy narrando una gran aventura, la que está contenida en mi nuevo libro ‘La vuelta al mundo en moto, ruta exploradores Olvidados’, en la que voy siguiendo las huellas de un viajero español del pasado en cada continente. Estamos en África buscando la tumba de Pedro Páez, descubridor de las fuentes del Nilo azul. Todavía sigo en Sudán.

Amanece un nuevo día en Jartum. Me levanto con energía, dispuesto a comerme el mundo porque hay que hacer gestiones. Hoy toca proveerse de la visa etíope para seguir viaje al sur. Salgo pronto del camping montado en Atrevida. El tráfico es espeso, pero no es terrible. La ciudad está interconectada por una especie de autovía que, salvo en algún cruce concurrido, resulta bastante fluida. Es la que tuve que cruzar ayer corriendo. El GPS indica la dirección de la mayoría de las embajadas. Por error lleva hasta la de Egipto. Son ya las 9:20 y el consejo que habían dado era estar en la de Etiopía antes de las nueve.

La embajada etíope es un gran edificio de moderna factura. Los guardas requisan cámara y móvil para poder entrar. Superado el control de entrada, aparece un jardín muy cuidado. Una placa informa de que fue inaugurado en 2010. Una vez dentro, aire acondicionado y sala de espera. Durante un rato aguardo contemplando una pantalla de televisión donde emiten noticias y videoclips de música etíope. Las cantantes y bailarinas se mueven provocativamente y enseñan cacha, pierna y ombligo. Esto es casi pornografía para los estrictos sudaneses, quienes, por otra parte, no pierden ripio de los bailoteos. Cuando llega mi turno, una joven funcionaria recibe los pasaportes originales más una copia, dos fotografías y un formulario sobre los propósitos del viaje, medio de transporte y destino principal. Me fijo en la cicatriz que tiene en su frente. Es una cruz cristiana profundamente escarificada en la carne. Requiere pagar veinte dólares en moneda exacta, pues no dan cambio. Dice que vuelva mañana, pero objeto que no puedo ir por ahí sin pasaporte, que como soy occidental la policía me detiene continuamente. La funcionaria entonces asiente y dice que, de acuerdo, que regrese hoy mismo a las dos de la tarde. Se lo agradezco sinceramente.

Cuando salgo de la embajada veo que hay puestos de fruta. Me detengo a comprar algo de verdura y una sandía. Regateo y obtengo un buen precio: por cebollas, tomates y pepinos, cinco libras, y por la sandía, siete; eso sí, tras un duro tira y afloja en el que me he subido varias veces a la moto haciendo como que me iba hasta que el tipo, que es árabe y listo, acepta el trato. No entiendo lo que dice, pero sé que está comentando a sus compañeros de parada que soy de España y que España fue árabe hace algún tiempo. Otra vez el mito de al-Ándalus, la mejor tierra que jamás conquistó el islam. Devoro media sandía allí mismo y resulta deliciosa. La mejor hasta la fecha. Mientras ando masticando la sabrosa pulpa llena de agua, azúcar y fibra, comento como quien no quiere la cosa que podría estar interesado en cambiar dólares.

—¿Cuántos dólares? —pregunta rápidamente el árabe.

—Tal vez cien —contesto.

El tipo del puesto contiguo ofrece inmediatamente trescientas libras. Es un negro de mirada penetrante y ropa muy sucia. Respondo que para eso voy a un banco, que allí hay aire acondicionado. El árabe se parte de risa y me tiende la mano. Es lo que hacen siempre que algo les hace gracia. Darte la mano. Y yo les estoy haciendo gracia. El negro no se divierte tanto, pero el aroma del dólar le ha enganchado. Comenta con unos y con otros a cuánto está el cambio. Yo sé que le dicen que lo máximo que puede conseguir son cuatrocientas libras. Así se lo digo yo también, pero añado que no le voy a pedir eso porque comprendo que tiene que ganar algo. El árabe asiente. El negro ofrece trescientas cincuenta. Me niego a aceptar ese precio, aunque sé que es mucho más que lo que conseguí ayer en el Afra Mall. Sin embargo, hoy tengo más tiempo, puedo seguir intentando obtener un cambio mejor en otro sitio. Nos rodea una pequeña multitud de vendedores y curiosos mientras nosotros negociamos sentados en sillas de plástico. Los pepinos y los tomates conforman el escenario. El tipo ofrece trescientas sesenta. Entonces le digo que me parece bien, pero que como sé que esa es su oferta, voy a preguntar por ahí a ver si encuentro algo mejor, pero que no se preocupe, que volveré mañana. El frutero metido a cambista duda. Conoce el valor de la palabra «mañana» y no le gusta. De acuerdo, accede, y ofrece trescientas setenta. Me parece bien, digo. Me da el dinero. Lo cuento. Está todo. Abro la cartera y saco cinco billetes de veinte dólares que le entrego. Todos miran. Él los cuenta cuidadosamente y examina sus dobleces para detectar algún desgarro. Están bien. Entonces hace la pregunta que yo estaba esperando:

—¿No tienes un billete grande de cien dólares?

Como ya descubrí en Dongola, los billetes de cien dólares se cotizan en Sudán más caros que los de veinte.

—Sí, sí que tengo —confirmo sacándolo de la cartera—, pero si lo quieres, tienes que pagar diez libras más.

La multitud rompe a reír. El drama se ha terminado. El árabe aplaude satisfecho. El negro bufa algo contrariado, pero asiente. Añade diez libras al montón y yo le entrego el billete de cien. Nos estrechamos la mano. Una vez aceptado el trato, somos todos amigos. Nos hemos ganado el mutuo respeto. Cargo mis compras en las maletas, monto en Atrevida y salgo levantando polvo. Todos me saludan con las manos desplegadas como velas. Han pasado un buen rato viendo la función. Nada se agradece más en África que un poco de entretenimiento gratuito. Sí, pienso para mis adentros, soy español, procedo de una tierra que un día se llamó al-Ándalus, y algo de mercader cartaginés debe de haber en la sangre que corre por mis venas.

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