DE LA CUNA DE LAS CIVILIZACIONES AL MAR QUE ARDIÓ

Por Elsi Rider
Seguimos por Irán. Mi próxima parada será Persépolis, cuna de civilizaciones y un lugar que despierta en mi un gran interés, al haber leído tanto sobre él. Por caminos de tierra y arena me voy acercando a lo que es por pleno derecho Patrimonio Mundial de la UNESCO, ciudad fundada en el año 512 A. C.y destruida por Alejandro Magno en 330 A.C.

Antes, ¡cómo no!, una parada en uno de esos lugares típicos iraníes para beber té, donde hay una especie de enorme tetera a las puertas, y como ocurre siempre que me paro con la moto aparece un montón de gente, en esta ocasión una familia que quiere fotografiarse conmigo y con la moto. El abuelo se sienta conmigo e intenta contarme un montón de cosas que lamentablemente no logro entender, el farsi es su lengua, y me apena, porque por su cara creo que me cuenta cosas realmente interesantes, así que, nos tomamos juntos el té y como una aplicada alumna le escucho y observo esos ojos marchitos llenos de anécdotas y experiencias que dan la vida.

Mi camino continúa entre pistas, esta vez dominadas por la arena, en “solitaria compañía” con Lusi, mi moto, a la que habló y que ha cobrado vida propia, al igual que el trípode, “Pepe”, que me acompaña y gracias al cual tengo algunas memorables fotografías. Estoy entrando en una especie de camino con algunas casas al fondo y veo a un anciano que me da el alto, me habla en farsi, y entiendo poco, le pido una foto y “majestuosamente” tira al suelo una especie de azada que tiene en la mano, se pone firmes, y posa para mí, le doy las gracias en persa ¡mersi!, me coge la mano y me la besa, pone su mano en el pecho y se aparta de mi para dejarme marchar. Esto, aparentemente habitual, me causó una gran sorpresa ya que en Irán los hombres no pueden tocar a las mujeres y aún menos besarlas la mano. Imaginaba mientras me iba, cual habría sido la vida de aquel anciano antes del terrible régimen de los ayatolas.

Al fin llego a Persépolis, tantas veces escuchado, leído, visto en reportajes y aquí estoy, visitando estas ruinas que contienen tanta historia. Ese día, decidí quedarme allí admirando como caía el sol entre tanta belleza. Cuando arranqué mi moto para irme, sentí una emoción intensa, pensando lo lejos que una puede llegar subida sobre dos ruedas y cargada de mucha ilusión, y es que estaba en medio de mi sueño.

Como ya he comentado, los satélites no se captan bien por estas tierras y paro en una especie de acuartelamiento a preguntar. Al contrario de lo que podría imaginar, con una simple explicación sin más se acercan policías y militares para charlar conmigo y decirme antes de nada “Big Moto BMW”, mientras levanta su dedo pulgar. Después de sacarme un plano para indicarme por donde tenía que ir, pues no quería circular por carretera convencional, quería ir por la montaña y entre el desierto, que, por extraño que suene, aquí hay una combinación de ambos de extraordinaria belleza.

Mi moto entra en reserva, no hay gasolineras a mano, me quedo sin combustible y allí parada en una carretera a la que consigo acceder, al rato se acerca una familia que no solamente va a buscarme gasolina, sino que ni tan siquiera me la quiere cobrar. Me ofrecen té y comida y charlamos sobre su país y sobre el mío. En un papel escribe su teléfono y dirección por si tengo algún problema o simplemente quiero pasar unos días en su casa y es que la gente iraní es así, hospitalaria, sin más. Reconozco que al principio desconfiaba de segundas intenciones, pero no las hay, acaso la curiosidad de charlar con alguien de fuera de sus fronteras por inquietud.

Decido seguir mi viaje, así que continuo dirección a Shiraz, que para mi sorpresa es una ciudad de contrastes, donde puedes ver un chico con crestas en el pelo al lado de otro vestido de la forma más tradicional y es que si algo pude ver, es que el país persa es un país donde chocan  modernidad y tradición, quizás esa especie de “revolución” que observé entre la gente joven: ellas con prendas cada vez más ceñidas y el velo cada vez dejando ver más cabello, ellos con peinados y ropa muy moderna rompiendo con ese tradicionalismo instaurado después de la revolución.

Mi llegada es, como todas las llegadas a las grandes ciudades iraníes, entre el caos y el loco tráfico de Irán. En el centro de la ciudad están todas las calles cortadas, se preparan para el desfile del Muharram por la noche. Unos policías que hay por allí intentan dar cierta fluidez al tráfico, al pararme a su lado enseguida vienen y como ocurre siempre, una vez más, charlamos y todos quieren una foto conmigo, preguntándome por la moto; después, me indican y salgo del centro para alojarme en un hotel de lujo por 60 euros, sí 60, y es que Irán te permite este tipo de cosas. Mi entrada es “triunfal”, bajando todo el staff a recibirme y hacerse fotos conmigo, es excepcional ver allí una moto de estas características, me dicen, “pero más excepcional es que sea usted una mujer”, reconocen.

En mis paseos por Shiraz, mucha gente se acerca para hablar conmigo. Camino entre sus comercios y en medio de la preparación de la comida para la festividad del Muharram, que la hacen los hombres. Les pregunto con mi cámara en la mano si puedo sacar fotos y me intentan explicar lo que hacen, pero una vez más en farsi, y aunque no logro entenderles, si veo que es toda una celebración que se vive en la calle.

Shiraz es una ciudad especial, la ciudad de los poetas, dicen, repleta de cultura, bonitos edificios y espectaculares jardines. Paradójicamente, en un país donde está prohibido el alcohol, esta ciudad es famosa por sus vinos.

Y bueno, ya que estaba relativamente cerca, me dirigiré hasta el Golfo Pérsico que está a poco menos de 400 kilómetros. Tengo ganas de ver con mis propios ojos aquellas famosas aguas que tantas veces vimos arder en televisión, cuando la famosa invasión de la coalición internacional liderada por Estados Unidos contra la República de Irak en respuesta a la ocupación de Kuwait.

El camino continúa y voy disfrutando de él a cada kilómetro, viviendo consciente cada momento, único e irrepetible.

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