RODANDO (AL FIN) POR CENTROAMÉRICA

Por Agustín Ostos
Siempre que creo seguir una dirección me acabo dando cuenta de que no es sino una fantasía, una falacia de los mapas. Porque la única dirección cierta es la de cómo vivimos el día a día, hora a hora, minuto a minuto. Y yo aquel día, en aquella hora, en aquel minuto quería hacer algo en la Laguna de San Carlos que llevaba tiempo esperando.

Custodiada por el Cerro Picacho, la Laguna de San Carlos es una hermosa acumulación de agua proveniente de las lluvias atraídas por la elevación del cerro, a casi mil metros sobre el nivel del mar. Su majestuosidad y exuberancia hacen que sea un lugar digno donde acampar o hacer un alto en el camino para dar a un cuarzo un nuevo hogar donde descansar e hibernar hasta esperar, pacientemente, los tiempos por llegar.

Y por fin, tras el gran diluvio universal, llegué al Valle de Antón, un pueblo de casi ocho mil habitantes a 600 metros sobre el nivel del mar que, según los geólogos, está ubicado en el cráter o caldera de un antiquísimo volcán, donde pasé dos noches para después dirigirme a Santa Catalina, un pueblo de pescadores y surferos al que me habían recomendado ir.

Y así, alejado del espejismo de los rascacielos de la capital, fui avanzando por Panamá, alternando soles con lluvia y lluvia con soles y recordando que charlas sin importancia en lugares sin importancia son los momentos que van conformando la base de aquello a lo que soy adicto llamado viajar. Así fui conociendo la Panamá profunda, la Panamá real, la que vive al margen de los lugares visitados por turistas. Así viajo yo, así documento, poquito a poco, pedazos y retazos de nuestro tiempo.

Deja tu comentario