A TÚNEZ CON CARDINALIA EN BMW: PURO IMPRESIONISMO EMOCIONAL

Viajar implica un ejercicio de humildad para tocar el alma de cada rincón y conocer aquello que los hace diferentes, enriqueciéndonos de la experiencia. Recorrer el sur de Túnez sobre una BMW, allí donde los horizontes dibujan líneas entre la realidad y el espejismo, es abandonarse al universo de la luz en el mundo de los “hombres libres”, donde las tradiciones ancestrales se mantienen vivas y se trasmiten oralmente, donde la naturaleza se desahoga con cuchilladas en la roca esculpiendo cañones donde la vida brota con ímpetu y la tierra abraza a sus gentes dándoles morada.

Con la imagen de la Tabla de Jugurtha en nuestros retrovisores, ponemos rumbo al Gran Erg, pero de camino sucumbiremos a ese territorio milenario que nos abre las puertas del mítico Sáhara, donde los oasis de montaña se abren al cielo inmenso desde sugerentes rincones, allí donde aún se habla la lengua bereber y los espejismos evocan caravanas de mercaderes, donde perviven la arquitectura de los Ksour y las viviendas trogloditas.

Allí donde la magia existe se extiende una tierra de película preñada de lugares en los que el silencio y la imaginación desgranan sueños e ilusiones, ensoñaciones de leyenda y los deseos valientes de vivir experiencias únicas.

El reino bereber

Cruzando las altas mesetas que separan las cadenas montañosas del norte y las áridas estepas del centro de Túnez, el aire, cada vez más seco, se cuela por el casco con un aroma a desierto. Poco a poco la excitación va en aumento al presentir que las próximas jornadas no estarán exentas de un romántico sentir aventurero, mientras a los lados de la carretera se abren inmensos campos de olivos cuyo origen entenderemos más tarde.

Todo ello forma un cóctel de evocaciones históricas y culturales que se mezclan con el exotismo que ansiamos encontrar más allá de la línea del horizonte.

De pronto, cuando en el imaginario personal ya se había instalado la imagen del indómito mundo bereber, Sbeitla despliega todo su esplendor bajo la cálida luz del atardecer. Fundada por los romanos durante la expansión de Vespasiano, alcanzó su máximo apogeo económico en el siglo II gracias al floreciente cultivo del olivar y la elaboración de aceite de oliva, como lo atestiguan las numerosas prensas de la época que se conservan. Del periodo imperial quedan magníficos ejemplos como las termas, el teatro, el foro, el arco del triunfo de Diocleciano, la puerta de Antonino y el capitolio con los tres templos dedicados a los dioses Júpiter, Juno y Minerva.

Tras el colapso del Imperio Romano, Sbeitla corrió la misma suerte, pero el establecimiento de los bizantinos, que trasladaron aquí la capital desde Cartago y se independizaron de Bizancio, significó un renacer esplendoroso de la ciudad. Se construyeron numerosos lugares de culto cristianos que contribuyeron a una regeneración urbana muy particular, hasta que fuera conquistada por los árabes y utilizada como lanzadera para las futuras campañas que propiciarían su expansión por todo el norte de África.

Después de una agradable velada y un descanso reparador en el Byzacene Hotel-Resort, los depósitos llenos de gasolina y una curiosidad insaciable por descubrir nuevos parajes y por saber más de la cultura tunecina, partimos en dirección suroeste hasta casi rozar la frontera argelina.

Después de tres horas de camino por un paisaje cada vez más árido que me recuerda la importancia del agua, ese “oro líquido” como se denomina en la cultura árabe, en el horizonte se dibuja la silueta de suaves montañas que esconden varios tesoros naturales.

Siempre me pasa lo mismo cuando viajo con el tiempo suficiente para dar rienda suelta a mi ansia cognitiva y termino enamorándome de cada lugar. Viajar en moto es uno de los mayores placeres de la vida y hacerlo en muchos parajes de Túnez se convierte en poesía.

Este es un escenario en el que el concepto de “Impresionismo emocional”, tan aplicado a la obra del genial cineasta Luis Buñuel, encontraría un magnífico ejemplo, pues el país debe mirarse con perspectiva para comprender mejor el alma del gran lienzo que forman los pequeños detalles.

Con una excitante, aunque errónea, sensación de estar en medio de ninguna parte un cartel anuncia la llegada a la localidad minera de Al-Rudayyif, punto de entrada y salida de la ruta circular entre los oasis de montaña y las gargantas de Selja. Esta zona es tristemente conocida por la guerra de El Alamein durante la Segunda Guerra Mundial y es aquí donde encontramos la “Pista de Rommel”, el general nazi también conocido como “el zorro del desierto”. Erwin Rommel la mandó construir para evitar que los tanques Panzers se hundieran en la arena durante la retirada de las tropas del África Korps. Hoy es un increíble camino de losas de hormigón de baja dificultad para las trail, en cuyos puntos más elevados es posible ver el resplandor cegador del lago salado Chott El Jerid en contraposición a la misteriosa belleza del valle encañonado.

El tramo es una combinación de paisajes de tonalidades cambiantes y emociones que luchan por hacerse un hueco en nuestra memoria, tanto por la singularidad del paraje como por el recuerdo de las muchas vidas que allí terminaron.

Continuamos hacia el oeste e inesperadamente me percato de que la tierra se va partiendo abruptamente para alojar los oasis de montaña de Chebika, Tamerza y Mides, emocionantes ecosistemas en los que el agua fluye con generosidad en forma de cauces que bien pudieran parecerse al Edén. En Chebika, el río desciende formando cascadas y riachuelos, mientras la antigua ciudad de Tamerza, abandonada como si fuera un pueblo fantasma, se encuentra en el mayor oasis de Túnez de estas características, alimentado por un rio que nace en una cascada de más de cuatro metros de altura, algo poco común en un desierto. Por su parte, Mides se suspende al borde de un vertiginoso cañón ofreciendo un espectáculo impresionante, en cuyas entrañas se rodaron algunas escenas de ‘El Paciente Inglés’ y de ‘Star Wars’.

El olor del desierto

El aire huele cada vez más a desierto y la luz cegadora del Gran Erg invade un paisaje que desata el imaginario de desafíos y experiencias en la plenitud de la inmensidad.

Con la adrenalina corriendo alocadamente, llegamos a la puerta occidental del desierto tunecino. Como surgida de las doradas arenas, Tozeur, la que fuera el límite meridional del Imperio Romano, se alza en un inmenso oasis de cientos de miles de palmeras, atrapando el resplandor refulgente del desierto en sus callejuelas para hacer del paseo un ejercicio de ensoñación permanente. Por encima de los puestos callejeros de venta artesanos y el vibrante ir y venir de gentes, se alzan bellos edificios construidos con las típicas fachadas de ladrillo con formas geométricas para dar identidad propia a Tozeur, entre los que destaca el minarete de la mezquita que al tiempo actúa como un faro para orientarse dentro de la urbe o desde la lejanía del desierto.

Ya en el siglo XIV la ciudad era un importante centro comercial al que llegaban las caravanas de mercaderes desde el centro de África, lo que le aportó un toque de exotismo cosmopolita que aún conserva y que se aprecia también en el tiempo que transita a distinta velocidad, algo que incluso inspiró a Franco Battiato al componer la canción ‘Los trenes de Tozeur’.

Especialmente pedagógica resulta la visita al Museo de las Artes y Tradiciones populares, Museo Dar Chraiet. Instalado en la cúpula de Sidi Bou Aisa, la que fuera una escuela coránica de mediados del siglo XIV, hoy es una magnífica muestra de los modos de vida locales. Otro punto de interés es el impresionante palmeral con más de trescientos mil ejemplares que hacen de Tozeur el mayor productor tunecino de los dátiles conocidos como “dedos de luz”.

El día termina con otra sorpresa al llegar a nuestro alojamiento. El Anantara Sahara-Tozeur es en sí mismo una experiencia, tanto por el sugerente resort rodeado de dunas, como por la sensación de contemplar el atardecer sobre el desierto desde mi villa, haciendo del descanso un momento emocionante.

La magia del lugar y el procesado de tantas sensaciones de días pasados invitan a una bajada de revoluciones y a tomarnos el día con otro ritmo, pero como la curiosidad no conoce límites, ese punto de relajación tiene poco recorrido.

Bajo un cielo azul de intensidad casi dolorosa buscamos un punto de disfrute más cinematográfico, así que en apenas cuarenta minutos por una carretera que sortea dunas y rebaños de camellos llegamos a Mos Spa. En medio de una explanada brillante por los restos de sal que afloran desde el subsuelo, al abrigo de imponentes dunas, se alza esa ciudad artificial perteneciente al planeta imaginario de Tatooine en el universo de ‘Star Wars’. Rodar con nuestras motos por el mismo escenario de los planos-secuencia de la saga que todos tenemos en la memoria fue realmente divertido.

Volvemos sobre nuestras roderas hasta Tozeur para recalibrar la brújula imaginaria que nos adentrará en lo más genuino del “reino bereber”. Por carreteras solitarias y algunas veces de asfalto indefinido, pero sugerentes por el puntito salvaje que aportan, cruzamos tierras cada vez más desérticas con la arena traída por el viento invadiendo la calzada. De pronto, la visión de un espejo de proporciones infinitas sobre la tierra anula cualquier otro punto de atención, dejándome a merced del increíble espectáculo con mis puntos de fuga allí donde se producían los espejismos. Aquím la carretera se vuelve perfectamente recta durante más de una treintena de kilómetros, atravesando el lago salado Chott El Jerid, el mismo que, según Herodoto, fue alcanzado por los Argonautas con el barco Argo. Geológicamente, es la mayor superficie salina del Sáhara con siete mil kilómetros cuadrados y una altitud que oscila entre los diez y los veinticinco metros sobre el nivel del mar. Según la época del año, sus tonalidades varían del blanco al verde claro, pasando por el púrpura, pero siempre es un fotograma imposible de olvidar que en ocasiones se ha convertido en plató cinematográfico como en el rodaje de ‘Star Wars’.

Dejamos atrás este escenario plateado para seguir rumbo al desierto a través de Douz, también conocida como “la puerta del desierto”, por tierras transitadas en el pasado por los bereberes Mrazig. Nuestro destino es un territorio cautivador en el que sonaron cañones de guerra y donde algunos fuertes romanos, construidos como línea defensiva de la frontera sur del Imperio, sobreviven desafiando el horizonte infinito. Ese lugar se llama Ksar Ghilane, un maravilloso oasis de aguas termales que cada día despierta con la mágica luz del amanecer y la ensoñación romántica de las caravanas de mercaderes. Hasta allí llegamos con nuestras motos y el ronroneo bicilíndrico dio paso al silencio sobrecogedor del desierto sin darnos cuenta, como si una fuerza interior nos empujase a abandonarnos al embrujo del momento.

Nunca olvidaré un comentario de mi amiga tunecina Leila Tekaia aludiendo a que llegar a esa parte del Sáhara podría ser algo trascendental, pues el desierto allí es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Sintiendo mil sensaciones provocadas por ese momento casi místico de la salida del sol, comprendí sus palabras. Recordé las jornadas pasadas en las que sufrí algún desengaño por parte de quienes se decían amigos, pero aprendí a ser más generoso con quienes en todo momento se habían mantenido fieles y con su recuerdo me quedo.

En busca del epicentro bereber

Pasado el momento reflexivo de la salida del sol nos ponemos en camino hacia el epicentro de la tierra bereber en busca de lo más genuino de su cultura y modos de vida. El árido paisaje de montañas, llanuras y picos escarpados custodia la genuina arquitectura de los Ksour, construcciones semejantes a colmenas integradas en la roca. Estos graneros fortificados como el Ksar Ouled Dabbab, hoy convertido en un lujoso hotel, eran antiguamente puntos de encuentro de los nómadas que almacenaban allí sus mercancías para protegerlas de los saqueadores. Ksar Hadada es un magnífico ejemplo de viviendas y graneros bereberes, cuyo magnífico estado de conservación fue determinante para ser convertido en plató de cine en el rodaje del episodio ‘La Amenaza del Fantasma’ de ‘Star Wars’. Chenini es el único pueblo de cresta aún habitado por una comunidad bereber con casas excavadas en la roca y su Ksar de montaña dominando la meseta de Dhahar. Además, se mantiene en pie la legendaria mezquita blanca de “Los Siete Durmientes” y el uso cotidiano de la lengua bereber.

La tarde avanza y nos encaminamos a la isla de Djerba por carreteras que poco a poco van mejorando de estado. Todo indicaba que sería un viaje tranquilo y placentero hasta que en medio de una larga recta ocurrió lo peor. Circulábamos en perfecta formación en línea y abriendo la caravana rodaba nuestro querido amigo Ben Ghachem Elyes, miembro del BMW Motorrad Tunisie, cuando una furgoneta invadió el carril contrario llevándoselo por delante. Es difícil describir la desolación y la rabia que nos invadió, mientras nos saltaban lágrimas de dolor y de incredulidad. En ese momento, todos en shock nos vinimos abajo y las palabras no salían… Falleció dos días más tarde. Vaya desde aquí mi profundo recuerdo y mi más sentido agradecimiento por su ayuda y su saber estar.

Con el corazón encogido llegamos a Djerba, la misteriosa e histórica isla famosa por ser la de los comedores de loto en la ‘Odisea’ de Homero, hoy convertida en uno de los más deseados destinos de vacaciones de Túnez. Más allá de las paradisiacas playas, el paraje guarda muchas más sorpresas como puertos pesqueros de artes ancestrales, una arquitectura civil y religiosa única en todo el país, un arte urbano emergente, talleres artesanos, una gastronomía marinera suculenta y hasta una fortaleza española del siglo XIV.

Con el cuerpo descansado, pero sin aliviarnos del disgusto por el accidente de nuestro amigo, embarcamos en un trasbordador rumbo de nuevo al continente. Nuestro siguiente punto de parada es otro de esos escenarios míticos. Con una estampa imponente nos recibe el coliseo romano de El Djem. Construido en el siglo III d.C, es el tercero más grande del mundo con una capacidad de treinta y cinco mil espectadores y un magnífico estado de conservación, por lo que ha sido utilizado como escenario para spots de televisión y para rodajes cinematográficos como ‘Gladiator’.

Emocionados por hacer realidad un sueño, gracias a la intermediación de mi amiga Leila Tekaia y con exquisito cuidado para no causar ningún daño a este monumento Patrimonio de la Humanidad, pudimos entrar con nuestras motos a la arena de los gladiadores y hacernos una foto única e irrepetible. El momento fue de un simbolismo muy especial, pues de alguna manera habíamos llegado al corazón de uno de los monumentos más representativos del Imperio Romano que aún se mantiene en pie.

Kairouan, Patrimonio de la Humanidad

Después de hacer noche en el magnífico hotel Mövenpick Resort & Marine Spa Sousse, disfrutando de las vistas impresionantes de la fabulosa playa, ponemos rumbo a Kairouan, la ciudad más antigua de Túnez y Patrimonio de la Humanidad. De su rico pasado nos hablan los muchos monumentos y su arquitectura islámica, destacando por encima de todos la Gran Mezquita, una de las más antiguas del mundo. Sus más de cuatrocientas columnas sostienen una historia rica en elementos decorativos desde el año 671 y las enormes dimensiones del patio interior le dan una grandiosidad fuera de lo común.

La ciudad cuenta con otro medio centenar de templos religiosos, por lo que Kairouan, además de ser una urbe vibrante y acogedora de gente amable, está considerada como la cuarta ciudad más importante del Islam después de la Meca, Fez y Jerusalén.

Especialmente interesante son los zocos medievales, donde se venden todo tipo de artesanía como cerámicas, cuero, joyas, tapices y alfombras de lana tejidas a mano, entre otras muchas maravillas.

Nuestro viaje toca a su fin y qué mejor lugar para hacerlo que la capital del país. Cuenta la leyenda que la reina fenicia Dido, exiliada por su hermano Pigmalión, llegó a las costas de África para encontrar asilo pidiendo refugio al rey Jarbas. Este le prometió que le daría tanta tierra como ella pudiera abarcar con una piel de buey. Dido cortó la piel en tiras finas y las unió para formar una cuerda, cerrando el espacio en el que hizo erigir una fortaleza llamada Brisa que más tarde se convertiría en la ciudad de Cartago, germen de la ciudad de Túnez. Recorrer sus calles es como deambular por los siglos que han dejado sus huellas de múltiples maneras. Un buen punto de partida es el Museo Nacional del Bardo, antiguo palacio de los monarcas otomanos que alberga la mayor colección de mosaicos romanos en el mundo. Pasear la Medina de Túnez, declarada Patrimonio de la Humanidad, donde se hallan sus monumentos y los zocos tradicionales llenos de mercancías típicas, la plaza de la Kasbah, las mezquitas de Ezzitouna y la de Hammouda Pacha y los muchos puestos para degustar auténtica comida tunecina es una experiencia vibrante e inolvidable.

Cartago, antigua capital del imperio púnico, junto a la colina de Byrsa, al Tofeto, a los antiguos puertos púnicos y a las termas del emperador Antonino constituyen la mejor lección de un periodo clave en la historia universal.

Muy cerca se encuentra Sidi Bou Said, el pueblo más pintoresco en la bahía, famoso por sus hermosas casas pintadas de azul y blanco con sus bellos balcones decorados con arabescos y por las fantásticas vistas del golfo de Túnez. No se puede abandonar este idílico lugar sin probar el delicioso “bambalouni”, los típicos bollos artesanos elaborados con una pasta de harina frita en aceite y espolvoreados con azúcar.

Túnez es un genuino paraíso, un universo de contrastes coexistentes que he tenido la fortuna de conocer desde diferentes ángulos y al que prometo volver con la humildad necesaria para seguir aprendiendo.

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