‘LA RUTA DEL AGUA II’ DE ALFONSO GORDON CON SU R 1200 GS ADV: “IRÉ DESDE SUDÁFRICA HASTA ATAPAR, KENIA, PARA CELEBRAR QUE LA GENTE AHORA COME Y TIENE AGUA TODOS LOS DÍAS GRACIAS A LOS RIDERS”

Por José Mª Alegre
Alfonso Gordon (Madrid, 1962) viajó a Kenia con su R 1200 GS Adventure en 2018 para hacer un pozo en la misión de Kokuselei, en el poblado de Atapar, en Turkana, “un pozo de agua que se hizo gracias a las donaciones de los riders”. El próximo enero, este motero solidario volverá en su BMW al país africano nuevamente para celebrar la puesta en marcha de un huerto financiado igualmente con donaciones captadas por él. “Ahora, comen y beben todos los días. La vida les ha cambiado gracias a toda la gente que ayudó.

Antes, las mujeres tenían que caminar ocho horas diarias para coger agua y desde que se construyó el pozo, en enero de 2019, eso dejó de ser así. Luego, hablando con las misioneras, decidimos dar el segundo paso, financiar un huerto para que pudieran comer todos los días”, explica Gordon.

Pregunta. Antes de abordar la nueva aventura que iniciarás en enero de 2022, ¿cómo fue esa primera ‘Ruta del agua’ en 2018, hubo alguna situación complicada?

Respuesta. En ese viaje tuve dos días complicados. En realidad, el viaje fue sobre raíles, una experiencia súper intensa, porque, además, cada vez que paraba en un pueblito con la moto, yo no sé si piensan que eres un extraterrestre o un astronauta, pero el pueblo entero viene a verte y a preguntarte qué quieres. La hospitalidad es brutal, increíble, pero esos dos días complicados fueron, primero, la llegada a Etiopía desde Sudán. Ese fue el primer día de enfrentamientos entre tribus hostiles, que luego han desembocado en una guerra civil y ahora tiene al país con las fronteras cerradas. Justo al pasar la aduana, me dicen que no puedo ir solo, que no pasa nada, pero por precaución me van a poner un convoy militarizado. El caso es que el ‘todo bien’ se convirtió en un tiroteo con cuerpo a tierra incluido; pero aquello pasó, forma parte de la aventura, agradezco la mili, de todas maneras (apunta con una sonrisa).

El segundo día complicado fue a poco de llegar a Kenia para cruzar la frontera y llegar a la misión. Sobre el mapa eran 80 kilómetros de camino, o sea, pan comido. Pasada la frontera, que es ficticia porque no hay puesto fronterizo, unos locales me indicaron mal y me metí con la moto en un arenal asqueroso y te puedes imaginar la 1200 GS Adventure cargada con equipaje a lo bestia ¿qué hace en un arenal? Clavarse. Entonces, se me clavó la primera vez, conseguí sacarla, se me clavó la segunda, y entonces tuve que ir a pedir ayuda a un poblado a dos kilómetros. Por hacerlo sencillo, necesitamos seis horas para hacer kilómetro y medio y acabamos todos agotados. Cuando estaba negociando donde iba a dormir, porque esa es zona de conflicto y no podía acampar, ‘cómo te vean solo con la moto, ahí te quedas’, aseguró el único que chapurreaba inglés, apareció el coche de la misión, se detuvo, conseguimos subir la moto y los últimos 20 kilómetros de la ‘Ruta del agua 1’ los hice subido en un pick up, una forma poco digna, pero llegué.

P. Y ahora vuelves a Turkana…

R. En 2019, después de que el pozo fuera una realidad, yo les prometí a los locales del pueblito de Atapar que volvería a celebrarlo, porque uno de los momentos más increíbles de mi vida fue cuando, debajo de un árbol, les dijimos que iba a llegar el agua, al principio no se lo creían y luego se montó una fiesta increíble. Y si el paso uno es el agua, el dos es la comida y si le das al poblado un aporte de agua constante, lo siguiente es que puedan comer todos los días, porque hasta entonces comían cuando tenían algo y entonces pensamos en hacer un huerto. La ‘Ruta del agua 2’ es un viaje que se tenía que haber hecho en 2020, para financiar el huerto para el poblado de Atapar, pero, primero por el Covid y luego por la enfermedad de mi padre, no se pudo hacer hasta ahora. 

Para hacer el pozo que da agua al poblado de Atapar, fue necesaria una inversión de “15.000 euros, de los cuales, aproximadamente un tercio, cinco mil, salieron de eventos, que fueron unas cenas benéficas que organicé y casi 10.000 euros, fueron de moteros, de 25 en 25 euros, como digo yo. O sea, de gente que me iba siguiendo por redes sociales, gente que me veía gracias a los BMW Motorrad Days, que yo nunca podré estar más agradecido a BMW, riders que supieron del proyecto y daban lo que podían; y luego hubo un donativo fuerte de un particular, pero, ya te digo, la mitad del proyecto fue de gente motera, alucinante”, reconoce Alfonso.

“La ruta, en principio, saldrá de Ciudad del Cabo, para subir a Namibia y llegar a las cataratas Victoria, de ahí a Zambia, Malaui, Tanzania y Uganda, hasta llegar a Kenia. Serán 15.000 km en un mes y medio o dos meses”

P. ¿El motero es particularmente solidario?

R. Yo creo que sí, porque no ha habido nadie que no le haya contado la historia que no haya intentado echar una mano o bien con dinero o ayudándome con la promoción del proyecto, distribuyendo o compartiendo. A mí, la experiencia me dice que sí y mucho.

Huerto, el de Atapar, que se iba a financiar de la misma forma que el pozo de agua, “pero de repente llegó el Covid -prosigue el rider-, no hubo BMW Motorrad Days, no pude exponer el proyecto en ningún lado, no pude hacer cenas benéficas porque la hostelería estaba cerrada y cuando llevaba seis mil euros recogidos de un proyecto total de 25.000, que es lo que cuesta el huerto, apareció un donante anónimo; al parecer, le pusieron varios proyectos delante y no se sabe por qué, pero escogió el nuestro y el huerto está financiado. La diferencia de la ‘Ruta del agua 2’ con la 1, es que al contrario que en la anterior voy a ver un proyecto que está terminado y funcionando. De esta forma, un poblado, que cogimos los otros prácticamente en la prehistoria en el año 2018, a día de hoy llevan 300 kilos de tomates de excedentes. Entonces, comen y beben todos los días sin moverse del poblado, trabajando”.

Pero la transformación no solo se ha producido a nivel existencial, sino que “les ha cambiado la vida del todo, porque además eso cambia la estructura social del pueblo, porque cuando son nómadas y pastores, quien tiene el dinero es el hombre, que es el que cuida el ganado y claro, digamos que muy feministas no son. Entonces, a las mujeres de Turkana les encanta que el hombre se case con otra porque así reparten la paliza, dicho por una de ellas. El huerto en un poblado lo controlan las mujeres, generalmente la comida la controlan ellas y ahora son ellas las que hacen el aporte de dinero al hogar y ahora la mujer le dice al hombre, ‘cuidadito o te portas bien o te vas’. Así pues, es increíble cómo puedes llegar a cambiar las dinámicas sociales solo con la comida”, apunta Alfonso.

P. En la ‘Ruta del agua 1’, viajaste de arriba abajo, o sea, llegaste a Egipto y bajaste hasta Sudán, Etiopía y Kenia, nueve mil kilómetros hasta la misión. En esta ocasión lo haces al revés, desde Sudáfrica, dónde la moto llegará en barco, encontrándote con ella para subir hasta Turkana, toda una aventura…

R. El recorrido es más largo, el kilometraje final no sabemos cuál será, porque hay varias incógnitas por el camino, no sé si voy a poder entrar en Uganda. Pero la ruta, en principio, saldrá de Ciudad del Cabo, para subir a Namibia, cruzar hasta el norte, entrar en el Caprivi y llegar a las cataratas Victoria. De allí a Zambia y Malaui, porque los misioneros tienen una misión allí y me han pedido que les haga un reportaje. Seguiré hasta Tanzania y, dependiendo de cómo vaya de tiempo y cómo estén las carreteras, me iré a Uganda, porque ya sabes que mi gran pasión es la fotografía de fauna y me gustaría fotografiar los gorilas espalda plateada de Uganda. Si no, iré derecho a Kenia. Si hago el recorrido corto, me iré a once o doce mil kilómetros y si consigo ir a todos los sitios que tengo pensado, serán 15.000. Eso, en un mes y medio o dos meses, como mucho, porque no tengo más tiempo. Me dejaré muchas cosas por ver, pero no se puede hacer todo”, se resigna.

“En Abu estaba aterrorizado pensando que al día siguiente entraba en Sudán y yo pensando ‘pero quién me manda venirme en moto aquí’. No me di la vuelta porque había prometido llegar a Turkana y yo para eso soy muy testarudo, pero estaba aterrorizado”

P. Al igual que el anterior, el viaje tiene básicamente un componente solidario, como has explicado, pero ¿hay otros motivos que te empujan a hacerlo?

R. Hay varios. El primero es el solidario, porque el origen de este proyecto siempre es la relación con las misioneras. En concreto con una de ellas, Alexia, con quien coordino todos los proyectos. Hay otro que es ‘que te quiten lo bailado’, ¿quién puede decir que se ha cruzado África en moto en solitario? Cuando era pequeñito, mi padre, que ya sabes que era muy aficionado a las motos, tenía una Impala y yo empecé con la afición con esa moto detrás suyo. Entonces, me regaló un libro titulado ‘Operación Impala’, libro de promoción que sacó Montesa cuando lanzó el modelo y que plasmaba la aventura de tres tíos que se fueron en tres Impalas a hacer Sudáfrica-El Cairo y me quedé hipnotizado con el viaje y siempre pensaba ‘cómo me gustaría atravesar África’. Cuando surgió la ‘Ruta del agua 1’ y llegue a Kenia, siempre pensaba ‘me he dejado medio continente por recorrer’ y este es el otro motivo del viaje. Y luego, que lo prometí.

P. En la primera entrevista, me hiciste una confesión, que tu padre, que tenía 81 años entonces y con el que estabas muy unido, le hubiera encantado acompañarte en ese viaje africano. Desgraciadamente, él ya no está al haber fallecido recientemente, me imagino que estará más presente que nunca en tus pensamientos durante tu periplo…

R. (Pausa muy larga, Alfonso se emociona al pensar en su padre). Sí. Ha fallecido hace un mes (de nuevo la emoción le embarga ahogando sus palabras). Sí, va a venir y estará más presente que nunca. De hecho, cuando antes he dicho que lo había prometido, se lo había prometido a él.

P. ¿Eres consciente de los peligros del viaje, como se gestiona el miedo?

R. En realidad, no suele haber miedo, quiero decir, no suele pasar nada. Para mí la gran lección en el primer viaje fue el día que estaba en Abu Simbel, en Egipto, y estaba a punto de entrar en Sudán y recuerdo que ese día estaba aterrorizado y es más, yo tengo un equipo de tres amigos que me siguen desde España, porque además llevo un dispositivo de spot satelital y como precaución ellos me van siguiendo, son gente muy viajera, gente que no se asusta. Y aquel día en Abu yo estaba aterrorizado pensando que al día siguiente entraba en Sudán y como Sudán tiene ese aura de misterio, de guerra, de terrorismo, y yo pensando ‘pero quién me manda venirme en moto aquí; yo porque tengo que entrar mañana en Sudán?’. No me di la vuelta porque había prometido llegar a Turkana y yo para eso soy muy testarudo, pero estaba aterrorizado ese día.

Pero ocurrió un hecho, banal si se quiere, pero transcendental para que el conato de miedo que agarrotaba a Gordon desapareciera. “Justo cuando estaba mandando un video a mis amigos diciéndoles ‘estoy aterrorizado y no sé qué hacer’, de repente escucho un sonido de descorche. Me giro y veo en la mesa de al lado a tres señoras, una muy mayor, otra de edad intermedia y una niña abriendo una botella de vino francés, que en Egipto está más que prohibido venderlo, y llevaba sin probar una cerveza diez días, se me fue el miedo y lo único que pregunté fue ‘¿qué tiene que hacer un español para probar una copita de ese vino?’ y me dicen las francesas ‘pues, cenar con nosotras’, ‘vale, pero, yo invito’, ‘fenomenal’, respondieron. Resulta que era una empleada de la embajada francesa que le estaba enseñando a su madre y a su sobrina aquello y se había llevado la botella. Ahí desapareció el miedo, al día siguiente entré en Sudán y fue el país más hospitalario que he visitado en mi vida y llevo 39”, proclama el motoviajero.

“El miedo en sí es tuyo y lo que debes hacer es no hacerle caso. Si yo hago caso al miedo aquel día no hubiera acabado el viaje y me hubiera perdido todo Sudán, todo Etiopía, llegar a Turkana y algunas de las experiencias más bonitas que he tenido en mi vida”

Episodio del que Gordon extrae una conclusión, “que el miedo en realidad es tuyo. Por supuesto, tú siempre tienes que valorar el riesgo y preguntar a la gente local cómo están las cosas, si se puede o no entrar, pero el miedo en sí es tuyo, lo tienes aquí en la mente y lo que debes hacer es no hacerle caso, porque si lo haces no harás nada. Si yo hago caso al miedo aquel día no hubiera acabado el viaje y me hubiera perdido todo Sudán, todo Etiopía, llegar a Turkana y algunas de las experiencias más bonitas que he tenido en mi vida”. 

P. Estás al filo de los sesenta, y algunos piensan que esa ya no es edad para aventuras como la tuya. ¿Algo que declarar, señor aventurero?

R. Que se las van a perder todas. Yo seguiré viajando hasta que no me pueda subir a una GS y cuando no me pueda subir a una GS, me subiré a una Transcontinental, que me tiene enamorado perdido, iré por autopista, pero seguiré viajando. Y cuando ya no pueda conducir una moto, intentaré que me lleve mi hijo y si no me acordaré de los viajes que he hecho a partir de los 60.

P. O sea, que no hay edad para ir en moto y menos si es una R 18 Transcontinental como dices…

R. Qué tú has probado, que yo sé (risas de ambos). No, no hay edad. Tenemos auténticos viajeros hoy en día con más de 60 años que están disfrutando como niños chicos. La edad es una limitación mental.

La BMW R 1200 GS Adventure de Alfonso con la que viajará a Kenia “tiene ochenta y algo mil kilómetros. La compré en 2018 con quince mil, o sea desde entonces hasta ahora, con el Covid en medio, le hemos hecho 65.000 kilómetros (Y bien, ¿no?) ¡Ah, feliz! Es una moto eterna. El motor bóxer me tiene completamente enamorado. Es verdad que es pesada, pero como yo no voy como Agustín (Ostos) o Charly (Sinewan), que se meten por berenjenales, yo voy por lugares tranquilitos, por pistas pisadas, para eso la moto es perfecta, es alucinante. (¿Cómo se comportó en la ‘Ruta del agua1?) Ni un pinchazo, le decía a la gente ‘es como si hubiera ido a Cuenca, pero un poco más lejos’. Y atropellé a una vaca, o sea, la vaca gorda, qué es la mía, atropelló a una vaca etíope y la que se fue al suelo fue la etíope, no la BMW, yo me quedé de pie, mirando y diciendo ‘acabo de atropellar a una vaca’, está grabado en vídeo. Rompí el pico delantero, tuve que ponerle cinta americana y con ese arreglo llegué hasta Madrid”.

Para este nuevo viaje africano, Alfonso le ha puesto a la BMW “dos nuevas ‘chuches’. En el viaje anterior iba con un bidón de gasolina detrás de una de las maletas y dos botellas de agua en la otra, las de agua demostraron ser inútiles porque cuando hacía mucho calor el agua se ponía a 40º y parecía una sopa, así que el agua mejor dentro de la maleta y así llevo dos bidones de gasolina, uno en cada lado, y en lugar de dos, llevo cuatro litros. La otra, es más iluminación, le he puesto luces supletorias que son como pasar de la noche al día”, dice satisfecho.

P. ¿Qué aporta la moto a tu vida?

R. Libertad. Luego, ratos divertidos, amigos, planes, todo lo que tú quieras, pero, sobre todo, libertad. Hay días que no puedo más y lo que hago es subirme a la moto, me planto el casco y me doy una vuelta. Gracias a Dios, mi trabajo me obliga a viajar y de hecho la mitad de los viajes los hago con la GS, con Akipi (agua en turkanés). Pero, sobre todo, si lo tengo que definir con una palabra, libertad y si lo tengo que definir en dos, yo creo que es perspectiva, el colectivo motero es brutal, los amigos que encuentras en el colectivo son para siempre, cada uno de su padre y de su madre, pero todos comparten la alegría de vivir.

Antes de poner el punto final a esta charla de amigos, Alfonso no quiere obviar dar las “gracias tanto a BMW Motorrad España, como a Movilnorte, porque yo creo que sin ellos hubiera sido imposible esto. A la vuelta estaré deseando contarlo y si BMW me da la oportunidad, será un placer. Además, este año he aprendido y voy con un equipo fotográfico diferente y la manera de grabar será diferente”.

Buen viaje, Alfonso.

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