RODANDO PÁRAMOS

Por Agustín Ostos (Soy Tribu)
¡No corras, muchacho! Vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo. Esa es la frase de Juan Ramón Jiménez que recordé a 3.476 metros sobre el nivel del mar, dirigiéndome a la laguna El Salado, la cual me recordó que lo sencillo también puede ser mágico.

Hay lugares en el mundo que te pueden parecer bonitos o feos. Hay otros, en cambio, que te agarran por dentro y no quieren soltarte. Este es uno de ellos: Los Andes. Y yo, en los tres años y medio que llevo recorriendo Sudamérica en moto, los he cruzado varias veces.

Crucé los Andes dos veces de Chile a Argentina, dos de Argentina a Chile, una de Chile a Bolivia, cuatro en Perú, dos en Ecuador y unas quince en Colombia. Pero subir y bajar montañas simplemente sería como ir al gimnasio. Yo siempre busco algo más: busco tomar consciencia de la eternidad que las fue elevando y toda la memoria que albergan en sus cimas. Les recomiendo que prueben un día a cruzar los Andes en solitario por una ruta poco frecuente y luego me lo cuenten. De seguro la montaña les vuelve un poquitín más sabios.

Tras pasar Málaga, me dirigí a Capitanejo bajando un imponente valle, para, desde ahí, subir hasta el pico nevado, donde, si la meteorología lo permitía, planeaba hacer el difícil trekking del Púlpito del Diablo. Aunque inicialmente mi destino era en un pueblo más arriba, era suficientemente tarde y estaba suficientemente cansado como para decidir quedarme en el pueblo El Cocuy. Busqué en Google Maps los alojamientos, y a pesar de que prácticamente todos estaban llenos, decidí probar suerte en La Casa del Montañista.

El Cocuy es un municipio colombiano del departamento de Boyacá que da nombre al Parque Nacional Natural El Cocuy y a la Sierra Nevada del Cocuy. Fundado en 1541 y con unos 6.000 habitantes, se caracteriza por un estilo arquitectónico de tipo republicano y colonial, con algunas calles empedradas, y sus viviendas conservan el estilo con el cual fueron construidas con el fin de preservar el espíritu original de la localidad. Y así fue como llegué, una vez más, el día adecuado al lugar adecuado, donde al calor del fuego de la hoguera y del canelazo, disfrutamos de un maravilloso viernes santo.

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