RUMBO A IRÁN

Por Elsi Rider
Rumbo a Irán y pasando la noche perdida en un monte turco. Eran las cinco de la mañana y una mezcla de ilusión y nervios viajaban conmigo hacía la frontera iraní. Me habían dicho que eran muy malos y que me tapase bien el pelo para no recibir 80 latigazos y terminar un mes en la cárcel.

El paso fronterizo era un lugar de muchas curvas y con un asfalto muy malo que derivó en tierra y polvo, con muchos camiones de frente trazando rectas las curvas y un tramo complejo de más de 50 kilómetros ‘off’ a lo bestia, con bajadas y subidas y encima, ¡madre mía, obras!, y por aquí no se andan con bobadas de arreglar un trocito, ¡no, no!, aquí te preparan una rampa de tierra para que pases y luego arréglate entre los pedruscos, baches, tierra suelta y socavones.

Al final del camino de tierra, primer control militar (Turquía está tomada por el ejército y la policía), viene a charlar conmigo en turco, no nos entendemos, pero nos reímos, me da la mano y me dice que pase, ¡todo bien, de momento! Sigo avanzando poco a poco y hasta cinco controles policiales con barricadas y tanquetas tuve que superar.

Continúo, y ¡ahí está la frontera!, aparco y enseguida un señor mayor me indica por donde tengo que ir. El coche de delante se ha puesto a charlar con el policía y este mismo señor me indica con gestos que pase, que la frontera cierra en cinco minutos, pero no puedo pasar, porque el de delante sigue charlando y ocupando todo el acceso a la frontera. Los que por allí andan, empiezan a decirle al policía entre gritos que “¡estoy esperando!”, acercándose otro funcionario a pedirme la documentación. Al final paso por los pelos; estoy en la parte de la frontera turca, ahora, a ver si todo es rápido para ir a la iraní y que me dejen pasar… Todo perfecto en esta frontera, rápido.

¿Y la autorización de tu marido para viajar sola?

Llego a la zona iraní, el militar, metralleta en mano, me pregunta por el resto de la gente y al ver que del casco sale una respuesta femenina, levanta la cabeza con gesto de incredulidad, pidiéndome explicaciones del por qué viajo sola, haciéndome la que sería la pregunta más repetida en esa frontera: “¿Y tu marido?”.

Consigo que me abran un primer acceso, acercándose entonces otro militar que me indica que aparque la moto: “¿Motorbike you?”, pregunta sorprendido, “¡Yes, yes!, indicándome que vaya a un lugar lleno de gente, donde no hay ni una mujer, por cierto, excepto yo, y encima en moto, convirtiéndome en el centro de atención, rodeándome en un momento más de doce paisanos.

Un empleado con bigote me dice que pase, otro me pide el pasaporte, el otro se lleva mi carnet de passage y en un momento me siento desnuda, documentalmente hablando, jejeje…

No han pasado ni cinco minutos y otro empleado me indica que pase a otra sala diferente, ¡por lo visto, soy el primer español que pasa por esta frontera, y encima mujer, y encima en moto! Los militares, venga a sacarse fotos con la moto, todos me preguntan cuánto cuesta y cuánto corre y yo con mi velo calado hasta el cuello…

Tras más de dos horas, en las que yo, metida en aquel cuarto, solo preguntaba por mi moto y ellos por mi marido, empieza a aparecer toda mi documentación y voy respirando; eso sí, como ya les había quedado claro que “ni rastro de marido”, otro funcionario viene todo serio para pedirme “la autorización de mi marido para viajar sola”, y ante mi respuesta del todo liberal “en Europa a las mujeres nos dejan viajar solas”, hace gestos con las manos que yo interpreto como “allá ellos”.

Otro policía me cambia de lugar y me conduce a una garita para interrogarme, está claro que así vestida y en moto doy bastante el cante como para ser espía, ¿no? Pero, la burocracia iraní es así, y en mi pasaporte había dos estampaciones de viajes a USA, y eso ya era motivo suficiente para poder ser una supuesta espía, “española”, pero espia, jejeje. Tras explicarles mis motivos para visitar su país, aquel militar tan seco, dibujó una pequeña sonrisa en su cara y me soltó, ¡Welcome to Iran, Iran is safe!

Cambio un poco de dinero y ya está todo… ¡Estoy en frente de la última barrera!, tarda en abrirse, se levanta y ¡estoy en Irán, estoy en Irán! Lloro emocionada, visitaré el país persa.

Un poco de gasolina que para sorpresa del viajero es más barata que el agua y aquí ya empieza la retahíla de fotos que cada día me irán pidiendo por todo el país, mías y de Lusi, mías y con Lusi, suyas y con Lusi. Jejeje. Ahora sí, “Welcome to irán”.

La primera familia que me recibe

Es noche cerrada y no hay nada de iluminación, poco a poco llego a Urmía, no puedo llamar a la persona con la que he quedado, así que paro en una calle y pido ayuda a unos señores que estaban hablando. Desde su teléfono le llaman, me vendrá a recoger allí mismo… La moto molesta, me cortan el tráfico para que la aparte, me sacan un poco de zumo, ¡esta gente es encantadora! Ahora, hay unas veinte personas a mi alrededor viendo la moto y lo extraño de una turista motorizada. La gente es muy amable, todos me sonríen y quieren ayudar. Uno de estos señores, me dice que no es necesario el pañuelo, “Urmia no musulmán”,señala. ¡Gente muy acogedora! Fue la única vez que no llevé el hiyab. Ellos se lamentaban de la política de su país y de lo vergonzoso de que a las extrajeras nos obligasen a acatar aquella norma. Como dicen ellos siempre que tienen oportunidad: “la política es una cosa y los iraníes somos otra diferente”.

Veo banderas y me pregunto qué pasa. Las banderas de allí aparecen de guerra, negras y grandes, con lo que, recién llegada, enseguida piensas en lo que tantas veces ves por la tele, revolución y extremistas, pero no, “es la fiesta del Muharrad” y tendré la suerte de poder conocerla y disfrutarla. Es algo parecido a nuestra Semana Santa. Como veréis en los siguientes artículos, poco a poco iré descubriendo qué significa, a quién rezan, cómo lo celebran e incluso cómo termino siendo echada de una de sus procesiones por no ir vestida acorde.

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