HUIR EN MOTO

Por Agustín Ostos
Estábamos a unas pocas horas de salir de la Alta Guajira, pero aún nos encontrábamos en el desierto, ese mismo desierto que días atrás cruzamos de una manera y que ahora atravesábamos de otra. Había algo nuevo, algo distinto, algo diferente. Tal vez fuera el efecto del viaje en mayúsculas, tal vez el peso de lo vivido y experimentado, pero ciertamente las personas que rodaban de vuelta a la sierra no eran las mismas. Y por si quedaba alguna duda, se confabularon las dunas con el viento para despedirnos con un santo bautismo de arena en forma de tormenta.

Esa es la naturaleza de las tormentas: todo se revuelve para que todo se ordene. Son, digámoslo así, una especie de revolución que pone todo patas arriba para que pongamos nosotros bien las patas abajo, para que pisemos con mayor y mejor dirección, con consciencia de cómo y a dónde vamos. Eso había sido para nosotros La Guajira: una revuelta interna que nos hizo sentir un auténtico renacimiento. Y qué hermoso es eso: renacer y volver a respirar.

Dicen que después de la tormenta viene la calma. Eso creíamos nosotros, y en verdad lo haría, pero aquel día la calma tardaría en llegar. Nos íbamos de La Guajira con el sabor y regusto de una aventura de las buenas, pero tendríamos que recordar que yendo en moto los problemas pueden suceder en cualquier lugar.

Y así fue como finalizó una de las mayores aventuras de mi vida. Así fue como forjé una amistad vitalicia con Simón, mi otro yo, mi baretero y cumbiero hermano de Colombia. Así fue como experimentamos el viaje en mayúsculas, el viaje en bruto, el viaje de fuera para adentro. Así fue, en definitiva, como esculpimos nuestras memorias.

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