CURVAS MÍTICAS Y UN AMOR DE VERANO

Por Mc Bauman
La primera vez que vi una BMW R 18 quedé prendado de sus curvas; la primera vez que la arranqué, quedé seducido por su motor. Por su enorme motor.

Un día se me ocurrió pensar en cómo sería rodar por algunas de las más famosas carreteras de nuestra península con esta moto majestuosa. A dasMoto Bizkaia le pareció buena idea y a BMW Motorrad España también, así que fue fácil organizar el calendario y arrancar el imponente 1800 cc.

La Ruta de los Pantanos

Arranco desde Elgóibar un día después de terminar mi ciclo de vacunas contra el Covid-19 y de pasar la noche en vela. Finalmente voy sin GPS, aunque con la ayuda de un teléfono móvil en el bolsillo; llevo también una mochila a la espalda que ayude a solventar la limitada capacidad de carga de las preciosas maletas de cuero de la 1800 Classic. Y todo esto, vacuna, GPS y mochila, se notarán a lo largo de la jornada, ya lo creo.

Asciendo a la meseta en dirección a Vitoria con la compañía de Urtzi, compañero de fatigas que me acompañará unas cuantas horas y que algunos días más adelante volverá a aparecer con su flamante BMW R 1200 GS Adventure.

Los primeros kilómetros nos llevan al ‘valle salado de Añana’, un precioso enclave natural en torno a una salina de interior de más de 7.000 años de antigüedad, una de las más antiguas del mundo.

La idea es recorrer la Ruta de los Pantanos del norte de Palencia y llegar a Grandas de Salime. En el Embalse del Ebro me despido de mi amigo y sigo en pos de más curvas que jueguen entre pantanos y montañas. A estas alturas voy notando bastante cansancio ocasionado por el cambio de postura, por el error de haber cargado demasiado la mochila y por el escaso descanso de la noche anterior. Pero sigo, aunque en cada cruce tenga que consultar cuál es la ruta adecuada.

Me lío de vez en cuando añadiendo algunos kilómetros de más y empiezo a pensar en que no voy a llegar a donde preveía. Avanzar por las carreteras de esta zona, atravesando muchísimos pueblos y aldeas, es una tarea lenta, que el viajero realiza contento, pero despacio.

Empiezo a pensar en dónde pasar la noche, primero porque tengo sueño, segundo porque va a anochecer. Ante el dilema de buscar hotel o de aprovechar los rayos de luz, pido a Marta que me ayude, desde casa, con el asunto de la pernocta y así ganar algo de tiempo y tranquilidad. A Grandas de Salime ya no llego, así que cambio el destino por Villablino primero, por Ponferrada después, por Astorga más tarde y por Hospital de Órbigo finalmente, que fue donde encontramos cobijo que me recibiera a esas horas y que tuviera garaje para la moto, que no es cuestión de dejar semejante joya a tiro de cualquier desalmado: un estupendo hotel de gasolinera de los que nos gustan a los moteros, especialmente a los que no hemos podido encontrar otra cosa antes.

La ‘estrada’ Nacional 2

Me despierto como nuevo, sin restos de los efectos de la vacuna. Recoloco los pesos entre la mochila y las maletas y consigo que no me vuelva a molestar en el resto del viaje. Y arranco hacia Chaves, en Portugal.

Estoy haciendo los primeros kilómetros de rectas desde que inicié el viaje 600 kilómetros antes, todos por carreteras nacionales. Paro en La Bañeza, localidad motociclista donde las haya, rindo pleitesía a Ángel Nieto.

Me encuentro con una villa romana en Camarzana de Tera y paro a hacer alguna foto. Entonces llega un amable guía que pretende explicarme la visita a cambio de nada. Aunque voy mal de tiempo, soy incapaz de responder que no.

Retomo las curvas llegando a Galicia. Aunque pudiera parecer otra cosa, me encanta conducir la 1800 cuando la carretera se contorsiona. Es verdad que requiere de otro ritmo y de hacer la tarea antes de llegar a cada curva porque de lo contrario hay que trabajar demasiado y se hace incómodo, pero cogido el truco del baile, me gusta. Mucho.

Aunque bajando el Padornelo me encuentro con una carretera en muy mal estado y compruebo qué tipo de carreteras no le gusta nada, nada, a esta moto. No me sorprende, pero es realmente incómoda cuando el firme es poco firme. Menos mal que los baches no duran mucho.

Desde Verín llego a Portugal y empieza la Nacional 2 que recorre el país entero de norte a sur. Rápidamente encuentro el mojón que indica el kilómetro 0, hago las fotos de rigor, doy una vuelta por Chaves y comienzo la andadura hacia el sur.

La carretera es muy sinuosa, muy motera. Hay muchos mojones que indican que uno va bien, excepto en algunos pueblos grandes y en algún otro momento en los que no hay indicación y me toca parar y consultar. Inevitablemente me pierdo unas cuantas veces. No ha sido muy buena idea hacer este recorrido sin GPS.

En Vila Real me encuentro con que están preparando el circuito urbano de 4.600 metros para la copa mundial de turismos. Me pierdo, sí, pero a gusto.

 Muchas curvas después cruzo el Duero y la espectacular Nacional 222, conocida por ser una de las más hermosas del mundo y que tuve la suerte de recorrer hace unos años con una BMW K 1600 Grand America. ¡Qué buenos recuerdos!

Llego a Lamego, y me encuentro el santuario de Nossa Senhora dos Remedios. Una muy agradable sorpresa, especialmente después de subir las curvas de herradura adoquinadas que llevan hasta allí.

En Viseu duermo y los kilómetros que vienen después son una tortura puesto que están muy mal indicados y me vuelvo a perder varias veces más. Los lugareños están acostumbrados a ver viajeros extraviados y son muy amables con las indicaciones. Otra cosita es.

Veo un puente romano, me retrato en el centro geodésico de Portugal, cruzo el Tajo y el paisaje cambia por completo. Aparecen tierras de dehesas y rectas que se agradecen para descansar un poco, aunque no sea durante mucho tiempo ya que los últimos 75 kilómetros, antes de llegar a Faro, están dibujados a base de curvas de todos los tamaños. Un festín impresionante, difícil de olvidar.

De Faro en faro

Hoy me apetece rodar un rato sin tener muy claro hacia dónde, así que, al revés de la canción, voy de Faro a Ayamonte. Intento cruzar el Guadiana en una pequeña barca, pero a estas alturas de la temporada y de la pandemia, no aceptan motos a bordo, así que paso el disgusto a la sombra del precioso faro de Vila Real de Santo Antonio.

Vuelvo a España por el puente de la autovía y avanzo unos cuantos kilómetros por ella. Son los primeros kilómetros del viaje en los que prospero con las ventajas del doble carril. A la Classic le gusta también rodar en sexta sin estar pensando en otras cosas.

Llego a Chipiona, tierra de tonadilleras, y visito el faro más alto de España y uno de los más altos de Europa. Tanta altura me da hambre así que me lío con las viandas típicas de la zona y sigo hacia el sur, saciado y contento.

Me pierdo, queriendo, por las calles de Tarifa, pero llego a su faro; alucino con el faro de Punta Carnero, en Algeciras y hago amigos en el faro de Punta Europa de Gibraltar.

Al intentar salir del Peñón me da el alto la Guardia Civil. Me dispongo a sacar la documentación, pero me dicen que no hace falta, que quieren ver la R 18 puesto que no habían visto ninguna todavía. Alucinan, igual que lo hago yo con la ruta que me he marcado por el sur. Y con la moto, claro.

Después de algunos problemas con el hospedaje, la moto duerme con todo capricho, piscina incluida.

La Serranía de Ronda y la Sierra de Segura

Me despierto en las estribaciones de la impresionante Serranía de Ronda. Hoy va a ser inevitable curvear. Conozco la zona por otros viajes anteriores, así que voy improvisando en algunos cruces sin importar demasiado qué rumbo elijo.

La BMW va bailando entre curva y curva. Se disfruta mucho en cuanto uno es consciente de que hay que conducir como ella quiere y no como quiere uno.

Así las cosas, aparezco en Júzcar, la aldea que se tornó azul por necesidades cinematográficas. Curioso lugar. Juego con los pitufos, la moto y la cámara y me voy a Ronda. Tenía interés por visitar la estación de autobuses, pues desde hace apenas unos meses luce unos murales de mi admirado Okuda. Y bien que mereció la pena la visita.

Abandono la serranía con gran pesar y, ayudado por la autovía, llego a Granada. La idea inicial era recorrer las Alpujarras pero, entretenido como vengo, se me antoja que no llego a tiempo para devolver la 1800 en la fecha establecida, así que decido que un paseo por las calles de Úbeda siempre merece la pena y atajo el asunto.

El paisaje ha cambiado y ahora me encuentro rodeado de olivos con su característico olor.

Me acerco a Orcera a visitar a mi amigo Ramón y sorprendido y contento por verme aparecer, decide acompañarme algunos kilómetros por la maravillosa carretera de Riópar.  Nos despedimos y se pone el sol. Aprovecho para viajar con la mágica luz que el día nos regala cada vez que el sol se esconde.

Entre tanta magia toca buscar alojamiento por donde no hay. Marta me vuelve a echar una mano y encuentra uno en Aýna, a donde llego por una de las carreteras más bonitas del viaje. Lástima que fuera tan tarde. De noche, pero llego a Aýna, que no es poco.

La Ruta del Silencio

No me había dado cuenta de que Aýna es uno de los pueblos en los que se grabó ‘Amanece que no es poco’, del genial José Luis Cuerda. Me hago una foto con el sidecar más famoso de España, disfruto de las vistas y sigo por las curvas de la Sierra de Albacete hacia el norte, hacia la N-420 que sigue el trazado de la Vía Augusta del Imperio Romano.

Las curvas se tornan rectas y más tarde vuelven las curvas. Después de tantos y tantos kilómetros con mi 1200 Adventure me parece increíble la simbiosis que mantengo con la enorme 1800. Me encantan sus vibraciones, su sonido, su brusquedad al arrancar, su docilidad entre las curvas… eso sí, sigo echando de menos el GPS, no lo vuelvo a dejar en casa para un viaje de estas características.

Llego a Libros y paro, como siempre que paso por aquí, a comer un bocadillo de jamón de Teruel, que me gusta a mí mucho. Hay dos motos aparcadas en la puerta. Me quito el casco y escucho a uno de los moteros hablando del Betis y no sé cuántas cosas más. No paró de hablar hasta que me volví a poner el casco. Dudo que nadie le estuviera haciendo caso. Su compañero de viajes me da conversación (con tal de desconectar del monólogo de su amigo, entiendo). Viene de Canarias y presume de haber viajado mucho; ahora están haciendo una ruta visitando amigos de aquí y de allá y así comen gratis, alardea también. Termina hablando de las concentraciones invernales y presume de conocer a todo el mundo, dando nombres sin miedo ni discreción, metiéndose con unos y otros. Casi me amargan el jamón. Me voy.

Quiero hacer la turolense Ruta del Silencio, famosa entre los moteros de la zona desde hace muchísimos años y entre los moteros de más lejos desde que le han puesto nombre y una curiosa cabra para las fotos. Cosas del marketing.

Por supuesto, me pierdo y llego a Ejulve por una preciosa carretera perdida en el mapa, sin tráfico, con restos de actividad minera y, lo peor de todo, con un montón de baches. Junto a los kilómetros del Padornelo, el peor momento del viaje. Mi espectacular montura no está hecha para carreteras rotas.

Menos mal que las curvas de ‘The Silent Route’ están mucho mejor asfaltadas y vuelvo a disfrutar del baile de los enormes cilindros hacia un lado y otro.

Llego a Alcañiz y busco una Adventure negra, la de mi amigo Urtzi que ha venido a mi encuentro. Un refrigerio después, llegamos a Lérida.

El Eje Pirenaico

Hoy toca volver a casa y la ruta elegida es la encantadora N-260, más conocida como el Eje Pirenaico. Voy disfrutando de la compañía de Urtzi, pero hoy está quedando muy patente algo que ya sabíamos: la enorme diferencia que hay entre conducir una R 18 y una R 1200 GS.

No solamente se trata de conducir más o menos despacio, sino que la conducción en sí requiere de otra pausa, otra manera de llegar a las curvas, de tomarlas y salir de ellas, otra forma de acelerar y frenar, de otra forma de tomarse el día. Igual de placentera, pero distinta.

Y así, entre curvas, llegamos a la costa cantábrica, a casa. Tomamos el mejor pintxo de tortilla en el Itxaspe de Guetaria y el viaje se da por concluido.

Han sido más de 4.400 kilómetros de puro deleite por algunas de las mejores carreteras de nuestra península; carreteras que parecían vetadas para una moto de esta envergadura pero que no lo están. Siete días perdiéndome, como siempre, pero viviendo la moto de otra manera, más pausada, con más poso. Yo sé que la R 18 Classic es una maravillosa moto, pero no es para mí. Realmente, para mis viajes, yo necesito meterme por carreteras rotas, necesito más capacidad de carga, necesito, a veces, aligerar más el paso… yo tengo las siglas GS tatuadas en mi ADN, pero debo reconocer que este enorme motor me ha enamorado.

Y por eso, ahora, cuando arranco mi veterana Adventure echo de menos la tremenda patada que pegaban los cilindros de la 1800 cada vez que despertaban… igual que se echa de menos un amor de verano.

Pero lo nuestro es un amor imposible. O no.

2 Respuestas para “CURVAS MÍTICAS Y UN AMOR DE VERANO”

  • pedro zaballos dice:

    McBauman me ha gustado mucho la descripcion de tus sensaciones con esa belleza de máquina y esas carreteras tan expléndidas.
    Abrazo macoterano

  • McBauman dice:

    Muchísimas gracias, Pedro. Todo un halago viniendo de ti.
    Viva San Roque!
    Un abrazo!

Deja tu comentario