UN VIAJE SANADOR. INDIA EN MOTO, PASANDO POR TURQUÍA

Por Elsi Rider
Después de carreteras insufribles y pistas divertidas por decisión consensuada entre mi GPS Navigator V y mi BMW F 700 GS llamada Lusi, decidí que no evitaríamos nada, que iríamos por caminos casi olvidados y así seguir conociendo la tradicional Turquía.

Curva va y curva viene, y de repente algo brillante y fabuloso que hizo que frenase casi en seco con mi moto. Una maravilla de la naturaleza, un brillante desde la carretera, una montaña blanca y de tremenda belleza con piscinas que colgaban de ella. Era Pamukkle, de obligada visita si vas por primera vez a Turquía, muy europeizada debido a la enorme cantidad de turismo, pero con un especial encanto regalo de la naturaleza.

Busqué un hotel, que con suerte fue justo delante de la montaña blanca y donde por la noche tendría la suerte de compartir cena y tertulia con sus propietarios.

La mano humana

Pamukkale, también ha sido maltratada por la mano humana, y ahora, a pesar de que la mayoría de las piscinas están vacías para intentar recuperar el destrozo de muchos años de turismo descontrolado, Pamukkale sigue irradiando belleza se mire desde donde se mire.

Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980. La gente accedía en moto, bicicletas y con calzado, por lo que las laderas se estropearon mucho y aún hoy se puede ver el deterioro de las piscinas oscuras por el maltrato humano y en espera de que el sol las vaya blanqueando.

Para acceder se pagan 35 liras turcas, y ahora es obligatorio quitarse el calzado; ahora está todo muy cuidado y vigilado. A medida que subes la pequeña cuesta, vas entendiendo porque es Castillo de Algodón, traducción de Pamukkale en turco, y poco a poco vas descubriendo aguas cristalinas de un bonito azul turquesa, aguas con alto contenido en minerales, sobre todo calcio y donde los visitantes toman sus baños y pasan el día en familia, con las impresionantes vistas de un precioso valle y temperatura de 38 grados.

Y me senté a admirar aquel tesoro

Siento debilidad por las puestas de sol y quiero grabar en mi retina todas cuantas pueda de este enorme planeta. No pude hacer otra cosa que sentarme, ensimismada por aquella despedida del sol, entre aquel lugar lleno de magia y con la antigua ciudad de Hierápolis llenándome de historia.

Varias veces destruida por sucesivos terremotos y varias veces construida con una piscina “Sagrada o de Cleopatra”, cuyo fondo está cubierto por columnas y mármoles tallados sumergidos en el agua por efecto de los terremotos. Hierápolis fue ocupada por anatolios, lidios y persas, aunque finalmente fueros los griegos quienes expulsaran a los persas, llegando desde la costa del Egeo tras la caída de Troya. Como veis, historia por los cuatro costados.

¿Cómo no volver a construir una y mil veces una ciudad al lado de unas piscinas con un agua a 38 grados?

Cuando llegas y conoces la historia, te planteas una y otra vez por qué reconstruyen esta ciudad, si cada poco había terremotos, pero cuando estas allí y paseas por el lugar, entonces eres realmente consciente de que un millón de veces merecería la pena, por vivir abrazado de aquel entorno.

Me voy tras haber pasado dos días allí, mirando y admirando las puestas de sol, paseando entre sus cálidas aguas y con el buen recuerdo de aquella tertulia con los dueños del hotel. Hacía poco de aquel famoso golpe de estado en Turquía y fue más que enriquecedora para mí.

Estas son las cosas que más me aportan en mis viajes, el contacto con la gente, el escuchar y conocer la realidad de la mano de los que viven allí. Al final, una cosa es lo que nos cuentan y otra la realidad, y esa solo la puedes descubrir viajando.

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