MAL SITIO, PEOR PINCHAZO

Por Agustín Ostos
Rapidiño, rapidiño… no fue exactamente como llegué a Cayena, capital de Guayana Francesa. Pero la meta era alcanzar la frontera a tiempo. De Macapá a Oiapoque, el pueblo fronterizo, había 600 kilómetros, de los cuales los últimos 200 eran de tierra. Me había levantado a las cinco de la madrugada ya que la aduana cerraba a las seis de la tarde, así que tuve que darme mucha prisa. Pero, a veces, ir con prisa no es cosa buena. A veces, muchas veces, pienso qué pasaría si tengo un accidente en medio de la nada. Y esa nada, ese día, era la selva… solo que mi hora no era ni en esa selva, ni en ese día.

¿Conoces esa sensación de oler la meta y sentirla cerca? ¿Conoces esa otra de que pase algo que no esperabas y la historia se complique? ¿Conoces esa sensación de sentirte la persona más afortunada del mundo? ¿Conoces esa otra de sentirte la más desdichada dos minutos después? Así fue como me sentí el único día que pinché rueda en mi vida, en medio de la selva francoguayanesa, sin cobertura ni posibilidad de arreglar ni cambiar el neumático.

¿Qué hacer cuando pasa algo así? ¿Cómo reaccionar? No hay un manual para gestionar las emociones derivadas de saber que te has quedado más tirado que una colilla. Pero hay que tirar “palante”. No queda otra. Porque recuerda: si cultivas pensamientos positivos, las posibilidades de no resolver la situación son menores. Si siembras caminos recorridos, las posibilidades de estamparte contra un jaguar son mayores.

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