‘LAS ANDANZAS DE EDUARDO TODA’, MI ÚLTIMO DESCUBRIMIENTO (2)

Por Miquel Silvestre
En estos últimos posts os estoy hablando de mi último descubrimiento en cuanto a viajeros españoles del pasado y que han dejado testimonio por escrito de sus andanzas. Me refiero al catalán de Reus Eduardo Toda, diplomático español que escribió de su experiencia consular en El Cairo allá por finales del siglo XIX un interesantísimo y a veces ácido libro titulado ‘A través del Egipto’, felizmente rescatado del olvido por Ediciones del Viento.

En su texto, Eduardo Toda clasifica los habitantes de Egipto en cuatro grupos. Los indígenas, descendientes de los antiguos pobladores hasta la conquista musulmana, que son los fellah o campesinos, hoy islamizados, y los coptos, cristianos ortodoxos desde la conquista del Egipto por el Imperio Bizantino. El segundo grupo sería el de los auxiliares de los indígenas, que han formado raza aparte en el desierto o en el Alto Nilo: beduinos, negros y berberinos. El tercer grupo son los invasores que ocuparon el país por la fuerza: árabes y turcos. Y el cuarto grupo son los extranjeros, formado por europeos, levantinos y judíos.

El fellah es el campesino del Nilo, vestido con túnica blanca de algodón y que permanece invariable en la foto fija de la historia desde hace milenios hasta hoy en día. Étnicamente es una mixtura de todos los pueblos que sucesivamente han poblado el valle. Los coptos no tienen nada que ver con el fellah, según Toda, sino que serían descendientes de los helenos que llegaron después de la conquista macedonia de Alejandro Magno y que se convirtieron al cristianismo cuando el Edicto de Teodosio obligó al cambio de culto, Jesucristo en lugar de Amón. Sería la lengua copta el fósil vivo de la antigua lengua egipcia pero escrita con caracteres modernos. Viven en las ciudades y su jefe es el patriarca de El Cairo.

Los beduinos son los nómadas que viven en el desierto. Toda cuenta que en su época las mujeres beduinas iban con la cabeza descubierta y peinadas con trenza. También añade que, aunque pacíficos, son grandes rateros. Y que, aunque son musulmanes, conocen el Corán tanto como los libros de Confucio. Los berberinos o nubios viven entre la primera y la cuarta catarata y bajan por el Nilo a Egipto para trabajar de criados, porteros y vigilantes. Los árabes serían los descendientes de los invasores que trajeron el Islam, pero hoy empobrecidos, dice Toda que solo entre las clases bajas se encuentra al árabe, ocupado como tendero en los bazares.

Turcos no hay muchos y eso que Egipto es oficialmente parte del Imperio Otomano y el Sultán de Estambul el soberano al que los gobernadores o beys locales juran obediencia. Explica Toda que hasta hace poco todos los altos cargos civiles o militares los ocupaban turcos, pero que a causa de sus “corrompidas costumbres y detestable administración” han sido sustituidos por europeos y levantinos.

En cuanto a los judíos, dice Toda, que en todas las esferas sociales hay judíos en Egipto y no son simpáticos en ninguna porque su profesión más habitual es la de cambista. Menciona que en El Cairo y Alejandría hay colonias de sefardíes que hablan “nuestra lengua” en forma algo anticuada. “Estos judíos tienen a honra llamarse españoles, lo cual podría ser para nosotros justo motivo de orgullo nacional si no se tratara generalmente de truhanes y bribones”. Este expresivo párrafo al poco de comenzar el libro golpea como un puñetazo por su desvergonzado antisemitismo. Pero también porque Toda, nacido en Reus, habla del español como “nuestra lengua” y cuando menciona que el considerarse españoles de los sefardíes podría ser un orgullo para “nosotros”. Resulta claro que Eduardo Toda, a quien han pretendido retratar recientemente como un explorador y egiptólogo exclusivamente catalán, se sentía integrado claramente en el “nosotros” español y en la lengua española como la suya propia. Habrá más muestras de esta afección nacional a lo largo del libro y ni una sola referencia localista o regionalista a su Cataluña natal.

Toda desembarcó en Alejandría, como hice yo un siglo después. Cuenta en su libro que Alejandro Magno fundó la ciudad en el 331 AdC y por mucho tiempo sería la capital de Egipto. A la muerte del macedonio, su general Ptolomeo Sóter se erigió rey y fundó una dinastía que acabaría con Cleopatra 30 años antes del nacimiento de Cristo. Los Ptolomeos ayudaron mucho a la civilización del país y sin dejar de ser helenos fueron egipcios. A uno de sus reyes debemos la traducción al griego de los libros sagrados de los hebreos conocida como ‘Versión de los Setenta’, que daría lugar a la Biblia. Los Ptolomeos fundaron el museo y la biblioteca de Alejandría, que se quemaría por primera vez durante la conquista romana. César prendió fuego a la escuadra naval romana de la que los sublevados alejandrinos iban a apoderarse y las llamas se extendieron por simpatía hasta el palacio de los reyes y la biblioteca. Será César vencedor quien colocará a Cleopatra en el trono, en lugar de su hermano, ahogado en el Nilo.

Egipto vivió en paz durante la dominación romana y al dividirse el Imperio entre Occidente y Oriente, Alejandría quedó bajo la soberanía de los emperadores de Constantinopla y ahí comienza su decadencia. Teodosio promulgó su edicto declarando obligatorio el cristianismo y ordenó derribar los templos de los ritos egipcio y romano. Desde entonces de la antigua civilización egipcia solo quedan ruinas. Alejandría fue pasto de luchas interreligiosas y fanatismo.

La conquista árabe y la caída del Imperio bizantino en el siglo VII puso fin a la anarquía. En el 640, Amrú, lugarteniente del Califa Omar sitió Alejandría y a sus 600.000 habitantes. Entonces comenzó el declive de la ciudad. El descubrimiento del cabo de Buena Esperanza le arrebató su importancia en el comercio entre Oriente y Occidente. Y la dominación turca le dio la puntilla. Cuando Napoleón entró en Alejandría ya era una ciudad decadente que se rindió sin lucha y recibió a cambio una mejor administración en manos de los franceses.

En cuanto a la historia de la famosa biblioteca, explica que hubo dos partes casi desde su fundación. Una se quemó en tiempos de César, la otra aumentó durante la época romana. Los cristianos destruyeron parte de la gran biblioteca por blasfema, pero la mayoría de los fondos se salvaron. Sin embargo, los árabes acabaron del todo con ella durante la conquista islamista del siglo VII cuando el Califa Omar le dijo a Amrú que si los libros estaban conformes al Corán, nada dicen nuevo y son inútiles, y si son contrarios al Corán, deben ser destruidos.

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