CANARIAS EN BMW F 850 GS ADVENTURE

Por David Ávila
Sabemos que nuestros lectores son ávidos viajeros con variopinta experiencia y no vamos a contar los pormenores de cómo se hacen las reservas de un ferry en su web, o por cuál carretera vamos desde nuestra morada hasta el puerto; así que, sin más, entramos en materia y nos vamos a las Canarias en nuestra BMW F 850 GS Adventure.

El puerto de Huelva, que en estos momentos se encuentra en obras, tiene su acceso un poco complicado, hasta que llegamos al puesto de la Guardia Civil, cuyos agentes nos preguntaron hacia dónde íbamos, no tardando en indicarnos la dirección de la entrada y las oficinas de la Naviera Armas.

Normalmente, siempre teníamos que estacionar y canjear los billetes virtuales por los físicos en las oficinas; pero, en esta ocasión, no fue así; a la llegada, sin bajarnos de la moto, nos tomaron la temperatura corporal y nos pidieron los DNI, que pasaron por una máquina portátil, que valida al instante los billetes, y sin perder un segundo nos mandaron hacia la cola de embarque.

Era casi mediodía y, con una puntualidad germánica, empezó el embarque; todos sabemos que nosotros, los moteros, tenemos ciertos “privilegios”, y, por tal motivo, nos colocaron en primera fila.

En la recepción, el ferry registró algo de cola, teniendo que respetar la separación de dos metros entre el pasaje, como establece el protocolo. Nos asignaron el correspondiente camarote, llevando las maletas de la moto y demás objetos, acomodándonos en seguida.

La travesía fue sumamente tranquila, con un océano Atlántico en calma. Tocaba matar el tiempo hasta llegar a Lanzarote, la isla de los trescientos volcanes. La noche fue serena, con luna amplia, lo que no impidió contemplar un fantástico cielo de millones de estrellas.

La travesía duró un día y pocas horas y, con la misma puntualidad de partida, alcanzamos el puerto de Arrecife, capital de Lanzarote; no tardamos en desembarcar, en pocos minutos, y llegamos a lo que sería nuestro cuartel general en unos días.

Lanzarote no es muy extensa, y en sólo dos días pudimos recorrer toda la isla, sin prisas, pero con los cinco sentidos, porque, no os confundáis, esta masa volcánica guarda celosamente algunos tesoros por descubrir.

Las carreteras se despliegan sobre un mar de lava, de tal forma que se confunden con el paisaje; nos recuerdan mucho a las que vimos en Islandia. En cuanto a los pueblos, son más bien aldeas, con casitas de una sola planta, cuyas paredes están decoradas con los colores tradicionales de Lanzarote: el blanco y el verde, establecidos hace cuarenta años por César Manrique. Por la situación actual, a causa del Covid-19, lamentablemente la mayoría de los establecimientos están cerrados, y nos da mucha pena ver grandes hoteles, restaurantes y tiendas con las persianas bajadas.

Pero no hemos venido a Lanzarote para ir de tiendas, sino para disfrutar de sus valores (paisajísticos, naturalísticos, botánicos, arqueológicos, geológicos, etc.), y mezclarnos con los muchos elementos que todo viajero debe descubrir en esta mágica isla. El viento será nuestro compañero durante todas las visitas. Pero no se trata de un viento fuerte, sino más bien agradable, que hace que la sensación térmica sea perfecta, para ir en moto.

Nuestro primer destino, como es justo suponer, fue el Parque Nacional de Timanfaya, y, como ya hemos descrito antes, las carreteras transcurren entre mares de lava y rocas volcánicas; el paisaje es abrupto y duro, negro con tonalidades rojas; sin apenas vegetación. Esta isla es muy joven, puesto que a comienzos del siglo XVIII fue cincelada por la acción de una gran actividad volcánica. El punto más alto de Lanzarote se encuentra a 670 metros sobre el nivel del mar; así que no esperes grandes carreteras en puertos de montaña. Por cierto, en esta isla todas las elevaciones del terreno son volcanes o chimeneas volcánicas; nada de montañas.

La Cueva de los Verdes y también los Jameos del Agua, al norte de la isla, son visitas obligadas, junto con el Mirador del Río, en el extremo NO de Lanzarote, orientado a la pequeña isla de La Graciosa. Aunque, si me permitís, os recomiendo la ermita de la Virgen de las Nieves, por sus espectaculares panorámicas.

Para ir a Tenerife, desde Lanzarote, por mar, hay que coger dos ferrys (uno hasta Gran Canaria y otro directamente a Tenerife). El barco levó anclas a las 11 horas del puerto de Arrecife, y a las 21 horas llegamos al Puerto de la Cruz, al norte de Tenerife; casi un día de travesía, pero no se hizo largo.

Tenerife enseguida nos transmitió la sensación de ser palabras mayores; no quisiera que nos interpretaran mal nuestros lectores, porque no podemos hablar del resto de las islas del archipiélago canario que nos quedaban por visitar, y que estamos seguros lo haremos en otra ocasión, estando seguros que todas ellas son mágicas.

El volcán que todo lo ve, el Teide, es una pirámide de roca volcánica de 3.718 metros de altitud; cuyas empinadas laderas atrapan a nubes empujadas por los vientos alisios, convirtiendo a la isla en un sinfín de microclimas variantes con temperaturas de 20 a 40ºC, según el lugar, la altitud, la cara del volcán, y aquí sí que hay carreteras de montaña, que no las había cuando, a mediados del siglo XIX, el científico naturalista alemán Alejandro von Humboldt visitó Tenerife, quedando maravillado de sus paisajes.

Como buen viajero, siempre buscas una carretera mítica, por donde rodar tu moto (la Trollstigen, en Noruega; la Cola de Dragón, en EEUU; la Transfágârâsan, de Rumanía; la Ma-2141, en Sa Calobra, Mallorca, etc.), y luego poder decir que es la mejor carretera del mundo. Pues bien, la carretera de montaña que une la Esperanza con Masca, pasando por el Teide, acabamos de bautizarla personalmente como nuestra preferida. Son 98 kilómetros de un suelo asfaltado en perfectas condiciones, que nos ha permitido descubrir densos bosques de pino canario, de enorme tamaño, para buscar los rayos solares, también miradores con vistas al Atlántico. Con constantes cambios de temperaturas, traspasando las nubes, atravesando tierra volcánica, logramos ascender a los 2.300 metros, dejando el Teide a nuestra derecha, rodando por un trazado recto, sobre un mar de lava, para alcanzar de nuevo los bosques, entre curvas, para conocer la magia del pueblo de Masca, superando curvas imposibles, entre profundos desfiladeros y barrancos increíbles. ¡Que no os lo cuenten! ¡Id a descubrirlo y disfrutarlo!

Después de esta aventura, y de haber contemplado el pequeño castillo de San Miguel, de roca volcánica, en la villa de Garachico, único testimonio de la población, tras la erupción del volcán Tanque, uno puede quedar tranquilo y hacer turismo por los lugares icónicos de la isla.

Ahora toca conocer el Norte de la Isla, el macizo de Anaga. Anaga es una de las zonas más antiguas geológicamente hablando de la isla, junto a Adeje y Teno. Inicialmente fueron los primeros terrenos emergidos de la isla, luego tras muchos miles de años, se formó el edificio central. Se estima que el antiguo edificio que se formó tenía más de 4.500 metros de altitud. Hace 700.000 años colapsó, formando los valles de Icod y la Orotava , el desplazamiento hacia el mar registró uno de los tsunamis más grandes conocidos con una estimación de una ola superior a cien metros que afectó a las islas cercanas y la propia de Tenerife. Anaga es uno de los últimos reductos de la laurisilva, bosque de la era terciaria que desapareció de Europa y del sur del Mediterráneo tras la última glaciación y solo quedó en Azores, Cabo Verde y Canarias. Sus carreteras y paisajes, que no os dejarán indiferentes, son totalmente de montaña con un curvas cerradas y desniveles pronunciados con un buen firme asfaltico, salvando alguna piedra que cae de la misma pared de la montaña. Muy recomendable perderse por sus pequeños pueblos, en los que viven cuatro personas, con carreteras que terminan en los mismos, sin olvidarnos de Taganana. En su acceso hay una formación rocosa que recuerda a un león y sus playas de arena volcánica forman unos paisajes que parecen sacados de una película de piratas… ¡Cuándo ves esas costas te imaginas a un galeón pirata navegando!

A veces nos obsesionamos con ver lugares lejanos, pensando que lo maravilloso está en esas tierras, y es verdad que el mundo es un lugar increíble con miles de lugares mágicos que a cada uno le inspira y le llena el alma, pero tenemos aquí al lado los mismos enclaves que gente más lejana sueña con ver y disfrutar. Canarias se encuentra a sólo un día y poco de distancia de nosotros en ferry desde Huelva. Por lo tanto, mucho menos tiempo que ir a Nordakpp, a Islandia (tres días en ferry desde Dinamarca), a Roma (un día en ferry desde Barcelona), Dakar y un largo etc… ¡Lo mejor de todo es que se puede ir todo el año, piénsalo!

www.perlanegraviajes.es

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