DESCUBRIENDO LA SIERRA DE SAN VICENTE

Por Miquel Silvestre
Mi mujer es de Talavera de la Reina, como podría haber sido del West End londinense. Ella, que es una rubia despampanante, es internacional, estudió en USA, es bilingüe en inglés-español con su grado ‘Proficiency’, se licenció en la Complutense en periodismo, cubrió la elección de Obama para La Sexta, trabaja como reportera en RTVE y estuvo en Filipinas tras uno de sus tifones; ella es muy de Malasaña, es de yoga, de comida ecológica y de zumos detox.

Encima aborrece la cerámica esmaltada de Talavera, que ha sido declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2019. Teresa me mira como a un chiflado cuando le digo que quiero poner un mural de esa cerámica en casa. En Talavera no le quedan prácticamente amigas del colegio ni más vínculos que los familiares, porque su familia es una institución local. Por eso nos casamos en Talavera y por eso para mí la ciudad del Tajo era una absoluta desconocida a pesar de tener que venir por aquí cada dos meses para hacer visitas de cortesía a mi suegra.

Pero la distopía lo ha cambiado todo. En cuanto comenzaron los contagios en Madrid le dije a mi mujer que teníamos que irnos. No sé, será el sexto sentido de viajero que uno acaba desarrollando para eludir peligros, pero lo vi claro y tuve la suerte de que mi mujer lo comprendió cuando cerraron los colegios. Sin la atadura de la guardería de los niños, podíamos irnos de la capital. Nos vinimos a los predios toledanos de los Perales, mi familia política, y aquí nos cogió la declaración del estado de Alarma. Durante casi dos meses no salimos más que para hacer la compra semanal. Esa salida cada siete días me permitía ver el mundo glauco de la epidemia a través de las brumas frías de un final de invierno lluvioso y desapacible. Pero al autorizarse las salidas de los niños y los deportistas, decidí recuperar mi actividad empresarial consistente en viajar en moto. Bendito el día que decidí que montar en motocicleta iba a ser mi trabajo. Estos días se ha demostrado que fue una de las mejores decisiones de mi vida.

Como estamos confinados toda la familia no puedo pasar la noche fuera, porque tampoco hay hoteles disponibles para hacer eso. De modo que mis recorridos se limitan a los pocos kilómetros que puedo hacer de ida y vuelta antes de la hora de comer. Y lo que tengo más a mano es la sierra de San Vicente, y yendo un poco más allá, la sierra de Gredos. Así que esta es la región que estoy explorando. Estas escapadas están coincidiendo además con la eclosión de la primavera más florida y verde de los últimos años debido a todo lo que llovió en invierno. Ahora sí me gusta Talavera, no por la ciudad, sino por la sierra que tiene al norte. A solo 15 kilómetros comienza el paraíso para montar en moto, decenas de carreteras comarcales estrechas y reviradas que suben desde la llana vega del río Tajo hasta los cerros de San Vicente sembrados de encinas y robledales. De esas carreteras salen afluentes, que son senderos sin asfaltar que dan paso a las fincas rústicas de por aquí. Uno de ellos es la llamada Senda Viriato o GR 63, camino que se supone seguía el caudillo lusitano en su lucha contra los romanos.

Es un recorrido lleno de color y sabor. Aquí hay un par de castillos en ruinas y otro par de puentes romanos. Y si vamos más al norte y cruzamos la sierra, llegamos al valle del Tiétar, que hace de frontera con la provincia de Ávila y la sierra de Gredos, donde se puede elegir el puerto de Mijares por una carretera muy angosta y revirada, o el puerto del Pico, mucho más concurrido pero que tiene como atractivos el castillo de Mombeltrán al comienzo de la subida desde el sur y sobre todo la fabulosa calzada romana que asciende la montaña hasta coronar el paso. Son fantásticos atractivos de la zona, qué duda cabe, pero lo que está haciendo estos viajes algo realmente único es la sensación de estar explorando un planeta deshabitado. Si ya antes del Covid 19 esto era plena España vacía, ahora es España subterránea. Durante largos tramos no me cruzo con nadie y si tomo alguno de estos senderos o comarcarles, entonces es probable que no encuentre a nadie en todo el recorrido. Cuando paso por los pueblos, permanecen desiertos, al menos los más pequeños, y cuando paso por alguno más grande apenas se atisban ancianos protegidos por mascarillas en mitad de la sierra.

Los paisajes son majestuosos, esta sin duda es la mejor época del año, pero si creía que salir al exterior iba a permitirme olvidar que vivimos en plena distopía no lo he conseguido. La soledad de la que disfruto, pero a la que algún modo estoy condenado, me recuerda a la que sentían siempre los colonos espaciales en las películas de ciencia ficción. Acabamos de aterrizar en un mundo nuevo, con nuevas normas y nuevos procedimientos, pero todavía no lo sabemos porque recién nos están dejando salir de nuestras cápsulas de hibernación.

www.miquelsilvestre.com

www.silver-rider.com

Deja tu comentario