OPERACIÓN RAS ANGELA

Por David Ávila
Cap Angela o Ras Angela, se corresponde con el punto geodésico más septentrional del continente africano (su homólogo europeo es Nordkapp). Este desconocido se encuentra en Túnez, y junto con Montse, mi mujer, y la BMW R 1200 GS Adventure, nos propusimos tomar ese lugar del norte del país como punto de partida, para desde allí descubrir el resto de Túnez.

Salimos de Barcelona; el ferry levó anclas tomando rumbo a la ciudad italiana de Génova. En el puerto italiano hicimos transbordo de ferrys y tomamos seguidamente el que nos llevaría a tierras africanas. Llegado el momento de desembarcar, lo hicimos con mucha calma, dejando vacías las entrañas de aquel ferry que nos había traído hasta la capital de la República de Túnez. Los trámites de la aduana no se los deseo a nadie, pero estábamos curados con la experiencia del viaje a Dakar. Y, tras superar las cuatro horas de rigor -entre colas y papeleos-, ya estábamos listos.

La primera etapa sería visitar los restos de Cartago. Sin embargo, los trámites aduaneros nos hicieron mella y preferimos ir a buscar alojamiento en Sidi Bou Said, uno de los pueblos más pintorescos de todo el norte de África, caracterizado por sus casas pintadas de color blanco y las puertas y ventanas de color azul añil. Pasear en silencio por sus estrechas y empinadas callejuelas, fue muy gratificante, lo que nos hizo olvidar la agotadora burocracia del puerto.

A la mañana siguiente, las nubes jugueteaban con un sol tímido, con lluvias cortas, y una temperatura que no superaba los 14ºC. Después de desayunar, salimos con decisión hacia Ras Angela, el punto más al norte de África.

El primer contacto con la carretera me sorprendió gratamente (podríamos decir que es de lo mejorcito en todo el norte de África). Después de un centenar de kilómetros, abriéndonos paso entre pequeñas aldeas, reducidos bosques y campos verdes de olivos y otros árboles mediterráneos. El tiempo nos respetó y un sol tímido nos acompañó; del verde de los campos, pasamos a la arena, antes de alcanzar nuestro anhelado destino.

El último tramo del camino para acceder al punto más al norte de África no era muy complicado; con paciencia y sin prisas fuimos avanzando, hasta una explanada, donde ya era del todo imposible seguir más; estábamos a menos de 300 metros del pequeño monumento que indica el lugar (el contorno del mapa físico del continente, y en su base la inscripción que te informa del sitio en donde te encuentras). Cuando alcanzas un lugar así, es fácil ilusionarse al pensar que son bastante desconocidos y pocas personas han estado, y es cuando te sientes un aventurero.

Dejamos Ras Angela a nuestras espaldas, y ahora todo es rumbo al sur, rumbo a la mítica ciudad romana de Dougga, que se encuentra a unos 170 kilómetros de distancia. A medida que íbamos avanzando por las carreteras del norte de Túnez, me daba cuenta de que las distancias eran más largas, especialmente cuando se atravesaba un pueblo. El tráfico, al no existir semáforos, se vuelve un caos y el ritmo se rompe por completo.

Eran ya las 17:30 horas, y el sol cayó de golpe, la temperatura empezaba a caer también en picado. Estábamos a sólo 10 kilómetros de Dougga. Decidimos parar en el hotel y la mañana siguiente ya sería otro día. No era conveniente circular de noche, y menos con el frío –la moto marcaba 8ºC en el ambiente-.

El día se levantó fresco; el sol seguía sin calentar y pusimos rumbo a Dougga. Es importante remarcar que Dougga es impresionante, porque se trata de una de las ciudades más grandes del Imperio Romano en el continente africano. Un anfiteatro de colosales dimensiones nos recibió. Toda la ladera de la colina estaba cubierta con testimonios arquitectónicos construidos en el siglo II d.C. por los romanos. Esta singular riqueza arqueológica, además, por su buen estado de conservación, está en el Listado de la Unesco, y forma parte del Patrimonio de la Humanidad desde el año 1997.

Después de casi cuatro horas, nos pareció poco tiempo la visita a Dougga, pero teníamos que partir, para poner rumbo a Sbeitla, otro importante testimonio de la antigüedad clásica, situado a 170 kilómetros de distancia. Y como que aquí cualquier recorrido se alarga como el chicle y el día se encoge al ponerse el sol, al estar en pleno invierno y hacía bastante frío…

En ruta, el paisaje iba cambiando con frecuencia. El verde de las horizontales praderas se iba tiñendo de marrón suave, al tiempo que la tierra árida iba ganándole la batalla a la vegetación; no cabía la menor duda de que estaba conduciendo en dirección sur. Llegamos a Sbeitla y después de alojarnos en el hotel, decidimos salir a pasear para visitar parte de ese importante legado romano que queda en la zona. Sin embargo, al final no llegamos a entrar a visitar este yacimiento, veníamos de la gran Dougga, y ahora el contemplar estas, mucho más modestas, nos supieron a poco sin intención de desmerecerlas.

El día amaneció frío y el sol igualmente tímido. Después de desayunar, nos pusimos en marcha en dirección al oasis de Chebika; hoy pisaría, ¡por fin! el desierto. El estado de las carreteras es relativamente bueno (con sus baches, parches, arreglos, obras y algunas hierbas); lo peor viene cuando tienes que atravesar pueblos y aldeas, donde la vida se hace en la calle, y lo mismo, sin darte cuenta, te encuentras atravesando el mercado semanal.

Eran unos 240 kilómetros hasta alcanzar el área de los oasis de montaña; el paisaje progresivamente va cambiando el color verde, que pasa a un remoto recuerdo, por el marrón. Las largas rectas comienzan a aparecer y las montañas se vuelven cada vez más planas. Sin darnos cuenta, teníamos delante algo diferente: una mancha verde, que, a medida que nos íbamos acercando, crecía en tamaño y en relieve; se trataba de un inmenso palmeral, que se desarrollaba en medio de un manto de tierra marrón.

Habíamos llegado al oasis de Chebika. Las casas, de adobe, se levantaban en los espacios más áridos, porque los más fértiles se reservaban, por tradición generacional para plantar algún huerto y las palmeras datileras más famosas del mundo. A pocos metros, un río de agua dulce y cristalina es el protagonista de aquel paraíso natural. Después de admirar una interesante cascada, entre grandes bloques de roca, y al no encontrar un lugar decente para comer, decidimos partir hacia Tozeur y alojarnos allí.

Después de un desayuno reparador, salimos de Tozeur. El sol, como en otras ocasiones, hacía intentos de calentar, aunque sin suerte y pusimos rumbo a una Galaxia muy, muy lejana, que aquí es conocida como Mos Spa, mientras que los seguidores de la saga de Star Wars es Tatooine. La carretera era algo estrecha. Nos sorprendió que el asfalto era bastante nuevo, lo que nos daba a entender que este lugar era muy frecuentado por turistas de todas partes; es lo que tiene el universo Star Wars. El último medio kilómetro es arena, que nos lleva directamente a ‘Tatooine’, un poco más auténtica. Como todo lugar turístico, no faltaban varios puestos de ‘souvenirs’.

Sin problema alguno, fuimos entrando la BMW hasta el interior de aquel insólito decorado; tomé las fotos de rigor y marchamos de allí sin dejar de mirar para atrás. De nuevo en ruta, la carretera, de vuelta, se hizo menos larga, y pusimos rumbo al exterior de la Granja de los Lars, otro decorado de Star Wars, aunque, en esta ocasión, mucho más salvaje, puesto que se encuentra dentro de Chott el Jerid (el lago salado) y no había caminos ni referencias, tan sólo las coordenadas indican el lugar (33º50’34,1”N 7º46’44,5”E), lo que significa que no es nada turístico. Avanzamos seguidamente por un salar, aprovechamos unas roderas y las seguimos sin titubear, el reguero nos llevó poco a poco en dirección a un igloo, en medio de la nada y la euforia me invadió…

¡Ya estamos aquí! Era un pequeño igloo de cartón piedra en medio de aquel lago salado y de un desierto sin límites, que tan sólo se otea en el horizonte infinito. Supuso un subidón alcanzar este insignificante punto en el mapa, el cual parece virgen. La foto de Luke, con el igloo a la izquierda mirando al horizonte, con los dos soles, es mítica, ¿quién no la recuerda en la saga Star Wars, realizada en 1973 y 1974? Después de aquella experiencia galáctica, volvimos a la civilización siguiendo las roderas sobre la sal que habíamos marcado al venir, y después rumbo a Douz, la puerta del Sahara.

Para pasar de Touzeur a Douz es preciso atravesar el Chott el Jerid citado anteriormente. Se trata de una laguna salada de 7.000 metros cuadrados de superficie, la mayor área salada de todo el inmenso Sahara. La carretera está elevada y conforme iba avanzando, el paisaje cambiaba de color, del blanco, pasaba al verde claro, al púrpura…  Al salir de los dominios salados de Chott el Jerid, la sal dio paso, de nuevo, al desierto, observando algún palmeral que otro salpicando el marrón constante del horizonte.

A la mañana siguiente, pusimos rumbo a Matmata, el Hotel Sidi Idriss, donde se rodó el interior de la casa de Luke, en Star Wars. La carretera era sinuosa, fuimos curveando, porque esta zona del sur de Túnez es más montañosa, aunque el marrón seguía siendo el color dominante. La entrada al hotel era estrecha, puesto que se trataba de una construcción troglodita, excavada bajo tierra, como la mayoría de las viviendas de la zona.

La siguiente parada era el Djem, a 260 kilómetros de distancia. Íbamos dejando el sur para ir subiendo, al tiempo que el paisaje volvía a cambiar, del eterno marrón, al frescor del verde que recuperaba espacios, mientras avanzábamos. El anfiteatro de El Djem es el mayor de África y el cuarto del mundo; tuvimos el placer y el privilegio de comer delante mismo de aquel magnífico monumento. Fue una de aquellas inolvidables cosas que suceden pocas veces en la vida. Nos extrañó bastante que no hubiese mucha gente, lo que facilitó una visita placentera, al no haber colas para sacar la entrada, ni el agobio de hallarse el aforo lleno…

El viaje iba tocando a su fin, y llegamos a la capital, Túnez, para dormir, y mañana subirnos al ferry de vuelta a Génova. Pero aún nos quedaba visitar Kairouan, la cuarta ciudad santa para los musulmanes. Kairouan es famosa por su monumental mezquita y los artesanos de alfombras. Dentro del casco urbano la cosa se complicó, el tráfico era intenso y el GPS tenía puesto como destino la plaza de J’raba, en medio de la Medina. Aquí se rodaron todas las escenas de la película “Indiana Jones en busca del Arca perdida”, diciendo que era la ciudad de El Cairo, cuando en realidad se trataba de Kairouan, la magia del cine.

Tras visitar la Medina y la Gran Mezquita, ponemos rumbo a la ciudad de Túnez. Después de pasar la noche, a la mañana siguiente nos fuimos con mucho tiempo de antelación al puerto para realizar los trámites burocráticos y embarcar en el ferry hacia Génova y luego la vuelta a casa por carretera tras conquistar Ras Angela.

www.perlanegraviajes.es

Una respuesta para “OPERACIÓN RAS ANGELA”

  • Me ha gustado mucho la narración de esta crónica viajera. Túnez es un pequeño pero fascinante país, al que ya ha visitado mucha gente, pero, lamentablemente, como turistas, y esta narración confirma que David ha ido como viajero, emulando la grandeza de Ibn Battuta.
    Felicidades a David y a Montse por esta aventura.
    Un abrazo.
    Jesús

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