VIAJEROS DEL CAMINO

Por Agustín Ostos
“¿Ocho años pedaleando? ¿En serio? ¿Desde Turquía?” Le espeté al turco Gurkan Genc cuando me desvelaba un tiempo de viaje que pulverizaba al mío.

Eran mis primeras horas rodando en Colombia, país que tanto anhelaba conocer, y una mágica luz vespertina se cernía sobre montañas misteriosas, razón suficiente para que me orillara en la calzada para inmortalizar el momento a fresca toma de dron.

Ya lo estaba regresando de su expedicionario vuelo cuando, de repente, divisé en el horizonte una figura humana deslizarse, muy lentamente, sobre dos ruedas hacia mi posición… “¿Será una moto? ¿Será un avión? ¡No! ¡Es un turco que mola mogollón!”

Comenzamos a charlar curiosa y animadamente, como si de alguna manera tuviéramos el uno en frente del otro una suerte de raro espejismo.

—Mi sueño es ser Ministro de Deportes de Turquía. Si un día lo consigo, te invitaré a un partido del Galatasaray.

—Vale, aunque ambos sabemos el resultado si juega contra el Real Madrid…

Y así, entre tanta cháchara e intercambio de anécdotas, se oscureció el cielo. La ruta, llena de curvas y camiones, era demasiado peligrosa como para hacerla a baja velocidad iluminado por una mera linterna y, como lo último que deseaba era que mi nuevo amigo se metamorfoseara en tortilla turca por mi culpa, le ofrecí que se agarrara a mi maleta derecha para remolcarle hasta un alojamiento a 15 kilómetros.

Llegamos, dejamos las cosas en la habitación con más insectos que conocí hasta la fecha y decidimos acercarnos en la moto hasta El Estrecho, una pequeña aldea afro-descendiente próxima a nuestro campamento base.

Tras ser analizados con cierta estupefacción por una mamá entrada en años, elegimos su humilde puesto de comida para degustar trucha a la parrilla con arroz y papas paliando el sofocante calor, entremedias, con cerveza helada.

Pero claro, Súper-Supernova no se caracteriza precisamente por pasar desapercibida y, de pronto, alguien corrió la voz en la calle más cercana de que “unos gringos” se habían perdido y, rápido como el viento, nos cayó un remolino de niños enarbolando pícaras sonrisas y divertidas preguntas:

–¿Turco? ¿Qué es un turco?

–Es alguien de Turquía.

–¿Y qué es Turquía?

–Un país entre Asia y Europa.

–¿Y qué hacéis aquí?

–Perseguir la vida.

Como a astronautas. Nos veían como a astronautas. Cuando la apertura de las cuencas de sus ojos parecían llegar a su límite, decíamos algo y volvían a batir su récord. Les contamos algunas historias y, al finalizarlas, gritaban emocionados pidiendo otras, como si de repente nos hubieran salido doce nietos insaciables de aventuras y vericuetos.

–¿Podemos subirnos a la moto? –Claro, pero… ¿Por qué no nos subimos todos?

Y así fue como, entre risas y complicidades, pasé mi primera noche en Colombia; noche que, sin duda alguna, superó todas las expectativas.

Amigo Gurkan: La vida es nuestra. Buenas rutas y mucha mierda en tu camino.

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