LO LLEVAMOS EN LA SANGRE

Por Carlos Permuy
Hace unos días un amigo me hizo una pregunta muy fácil, pero que es muy difícil de responder: “¿Por qué eres motero?”. Lo primero que me vino a la cabeza fue contestarle “Porque me gustan las motos”, pero, de repente, me embargó la sensación de que la respuesta era vacua. La verdadera pregunta no era la que me hizo mi amigo, sino la que me hice a mí mismo cuando trataba de responderle: “¿Desde cuándo me gustan las motos?”.

La respuesta fácil era “desde siempre”, pero tampoco me satisfizo. Entonces, empecé a pensar y me retrotraje a mi infancia. Acababa de aprender a montar en bici y unos amigos de mis padres vinieron con su hija a casa, algo mayor que yo, y traían una moto pequeña, que montaba su hijo. No recuerdo ni quienes eran, ni el nombre de su hijo (ni siquiera puedo recordar sus rostros), pero recuerdo perfectamente que la moto era amarilla y hacía un ruido atronador. Por supuesto, una dos tiempos, estamos hablando de finales de los setenta.

El chaval se montó en ella y empezó a andar por un camino de tierra que había detrás de nuestra casa. Yo estaba alucinado, no podía articular palabra. Fue un flechazo a primera vista, quedé enamorado de esa máquina, de su ruido, de su dinamismo y de su velocidad. Al cabo de un rato, el chaval regresó y alguien me preguntó si quería probarla, a lo que accedí de inmediato.

Como era verano, iba en bañador y sin camiseta y así me senté en la moto. Ni casco, ni guantes ni protecciones, ya que eran otros tiempos y eso era “lo normal”, máxime si la moto no era grande. Pues bien, me subí a ella y el padre del chaval empezó a explicarme cómo iba… pero yo no le di tiempo. Nada más saltar sobre la moto le retorcí el gas como si no hubiera un mañana, saliendo disparado hacia adelante y alucinando con la aceleración de esa enorme moto (así me lo parecía) que llevaba entre mis piernas.

Os podéis imaginar que comparado con mi bicicleta aquello era otra dimensión. Pues bien, podéis suponer cómo acabó mi primera aventura con una moto. Al frenar sobre tierra me caí y me llené de rasguños el pecho, la barriga, manos, brazos y piernas. Todos los mayores vinieron corriendo hacia mí y recuerdo perfectamente que cuando me preguntaron cómo estaba les pedí una moto entre sollozos. ¿Sabéis eso de que hay dos tipos de moteros, los que se caen y los que se caerán? Pues yo me caí a los 30 segundos de montar en moto por primera vez. Quizá sea por eso que, salvo practicando enduro, por carretera jamás he tenido un percance (toco madera).

En mi familia no hay ni ha habido ningún aficionado a la moto, aparte de mí. Ni mis abuelos ni mis padres tuvieron moto nunca y para mis hermanos fue un simple medio de locomoción y siempre con moto pequeña. En cambio, ese día marcó mi vida y ya no pude dejar de pensar en las motos. Tanto es así que en verano tenía discusiones con mi familia porque querían ir a la playa y yo me quería quedar a ver las carreras de motos. Era la época de Freddy Spencer, Kenny Roberts, Wayne Gardner, Kevin Schwantz, Randy Mamola… y españoles como Sito Pons, Carlos Cardús, Jorge Martínez Aspar, Champi Herreros y tantos otros. Es decir, las carreras eran adrenalina en estado puro con esas 500 cc de dos tiempos que parecían potros salvajes.

Fin de año era un acontecimiento para mí de niño no sólo por los regalos, sino porque marcaba el inicio del París-Dakar. El mítico, el de verdad, el de África y Thierry Sabine y con él empecé a fijarme en esas enormes motos con un cilindro a cada lado y empezó mi pasión por las BMW. Cuando tenía 9 años me impactó ver a Hubert Auriol ganando el Dakar sobre una BMW R800G/S, después vino Gaston Rahier y se fueron alternando varias victorias en el Dakar con sus enormes BMW.

Lógicamente, pasé por todas las etapas que pasábamos por aquel entonces todos los que ahora somos cuarentones: minimoto (entonces se llamaban motos para niños), 49 cc, 74 cc, 125 cc y después todo tipo de motos hasta que, hace ya 20 años, vi en un escaparate una preciosa BMW R 1150 RT y me quedé enamorado de ella. Aunque a la postre no resultó ser mi tipo de moto, sí que lo fue la GS que tuve después y que nunca más me ha abandonado. Me refiero al concepto GS, porque dentro de él he tenido varias versiones.

Por lo tanto, retomando la pregunta inicial de mi amigo, le contesté: “No se puede explicar, simplemente lo llevamos en la sangre”.

Hasta el mes que viene.

Una respuesta para “LO LLEVAMOS EN LA SANGRE”

  • Roberto dice:

    Inexplicable sí, pero es un sentimiento que te despierta y alerta todos tus sentidos. Cuando llevas unos días sin montar en moto y oyes ese ruido en la calle no puedes dejar de voltear la mirada y sonreír. O cuando vas de viaje y haces una tirada de 800 km y estás cansado de moto y te levantas al día siguiente a las 7 de la mañana ávido de volver a coger tu moto. Inexplicable. Cómo tú dices Carlos “lo llevamos en la sangre”.

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