ADICCIÓN A LAS EMOCIONES FUERTES

Por Miquel Silvestre 
Hoy os quiero hablar de un par de mis adicciones, la lectura y las emociones fuertes. Viene al caso porque me encontraba leyendo hace unos días un libro de la premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleixievich sobre la guerra de Afganistán, ‘Los Muchachos de Zinc’, tema que me interesa especialmente desde que el año pasado recorrí la frontera entre Tajikistán y Afganistán para mi serie de televisión en la2, ‘Diario de un Nómada’.

La literatura de Aleixevich es de formato documental y consiste en recoger con aparente fidelidad los testimonios de los testigos directos del tema que trate, en este caso los desgarradores relatos bélicos de los soldados supervivientes, muchos de ellos mutilados física y espiritualmente, y de las madres de los que allí murieron. El libro, la verdad sea dicha, es un alegato antibelicista que oprime el pecho desde el primer testigo hasta el último.

Sin embargo, a pesar de lo terrible de las descripciones, las heridas, las amputaciones, el material inadecuado, la crueldad, el salvajismo y la hipocresía política de un régimen dictatorial agonizante, había algo en muchos de esas declaraciones en primera persona que me llamó especialmente la atención, y era la cantidad de veces que los combatientes, los sanitarios e incluso las empleadas rusas repetían que después de volver la vida la vivían a medio gas, pálida, insuficiente. Que echaban de menos la intensidad con la que en Afganistán, con la muerte a las puertas cada día, vivían, sentían y actuaban. Como quien se acostumbra a girar a cien revoluciones por minuto y bajar a cincuenta le resulta aburrido.

Eran manifestaciones parecidas a las que puedes leer en las memorias de los enviados especiales. La guerra es lo peor del mundo, pero la vida que se vive en ellas es de una gran intensidad. Un viajero de aventura como yo no es un combatiente ni pretende compararse. Los soldados van obligados y yo voy voluntariamente a cruzar selvas, desiertos o montañas, pero sí soy capaz de comprender ese sentimiento. Cuando crucé en solitario África por primera vez en moto, cada día para mí era un milagro, algo extraordinario, solo por estar allí, viendo lo que veía. Así lo conté en mi libro de aquel viaje, mi ópera prima ‘Un millón de piedras’.

Cuando crucé por primera vez Asia central y sus estepas y desiertos, bajo aquel cielo azul cobalto y entré en Bujará cubierto de polvo para descubrir sus mezquitas y madrasas de azulejos esmeralda, me sentí como Indiana Jones. Cada día en la ruta es un prodigio que nunca se parece al día anterior; cuando el paisaje es grandioso y no hay carretera, no hablas el idioma, no sabes qué comerás ni donde dormirás, eso es una inyección intravenosa de emociones intensas a las que uno se hace irremisiblemente adicto, aunque a veces se pase mal o se arriesgue incluso el físico.

Por eso y no por otra cosa me inventé una serie de televisión llamada ‘Diario de un Nómada’. Para poder disfrazar como un trabajo lo que no es más que una terrible adicción.

www.miquelsilvestre.com

www.silver-rider.com

Deja tu comentario