DESVENTURAS DE UNA PAREJA QUERIENDO LLEGAR A BMW MOTORRAD ESPAÑA

Por Willy Sloe Gin
Consistía el asunto en recalar en BMW para hacer no pocas fotos con otras tantas motos que me han acompañado durante tanto tiempo. Complejo asunto…

Empezó la cosa estupendamente, de lujo, como dicen hoy día escritores de medio pelo. Y fue el invento torciéndose. Pasando de bien a regular, de allá a mal y al poco, a francamente lamentable.

Los que vivimos en provincias creemos tener todo controlado. Craso error. Que acercarse a “La City” resulta infinitamente más complejo de lo que se nos imagina. Aquel jueves no fue distinto.

Autobuses que no llegaban, incapaces de hacer relevo alguno. Muchedumbre pretendiendo embarcarse en ellos. (Casi todos extracomunitarios…) Muchos de ellos subieron con gallinas vivas agarradas por el pescuezo, como en tiempos del maestro Martínez Soria.

Hora y media de “atascaera”. Y en el “ferrobús” nos enteramos de que por reivindicaciones más que lícitas los maquinistas del suburbano tenían convocada una huelga en el Metro. Poderoso descontrol…

Como me considero una persona de recursos, opté por soluciones alternativas. Fracaso. Aterrizamos por fin en el intercambiador de Príncipe Pío y como ni metro ni centímetro había, agarramos un tren de “lejanías” para que nos acercara lo más posible al Norte. A plaza de Castilla, que digo yo que no es pedir tanto.

Dos horas más. Aravaca, Pozuelo, El Pardo, Las Rozas, Alicante, Zahara de los Atunes, Castro Urdiales… Qué se yo. En la estación de Chamartín, a cinco minutos de nuestro destino, tuvimos que agarrar un taxi. Miren Ustedes que he viajado por estos mundos de Dios, pero aquello fue infumable. Por fin llegamos luego de pagarle treinta hojas al taxista.

Conseguimos hacer las fotos. Bueno lo consiguió Aída, que el otro fotógrafo nos llegó anquilosado del índice derecho. Bien está lo que bien acaba. Así que no puedo más que agradecer a todos los que tornaron zozobra en gozo.

Mi agradecimiento a los conductores del Metro, a todos los que invadieron carreteras y autovías con sus coches, a la Renfe o Adif, (ya no sé cómo se llama), al taxista que nos atracó de buena mañana, a un camarero fantástico que nos obsequió con unas albóndigas que, por tamaño y aspecto, parecían haber pasado mala noche. Todo para llegar a buen Puerto.

Y en ese Puerto nos esperaban David, Carmen, María, Joserra y otros cuatro tipos fornidos que no hicieron otra cosa que subir y bajar motos.

Gracias a todos.

Afortunadamente acabé llegando a Casa.

Deja tu comentario