RUTA 40 EXTREMA: ABRA DEL ACAY

Por Agustín Ostos
Con la comida todavía en la boca, salimos de Cachi hacia el Abra del Acay, un paso de montaña de la Ruta 40 que asciende a 4.895 metros sobre el nivel del mar, lo que le convierte en el segundo paso carretero de una pista nacional más alto del mundo. Habían pasado ya casi ocho horas desde que salimos de Cabra Corral, por lo que ahora tocaba afirmar el puño, ceñir la mente, apretar los miedos y meterle gas.

Y empezó la diversión: nos esperaban un sinfín de curvas y paisajes que, por mucho que me esfuerce en describirlos, siempre sería insuficiente. Pero lo intento: la soledad representada, el súmmum de lo abrupto, el aire puro que de tu nariz refresca tus pulmones, tus ojos y tu forma de ver la vida… kilómetros y kilómetros de tierra misteriosa abriéndose paso como una culebrilla entre la majestuosidad de las montañas.

Y es que me sentía como en un videojuego. Mi sensación era como estar conduciendo en un videojuego, pero con una diferencia: si en esta partida llegas al ‘Game Over’… no hay vuelta atrás. ¿Y por qué lo hago? Porque a esta vida vine a disfrutar, a descubrir, a experimentar y saborear todo aquello que me apetezca. Hay tantas cosas que dejamos de hacer por miedo a no hacerlas suficientemente bien o quedar en ridículo que en el fondo nos limita y aleja de realmente hacerlas. Por eso insisto a lo que vine: vine a disfrutar.

Hay algo mágico en los páramos solitarios alejados de la civilización y sus atrezos, humos y ruidos, construcciones y pavimentos. En lugares como estos, la naturaleza se mantiene tal y como siempre fue: abrupta, sincera y sin maquillajes. Y eso la hace inmensamente bella.

Poco importaba que estuviéramos exhaustos, mojados, helados y hambrientos. Poco importaba que no hubiera cobertura ni tránsito. Poco importaba que merodearan pumas, que Súper-Supernova marcara menos dos grados y que aún faltaran tres horas para llegar a Salta. Poco importaba todo eso en comparación a la sensación de estar ahí arriba al atardecer… Y es que, en las experiencias y recuerdos, en el inconmensurable gozo de vivir en el sentido más pleno de la palabra, donde puede descubrirse el significado auténtico de la existencia.

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