OPERACIÓN TRANSFAGARASAN 2019: RAFAEL CAMPOS RELATA EL REINICIO DE SU VUELTA AL MUNDO

Por Rafa Campos
Rafael Campos inició “Vuelta al mundo en moto en pareja” con un ‘costa a costa’ por Norteamérica (USA y Canadá) en 2016. Le siguió “Desafío Siberia 2017”, periplo que casi les cuesta la vida. Ahora, con su BMW R 1150 GS del 2001, está en plena “Operación Transfagarasan 2019”, continuación del anterior.


Este año, he empezado en solitario la tercera parte de esta vuelta al mundo, ya que M Carmen no ha podido acompañarme, como continuación de “Desafio Siberia 2017”. Visitaré los países que el accidente en Rumanía no me permitió como: Croacia, Bosnia, Bielorrusia y Ucrania entre otros. Desde allí daré el salto a Asia, para conocer Turquía regresando al Viejo Continente por los países que baña el Mediterráneo y finalizar en el Cabo de Roca (Portugal), comienzo y final de esta vuelta al mundo en moto que comenzamos en 2016 visitando EEUU y Canada, tal como cito al principio.

“Desafío Siberia” vino un año después, mandando nuestra BMW R 1200 GS LC a Japón, desde donde iniciamos la aventura siguiendo la orientación de este a oeste. Desde el país nipón dimos el salto a Rusia para recorrer la Transiberiana, uniendo Vladivostok con San Petersburgo, juntando oriente con occidente, el Pacífico con el Atlántico, haciendo inciso en Mongolia. Allí y en Rumania, tuvimos sendos accidentes de tráfico que obligaron a suspender nuestra aventura prematuramente.

Estoy realizando esta aventura con una R 1150 GS del año 2001. Con la intención de recorrer, primero, los países que no pude visitar debido al accidente que tuve en Rumanía durante “Desafío Siberia 2019”, países como, por ejemplo, Croacia, Bosnia, Serbia, Hungría, Moldavia, Transnistria o Ucrania. Desde allí daré el salto a Asia, concretamente a Estambul, capital dividida entre Europa y el continente aludido. Desde allí volveré al Viejo Continente por los países que baña el Mediterráneo para terminar mi aventura en el mismo lugar donde la empecé aquel lejano 1 mayo de 2016, el Cabo de Roca, punto más occidental de la Europa continental y cerrar así el círculo de este proyecto que M Carmen y yo hemos iniciado juntos.

Incidente mecánico en Barcelona

Comencé la aventura el pasado 12 de septiembre con la intención de llegar a los BMW Motorrad Days de Sabiñánigo para encontrarme con viejos amigos del mundo de los viajes en moto, como Elsi Rider o Navarider. Sin embargo, la fecha de mi ferry me hizo abandonar el evento prematuramente y de camino a Barcelona rompí el cardán a 100 kilómetros de la ciudad condal. En pleno viernes por la noche me tuve que resignar a no ser atendido por ningún taller hasta el lunes siguiente, solo dos días después de iniciar la aventura, ésta se encontraba seriamente comprometida, ya que la avería de un cardán no suele ser a priori una reparación barata ni rápida de realizar. Guardé la calma, me dediqué a cancelar todas las reservas de hotel y ferrys y a restructurar las etapas de mi aventura. El día 16 y por recomendación de Nacho, de Todomoto Sevilla, me fui a Control 94, Concesionario Oficial BMW en Barcelona, cuyos responsables, Ricardo y Susana, me atendieron estupendamente y dieron solución al problema, que finalmente no era tan grave, en un día. Ellos y sólo ellos y su equipo de mecánicos volvieron a poner mi moto en la carretera y mi aventura de nuevo en curso.

Cogí el ferry de Barcelona a Civitavecchia el martes 17 y, por distintos motivos, casi llego tarde para recoger la moto y tardé a acceder en el ferry debido a mi poca aclimatación a los atascos de la ciudad condal. En ese trayecto de 27 horas conocí a una pareja de Vigo que estaba realizando su primer viaje en moto juntos y a Carlos, un motero y viajero con experiencia y gran solvencia en las carreteras italianas. Viendo el mapa de lo que llevaba recorrido, parecía que hubiera dado el mapa a su hijo para que hiciera garabatos. Los tres, muy cercanos y simpáticos, hicieron esas horas de posible tedio muy entretenidas y animas. Al llegar a Civitavecchia, al día siguiente, se separaron nuestros caminos, ya que teníamos diferentes alojamientos en la capital romana.

El 19 de septiembre tenía reservado el ferry más tempranero desde Bari, al otro lado de la península italiana, a Dubrovnik, pero me resistí a hacer un trayecto recto desde Roma al este. Me lancé al descubrimiento de la capital romana y en esa búsqueda casi acabo detenido por hacer una foto de la plaza de San Pedro a hora tempranera, pero entrando por un sitio ilegal. Me libré de una buena multa. No contento con el desafío, bajé hasta Nápoles para visitar las ruinas de Pompeya, pero viajar en solitario exige saber de antemano donde vas a dejar tu equipaje protegido lejos de los amigos de lo ajeno. Aparqué la moto a 500 metros del lugar por 5 euros y tras esperar a un guía en vano, me puse a caminar por lo que queda de la ciudad de Pompeya en solitario. Un viaje en el tiempo a la Roma del siglo I que reproduce muy bien cómo era la sociedad de la época. También me lanzó el mensaje de que cuando la madre naturaleza se enfada, le es muy fácil borrar cualquier rastro de vida humana.

El Vesubio, todavía dormido, preside mi vuelta a la carretera y mi marcha a Bari por las caras autopistas italianas. Una vez allí, con tiempo, pierdo más de 40 minutos en encontrar la terminal del ferry de Jadrolinja, llegando a él con el tiempo justo, de nuevo. En la embarcación conozco a cuatro moteros gaditanos que van a rodar por la costa croata.

 

En shock

El 20 de septiembre llego a Croacia, desembarcando en Dubrovnik a las 08:00, aunque varias sacudidas del oleaje me despertaron de mi letargo a las 04:00 y 06:00. Recojo mis cosas con prestancia y bajo a la bodega junto con mis amigos gaditanos. Tenemos que posicionar las motos en un tiempo récord, ya que numerosa gente se agolpa en el lugar, la mayoría peatones y vehículos esperando salir, sin ningún tipo de orden.

Cuando salgo del ferry respiro el aire fresco del puerto bañado por un sol de justicia que deja atrás los sombríos días de Italia. En el control de pasaportes me esperan mis amigos gaditanos, sin embargo, aunque habíamos hablado de desayunar juntos y separarnos después, compruebo que no esperan y se difuminan en la lejanía y el tráfico; yo, todavía tengo que pasar el rutinario control. Salgo del puerto y, tonto de mí, pierdo unos minutos en buscarlos en vano, porque me han dejado tirado, sintiendo en ese momento un profundo vacío. A partir de aquí, creo que empieza mi periplo de soledad de verdad y eso me ha dejado tocado a primera hora de la mañana, en shock, aunque en los semáforos me encuentro con algún motero italiano a lomos de su Ducati. Seguidamente, empleó un tiempo, necesario, en repostar mi moto que llega seca desde Nápoles. Lo hago en una gasolinera cercana al puerto y hago mi primer pago en Kunas. Después de eso, me quedo como atolondrado, sin saber qué hacer y ¿ahora, a dónde voy? ¿Saco el drone para una toma aérea? No se qué hacer y así paso un tiempo muerto, casi 20 minutos, en blanco. Finalmente, el fuerte viento me hace desistir, ya tendré otra oportunidad, pues pienso volver. Voy al puerto una vez más para buscar un sitio para desayunar, pero sin llegar a nada en concreto. ¿Qué me pasa?

Como niño que no ha hecho los deberes, pongo rumbo a Split. Aunque ese no es mi destino; mi destino será Belgrado en Serbia y para ello quiero atravesar Bosnia y Herzegovina en esta etapa. A las 09:30 me pongo de verdad en marcha y paro en una gasolinera a tomarme un café, repostar y reflexionar sobre lo que voy a hacer a partir de ahora que viajo solo. A ver si me despejo porque estoy aquí como sin alma y ya son más de las 10:00. Mi enemigo implacable, el tiempo, se está riendo de mí.

Me pongo en marcha y empiezo a experimentar lo que tanto me habían hablado de la belleza de la costa croata. Avanzó hacia el oeste coqueteando con acantilados y salientes saboreando la suave brisa, mientras curveo, bajo un sol justo que calienta sin sofocar y todo ello bañado por un cielo azul y un mar todavía más azul y cristalino, salpicado por islas de indudable belleza. Si me hubiera traído el bañador… ¡qué estoy pensando. ¡Bastante tiempo he perdido ya, debo continuar! Pero, sin duda, contemplando estas costas me pregunto si Ulises no se hubiera quedado aquí embelesado de tanta belleza y hubiera dejado su querida Itaca y Penelope en el olvido.

A mí, me gustaría pensar que este sería un lugar perfecto para perderse de todos y de todo, reflexionar sobre la belleza de este sitio, saborear lo esencial de la vida, evadirse para encontrarse, dejándose llevar por la brisa marina en una especie de Ciguatanejo bañado por el Mediterráneo. Según avanzó veo que hay multitud de hoteles en la carretera que miran al mar con envidiables vistas, lástima que tenga que continuar. Por mirar uno de ellos casi me estrello contra un camión que paró repentinamente a causa de unas obras en una casa, los operarios están descargado una viga y por mucho que piten los coches no creo que vayan más rápido. Reanudó la marcha y pasado la población de Atom llego al primer puesto fronterizo terrestre de #operaciontransfagarasan2019 donde paso de Croacia a Bosnia. El paso es sencillo en Croacia, con solo la petición del pasaporte; en Bosnia, el agente me pide la documentación de la moto sin más problema y continuó mi viaje. Mi primera ‘frontera-frontera’, como entendemos una frontera, no ha tenido mayor problema.

Una vez en Bosnia, el GPS me manda por una carretera de montaña revirada y casi desértica, por una vez me alegro de que me la haya liado. Solo los numerosos pinos son testigos de mi paso, el único ruido reinante es el del viento y el de mi motor boxer. Mi corazón late con henchida emoción al curvear por este inhóspito lugar, ni un motero a la vista, ni un alma que habite, ¿me ido a Siberia y no me he dado cuenta? He dejado atrás el bajón inicial y el rumor del puerto por el silencio y ahora, más animado, voy a sacar el drone, pero el viento me lo impide. Bueno, pues voy a intentar hacer el vídeo de una pasadita con la moto, lo malo es que el lugar interesante es en el vértice de una curva y es imposible parar con seguridad. Si estuviera M Carmen ella podría bajarse y sin trípode ni nada grabarme, para recogerla a continuación. Tras subir una colina y en el ensanche de un cruce, hago la pasadita, no quedándome del todo mal. Al fondo, el mar Mediterráneo en una bella estampa. Tras la parada y constatar que tardó quizá demasiado en poner los elementos para grabar, continuó ascendiendo por la montaña en completa soledad, increíble que hace una hora el puerto bullía de actividad y ahora estoy aquí perdido, solo, con rumbo desconocido y sin referencias, me siento en un instante como en Mongolia. Además, aquí el tráfico está libre de las maniobras raras de los italianos.

‘Expulsado’ de Bosnia

Mi querido GPS, que debe tenerme manía, me mete por unos sitios inauditos. En pocos metros me veo rodeado de caseríos y tractores. Para mí, que me estoy metiendo en la finca de alguien, verás tú cómo salga con la escopeta; sin embargo, el asfalto, dispuesto en placas, no está del todo mal, no es un terreno peligroso o inestable. Tras pasar algunas curvas interesantes acabo en otra frontera, esta vez de paso a… ¡Bosnia! Pero ¿un momento? ¿No estaba en Bosnia? No estoy borracho, voy a entrar en Bosnia, otra vez, allí me reciben dos policías viejos, con pitillo en boca, oliendo a Dios sabe qué, en un puesto destartalado y añejo puesto en mitad de la nada. Me piden el pasaporte, la documentación de la moto, hasta aquí todo normal. Cuando lo examinan todo y ven que todo está correcto, me prohíben el paso, ¿cómo?

-“Efectivamente, esta es una frontera de Bosnia, pero solo para locales”, me dicen. No salgo de mi asombro, les pido que me dejen continuar ya que es el camino más directo a Mostar. Recibo una negativa invitándome a que de la vuelta de inmediato, no hay más que hablar, a volver a bajar. No esperaba para nada encontrarme con una frontera dentro de una frontera, increíbles estas cosas de la vieja Europa, ¿será la Republica de Sprska? El caso es que me han expulsado de un país donde me han dejado entrar dentro del mismo país, es de locos. No entiendo nada.

Encauzado en la “carretera normal”, llegó rápido a la frontera con Croacia con una larga cola de camines de tres kilómetros. Le echo morro y me pongo el primero. La parte croata es un mero trámite y la Bosnia también. Le pregunto al policía que quiero ir a Mostar (Bosnia) de la forma más rápida posible, me contesta que coja autovías hasta Split y luego Zagreb. Sigo avanzando lindando con la costa hasta que poco a poco la carretera se separa y llego a una intersección de dos caminos: A la izquierda, Split (Croacia), a la derecha, Bosnia. Decido pasar del consejo policial y de más controles de acceso y marcho rumbo a la desconocida Bosnia.

Ya más metido en el interior del país, la primera sensación es que el asfalto empeora bastante, pero al menos el tráfico es más liviano. De pronto pierdo la luminosidad de la costa y me meto de lleno en un entorno más rural, por un momento es como si el tiempo se hubiera detenido. Los pueblos pasan como las hojas de un calendario a mi marcha y los kilómetros empiezan a caer en el contador con soltura. Las casas son sencillas, como los vehículos, pero los bosnios, al igual que los croatas, respetan mucho las normas.

A eso del mediodía y por consejo de un amigo, Miguel Ángel Romero, arribo presto a la ciudad de Mostar, uno de los enclaves más decisivos de la Guerra de los Balcanes que se libró en esta región en los 90 y que propició la desintegración de Yugoslavia. Aquí, en Mostar, paro en la Plaza de España, donde se erige nuestra bandera junto con la de Bosnia y la ONU. Allí, junto a una placa rindo homenaje a los soldados españoles que sirvieron en esa época y que murieron en el cumplimiento del deber, aquí por lo menos no los olvidan. Como tampoco se olvidan las cicatrices de la guerra, ya que alrededor de la plaza aún permanecen varios edificios desnudos con las señales de balas, morteros y obuses claramente marcadas, conviviendo con grafitis. Debo decir que no encuentro rastro de la bandera de que Miguel Ángel dejó tiempo atrás. Tampoco puedo ofrendar la que suelo llevar de Sandra (hermana de M Carmen) por tradición, porque, sí, señores, una semana después de iniciar el viaje me acuerdo de ella. ¡Manda narices!

Me monto en mi moto y continuo la marcha hacia el puente nuevo de la ciudad sobre el río Neretva, de cristalinas y azules aguas, puente destruido durante la guerra y que ayudaron a reconstruir los soldados españoles allí destacados. Está repleto de turistas, pero siguiendo el consejo de M Carmen a veces alejarse del objetivo te da mejores fotos, ¡qué razón tenía! Buscando un sitio para comer cepavi, plato típico de la región, casi choco con una conductora que andaba despistada, la cara de culpa que pone hace que no sea necesario decirle nada más, ha tenido, como yo, un buen susto. Sigo sin encontrar un sitio para comer ese mangar típico de los bosnios hasta que veo ese nombre en un local que hace esquina, giro a la izquierda, aparco la moto como en Coria Del Rio, donde me da la gana, y encargo el plato en un periquete con una Coca-Cola fresca que degusto en la terraza exterior con un ojo puesto en mi montura. Sin duda si la victoria tiene un sabor debe ser este.

A los bosnios parece no gustarles mi aparcamiento casi en la esquina, pero allí pasa la policía y no me dice nada, así que, ahí se queda. A los pocos momentos viene el camarero con el plato, tiene una pinta simple pero estupenda, es parecido a las salchichas o longanizas con pan de pita y cebolla. Como no tengo ni idea si se mete todo en el pan y se come o por separado me dejo llevar por mi ignorancia. Mientras como, por allí pasa un tipo que se queja del estacionamiento de mi moto, yo me hago el loco y con gestos le digo: “Qué cara más dura tiene la gente”, haciendo gestos como si fuera italiano. Ya que me han tantas veces, desde que empezó la aventura, que parezco italiano… Bueno, de aquí a que descubra el engaño, yo ya estaré fuera de Bosnia.

Llega la hora de pagar y primer problema. No aceptan tarjetas de crédito y no tengo efectivo bosnio. Propongo pagar en euros y el camarero, que es un pirata, me dice que el total son diez euros, ¡un momento! -pienso-, efectivamente, son diez, pero diez Marka bosnios equivalen a 5 euros, ahora resulta que su moneda es más fuerte que el dólar. Por ahí no amigo, has dado en hueso duro. A pirata y gañán no hay quien me gane y más teniendo en cuenta que soy el ‘Bear Grills’ de la tiesura, capaz de sobrevivir con 20 euros en la Feria de Sevilla (esto lo digo en broma, pero no me gusta que me tomen por idiota). Le indico que no voy a pagar eso y el camarero se encoge de hombros… tablas. Entonces, le digo:

-“Mira, sé que me estás cobrando de más, ¿porqué no me das otra cola y ya?” Exactamente, el refresco no hacia los diez euros, pero por lo menos se acerca más a la realidad de lo que me quería cobrar. No está bien intentar engañar al turista, aunque a veces pienso que también lo hacemos en nuestro país con los foráneos.

País musulmán en plena Europa

Tras el ‘break’, reanudo la marcha y sigo por una carretera secundaria bosnia hacia el norte. Ya llevo unos centenares de kilómetros por este país para darme cuenta de que es musulmán en plena Europa, sin embargo, conviven con la religión cristiana sin ningún problema, por lo menos bajo el prisma que me proporciona viajar en moto por estas inexploradas tierras. Lo gracioso es que musulmanes y cristianos parecen picados como un Sevilla-Betis. En muchos pueblos lo que más destaca es la mezquita, pero en las colinas cercanas de este montañoso país no faltan las cruces blancas bien grandes e iluminadas, incluso con leds. Que los musulmanes ponen un cementerio, los cristianos lo ponen en frente y encima copiando las lápidas, la mayoría, en forma de obelisco. Que se llama a la oración, allí que repican las campanas. Que las chicas van con hijab, las cristianas van en vaqueros y el pelo sueltísimo, como Rapunzel. Espero que la tensión religiosa entre ambas creencias no pase de este pequeño roce de vecinos.

Rodando por carreteras secundarias me doy cuenta de que Bosnia es precioso, verde y montañoso, muy diferente a la turística y preparada Croacia. Si no fuera por los carteles en lenguaje incomprensible, diría que estoy en Asturias, los ríos bajan caudalosos en un ambiente rural. Sin embargo, todos los vehículos, aunque pocos, pasan por aquí y eso hace que mi marcha se esté retrasando. Me llega la oportunidad de desviarme a una autopista que lleva a Sarajevo, la capital, pero viendo lo que queda y temiendo una nueva clavada continuó por estos caminos revirados más interesantes. A ambos lados de la carretera la gente dispone su mercadillo particular de fruta y otros enseres, pero no tengo dinero bosnio, tengo que desistir, no me los imagino con datafono, una pena, seguro que M Carmen hubiera parado a regatear un poco y a comparar su fruta con la nuestra.

A eso de las 17:00, llego a Sarajevo, la capital de Bosnia, nada que ver con el paisaje rural que dejo atrás. La capital es una ciudad moderna que me recibe con un monumental atasco a la romana. Me gustaría visitar algún monumento importante de la guerra o ver cómo aquí los judíos se han unido al pique cristiano-musulmán, pero debo desistir ante mi poco avance. Si sigo el curso normal, por secundaria que me marca el GPS, me atravesaré la ciudad entera parando en cada semáforo, y se está haciendo eterno. Mi anfitriona me manda un mensaje en el que pone cuando llegaré, con este tráfico, en cuatro días. Respondo cuatro horas. Decido apretar los machos e ir en busca de una autopista, la pongo en el GPS y ‘voilá’ me toca retroceder cinco kilómetros, de vuelta a más atasco, menuda solución.

Cuando, por fin, consigo salir del infierno de Sarajevo y me acerco a la autopista, en el puesto de peaje la chica me cobra el equivalente a 3 euros, qué barato – pienso -. A los seis kilómetros descubro porqué, ya que la autopista se termina y me escupe de vuelta a la carretera secundaria que intenté evitar, que bien Rafa, eres el mejor, ¡que gañán! Al menos Sarajevo queda atrás.

Resignado a la carretera secundaria, sigo el curso de un río de aguas bravas y me adentro en un valle oscuro por la penumbra de un día que está próximo a acabar. La conducción se hace muy dinámica y adelantando a la rusa avanzó con prestancia hacia la frontera. Me quedan pocos momentos para llegar a la frontera por Serbia y este viaje vuelve a su cariz aventurero, cuando, de repente…¡ ‘atascazo’ monumental… ¿otra vez? Como en Croacia y con mucha precaución decido adelantar a la hilera de camiones esperando encontrar algún momento donde el tráfico se reinicie tras un accidente o control policial para acelerar la marcha, pero nada, todo parado. Sigo y sigo, ya llevo siete kilómetros y no dejo de ver camiones y coches parados hasta donde alcanza la vista. Por fin, tras tres kilómetros más me coloco el primero delante de un camión y el motivo no es otro que unas obras en un túnel. De ahí salen vehículos, pero la policía no está por la labor de ayudar en acelerar eso. Intento otear un escape, pero es imposible, hay que pasar por el túnel. Bueno, a mi izquierda hay un arroyo que se puede vadear, accediendo a una carretera superior, pero… por una vez la cordura me llama a estarme quietecito. Será solo un momento hasta que corten en el otro sentido. Que va, una hora entera esperando a no sé qué para que me den paso. Enhorabuena Rafa, has llegado hasta aquí para ser el primero de los que se queden tirados en este atasco de proporciones bíblicas. Si cuando adelantaba a los camiones los conductores me miraban con envidia, ahora soy yo el que les contemplo con inquina, seré más rápido, más maniobrable, pero como a estos policías les dé por cerrar el túnel hasta mañana, adivinad quien va a dormir calentito. Al menos aprovecho para grabar unos vídeos y escribir estar líneas.

Media hora más tarde, cuando me estaba calentando mi #adventuremenu, la policía me da paso. Bueno, pues ya está -pienso- pasó el túnel, aceleró y llegó allí a las 20:00 o 21:00, un poco tarde, pero bien. Qué bonita es la ignorancia, al ser el primero abro paso para descubrir que el túnel no es que esté de obras es que lo están haciendo… ¡ahora! Bajo una oscuridad propia de una película de terror, con valor, sorteo andamios, obreros con taladradora, vigas, hierros, cemento, una furgoneta aparcada, cables en mitad de una tétrica niebla, con gran humedad, las paredes rebosan agua, el suelo está embarrado y lleno de boquetes y lo que está asfaltado está en bruto. Intento ir por esto último, pero topo con unos charcos increíbles, uno de ellos casi hace que me ‘esmorre’ contra el suelo. Tampoco me puedo levantar, hay tuberías y andamiaje a pocos metros de la cabeza. Tras tres kilómetros viajando al centro de mi locura, consigo divisar luz, menos mal que hicieron, al menos, la abertura de salida. Al finalizar este recorrido veo en el sentido contrario otros 10 kilómetros de vehículos, ahora les toca a ellos esperar por nosotros, la que les espera.

Haciendo surf en unas natillas

Atardece y la noche se me echa encima irremisiblemente. Siguiendo por ruta secundaria, el GPS me marca que siga a la izquierda; veo un cartel que dice que los próximos tres kilómetros serán de baches, se le olvidarían poner un cero porque ese camino se me hizo eterno intentando esquivar boquetes, rayas en el asfalto y, sobre todo, asfalto ondulante entre un firme cada vez más húmedo por la lluvia que empieza a hacer acto de presencia. Parece que voy haciendo surf en unas natillas. La temperatura empieza a bajar y por primera vez en esta aventura siento frío, pero es que voy muy bravo en manga corta, es lo que tiene haber salido vivo del invierno ruso, que me creo que todo el monte es orégano ¡Madre mía! Donde me he metido y lo que me queda para llegar a Serbia, no digamos a Belgrado. Para colmo de malas no hay ninguna iluminación en la carretera, esto está muy negro, más que eln túnel que dejé atrás. Lo normal en carreteras infames, Rafa, esto es Europa del Este, qué sería de ti sin tu perro cruzando, sin tu paisano en bicicleta vestido de negro, de noche (los reflectantes debió dejarlos en casa), sin tu vehículo haciendo eses, sin ti luchando contra la hipotermia… No sería una aventura.

Esto está tomando un cariz ciertamente peligroso, no estoy cumpliendo una de las máximas de M Carmen, nunca viajar de noche. En Roma y Nápoles, se entiende por la hora de salida y llegada de los ferrys, pero esto es ya una temeridad incluso para mí. Me recuerda mucho a cuando tuvimos M Carmen y yo el accidente en Mongolia, carretera mala, frio, de noche, pobre iluminación, deseos de llegar, casi nos manda al otro barrio. A lo largo del camino veo numerosos hoteles de carretera con habitaciones libres, pero al haber reservado para los próximos dos días en Belgrado me obliga a continuar la marcha, rechinó los dientes de rabia, que ganas de descansar y qué sueño, tengo que resistir como sea. Sinceramente, de haber sabido que la oferta hotelera iba a ser tan amplía y factible a ambos lados de la carretera no hubiera reservado ningún alojamiento y esta etapa hubiera sido más corta. Si me pasa algo quiero que le digáis a M Carmen que era muy importante llegar a Belgrado en el día de hoy.

Al repostar por última vez en territorio bosnio me abro la chaqueta para darle a una niña de unos 6 o 7 años, una chocolatina, ya que su madre no pudo comprársela. Su sonrisa al recibirla recompensa estos sinsabores. Le pregunto si sabe dónde está España y la niña me dice que no tiene ni idea, su madre le saca de la duda. La niña me da un abrazo y madre e hija me despiden con una sonrisa. Este bonito gesto lo pago de otra forma negativa, porque al abrirme la chaqueta se me ha colado el frío dentro del cuerpo, convirtiéndose a partir de aquí en mi detestable compañero de fatigas. Aunque los puños calefactables y mis guantes #rukka, mitigan un poco eso.

Sigo avanzando por esta carretera infame hasta llegar al puesto fronterizo. ¡Qué bien! -pienso-, voy a meterme en Serbia, ya queda menos. Negativo. Por tercera vez en el día paso diferente frontera entre los mismos países, de Bosnia cruzo a Croacia a la altura de Zupanga. Otra vez los mismos trámites para unos policías hartos de todo. El tedio de la burocracia es rápido, sigo adelante preguntándome si Serbia no habrá desaparecido del mapa y el GPS me está gastando una broma.

Ahora sí, cojo la autopista, recojo el ticket, guardo el ticket y lo conservo hasta el siguiente ‘check point’. Mientras hago el gesto me acuerdo de todos los que perdió M Carmen en Japón y que nos costaron tener que explicar a un empleado jubilado de dónde veníamos sin saber japonés y ellos sin saber inglés. Que tensión hubo en esos momentos, pero que gracioso es recordarlo ahora en perspectiva. Sin embargo, si mi olvidadiza mente me la juega intenta explicárselo a los no tan afables policías eslavos.

Con la autopista pagada en Croacia el ritmo es más vivo y llegó al peaje para pagar. A los pocos kilómetros, la frontera, espero, con Serbia. Sin embargo, la poca iluminación hace que casi me choque con un muro cuando debí girar a la izquierda tal y como indicaba el GPS, pero como vi el cartel de ‘Customs’, seguí sin pensar. El GPS, de ser una persona, se debe estar tronchando de risa ante mi ineptitud. Si conozco algún día a algún responsable de la marca prometo regalarle una paliza, ¡jejejeje!

“¡Vamos Rafa!”

Salgo de Croacia sin problema, aunque cuando les digo que voy a Serbia el gesto se les tuerce. Se nota el pique histórico entre ambas naciones. En Serbia, los policías me tratan bien y con diligencia, por primera vez me hacen abrir una maleta (topcase), pero no son muy exigentes conmigo. Al ver el policía el pasaporte, exclama: -“¡Vamos Rafa!”, en un español algo tosco pero gracioso, entonces les replicó metiéndome un poco con Djokovic. La verdad es que el rostro serio del principio me recordó a la frialdad rusa, pero ellos también saben sonreír si das con la tecla. A los pocos kilómetros de salir del control, cojo la autopista y mismo protocolo de actuación para no perder ese ticket del demonio.

Llegó a Belgrado, capital de Serbia y de la antigua Yugoslavia, rozando la medianoche después de más de 650 kilómetros de vueltas y revueltas. Por una parte, me alegro de descubrir algo más de lo que sale en las guías, me he metido en la Bosnia profunda, pero por otro estoy muy cansando y solo ansío una ducha y dormir. Al llegar, me encuentro que el apartamento no está anunciado en ningún sitio, ¡qué novedad! Me recuerda a Rusia. Debo coger mis cosas ante dos chavales de 19 años de dudosa calaña. Yo, ni me inmuto, a lo mío. Al llegar al supuesto portal, ¡vaya escena! Todo sucio, cristales rotos, grafitis en el interior… No le doy importancia, porque muchas veces en Rusia nos pasó que un exterior horrible daba paso a un interior excelente. Yo, sin embargo, sino me recibe nadie, ¿a dónde voy? Intento llamar, pero por dejar la itinerancia puesta en Bosnia, Orange me va a dar un regalo en mi factura de 50 euros y me corta, por seguridad, los datos. Por lo tanto, no puedo ver nada ni llamar a nadie. Con un poco de gestos, esto a M Carmen se le daba de fábula, consigo que una mujer llame al anfitrión que resulta ser: Marjana Petkovic. Esta chica le manda a la mujer la ubicación de mi piso e instrucciones.

-“Uy, pone piso diez. El ascensor solo llega hasta el 8” – dice la mujer sorprendida -“Entonces, ¿me toca subir todas mis maletas yo solo dos pisos? ¿En serio, Rafa? – me preguntó

Estoy bien j…, no solo debo subir dos pisos solo, sino que estoy obligado a dos viajes mínimo. ¿Cómo lo hago? La mujer que está conmigo me sostiene la puerta y se queda reteniendo el ascensor hasta que yo, en dos viajes, lo traigo todo. Antes de irse me dice que quite la moto de ahí que es la entrada de un colegio, puedo dejar la moto a cubierto en unos soportales de este bloque de pisos de cemento (en crudo vamos). Me monto en el ascensor, con el 50% del trabajo hecho, pero de repente, se para repentinamente en el sexto piso, sí, me he quedado encerrado en el ascensor, con todas mis cosas apiladas formando una persona y yo en un espacio angosto de un metro cuadrado como mucho, luego se va la luz y me quedo a oscuras. No hay botón de emergencia, ¡vaya día que llevo señores! Es que ya no sé qué más me puede pasar. Allí me quedo 40 interminables minutos en los que me siento abrazando mis rodillas, intentando sosegarme y tranquilizarme, no queda otra, tengo que ahorrar oxígeno. Espero que alguien se dé cuenta de que el ascensor está estropeado y llame al servicio técnico, pero, siendo medianoche, ¿qué servicio técnico? ¿Quién va a coger el ascensor a estas horas? Pues nadie.

Cuando ya me iba haciendo a la idea de que pasaría la noche sentado abrazándo mis cosas, la luz vuelve y el ascensor sube hasta el piso 8º. Me quedan dos que subir a pie, todavía. Menuda olimpiada me estoy marcando a la estupidez. Etapa más larga con levantamiento de bultos. Yo, sacando fuerzas de flaqueza, me los hecho todos a la espalda y como sherpa subo al Everest serbio en un solo viaje. No quiero repetir la caminata.

Llegó al piso y entró, al fin. La verdad es que está muy bien, según fotos es como una buhardilla con salón, dos dormitorios, tres camas, etc. Dejo mis cosas como puedo y me dispongo a encender la luz, ¡no hay! Tampoco hay agua, ¡tócate los c…! Vaya noche de viernes señores. Le doy una patada a lo primero que pillo que no sé si es mío o de la anfitriona. Me da igual. Con mi linterna vislumbró un WIFI, me conecto y le escribo a Marjana, no contesta. Intento buscar fusibles o algo, pero nada, ¡vaya tela! ¡Vaya final de etapa! El grifo no suelta ni agua para llenar un vaso. Después de 650 kilómetros de infierno, llegar a un sitio así en estas condiciones me hunde la moral, encima el piso está gélido. Tan solo alcanzó a quitarme mi ropa de moto y acostarme en lo primero que pillo, que no es una cama, es un sofá cama, al menos con la ropa puesta.

Mañana, será otro día, pero lo que está claro es que yo mañana pongo rumbo a otro destino a mi aventura. No me quedo aquí otro día más ni loco.

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