VIAJAR EN MOTO, ALTERNATIVA A LA “VERGÜENZA” DE VOLAR

Por Miquel Silvestre
La Naturaleza es sagrada y los viajeros lo sabemos bien. Cualquiera que viaje en moto conoce el valor de nuestro planeta. Pero actualmente el ecologismo se ha convertido en una especie de religión que aspira a imponer sus dogmas sin contradicción y a tratar como herejes a quienes no comulguen con sus postulados.

Discrepar es anatema. Por ejemplo, se habla hoy del neo-concepto “vergüenza de volar”, debido a que los aviones contaminan mucho, dejan gran cantidad de CO2 en la atmósfera y a que los destinos más populares se masifican. Todos hemos visto las fotografías del Everest colapsado. Hay que poner freno a esto, dicen ahora.

Esto, en el fondo, es puro clasismo. Las propuestas al respecto intentan dejar a los pobres donde deben estar, o sea, en casa consumiendo populismo por televisión, y consisten en subir el precio de los billetes incrementando impuestos a las aerolíneas y/o establecer un límite de vuelos por persona al año, con los que puedan negociar al estilo del mercado de derechos de emisión por virtud del cual los países ricos compran a los pobres su derecho a contaminar. De ese modo, los pobres, en lugar de usar sus tres vuelos anuales, venderían su derecho a volar a los ricos, quienes viajarían libres de moscones a destinos de nuevo exclusivos, mientras que los pobres que venden sus vuelos, siguen siendo pobres pero se quedan en casa viendo televisión y comiendo neo hamburguesas de insectos. ¡Menudo invento el mundo feliz del futuro!

Nosotros viajando y haciéndonos fotos molamos mazo, pero los demás viajando son un incordio. Es lo del nuevo aforismo: turista lo serás tú, yo soy viajero. Pues miren ustedes, no. Turistas somos todos porque tenemos billete de regreso y un confort occidental esperándonos para cuando regresemos.

Por supuesto que no me gustan las aglomeraciones, ni en el Everest, ni en Venecia ni en Malasaña, pero para evitar a las masas tengo muchos medios a mi alcance, y el más importante es la motocicleta. ¿Qué hoy se considera que volar contamina mucho? Yo también lo pienso. Pero en lugar de prohibirlo o intentar avergonzar a los demás por querer viajar, ofrezcan alternativas, promocionen otras formas de viajar. Es lo que yo, modestamente, hago a través de mi programa de televisión. No por nada a ‘Diario de un Nómada’ se le concedió la certificación Biosphere. Yo viajo en moto a lugares donde apenas hay nadie. Muestro con el ejemplo cómo es posible vivir experiencias intensas viajando por tu cuenta, lentamente y contaminando poco.

La motocicleta, por su relación peso potencia, es el vehículo a motor más eficiente que un ciudadano medio tiene para irse de vacaciones. Pongamos que queremos conocer Estambul y disponemos de 15 días. En moto serían 868 kilos de Co2 la ida y la vuelta, de modo que si viaja una pareja son 432 kilos por persona. Si fueran en avión, la cifra subiría a 1.748 kilos. Pero es que si dividimos la cifra del viaje en moto por el número de días que estamos de vacaciones, salen unos muy asumieses 29 kilos de CO2, mientras que en el caso del avión, los 1.748 kilos se han generado en solo 9 horas y aún tendremos 14 días para seguir generando CO2.

Por supuesto que una bicicleta contamina menos que una motocicleta, pero si quisiéramos hacer el viaje en bicicleta en 15 días, tendríamos que pedalear diariamente 482 kilómetros, lo que está lejos del alcance de la mayoría de mortales. Esto viene al caso también porque cuando pensamos en el viaje en bicicleta como actividad poco contaminante, lo será solo si hacemos todo el trayecto de ida y vuelta a pedales. Igual que el montañismo o el trekking son actividades poco contaminantes, siempre que no tomemos aviones ni coches para llegar al pie de la montaña.

¿Queremos un mundo sin masificaciones y sin contaminar? Pues promocionemos otro modo de viajar, más lento y por secundarias. Disfrutemos el trayecto y no tanto el destino. Viajemos menos lejos, pero vivámoslo más. La gran diferencia entre hacer el viaje hasta Estambul en tu propio vehículo o hacerlo en avión, es que en el primer caso vives una aventura real, una ‘road movie’ y puedes elegir la costa del Adriático para la ida y regreso por las montañas. Dubrovnik o Sarajevo, Split o Sofia. Viajas lentamente, poco a poco, empapándote de experiencias, paisajes y gentes; evitas la masificación de unos pocos lugares y repartes tu dinero a lo largo de la ruta contribuyendo a una más homogénea distribución territorial de la riqueza. Y para concluir, llegas a tu destino con la sensación de haber hecho algo grande.

En el segundo caso, usando el avión, aterrizas en otro universo en apenas cuatro horas, sí, pero metido dentro de un rebaño, viajando entumecido, siendo tratado como una maleta y contaminando más. No has visto nada del camino, te has perdido el cambio sutil de paisajes, gentes, culturas y edificios desde que saliste de Madrid y llegaste a Asia, y encima, cuando vas a la Mezquita Azul está petada de peña.

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