UN VERANO CON MI HIJA Y LA IMPERIAL BMW K 1600 GTL

Por José Mª Alegre
Coger una espectacular BMW K 1600 GTL para subir a una de las personas más preciadas de tu vida, tu hija, y junto a ella hacer un viaje cercano a los 2.000 kilómetros, visitando amigos y ciudades dispares, es siempre una experiencia ilusionante plagada de detalles enriquecedores; momentos únicos que dejan un buen sabor de boca, y que recuerdan anteriores aventuras moteras, cuando la “niña” sí lo era, y que nunca se olvidan.

Total confianza

Para llevar una K 1600 GTL no hay que tener complejo alguno, pues conducir una moto de 350 kilos de peso con el depósito de combustible lleno, que alcanza los 26,5 litros de capacidad, con una reserva de cuatro litros, puede encender las alarmas. Reconozco que a mi edad (poco más de sesenta), las motos pesadas me pesan cada vez más, pero cuando conduces esta BMW con tu hija -el primer calco de tu estirpe- en el ‘butacón’ trasero por carreteras nacionales y secundarias, trazando ahora una curva a la derecha, ahora a la izquierda, reduciendo la marcha al paso de un pueblo, descubriendo un paisaje alucinante, frenando ante un stop, un bar de carretera donde tomar un pincho de tortilla (de patata, ¿con cebolla? ¡Me trae sin cuidado, siendo buena me da igual!), la confianza es máxima, porque te das cuenta de que el peso no es ningún problema, pues la K 1600 GTL se maneja como una bailarina. Basta con un movimiento de cintura a un lado o al otro para que tan imperial moto te obedezca sin ‘rechisto’ alguno, mostrando una sumisión total y absoluta. ¿Cuándo hay que tomar conciencia de los kilos? Al aparcar. Es entonces cuando debes pensar que luego hay que salir, y siendo verdad que esta preciosidad tiene marcha atrás, facilitándote la maniobra ¡y de qué manera!, no está de más aplicar el refrán: “Prevenir es curar”.

Logroño, primera etapa

Salimos de Madrid hacia Logroño para ver a la buena gente de Km Solidarity, la primera ONG en moto de nuestro país que cuenta con el apoyo de BMW Motorrad España en muchas de sus acciones y cuyos miembros acompañé en el viaje a Roma en moto en su “Destino Vaticano 2019” para grabar los 2.000 kilómetros que hicieron desde la capital riojana hasta la italiana. Sus cuatro miembros acudieron a la audiencia del Papa Francisco en el Vaticano donde el Santo Padre bendijo el casco BMW Motorrad, personalizado por Efra, que llevaron con fines benéficos. Un viaje que, además de la distancia, las risas, las charlas y los sufrimientos (pillamos la ola de calor que nos dejó más escurridos que una balleta), derivó en una amistad que exige vernos con frecuencia.

Al salir de Madrid con la preciosa “carga” que tuve a bien pedir por carta a París tres décadas antes, puse en el navegador “nada de autovías”. Así, lejos de pillar la A-6 o A-2, pues cualquiera de las dos te llevan a Roma, digo, a Logroño, pero con tedio y aburrimiento, preferí divertirme pasando por Navacerrada, Torrecaballeros (el pueblo de los restaurantes donde el cordero es la estrella), Pedraza, Riaza y tantos otros. La ventaja de llevar a mi hija (¿he dicho que se llama Julia?) es que no se queja, no rechista, todo le parece bien: “¿Papá, cuando paramos para comer?” -pregunta la “moza” a las 15:00 h-. “Sobre las cuatro, cielo”, le respondo, y sin problema.

Tras el pincho de tortilla en la hora prometida por el padre (soy hombre de palabra…), llegamos a la presa de Pajares, cuyo preocupante estado del embalse medio vacío nos obligó a detenernos. Hace un año y medio hice un vídeo sobre la sequía que sufríamos en España -viajando con la divertida G 310 GS-, dejando escrito en el artículo un premonitorio párrafo que reza así: “España sufre una sequía cada ocho o diez años al encontrarse en la zona templada del planeta y bajo la influencia de dos corrientes de aire: una masa de aire frío y húmedo del Atlántico y otra de aire caliente y seco que procede de África. Sequías que irán en aumento agudizadas por el cambio climático”.Y, desgraciadamente, así está ocurriendo, y no por mis dotes adivinatorias, que carezco de ellas (de lo contrario ya me habría tocado la lotería), sino por la lectura de doctos en la materia que así lo anuncian.

De ahí a Logroño quedan unos kilómetros auténticamente deliciosos por la N-111, curvas abiertas, rápidas, y otras no tanto, de asfalto perfecto en las que la K 1600 GTL se mueve como un buque en mar en calma, sumisa a las indicaciones del piloto, disfrutando un montón. Y entre curva y curva, el tirón maravilloso del motor de seis cilindros de 160 CV a 7.750 rpm y par máximo de 175 Nm a 5.250 vueltas, registros magníficos para tan sólo cien kilos, que es el contenido peso de este motor. “¿Muchos kilos?”, inquiero a mi hija ante su interrogante. “Julia, piensa que este propulsor tiene dos cilindros más que la mayoría de coches y, ¿a qué no lo parece por el poco volumen que muestra?”, a lo que ella, tras mirar la BMW, exclama, “¿Seis cilindros en ese pequeño hueco, papá?”, “¡Sí, seis!”, le respondo sonriendo. Debo decir que mi primogénita no entiende de motos, pero le gustan, pues en casa siempre ha visto una, por lo menos.

Logroño es una ciudad coqueta, moderna, limpia, de grandes aceras, gente alegre y amable que te avisan por enésima vez que no sigas con la moto por esa zona peatonal porque te están grabando y la multa será inevitable, lo que le hace exclamar a Julia: “¡Qué gente más maja!”. En la capital riojana nadie es extraño. Y menos todavía para mis amigos de Km Solidarity, con Eduardo San Vicente, el ‘presi’, a la cabeza; Pablo Saenz, tipo atrevido que se hizo los 2.000 kilómetros hasta Roma en una G 310 GS, toda una gesta, e Ismael Santamaría, faltando Jesús Vicario, otro motero, que en ese momento se encontraba de vacaciones (una mala costumbre, sin duda).

Ni que decir tiene que la estancia en Logroño fue entrañable. La capital riojana es tan ‘paseable’ que lo primero que hay que hacer es poner el vehículo que lleves, la BMW en mi caso, a buen recaudo, en el parking del hotel, por ejemplo, y desplazarte a ‘pata’. Y nada mejor que, siendo la hora de la cena, patearse los infinitos bares que hay en la calle Laurel y alrededores para degustar las mil y una viandas en un ambiente de fiesta y jolgorio en el que, no obstante, reina el civismo.

El buen rodar no está reñido con el buen yantar

Al día siguiente, salida con Eduardo y su F 800 GS, una “Ruta motera”, tal y como reza el sorprendente cartel inédito para mí (¿alguien lo ha visto en las carreteras madrileñas, por ejemplo?) que está presente en los numerosos cruces que debemos tomar y que nos acercan a San Millán de la Cogolla, cuna del castellano, cuyos monasterios, Suso y Yuso, son Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1997.

De ahí, nos apartamos de la “Ruta motera” para pasar por Baños de Rio Tobía, en pleno valle del rio Najerilla, a la cabeza de la Rioja Alta, y visitar al buen amigo Javier Hornos en las Bodegas Horola que con tanto mimo cuida, degustando sus magníficos caldos (apenas una copa…) mientras atacamos un aperitivo en una cálida charla a la sombra de una higuera. Como dijo el compositor Gustav Mahler, “Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra”, y si, además, es de Bodegas Horola, ni te cuento.

Una salida motera debe tener varios preceptos, uno es el aperitivo, cumplido con la visita a Javier; otro, que no debe faltar, el de la comida, pues el buen yantar no está reñido con el buen rodar. Así que el amigo Eduardo, él con su F 800 GS, como cito anteriormente, nosotros escoltándole con la majestuosa K 1600 GTL, dirigió nuestros pasos hacia Viana, última localidad del Camino de Santiago navarro antes de entrar en tierras riojanas. En ciudad donde toda ella es prácticamente un monumento histórico, como el conjunto amurallado del siglo XIII, nos detuvimos en una sensacional sidrería donde los ricos chuletones son un manjar para el paladar, cumpliendo a rajatabla la frase del inolvidable Luciano Pavarotti: “Una de las mejores cosas de la vida es que debemos interrumpir regularmente cualquier labor y concentrarnos en la comida”, algo en lo que el italiano era un consumado artista. Y así lo hicimos.

A la mañana siguiente, antes de partir Julia y el firmante en busca del levante español (los contrastes de este país nuestro son tan espectaculares y abundantes, que no hay vida suficiente para disfrutarlos todos), una carrerita por el parque cercano al hotel para quemar tanta caloría ingerida el día antes (¡ah!, se me olvidaba contar que tras la comida vianesa la cosa no quedó ahí, pues por la noche llegó el no menos contundente ágape, y no era cuestión de despreciar “la última cena” con los amigos de Km Solidarity antes de la próxima… que será en los BMW Motorrad Days Sabiñánigo19).

El domingo por la mañana, volvimos a coger la espectacular K 1600 GTL, que lo es tanto que no pasa desapercibida en sitio alguno. En la calle, poniendo las maletas donde cabe todo gracias a la gran capacidad de carga que dispone, se detiene el enésimo curioso: “¿Qué tal va esta moto, ha de ser muy cómoda, no?”, pregunta alguien que pasa por ahí y no puede reprimir el magnetismo que ejerce moto tan imponente (atributo que potencia la Option 719 de la prueba, equipamiento opcional con el que personalizas la GTL a tu gusto, quedando ‘niquelada’, como las preciosas llantas que podéis ver en las fotos, el espectacular asiento, etc). “Pues sí -respondo-, muy cómoda”, le digo sin faltar a la verdad, pues la BMW es realmente confortable tanto para el que la conduce, como para el conducido. También en plena ruta, al detenernos en algún bar para saciar la sed, al partir, los que están fuera en la terraza guardan silencio para oír esta preciosidad, cuyo sonido es melodía para los oídos.

Queremos llegar a Valencia a tiempo para, después de pasar por el hotel, cenar una paella en cualquiera de los restaurantes que hay en La Malvarrosa. A Julia, después de los años trabajando fuera de España, le apetece degustar el plato valenciano por excelencia, aunque la comunidad levantina tiene un sinfín de ellos en su extensa y sabrosa oferta gastronómica, claro ejemplo de la dieta mediterránea, donde los productos del mar Mediterráneo y de su acreditada huerta son los puntos claves de tan deliciosa cocina.

La BMW no entiende de decadencia porque ella es el progreso

Hasta Zaragoza elijo la N-232, pero pronto compruebo que la festividad dominical tiene la carretera repleta de vehículos, colapso circulatorio que me obliga a cambiar la ruta y meterme por la AP-68, pues la BMW que manejo es la reina de las autopistas. Con control de velocidad en el puño izquierdo, cuyo manejo es mucho más fácil e intuitivo que el de muchos coches, y la pantalla eléctrica, que la subes a voluntad según la protección del viento que necesites, el rodar de la K 1600 GTL por la autopista es una delicia. Llevo, además, el modo Dynamic ESA (de hecho, lo puse en Madrid y ahí sigue), sistema que regula la suspensión gracias a los sensores de alta sensibilidad que detectan las condiciones de conducción en cuestión de milisegundos,equipándolo de serie junto con el ABS Pro y DTC. Además, el bajo consumo, poco más de seis litros a los 100 km, sumado a la capacidad del depósito, da una autonomía de algo más de 400 kilómetros (¿quién aguanta tiradas de este porte sin detenerse antes para dar descanso a las posaderas?), por lo que con esta moto “se hace camino al andar sin tener que parar”.

Y la “niña”, ahí, detrás, contemplando el paisaje, disfrutando la tirada de kilómetros y señalándome todo aquello que le llama la atención, como unos milanos cuya desvergüenza no sea tal y sólo quieren ver la moto más cerca; o un coche que nos hace una pirula para adelantar (hay algunos que parece que el carnet de conducir les haya tocado en una tómbola); o un paisaje espectacular que descubrimos tras un cambio de rasante. Viajar en moto es lo que tiene, que el asombro es continuo.

Rodeamos Zaragoza por la autovía de circunvalación hasta colocarnos en la A-23 por la que seguimos hasta Cariñena, queremos ver el gran premio de Silverstone de MotoGP y deduzco que, en tan importante localidad, que cuenta con cerca de 3.500 habitantes, centro de la región vitivinícola de la denominación de origen de igual nombre, encontraremos más de un establecimiento donde disfrutar de la retransmisión televisiva. Pero, mi gozo en un pozo, nos detenemos en uno y en otro, hasta que en el último me topo con la realidad cuando un tipo rudo, pero amable, me aconseja desistir, “Aquí, en Cariñena, no verá la carrera en ningún bar”.

“La vida es dura con el viajero, ¡qué le vamos a hacer!”, le digo a Julia con una sonrisa, pasando entonces de la autovía de Mudéjar, que así se llama la A-23, y remprendiendo la marcha por la N-330. Descubrimos entonces un mundo en decadencia, el que ha ocasionado la autovía, al llevarse el tráfico de la Nacional y con él la vida y prosperidad de todo lo erigido en sus dos orillas. Así, en esta ruta de rectas infinitas y calzada irregular, son numerosas las gasolineras están cerradas, al igual que bares, restaurantes y hoteles, todos ellos en ruinas, salpicando el recorrido. Es curioso cómo exigimos vías rápidas para erradicar el tráfico rodado de los pueblos, renunciando al ir y venir de coches, motos y camiones que llevaron la riqueza a esos lugares y que ahora, en aras del progreso, la han cercenado. Hemos ganado en seguridad y rapidez, ciertamente, pero a costa de detener el avance y la prosperidad de esos lugares que difícilmente conocerán tiempos mejores.

Debo reconocer que me gusta rodar por sitios que en muchos momentos parecen fantasmagóricos. Estaciones de servicio con las mangueras de repostar sin ‘pistolas’, pues siempre hay oportunistas que aprovechan la desgracia ajena para aumentar la herida ajena; barras de bar que languidecen entre ruinas; edificios que no hace mucho alojaban a los viajeros en su trajín de maletas y billetes. Y como ambos dos, padre e hija, aman la fotografía, nos detenemos aquí y allá para plasmar en imágenes tanta regresión. Y en semejante trazado, con el piso en mal estado en muchos puntos, la K 1600 GTL se muestra igual de efectiva que en la autovía. La BMW no entiende de decadencia porque ella es el progreso.

Valencia, paella y muchas más excelencias

A partir de Daroca, pueblo de acuarela que bien merece una parada, a la que los romanos llamaron Agiria y los árabes pusieron el nombre de Calat-Darawca, hay que seguir por la N-234 hasta llegar a Teruel, apareciendo de nuevo la N-330, que, curiosamente, no llega a Valencia, sino a Utiel, en la A-3, a 80 kilómetros de la capital levantina.

Antes de la ciudad cuyo lema “Teruel, también existe” la ha hecho famosa, y que el viajero hará bien en visitar pues tiene mucho que mostrar, nos desviamos para echar un vistazo a su aeropuerto, a muy pocos kilómetros de la capital, aunque por los aviones que hay (varios Jumbo’s, incluso) y su estado, más parece un desguace de aeronaves.

Pero, sin duda, lo mejor de todo es el vehículo que nos lleva y que nos permite, al firmante y la preciada carga que lleva detrás, viajar con total confort y seguridad. Esta reina del asfalto te ofrece todas las virtudes de la moto: libertad, agilidad, rapidez y dinamismo, haciéndolo con rotundidad y arrogancia, pues su buen rodar, tecnología y potencia se lo permiten. Con la BMW todo es fácil, todo funciona de manera sencilla, intuitiva y natural.

La visita al aeropuerto turolense nos ha llevado un buen rato, así que tomamos la A-23 de nuevo para llegarnos hasta Valencia con luz de día para que mi hija se deleite contemplando la moderna ciudad y, sobre todo, ese monumento al urbanismo y arquitectura que es la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Valencia lo tiene todo, está bien situada geográficamente, goza siempre de buen clima (a pesar de las “gotas frías”, que he sufrido en mis carnes en un par de ocasiones y en moto). Es una ciudad que resulta muy amable por sus gentes, por el admisible tráfico, por su belleza, su rica oferta gastronómica, sus fiestas universales, y, sobre todo, por ese mar Mediterráneo que la baña. Es por todo eso y mucho más que suelo visitarla a menudo, pues desde Madrid es un “paseo” y la calidez que desprende esta agradable ciudad se nota de inmediato poco antes de llegar al circuito Ricardo Tormo, escenario de varios éxitos míos cuando competía en carreras de coches.

La paella cayó en La Malvarrosa, otro lugar en el haber de la ciudad, y si todos los restaurantes que hay allí son excelentes, tal vez uno de ellos, del que sólo diré que es el que tiene la carta más elevada (que no exagerada), el elegido sirve el arroz con bacalao (el de la foto) que es una pasada. Luego, paseo junto a la excelsa playa tomando un helado, del que también son maestros, cerró la velada de una jornada que empezó en Logroño y concluyó en Valencia. Al día siguiente, vuelta a Madrid con la BMW K 1600 GTL, una moto imperial que ofrece toda la confianza para llevar majestuosamente a mi hija Julia.

https://www.bmw-motorrad.es/es/models/tour/k1600gtl.html

https://www.bmw-motorrad.es/es/models/tour/k1600gtl/technicaldata.html

2 Respuestas para “UN VERANO CON MI HIJA Y LA IMPERIAL BMW K 1600 GTL”

  • Sergio dice:

    Gran viaje, muy bien descrito, felicitaciones!!

  • carmen peña dice:

    estupendo viaje Jose M. . en la mejor compañia y con una fantástica moto ..q mas se puede pedir ..bueno repetir aventuras con tu guapisimaa hija q se ve q es una estupenda copiloto ¡¡ biquiñoos a los dos ¡¡

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