DESVENTURAS DE DOS VIAJEROS EN PEAJES PORTUGUESES CON LA BMW R 1250 RT

Por Willy Sloe Gin
No es ni será la última vez que viajo por Portugal. En ocasiones pasadas y en la que nos ocupa, resulta la entrada al país vecino lo más complejo de tanta historia.

Y tanto viaje ha sido en motos distintas. Vuelvo a cantar las maravillas de la R 1250 RT. Sí me hubiera gustado algo más de capacidad para equipaje. Más que suficiente para una persona, pero ciertamente escaso para dos. Pega que pongo por no dedicarme a alabar tamaña moto. Todo lo demás, perfecto. Volveré a ‘Ella’ como, necesariamente, volverá a Portugal.

Entramos en el país vecino por peajes absurdos, histriónicos, carentes de sentido. Hace ya algún tiempo escribí sobre tamaña cuestión. Y fue en el libro ‘Las Fronteras Imperfectas’. Nada ha cambiado. Tratan estos desasosiegos de la dificultad inmensa que supone cruzar tan poca linde, frontera absurda. Nadie pide papeles, documentos, que estamos en Casa.

Pero nuestros hermanos han desarrollado un sistema complejísimo para sacarnos euros o escudos. Se han dejado dineros y materia gris en perfeccionar un sistema de cobro para quien circula por sus carreteras de pago. Y se han gastado en Lusitania una cifra montando unos arcos a lo George Orwell, por aquello de tenernos absolutamente fiscalizados.

Así que, con la moto a la inversa, la matrícula leída y el ánimo ciertamente alterado, nos dispusimos a introducir “el cartao” en la máquina infernal que nos miraba de la forma más aviesa que he visto. Inútil… No sirven las tarjetas, “cartaos” de débito. Que o son de crédito o el aparato no arranca. Y da lo mismo la posición de la motocicleta.

De esta guisa y con la colaboración exquisita de dos agentes lusitanos, que sin pedírselo nos aclaran dos o tres conceptos, nos cuentan que en la próxima gasolinera podemos comprar una tarjeta que nos permita cruzar todos esos arcos “fotovoltaicos” sin acabar en un penal lisboeta. Jamás encontramos la susodicha gasolinera.

Tampoco conseguimos la cochina tarjeta ni nada que se le pareciese. A pesar de todo nadie nos ha pedido nada en los mil quinientos kilómetros que llevamos recorridos.

Definitivamente pienso que nuestros amigos se han gastado un pastizal en controles absurdos. Peajes que no sirven más que para hacerte perder un tiempo precioso. Ellos sabrán…

Mientras, hemos recorrido preciosidades que salpican esta ‘Tierra’. Y lo hemos hecho queriendo hacer las cosas por derecho. No ha sido posible. Y es que esos peajes imposibles me han hecho sentirme como el Lute.

De gallinas robadas, no hablo…

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