ENCONTRÉ UN DESTELLO DE ESPERANZA

Por Eduard López Arcos
He tenido siempre la tendencia de escoger destinos lejanos, en donde las gentes hablaran distinto y los paisajes fueran exóticos. Cuantos más años pasan, mayor es mi necesidad de encontrar estímulos indagando en lo desconocido.

Nací hace cuarenta y cinco años en Barcelona, ciudad cosmopolita del Mediterráneo. Disfruté mucho de mi ciudad natal durante mi juventud, pero a medida que iba conociendo países de otros continentes, poco a poco fui pasando de amarla a cogerle alergia. Existen varias razones que explican esa mutación progresiva que he sufrido por cualquier metrópoli.

La desaparición de valores fundamentales

Viajando por África me di cuenta de lo pobres que somos en Europa. En el Viejo Continente tenemos demasiado y fabricamos un montón de productos que no son necesarios, algunos de los cuales sirven para aumentar nuestra pereza y otros para hacernos perder el tiempo. Este exceso contrasta con la pérdida de valores básicos. En términos generales, en África alimentarse es una prioridad, mientras que en occidente la tendencia es priorizar lo material por delante de lo básico y necesario.

La hospitalidad

En donde me he sentido más arropado por la gente ha sido siempre fuera de Europa. Mis últimos viajes por el sudeste asiático están llenos de anécdotas en las que los protagonistas son las personas que, sin conocerme de nada, me han ofrecido comida y cama para pasar la noche. En Europa nunca me había pasado algo similar hasta hace unos días.

Un destello de esperanza

Hace unas semanas partía desde Galicia hacia el norte, sin rumbo fijo, buscando algo de fresco. Después de visitar a un par de amigos en Euskal Herria, continué hacia Francia tranzando curvas sin parar con Tormenta, mi BMW F 800 GS, rodeado de naturaleza y hermosos pueblos.

Me dirigía a las Gorges du Tarn. Aquella mañana había recogido el campamento un poco tarde. Solamente había recorrido unos doscientos kilómetros cuando paré en una gasolinera de Camjac. Un hombre estaba llenando unos bidones con gasolina mientras no dejaba de echarle ojo a Tormenta. Empezamos a hablar de motos y el hombre también se interesa por mi siguiente destino. En un instante se interrumpe la conversación y me advierte que si me entretengo demasiado hablando con él quizás llegaré tarde. Le respondo que, si no llego hoy, llegaré mañana, no tengo prisa. Se ríe y me invita un café en su casa. Nada más llegar me muestra su quad y el de su mujer, a la que me presenta unos minutos más tarde.

Ellos son Catherine y Éric, una pareja feliz que disfruta de su casa en el campo y que han sido unos magníficos huéspedes. Me dieron de comer, café, hablamos por los codos, me bañé en la piscina, acampé en su inmenso jardín y dormí sobre un cuidadísimo césped. También me diseñaron un precioso itinerario con miles de curvas, naturaleza y mucha cultura.

Haber gozado de la hospitalidad de esta buena gente me ha hecho pensar que todavía existe esperanza en un continente en donde la desconfianza forma parte del carácter de una buena parte de sus habitantes. Encontré un destello de esperanza.

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