MI NUEVA MOTO

Por Charly Sinewan
A simple vista, la moto es enorme. Y preciosa. Desde que probé la F 850 GS camino de Mongolia, el año pasado por estas fechas, sabía que tenía que vender mi BMW F 800 GS para hacerme con el nuevo modelo. Por muchas razones, pero diría que la principal es la potencia. Una vez pruebas ese motor, volver al anterior es posible, claro, pero no apetece.

A principio de año, BMW presentó el modelo Adventure. Unos kilos más, no tantos con el depósito vacío, ocho litros más de capacidad de combustible, más alta y con más recorrido de suspensiones. Creí que era mejor para mi tipo de vida-viaje, por la autonomía y por un esperable mejor comportamiento off-road. Sin embargo, cuando la tuve entre manos y empecé a rodar con ella, dudé por momentos si me había equivocado. Me resultaba demasiado grande.

Ayer cumplimos cuatro mil kilómetros juntos. Estoy recorriendo el norte de España por pistas, por ‘tracks’ que en algunos tramos se vuelven muy complicados. Tengo una maneta rota, varios arañazos y una maleta destrozada. De los varios berenjenales en los que me he metido, en uno de ellos, me tocó arrastrar la moto y darle la vuelta para poder levantarla yo solo. Nada nuevo, lo mismo que me ha pasado tantas veces con mis motos anteriores. Esas cosas que me cambian la cara, a mejor. Nada como que tu mayor preocupación sea sacar la moto de un agujero.

Ya hace días que no dudo en que he elegido bien. La moto es grande, sí, pero nada cambia frente a mi anterior 800 cuando se cae al suelo y estoy solo. En esos casos todas son enormes, especialmente con los cerca de 80 kilos de carga que llevo. Por el contrario, cuando avanzo por caminos de tierra o de asfalto, es decir, casi siempre, la moto vuela y da gusto conducirla. Compensa con creces.

Y, además, es preciosa.

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