A CABO NORTE, A TRAVÉS DE RUSIA, CON MI R 1200 GS ADV

Por Julián Losantos
Salgo de Burgos con dirección a Benasque. He quedado con Fernando Caballero a las 9:30 en la gasolinera de la carretera de Logroño, no obstante, a las 9:00 estoy en la ‘Pelu’ con ‘Jesu’ para cortarme un poco el pelo y despedirme de ellos.

Puntuales salimos dirección Logroño, Pamplona, Jaca y Benasque. Después de una paradita para repostar, llegamos al hotel Aneto sobre las 15:00 h. Allí me encuentro con viejos amigos: Santiago, Conrado, Carlos, Jose Carlos y otros más, que están en animada charla de sobremesa a la que me uno con alegría. A recepción a por la llave y a descansar.

Esta reunión de amigos de la moto tiene por “disculpa” el casi centenario (se producirá en 2023) del mítico motor boxer de BMW. El encuentro lo prepara y organiza Pedro Sancho y Gloria Castro. Durante toda la tarde no dejan de llegar motos. Estamos apuntados más de 200 al evento. No es fácil encontrar una reunión de estas con tanto nivel. Aquí están entre otros Conrado, Santiago, Javier, Lluis Oromí, Unos cuantos pesos pesados del mundo del “moto turismo”. Es posible que entre todos tengan algunos millones de kilómetros.

Se les ocurre que participe yo en la conferencia que nos dio Gustavo Cuervo, referencia del periodismo del mundo de la moto. Que voy a contar yo si soy un aprendiz al lado de estos verdaderos monstruos de la “moto”. Conrado, por ejemplo, cuando está dos meses sin aparecer por Merzuga, los camellos que nos llevan a ver el amanecer a las dunas se ponen a llorar. Como veis, el ‘Triángulo de las Bermudas’ de la moto: Tamarite, Santo Domingo, Burgos. Detrás de este triangulo personas que han hecho de la moto una forma de vivir: Caballero, Jose Carlos, Conrado, Zorzano…

Todo el evento sale de maravilla de la mano de Pedro y Gloria -su mujer-, como digo al principio, con la inestimable ayuda de José Carlos García y Lucía, a los que doy las gracias por su trabajo. Me voy a dormir pronto que mañana empieza la aventura y tengo que llegar a Marsella.

16 de junio: Benasque – Marsella

A las 7 am estoy saliendo en dirección al Valle de Arán. La temperatura es fresca, 5º. La primera parte de ruta en muy entretenida con muchas curvas y un paisaje típico del pirineo. Una vez pasada la frontera francesa autopista, aburrimiento importante. Son las tres cuando entro en Marsella.

El albergue que reservé es una joya, habitación compartida y encima solo con hombres. Tres jabatos y yo ocupamos la habitación con sus literas que hacen un ruido que presumo no voy a necesitar despertador. Para matar la tarde cojo un bus de turistas y hago turismo del “Club de los 60”. La ciudad tiene una vida increíble. En la zona del puerto viejo, que es donde he ido a parar, paso un rato muy entretenido tomando una cerveza en una bonita terraza, donde aprovecho para cenar un poco.

A las 22:30 horas ya estoy en el potro de tortura, con ronquidos, ruidos de muelles que dan para cualquier interpretación, en fin, una noche “magnifica”. A ver como aguanto mañana la etapa.

17 de junio: Marsella – Como

A las 6 am me pongo en marcha después de haber pasado una noche memorable. No creo que haya dormido tres horas y tengo que hacer 680 kilómetros para llegar a Como, en Italia. Hace calor desde primera hora, 20 grados.

En Puerto Viejo tomo el típico desayuno francés, que le habría encantado a mi amigo Javi. Zumo de ‘Orange’, ‘café au lait’ y ‘croissant’, pero francés… Salgo con una pereza tremenda y mal de ánimo. El tráfico es infernal en la salida de la ciudad. Pero no sólo al salir de Marsella, si no que llevo 60 kilómetros y el tráfico es terrible hasta que llego a Galp, que es una ciudad, no una gasolinera. A partir de aquí la carretera y el tráfico empiezan a poner otra cara y el paisaje empieza a ser el propio de los Alpes. Paso por ciudades como Brianson y Sestrier, en el corazón de los Alpes, entre Francia e Italia.

Una vez que bajo de los Alpes en dirección a Torino, la temperatura empieza a subir de forma alarmante. Nos ponemos en los 30°, que ya nos acompañarán hasta la ciudad de Como, a la que llegó sobre las tres de la tarde. Busco un hotel, pero esta vez con habitación sin compartir. La ciudad ya la conozco, así que no me entretengo mucho en visitarla. Un paseo por su famoso lago, que está muy animado de turistas, y enseguida a descansar. Creo que voy a dormir de maravilla.

Día 18 de junio: Como – Baden Baden

Me levanto como todos los días, a las 6:30, para estar a las siete en la moto. Como ya anticipaba ayer, he dormido desde las 10 de la noche hasta las cinco de la mañana que ha empezado a tronar con relámpagos, una tormenta impresionante. Pero si no es por eso, creo que no me despierto en toda la noche ni para ir al baño. Como estaría de cansado ayer.

La ruta de hoy es más corta que estos días, 460 km atravesando Suiza para terminar en Baden Baden Alemania. Ha dejado de llover hace muy poco y la carretera está mojada, por eso y por el tráfico, que a estas horas ya es muy importante, voy bastante lento, pero así disfruto de este precioso paisaje. Asomado a los bordes de este precioso lago hay magníficas edificaciones donde viven casi todos los “pobres” de Italia y de otros países. La frontera con Suiza está a muy pocos kilómetros.

La ruta atraviesa Suiza casi en su totalidad, pasando por las ciudades más emblemáticas: Lucerna, Zúrich, Berna Y estaciones de esquí tradicionales como Gotardo. El día es de una luz espectacular y la temperatura muy buena para andar en moto. Y así entre, Lagos y montañas, voy pasando la ruta en un precioso día. Por la mañana, sabiendo el trayecto, le he dicho al navegador “evitar autopistas”, pero se lo ha tomado demasiado en serio. Reconfiguro y le digo, “camino más corto a Baden Baden”. Llego sobre las 15:00 horas, pero cansado como todos los días, está claro que no valgo para nada.

Después de descansar un par de horas en el hotel me vengo arriba y cojo la moto para recorrer la zona que tiene pueblos auténticos que me recuerdan las películas de los alemanes de la Segunda Guerra Mundial, no han cambiado nada, la verdad es que son pueblos típicos bávaros. En una cervecería de esas típicas alemanas, ceno un poco y me tomo una buena jarra de cerveza.

19 de junio: Baden Baden – Rothemburg

Hoy no madrugo porque la tapa es corta, solo 250 kilómetros. Son las 8 am cuando estoy desayunando en el hotel y entre pitos y flautas son las 9:00 horas cuando arrancó la moto y pongo en el GPS ruta con curvas.

La mañana es preciosa de color y temperatura, pero la carretera no es para disfrutar porque cada poco hay pueblos, industrias, etc. Así que paro en un pueblo que se llama Lauffen a tomar un café y reconfigurar la ruta por una más rápida. El pueblo es una preciosidad, muy tranquilo y auténtico. Así que decido poner en el GPS una “ruta más corta”, pero me espera una sorpresa, la ruta a Heibronn está cortada, la carretera está en obras y con los desvíos el navegador se vuelve loco y me obliga a saltarme las señales que lo indican y haciendo malabarismos consigo salvar la situación.

Estoy entrando en Rothemburg a las 13:30 horas. En el hotel me dicen que no puedo hacer el ‘cheking’ hasta las 15:00, así que me voy a dar una vuelta y ¡milagro! entiendo lo que están hablando. Hay un chico junto a la moto y nada más verme me dice: “Vienes desde España, qué envidia? Es conductor de Travel, empresa de viajes que opera en esa parte alemana, y él está un mes en Alemania y otro en España, se le ve contento. Es un tío muy aficionado a la moto y se enrolla un rato. Bueno, que son las tres y ya me pueden dar la habitación.

Con mi desparpajo en inglés, “I am reservertion a room”, no me entiende nada y yo a ella menos, así que saco el carnet y mano de santo, me dan la llave y a descansar. A las 5 pm, en marcha para dar una vuelta por este pueblo que me deja impresionado. La plaza del mercado, el Ayuntamiento, la Torre de San Marcos y el Arco de Robert. El acceso a la muralla se puede hacer desde distintos puntos y ofrece una vista de la ciudad privilegiada.

Las casas entramadas son la carta de identidad de esta localidad, que data del año 970 y que en la segunda guerra mundial estuvo a punto de ser destruida por los bombardeos de los americanos, evitándolo un general americano a cambio de la rendición de la fortificación. Todo esto me lo ha dicho mi amigo guía de Travel, que yo no tengo ni idea. En la terraza del hotel doy cuenta de la típica comida alemana, salchichas, ‘kartoffel’, ‘bier’….  A dormir, que mañana continuo la marcha.

20 de junio: Rothemburg – Praga

Desayuno en el hotel a las 7 am y, acto seguido, carretera y manta. Hoy el día ha cambiado mucho, está lloviendo, pero parece que es de tormenta y pasará pronto. Voy camino de Núremberg, para luego pasar la frontera de Alemania con Chequia. No para de llover, voy con la tormenta encima de mí todo el tiempo, así que tengo que parar para ponerme el chubasquero, un poco tarde, pero ya sabéis como es esto, ponerme el chubasquero y parar de llover. Es “mano santo”, probarlo y veréis como es cierto.

Hoy, voy como el tiempo, un poco triste sin saber porqué, seguramente empiezo a echar de menos a la gente que quiero. Bueno, que hay que venirse arriba. Son las dos y estoy llegando a Praga.

Después de descansar un rato, me acerco a visitar la ciudad, pues estoy lejos, a unos seis kilómetros, en un ‘bad and breakfast’, un asco. El hotel no tiene aire acondicionado y la temperatura que marca ahora son treinta grados.

Me doy un paseo por el centro de Praga recordando cuando vinimos Luis, Mari Carmen, Loli y yo. Ya han pasado más de diez años, como pasa el tiempo de deprisa. Nosotros estuvimos en el puente de la Constitución, en diciembre, y la ciudad que yo recordaba era otra, con frío, ambiente prenavideño y mucho menos gente que hoy; en fin, que me gustó más entonces que hoy, que hay una barbaridad de turismo.

Me siento en una de esas típicas terrazas frente al famoso reloj en la plaza de la ciudad vieja, junto al antiguo Ayuntamiento. En mi muy mejorado inglés, pido “Salmon whit vegetables” y me contesta el camarero: “¿El salmón poco hecho o muy hecho?”. Menos mal que algunos hablan español que si no… En Europa no hablan castellano ni en los hoteles.

Me voy a dormir, que llevo una buena zurra, aunque no va a ser fácil con el calor, estos países están muy preparados para el frío, pero no para el calor. Los hoteles, salvo los de cuatro y cinco estrellas, no tienen obligación de tener aire acondicionado y de hecho, no lo tienen. Aun así, duermo desde las diez hasta las cuatro de un tirón. Esto de la próstata se quita con una paliza diaria; mañana, a Varsovia.

21 de junio: Praga – Varsovia

Hoy, la etapa es larga, 680 kilómetros. Hay que pasar la frontera de Chequia con Polonia, así que madrugo más que otros días. Son las 6 am cuando salgo sin desayunar porque el restaurante no abre hasta las siete. Aprovecho una estación de servicio para tomar un café, un dulce y ponerme el chubasquero porque en el horizonte se ve una tremenda tormenta que no augura nada bueno.

Acierto, enseguida empieza llover con fuerza de tormenta que me obliga a aminorar el paso; la autopista se convierte enseguida en una carretera ordinaria con muchas curvas y un bonito paisaje. No he salido hoy con mucho ánimo, pero la carretera y el ‘rom rom’ de mi boxer me van animando un poco.

Hace una semana que salí de viaje en dirección a Benasque y quitando los dos días de la concentración, no he hablado con nadie como no sea por teléfono con los míos.

Hoy, durante un rato, he empezado a hablar conmigo mismo. No sé si se me ha ido la olla o que es bueno hacerlo. La verdad es que me encuentro mejor de ánimo. Después de cien kilómetros muy bonitos vuelta a la autopista con lluvia y mucho tráfico; a sufrir otra vez.

Son las tres cuando llego a Varsovia; ‘checking’ en el hotel, ducha, descanso y a visitar esta ciudad que es de las que no conozco. Me parece una capital preciosa, con mucha animación y vida, y sobre todo turismo. Incluso hay un grupo de españoles visitándola. La ciudad me deja impresionado por su armonía y belleza en el centro histórico. Hay actuaciones de músicos en directo, títeres, teatro callejero, en fin, que paso un buen rato, aunque más propio del “Club de los 60”. A descansar, que mañana toca Kaunas.

22 de junio: Varsovia – Kaunas

Etapa que me ha sobrado a todas luces, nada de interés especial. Mucho aburrimiento, empiezo entrar en la Europa despoblada. No hay poblaciones con vida, más allá del sector primario, madera, agricultura y eso no fija población. Enormes extensiones de nada me acompañan en el camino a una ciudad que siendo sábado como es, cuando llego no hay nadie en el centro y menos en los alrededores. Un paseo por el río, pura melancolía y tristeza. No me ayuda nada en mi estado de ánimo, pero mañana será otro día.

23 de junio: Kaunas – Rekecme

No madrugo mucho, pues la etapa es corta, 360 kilómetros, y porque la carretera no parece que vaya a ser mala. A las 8 am estoy saliendo con una buena temperatura y nada de tráfico en los diez primeros kilómetros, a partir de aquí, menos todavía. No veo ni un alma, las carreteras vacías sin poblaciones importantes en el camino salvo Utena. Aquí contemplo la concentración de bosque y de abetos y agua más grande que haya visto en mi vida.

La carretera no es más que una huella en el bosque, por lo que no hay vistas ni a la derecha ni a la izquierda, solo abetos de más de 40 metros que te dan la sensación de viajar en un túnel natural de vegetación. Lo cual, para un alma de tierra de Campos, donde la vista se pierde en el horizonte, es un poco claustrofóbico. Ya empiezo estar cansado de tantas rectas y tanto bosque, no hay una montaña, todo se mueve a 200 metros de altitud, más o menos. Cómo echo de menos los Alpes o los Pirineos.

Con más pena que gloria, llego a Rekecme y, a pesar de ser domingo, no veo a nadie, ciudades que muestran que esta no es nuestra Europa. Busco el hotel que he encontrado en Booking y en mitad de la nada aparece un cartel que reza ‘Golden Housse’. Este va a ser mi hotel esta noche, no hay nada en diez kilómetros a la redonda. Una valla me impide el acceso al ‘Golden’. Llamo al timbre y me contesta un letón en autentico letón. “Hello”, le contesto, “I am reservesion ford naigt one room”.

El sitio está bien, limpio y digno, pero la sensación de soledad es desoladora, menos mal que tiene Wi-Fi y aprovecho para poner al día el Facebook y contestar a tantos amigos que se han interesado por mí, lo cual agradezco de veras y más en estos momentos, parece que así me siento menos solo. Mañana paso la frontera con Rusia, así que madrugaré.

24 de junio: Recekme – Moscú

A las 6 am salgo con una temperatura de 18°, una mañana luminosa y bonita. Por aquí, tan al norte, las horas de luz a estas alturas del año son muchas, a las cinco de la mañana ya es completamente de día. Llegó a la frontera sobre las 6:45 horas y pasó enseguida la frontera letona. Ya en la rusa, la sensación es de que nadie hace nada, como si no hubiese empezado el turno de trabajo.

Somos unos 30 vehículos y no se mueve nada ni nadie. Empiezo a ver llegar grupos de guardias y controladores, pero ya son las 9:30 y ahora sí que empieza a haber movimiento, pero con una lentitud y una mala baba de los funcionarios terrible.

Bueno, ya me toca, entregó la documentación y se me había olvidado rellenar una ficha para el control del vehículo. Resultado que, con mi inglés, un verdadero desastre. El funcionario, un tipo soberbio, altanero y hablando solo en ruso, me dice -o eso creo entender-, que le parece muy sospechoso que tenga una visa de sólo tres días. Interpreta que voy a Rusia a vender la moto y a partir de ese momento se complica todo muchísimo. Una BMW GS Adventure, todo un signo de libertad para estos lares, ¡menuda provocación!

Llama a su superior, que se esfuerza un poco más en entender la situación y al final tengo que rellenar un documento en el que me comprometo a salir de Rusia con la moto y sino lo hago, habrá castigo. ¡Qué miedo!, les firmo cualquier cosa que me pongan con tal de salir de esta situación. Son las 13:20 horas cuando me dan el ‘ok’ a todo, casi no me lo puedo creer. Salgo cansado, nervioso y no me pongo ni el casco, necesito ir al baño, tengo sed, hambre, en fin, una de esas situaciones difíciles de pasarla solo.

A unos cincuenta kilómetros me paro para desfogarme y valorar la situación porque tengo que llegar a dormir a Moscú y estoy a 650 kilómetros. Llamo al hotel para comunicar que llegaré muy tarde y me dicen que “no problema”. Para que el día salga completo, el navegador ha dejado de funcionar, no tiene cargado Rusia, así que tengo que moverme por Rusia ‘a pelo’, país en el que los carteles están escritos en cirílico, “lo que ayuda bastante”.

La carretera es de doble dirección nada de autopista, pero es completamente recta, con poco tráfico y voy haciendo kilómetros. Aguantando el depósito entero, sin descansar, me quedo a 200 kilómetros de Moscú. Voy muy bien para lo que esperaba.

A unos 80 kilómetros de la capital de Rusia la carretera se transforma en autopista, se circula muy bien y a las 7:30 estoy entrando en Moscú. Ahora viene lo peor, encontrar el hotel. Pongo una aplicación que me enseñó Mariano que no gasta datos, ‘Here Wego’. Aun así, con esto del ruso, que sólo tiene ‘S’ ‘K’ y ‘H’, me pierdo y después de una hora de dar vueltas estoy en un sitio que no es el hotel. Un amable taxista me mete la dirección en la aplicación con su control de idioma y por fin llego a las diez de la noche. Ya no puedo con el alma, pero de esto se aprende y se hace uno fuerte.

25 de junio: Moscú – Moscú

Hoy es jornada de kilómetro cero. Bueno, con la moto no hice ni uno solo, pero andando me salieron 27 kilómetros recorriendo la ciudad durante todo el día, que no me defraudó en absoluto, Moscú es imponente. La Plaza Roja y sus alrededores son la demostración de lo que fue Rusia en tiempo de los Zares. El día sin andar en moto me ayuda a coger fuerzas y recomponer un poco la figura, que estoy completamente torcido de tanta moto. Por lo demás, este es un día muy apropiado para el viajero del “Club de los 60 “.

26 de junio: Moscú – San Petersburgo

Son 720 kilómetros los que tengo de ruta y la salida de Moscú sin navegador se puede complicar, así que a las 6:30 am. Ya estoy saliendo gracias a la aplicación milagrosa que no consume datos. Salgo muy bien, a pesar de que a estas horas ya hay un tráfico de aúpa. Voy haciendo camino a buen ritmo, parando poco, porque tampoco la carretera ofrece mucho aliciente. La entrada a San Petersburgo es muy llevadera y sin muchos problemas. Con mi aplicación milagrosa llego al hotel a las 4 pm. Después de la duchita es obligado hacer una visita por el centro de la ciudad.

Tengo que decir que después de tres días en Rusia no he cambiado moneda, lo que me condiciona entre otras cosas coger un taxi, pues no todos cobran con tarjeta. Para no tener problemas me voy andando hacia el centro por una calle en la que no cabe más gente y no todos parecen de fiar. Cartera bien agarrada, el móvil sin sacarlo del bolsillo y parando de vez en cuando para ver cómo se mueve la gente. En esta calle he pasado un poco de miedo. Y me reitero, que no tengo demasiadas ganas de ver más piedras. A cenar, que mañana me espera una buena.

27 de junio: San Petersburgo – Oulu

A las 6 am estoy montado en la moto, solo tengo en la cabeza pasar la frontera rusa que tantos problemas me dio en la entrada. La carretera empieza a ser muy bonita, mucha agua, bosques, poca población y la sensación de calma que estaba echando de menos desde hace unos cuantos días, con tanta ciudad bulliciosa que no me gusta nada.

La carretera que veo en el mapa como mas bonita retrasa la entrada en Finlandia, al desechar la ruta dirección Helsinki por tener mucho tráfico y supongo que eso generará muchos más problemas para cruzar la frontera. Elijo pues la carretera que va al norte paralela a la frontera con Finlandia, pero me encuentro que está en obras en casi en su totalidad, haciéndose interminable, teniendo que poner incluso el modo ‘drive of Road’, ¡cómo empiezo a dominar el inglés! En todo el recorrido no hay más que cinco kilómetros de asfalto, una polvareda inmensa hace que parezca un “Cirineo” cuando llego a la frontera, la ventaja es que no hay nadie cruzándola, así que en una hora ya estoy fuera. Creo que he acertado con este itinerario.

Ahora sí que si estoy en lo que llaman los “Mil Lagos” y creo que se han quedado cortos. Mucha vegetación y mucha agua me acompañan todo el camino y en los dos sentidos, por el paisaje y por arriba, porque se pone a llover y de tormenta.

Pero no hay mal que por bien no venga, porque así se me lava la ropa del polvo de Rusia y lo digo en los dos sentidos, el polvo de la carretera y la sensación de intranquilidad en la que he estado los tres días en ese país, con el visado y los problemas que me genero a la entrada. Los rusos son muy desagradables, mal educados y tienen cara de pocos amigos, pintas de matones rapados con tatuajes; vaya, que dan miedo.

Así que, liberado de tanta tensión, disfruto como un enano, tanto es así que me presento en “Oulu” después de pasar por Kuopio y Kajaani, que está a 900 kilómetros de San Petersburgo. Como no tengo alojamiento, recurro a Booking para encontrar habitación de uso individual con baño compartido, y ¡bingo!, un tres estrellas por 57 euros.

Llamo al “hotel” y se pone “mi amigo” Rusel. La habitación es una de las que tiene libres en su casa, con baño compartido. Menos mal que Rusel es encantador, si no fuera porque le gusta el ‘Barça’, es de Messi. Por lo demás, igual que los rusos, me  invita a dar una vuelta con la bicicleta por la ciudad y vamos al ‘marquet’ a comprar algo para la cena Paso un rato muy agradable hablando y practicando un poco el inglés y haciendo ejercicio con la bici gracias a mi amigo Rusel.

28 de junio: Oulu – Inari

El tiempo ha cambiado mucho, hay que salir bien abrigado y con el chubasquero preparado porque da frío y agua, cuanto más al Norte, peor tiempo. En pocos kilómetros entramos de lleno en lo que los finlandeses llaman Laponia, que es de una belleza increíble: ríos, lagos, bosques, renos de los que llevan a Papá Noel en Navidad con los regalos… En este tiempo están engordando para cuando les toque trabajar por Pascua. Están por todas partes, al pie de la carretera, por lo que tengo que reducir la marcha por el peligro que supone.

Tampoco voy deprisa por dos razones, para contemplar el paisaje, que merece la pena, y porque la carretera está llena de radares, menos mal que creo que hacen la foto de frente y en la moto no llevo matricula en la parte frontal, pero igual al pasar la frontera hay una foto mía con la moto y un cartel de “se busca”.

Debo parar cada poco porque empieza a hacer frío de verdad, entre 6 y 10º. Café calentito, gasolina y carretera. Decido pasar la noche en Inari, después de pasar por Rovaniemi e Ivalo como ciudades más importantes de la zona y además me deja a unos 380 kilómetros de ‘NordKapp’, que es una etapa asumible.

29 de junio: Inari – ‘NordKapp’

No madrugo mucho porque la etapa en principio es corta, solo 380 kilómetros para llegar a mi segundo objetivo de esta pequeña aventura, ‘NordKapp’. Hace frío, unos 6º, pero voy bien equipado, así que, de momento, aguanto y voy haciendo ruta en dirección a Karasjob, ya en Noruega.

Antes de cruzar la frontera comienza a llover y a soplar un fuerte viento de costado izquierdo, voy en dirección Norte puro y el aire viene del ‘Nordi Shavet’. Frío como un demonio y con una fuerza de unos 80 Km/h que hace muy difícil mantener el tipo. Paro a tomar un café “muy calentito”, no sé si se lo digo en inglés o en noruego, pero me entiende, aunque creo que con la cara que llevo intuye que es lo que necesito. Llueve con ganas y la temperatura ahora ha bajado a 3º. No hay quien aguante más de una hora seguida montado en la moto.

Entre el agua, el aire y el frío, la etapa se está haciendo muy dura. Qué pena no poder disfrutar, porque el paisaje es realmente alucinante con los acantilados y siempre bordeando el fiordo de Porsangen. La carretera, cada vez más sinuosa, más bonita para disfrutar, pero estoy contento de mantener la moto en pie sin irme al fiordo de cabeza.

Otras dos paradas antes de llegar a ‘NordKapp’, está el camping donde tengo habitación, tengo tanto frío que no sigo hasta la meta, prefiero detenerme, cojo la habitación y me meto en la ducha calentita, ¡que placer, madre mía! Después de dos horas de descanso, decido subir al monolito que marca la posición del famoso ‘NordKapp’, a ver si después de llegar hasta aquí no voy a subir.

Ha dejado de llover y hay una luz espectacular, aunque el viento sigue a lo suyo, a 80 km/h, después de 35 kilómetros de una belleza inigualable. llego al mítico punto más al norte de Europa. El ambiente motero es muy bonito. Somos muchos los que hemos marcado este punto como meta a alcanzar este punto. Hay más de 50 motos de todas las partes del mundo, también españoles. Dos madrileños que vienen subiendo por Noruega, que es por donde lo hace casi todo el mundo. Pido un café en el bar y me atiende una cordobesa simpática y a la que entiendo de maravilla cuando me pregunta si lo quiero caliente o frío, ¡muy caliente, por supuesto!

Cuando subo al famoso monolito a hacerme la foto de rigor, se me saltan las lágrimas de la emoción o de la fatiga o de la soledad de tantos días sin familia ni amigos. Hoy, además, es un día un tanto especial, porque coincide con un encuentro de amigos que llevamos haciendo desde hace unos cuantos años en Hoyos del Espino, donde asistimos a un musical llamado “Músicos en la Naturaleza” y este año actúa Rod Estewart. Están todos allí y no puedo por menos que acordarme de ellos y echarlos de menos.

Cuando salí de casa tenía dos objetivos, Moscú y ‘NordKapp’. Ya están los dos conseguidos, pero no ha sido fácil. Yo el viaje lo dividiría en dos partes. La subida a Moscú por el centro de la Europa civilizada y monumental, que yo he bautizado como de “Turismo del club de los 60” y otra, la Europa completamente despoblada y de una belleza natural poco conocida, seguramente porque su ubicación física no permite que sea un lugar de turismo frecuente. Tampoco tiene infraestructura para albergar turismo, al menos en verano. Los aficionados a las motos de nieve o a los trineos igual lo conocen más, pero la orografía y el clima no dan para más.

La exigencia física y emocional han sido muy altas. Muchas horas en la moto, mucha soledad y, por lo tanto, un viaje que yo calificaría de duro.

Ya están los objetivos alcanzados ¿y ahora qué? Con esto no había contado. Cuando llego al camping es como si me hubieran vaciado por dentro, siento una tristeza enorme y no tengo causa objetiva alguna. Todo ha salido bien en el viaje, ningún percance importante, la salud perfecta… Pero hay algo que me tiene el corazón encogido. Otra vez a llorar y lloro, porque es bueno y libera la presión emocional que en estos momentos está en “emergencia”.

Me cuesta horrores dormir, pero tengo que relajarme y pensar, tratar de dar sentido al viaje de vuelta que al fin y al cabo es otro de los objetivos. No salí de viaje para no volver, pero es verdad que lo he infravalorado, estoy a más de 6.000 kilómetros de casa. “Ya lo tengo”, la motivación va a ser reunirme con mis seres queridos cuanto antes.

30 de junio: NordKapp – Tromso

La noche ha sido tenebrosa, toda la noche lloviendo y con un viento que daba miedo. Me pongo en marcha a las 6 am. La noche no me ha ayudado mucho a recomponer el ánimo, pero hay que seguir, no hay excusas. La carretera a Tromso no es buena y encima llueve y se puede complicar el día. Tengo mucha suerte porque hace mucho frío, pero mucho, 2°, pero no llueve. Los primeros kilómetros hasta Alta son fáciles porque no hay nada de tráfico, algún motero pirado como yo y poco más.

En Alta paro para repostar y al salir de tomar un café calientito, está lloviendo, lo que faltaba, en menos de media hora ya no puedo de frío. Con todo puesto y no puedo ni respirar. He debido de coger frío estos días, porque desde Inari a Finlandia no he levantado cabeza, lluvia y frío, pero de verdad.

Así, parando cada hora como mucho, voy haciendo el camino con más pena que gloria. Qué pena, porque la carretera es espectacular: acantilado, fiordos sin solución de continuidad…

En una de las paradas encuentro una cura de humildad que será difícil que olvide. Tomando un café como yo, esta “mi amigo” ‘Francesco’, italiano de Nápoles, y desde allí viene con una Vespa. Ha hecho por lo menos los mismos kilómetros que yo y no lleva ni la misma moto ni la misma equipación. Para no mojarse la cabeza se pone una bolsa de basura con su casco de verano y sus gafas de aviador y está feliz. Con sus más de 100 kilos se monta en la moto que apenas se la ve y dice: “Arrideverci Juliano”. Me monto en mi BMW y parece que tengo hasta menos frío, que llueve menos y que estoy más cerca de la meta. La cabeza lo puede todo.

Pero no está el horno para bollos cuando llego a Tromso, son las 4:30 de la tarde o sea, diez horas sin parar de sufrir el frío y la humedad más espantosa. Descalzarme me resulta imposible, no me puedo agachar, entro al baño y veo que tiene el suelo radiante, me tumbó vestido tal y como estoy para entrar en calor. Después de un rato al calor empiezo a reaccionar, me doy una ducha calentita y me meto en la cama. Me cuesta levantarme, pero hay que ir a cenar algo, estoy con un café y un bollo. El pueblo está metido entre fiordos y tiene un famoso puente que lo comunica. Por lo demás, nada importante, más agua y más montañas nevadas.

La etapa que tengo prevista para mañana es bajar a Narvik, pero el tiempo que anuncian es tan malo y estoy tan terriblemente cansado, que decido modificar la ruta. Voy a buscar la costa este de Suecia, donde parece que el tiempo mejorará.

1 de julio: Tromso – Lulea

Hoy son 700 kilómetros, pero las carreteras parecen buenas. Salgo a las siete de la mañana con buena temperatura para lo acostumbrado, 10°, casi no me lo creo, que maravilla. Pero no dura mucho la suerte en la casa del pobre, y en media hora se pone a llover. Como que se me acaba el mundo, cielo negro mucho viento y mucha agua.

El nivel de la carretera sube hasta los 500 metros sobre el el mar, lo que hace que la temperatura baje 5°, ya estamos como ayer, baja temperatura y lloviendo, creo que no voy a poder seguir. Me duele todo, tengo muchísimo frío y no sé si estoy con fiebre o qué me pasa. Me paro en el bar de un camping y después de tomarme un café y descansar una hora, tengo que seguir, no me queda otro remedio. Ahora que no hay meta que alcanzar, todo se hace más cuesta arriba y esto te enseña que, o tienes metas que cumplir, o pierdes la ilusión de vivir.

No hay que perder la ilusión así que hay que dar fuerza a esa otra meta que es volver a casa. Porque es algo que damos por hecho, pero es tan importante como haber llegado a Moscú o a Cabo Norte. Hay que regresar como sea, pero hay que volver porque ahí están las personas que han permitido que puedas ni siquiera plantearte hacer una aventura como esta. Gracias Loli, de verdad que el sábado estoy en casa, por mi vida.

No pierdo el relato del día, aunque no cambia nada, más que a cien kilómetros de Ulea la temperatura sube a nueve grados y deja de llover. Son las cuatro de la tarde cuando llegó exhausto al hotel después de nueve horas de lucha contra el tiempo y contra mí mismo, estoy jodido. En la habitación hace frío, o a mí me lo parece, así que me ducho y a la cama tapado con edredón para entrar en calor.

Después de dos horas de descanso ya parece otra cosa, he recuperado la temperatura y marcho a cenar; me vengo arriba, tengo que valorar la alimentación, porque durante la ruta no estoy comiendo bien y eso hace que me quedé sin calorías, los primeros días con tanto calor, fruta, agua y café, pero ahora hay que cambiar la dieta, otra lección aprendida.

2 de junio: Uppsala

Hay que madrugar, que hoy tenemos 860 kilómetros y el tiempo da lluvia. Son las 7 am y mi motor bóxer empieza a ronronear, a ver si me pone en marcha porque tengo una mala gana de preocupar. Al principio no hace malo, unos 12º, hay curvas que bordean la costa del Báltico y con los movimientos de las caderas a mi bóxer me termino animando un poquito. El paisaje es muy bonito y no hay apenas tráfico. Es una carretera de tres carriles con uso alternativo del central para adelantar, así que se vamos haciendo camino, una media de 100 km/h.

La previsión del tiempo se ha equivocado y no llueve, la temperatura se pone en los 16º. Aguanto el depósito entero y cuando paro, tengo más de 300 kilómetros. Con otros dos depósitos estoy en Uppsala. Digo lo de los depósitos, porque en África con Zorzano, Conrado y compañía mediamos las distancias en “depósitos”. ¡Venga, dos depósitos más y estamos en la meta! Lo que pasa que esta moto no tiene deposito, tiene tanque y además yo tengo 13 años más, así que no aguanto un tanque entero. Con otras dos paradas en lugares muy bonitos estoy en Uppsala.

Bonito paisaje, acompañándome el buen tiempo durante todo el día y mi bóxer está contenta, se lo noto al trasladarle el movimiento de mis caderas en las curvas y ese “ronroneo” que me dice: “Vamos, vamos, que lo conseguimos”.

Después del merecido descanso salgo a dar una vuelta por el pueblo cuyo orden impresiona, nada de tráfico, todo el mundo en bicicleta. Paro en una terraza a tomar una cerveza y cuando estoy en ello, oigo hablar en español en la mesa de al lado. Hay un señor con un niño al que le habla en castellano, al volver la cabeza, me pregunta: “¿Sabe usted lo que es un transeúnte?”. Pensaba que yo era sueco y sabía algo de español. Claro, digo un peatón, aunque no se utiliza mucho en España.

Cuando se da cuenta de que soy español, entablamos una animada conversación. “Mi amigo” Leonardo y su hijo Jonathan están muy al corriente de lo que pasa en España por su interés en la lengua. Hablamos de política, de pactos para gobernar, de todo, y yo encantado de conversar en mi lengua. Ya me despido y le pregunto dónde puedo comer un poco de salmón, contestándome: “En mi casa, si quieres…”. Me quedo absolutamente sorprendido, le conozco de hace media hora y me invita comer a su casa. No sé qué decir, pero ya me conocéis, le digo sí encantado.

Ellos han venido en bicicleta al centro, así que bicicleta en mano y en animada conversación, vamos camino de su casa. Cuenta qué es peruano, que lleva 35 años en Suecia donde estudió la carrera de química. Está divorciado dos veces y tiene dos hijos ya mayores con su primera mujer y con la segunda, Jonathan, con 12 años, parece más su nieto que su hijo.

Leonardo tiene 67 años y se acaba de jubilar. Químico y profesor de universidad, ¿sabéis de quién me acuerdo? ¡Habéis acertado!, de la serie ‘Breaking Bad’ y Walter White. Ya en la cena profundizamos más, nos contamos nuestras penas y nuestras alegrías, ¿su drama?, haber perdido un hijo, pena inigualable, y su ilusión, viajar a Colombia, donde dice están las mujeres más bonitas y simpáticas. Está claro que es un Don Juan y planta tiene, la verdad. Después de cenar me despido de mis amigos Jonathan y Leonardo con un fuerte abrazo, como si nos conociéramos de toda la vida.

Estas cosas te hacen pensar que el destino marca los acontecimientos de la vida. ¿Por qué esa terraza?, con las que había, el destino… ¿Por qué en aquél bar de Castro donde me atracaron? El destino. No vale la pena tratar de controlarlo todo. La vida te dará lo que quiera. Hay que intentar no renunciar a vivir por miedo.

3 de junio: Uppsala – Malmo

Son las 7 am cuando salgo en dirección a Estocolmo, que está a tan solo 75 kilómetros. La carretera es muy buena y llego enseguida, sobre las 8 am. Hay bastante tráfico, pero se hace soportable la capital de Suecia, que me parece muy bonita. Parece construida sobre el mar Báltico. Grandes puentes para comunicar una difícil infraestructura, pero transmiten orden y seguridad.

De Estocolmo, y siempre por la T4, hacia Malmo. La carretera se hace entretenida, con un paisaje interesante. Aunque, ciertamente, estoy poco interesado ya en el paisaje y voy más haciendo cuentas de lo que me queda para llegar a casa. Desde Malmo son 2.400 kilómetros lo que me queda, mucho para dos días. Vamos a dejarlo como lo había planificado, en tres días en casa.

4 de junio: Malmo – Bruselas

Son las 6 am cuando me pongo en marcha con el temor de que el ferry que debo coger obligatoriamente entre Rodby y Puttgarden, se retrase y se complique. Pero, no es así, y el ferry no me hace perder demasiado tiempo. Tengo hotel en Bremen, pero voy a llegar demasiado pronto, sobre las 12 am. Me da cargo de conciencia perder todo el día desde las 12:30 hasta el día siguiente que salga, y de ‘piedras’ ya estoy saturado.

Sin pensarlo mucho anulo la habitación y sigo carretera y manta, con el único ánimo de quedarme cuanto más cerca de casa mejor y, andando, andando, atravieso Alemania entera entrando por Hamburgo y saliendo por Hacheen. Son las ocho pm y llevo en las costillas más de mil kilómetros. No tengo los reflejos para continuar más sin correr riesgos, así que en una gran gasolinera y área de descanso montó la tienda de campaña y a descansar.

Estoy a 1.300 kilómetros de casa y empiezo a valorar la posibilidad de tirar hasta casa, si me dan las fuerzas, mañana. En la misma zona de descanso hay tienda, así que compro un bocadillo y a dormir. Bueno a intentarlo, porque el ruido de la autopista cercana es infernal, parece que los camiones van a pasar por encima de la tienda. A las 4 am recojo la tienda y me pongo en marcha.

5 de junio: Bruselas – Burgos

Estoy muy cerca de Bruselas y a unos 300 kilómetros de París. El tráfico a estas horas me permite dar un buen empujón hasta la entrada a la capital gala. Llego en plena hora punta y aquí el tráfico se hace imposible. Circulando entre dos filas de turismos las motos adelantan por un pasillo de poco más de un metro, todo el mundo asume que es así, se apartan un poco y tiran para delante.

Pero mi moto no es de ciudad, cargado con las maletas ocupo casi como un coche, pero ahí voy, tirando, jugándomela más que en todo el viaje. No tengo un ángel de la guarda, tengo varios, porque el nivel de riesgo es realmente alto. Después de una hora para olvidar, salgo de París y ahora por autopistas de peaje voy haciendo camino muy deprisa. Son las tres de la tarde y ya estoy en San Sebastián, paro a comer algo y dos horas más tarde, estoy en casa.

La salida la comencé en la ‘Pelu’, donde ‘Jesu’ y ahí quiero terminar. Me acerco a cortarme el pelo y afeitarme para que Loli no me vea con estas pintas. Fin de un viaje, que, como todos, alimenta la ilusión de hacer otros a pesar de los contratiempos. Siempre puede más la ilusión de viajar que todo lo demás.

Una respuesta para “A CABO NORTE, A TRAVÉS DE RUSIA, CON MI R 1200 GS ADV”

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