VIAJAMOS AL FARO DE CABO VILLANO CON LA BMW F 750 GS Y ENTREVISTAMOS A SU FARERA, LA ÚNICA DE LA ‘COSTA DA MORTE’

Por José Mª Alegre
Siempre que oigo mencionar la ‘Costa da Morte’, me sobrecoge. El nombre de esta parte de Galicia no es baladí, lo describe por méritos propios, pues no son pocas las naves, grandes y pequeñas, que allí han zozobrado. La historia de las tragedias marítimas está ligada a esa región costera, que va desde el cabo Rocundo al cabo Finisterre, en la provincia de La Coruña.

Una de ellas fue portada en los periódicos británicos, a consecuencia del naufragio del Serpent, crucero de la Royal Navy que naufragó por esos lares, en noviembre de 1890, pereciendo 172 de sus 175 tripulantes, cuyos restos mortales se encuentran en el ‘Cementerio de Los ingleses’, allí mismo, junto al mar que acabó con ellos, en Camariñas.

A poco más de cinco kilómetros de ese camposanto de triste recuerdo, hay una mujer farera, la única en esa ‘Costa da Morte’ (fue una de las tres primeras fareras de España, hace ya más de cuarenta años), que tiene a su cargo el faro de Cabo Villano, lugar donde se casó, ha criado a sus tres hijos, enviudó, sigue al pie de la torre a pesar de sus años -que no aparenta- y nos recuerda historias duras que ha vivido. Sin embargo, el medio tan abrupto en el que se desenvuelve Cristina Fernández, que así se llama nuestra protagonista, no la ha contagiado lo más mínimo, pues es agradable como el mar en calma que tanto ama, amable como los vientos alisios, conversadora como la cadencia de las olas y con más sabiduría que la carga de un paquebote que surca las aguas que ella vigila.

Cabo Villano se sitúa en el municipio de Camariñas y el paisaje que presenta, visto desde cualquier lugar, es tan agreste como hermoso. Para viaje tan fascinante (viajar a Galicia siempre lo es) utilizo la BMW F 750 GS, cuyas virtudes se asemejan al lugar que visito, pues esta nueva BMW es cálida en la entrega de la potencia como el luminoso día que me recibe, salvaje como una ciclogénesis cuando exprimes al máximo sus 77 CV de su motor bicilíndrico, versátil para acometer rutas de asfalto o tierra, segura como el navegar de un portaviones y ágil como un catamarán y bella como el escenario que me recibe.

Cristina Fernández Pasantes es natural de Camariñas y tiene 67 años, “soy una de esas jubiladas que se niega a serlo porque creo que mi camino todavía no lo he terminado”, me aclara ante mi cara de asombro motivada no sé muy bien si por su insistencia en seguir trabajando a edad a la que muchos gozan de pasear o jugar a la petanca y en oficio tan duro o porque no le echo más de 60 años ni por asomo. “Por eso me reenganché -prosigue-, como en la mili y voy a seguir un poco más hasta donde pueda”.

Cristina, ama su faro, en el que lleva ¡46 años!, “el más emblemático de la ‘Costa da morte’, sin ninguna duda”, asevera, y también su profesión de “lucha, sacrificio y entrega”, para la que nunca mira el reloj, “yo me guío por el orto y el ocaso”, para decir a continuación que “una vez deje de ser farera, ¿qué hago?”.

De marido farero, Antonio Jesús Alonso Ballester, hijo también de la profesión, Cristina se adjudicó la plaza en cabo Villano, viviendo el matrimonio en él junto con los tres hijos que fueron naciendo y creciendo en ese entorno de naturaleza, responsabilizándose con el oficio de sus padres. “Cuando entraba la niebla por el faro del cabo de Touriñán (Muxía), ellos, bien pequeñitos, venían a decirnos que ‘¡viene la brétema!’” (niebla en gallego), conocedores de que había que encender la sirena de aviso para la navegación. Y al anochecer, había que subir los 250 escalones del faro para encenderlo, ascensión que realizaban uno de los dos, “tiempos que añoro, porque ahora se enciende de forma automática, salvo cuando hay averías por los temporales, que hay que volver a hacerlo manualmente”.

Pregunta.¿Ha sido difícil educar a sus hijos en un lugar tan poco habitual?

Respuesta. No. Es muy fácil educar a los niños en el faro. Nacen ya buenos en un entorno tan natural. Saben compartir y ser altruistas con sus hermanos e hijos de compañeros. Ellos mismos se hacen maduros. Nosotros (ella y su marido) tan sólo les enseñamos a ser humildes, a saber pedir perdón y hacerse autodidactas. Siempre les he dicho que todo lo que haga el vecino o el amigo, que cuenten hasta veinte y no se lo tengan en cuenta y que sepan perdonar. Y que no valoren lo material, sino lo humano, ayudando al que lo necesita.

En 2010, el marido de Cristina falleció, “un momento muy duro, porque siempre habíamos caminado los dos de la mano; él conocía este faro porque había crecido aquí. Siempre he dicho que los mejores fareros son los hijos de éstos, porque lo conocen todo”.

Cuenta Cristina que durante los temporales se producen un cúmulo de circunstancias, como el cristal de una ventana que se rompe, las puertas que ventean, entrando agua por doquier: “Por la noche nos levantábamos todos, mis hijos incluidos, y estoy hablando de enanos de pocos años, achicando agua o sujetando puertas como el que más, mientras yo o mi marido subíamos a la torre; pero era un trabajo hecho con cariño, porque todos éramos conscientes, ellos también, de que si nosotros lo estábamos pasando mal, los barquitos que están en el mar lo pasaban peor”.

P.¿Sentía miedo al subir a la torre en esas circunstancias?

R.Si. Subir los escalones con el miedo que da la tormenta arriba, tener que girar la óptica con la mano porque la rotación se había estropeado, notar cómo la torre se mueve, te daba verdadero pánico… Pero miraba y veía los barcos ahí abajo y pensaba que ése es mi deber y ahí estaba, y saber que estás ayudando es muy gratificante y es lo que me hizo siempre fuerte.

P.Cristina, la pregunta es obvia y quizá gratuita, pero, aun sabiendo lo principal, ¿para qué sirve un faro?

R.Un faro es una ayuda a la navegación imprescindible para el navegante y los fareros debemos ser doblemente responsables para darles la señal más idónea y lo más fiel posible. Sobre todo, para los barcos de bajura que faenan en el entorno. Los grandes barcos de carga y de pasaje que navegan a 200 millas de la costa, ven la luz del faro y les sirve de guía para conocer a la altura del lugar en el que se encuentran.

Esta mujer valiente de complexión normal, que guarda su fortaleza en su interior, ha sufrido muchos temporales. Entre los de peor recuerdo, el Hortensia, un ciclón de consecuencias devastadoras en la costa gallega. Sucedió en octubre de 1984. Sin embargo, más tremendo fue el de febrero de 2014, con olas de hasta 29 metros que arremetieron con dureza en las costas gallegas.

“El del 84 nos pilló con otra familia y a pesar de que nos resguardamos en el túnel (el que va del edificio del faro a la torre), con mantas y alimentos, colocando algodón en los oídos de los niños para que el ruido del viento no los asustara, me sentí arropada. Pero en la noche del 5 al 6 de enero de 2014, con un oleaje muy fuerte, el mar parecía que te iba a comer, y sí, tuve miedo. Esa noche, además, me encontraba totalmente sola, sin coche para salir, y para mí, que la soledad siempre ha significado libertad, esa noche me sentí atrapada. El mar venía y se me ocurrió pensar en un tsunami y creí que me iba a engullir (Fernández me cuenta que, según el medidor de oleaje que hay entre el faro de las islas de Sisargas y el suyo, “hubo una ola de casi 30 metros”). Me iba al otro lado del pabellón -continua- para sentirme más resguardada. Me quedé esperando toda la noche y no era capaz de sosegarme, pero al día siguiente me sentí grande, fuerte y muy reconfortada porque la gente del pueblo (Camariñas) se había acordado de mí toda la noche, abrazándome con muchísimo cariño al verme; otros, vinieron al faro preocupados; la gente del pueblo es muy buena y todos nos queremos mucho. Me preguntaron si pasé miedo, ¡miedo, no, pánico es lo que tuve! Los faros están muy bien construidos, pero tienes momentos que sí tienes miedo, porque los fenómenos meteorológicos son muy fuertes y en la penumbra de la noche sí que es duro”.

P.¿Qué dramas ha vivido desde su puesto de farera?

R.Siempre hay accidentes que los vives con fuerza, pero el que más me impresionó fue la pérdida de dos niños que yo enseñé a leer (Cristina trabajó de muy joven dando clases a los más pequeños) y que murieron aquí (señala el mar). Uno era José Manuel, un gran estudiante, un niño maravilloso. Iban tres chicos en una barquita y ellos dos sabían nadar como peces, como decimos aquí, no así el tercero, pero la niebla los confundió, y los dos que murieron nadaron mar adentro y el otro, que estaba agarrado a la barquita medio hundida, la corriente lo llevó a tierra. Pasados nueve días, fueron mis hijos, que eran todavía pequeños, los que divisaron sus cuerpos desde la torre. Todavía siento escalofríos al recordarlo.

P.Muchos han sido los naufragios de embarcaciones en esta costa para ‘bien’ ganarse el nombre por el que se la conoce, pero ¿de dónde salió lo de ‘Costa da morte’?

R.Unos dicen que fue la revista Noroeste de La Coruña, en 1904, la que le puso ese topónimo por la cantidad de naufragios que se daban en la zona, calculando entonces unos 1.700. Otros, dicen que la ‘Costa da morte’ se la pusieron los ingleses, porque como se perdían muchos barcos en esta zona, desde Sisargas a Touriñán, pusieron una cruz en sus cartas náuticas. Posiblemente fuera esta versión última la más fiable. Pero nosotros queremos que la ‘Costa da morte’ sea la ‘Costa del sol poniente’, porque las mejores puestas de sol se dan en Villano, o también la ‘Costa de la vida’, porque tenemos unos paisajes preciosos”.

Para revertir el nombre de muerte de la costa que se la conoce como tal, “cuatro amigos -explica Cristina- crearon ‘O camiño dos faros”, una ruta de senderismo de 200 kilómetros que une Malpica con Finisterre por el borde del mar en ocho etapas. Un día vinieron por aquí y me propusieron dar una charla a los caminantes sobre el faro. Y lo hice encantada; yo, que soy una persona muy activa, ese proyecto me dio vida, y hemos conseguido que ‘O camino dos faros’ resurja hasta traspasar las fronteras, pues ingleses, holandeses, franceses e italianos vienen a hacer el camino, porque la belleza que tenemos en esta costa es indescriptible”.

Acabada la entrevista, soy testigo, junto a esta admirable farera, de una puesta de sol magnífica en la explanada del faro, con la BMW F 750 GS de testigo. En ese momento, comparo las veces que he visto ponerse el astro rey en el horizonte subido en una moto y las veces también que he detenido la marcha para disfrutar de semejante espectáculo, que no por verlo cuantas veces me ha pillado por el camino, es menos emocionante.

P.¿Qué es el faro para usted?

R.Para mí lo es todo, es toda mi vida, toda mi esencia la tengo aquí. Todas las cosas buenas y peores me han pasado aquí y mi marido me enseñó a amar el faro; él nació aquí, sus hijos también lo hicieron y él murió aquí, y lo amaba tanto y nos transmitió tanto amor por los faros, y por éste en especial, que quiso que se le velara en cabo Villano y desde aquí se fue al lugar donde todos estaremos” (y a esta mujer heroica, que durante toda la entrevista ha mantenido un gesto de plácida serenidad, se le quiebra la voz al recordarlo).

Antonio, me cuenta su viuda, tenía ilusión porque el faro de cabo Villano fuera un centro cultural, que las instalaciones tan generosas que tiene se utilizaran para eso y compruebo que el faro más emblemático de la ‘Costa da morte’ acoge expresiones artísticas. En su interior hay varias salas donde conocer la historia del faro; también hay un centro de interpretación, otra sala con cuadros cuyo autor va rotando, incluso hay una cafetería donde tomar un café o un refresco en un entorno único. Sin olvidar las charlas “cortitas” -dice ella- que imparte Cristina a los visitantes, “sobre todo a los niños” -recalca-, a los que atiendo a todos, porque son el vehículo fundamental para transmitir el mensaje de mi marido” (los ojos se le iluminan al hablar de los más pequeños).

“Incluso Camilo José Cela estuvo en el faro en una ocasión, se puso a mirar por las ventanas -cuenta Cristina- y nos rogó que le dejáramos solo en esa habitación media hora (visita que cita en su libro ‘Madera de boj’). Él quería encontrarse consigo mismo en un entorno tan único como éste. Y eso es lo que queremos, que la gente utilice las instalaciones del faro para reunirse, para hablar, y que sea positivo para la comunidad. Y mi gran sueño es que Villano resplandezca y sea capaz de arropar culturalmente nuevas expresiones”.

Salgo con Cristina a la explanada, con la fachada del pabellón dominándola y la torre en lo alto vigilándolo todo, y junto al muro que resguarda a los visitantes del acantilado, la inmensidad del mar. Le digo si quiere subirse a la F 750 GS para hacerle una fotografía y no lo duda. Luego, al bajarse, me confiesa que “la moto es tan tentadora que no lo dudé”, para añadir que “subí en motocicleta con mi hijo Toño, un viaje muy corto, y la sensación de miedo y de curiosidad quedó cumplida”.

P. Cristina, ¿qué es el mar para usted?

R. El mar es mi amor, mi todo (responde sin dudarlo). El mar tiene doble significado para mí, Cuando está enfadado y lo veo arbolado, con los barcos que tienen que batirse con él, le llamo el mar; pero cuando está en calma, como hoy, le llamo la mar, en femenino, porque es la que te envuelve cuando vas a la playa, la que miras desde tu ventana y te pierdes en ella.

Me voy del faro con la BMW F 750 GS con el pensamiento lleno de frases de Cristina Fernández. Uno, que ya tiene cierta edad y algo de experiencia entrevistando, reconozco a la gente sencilla, a la que los buenos sentimientos guían su vida, a las personas francas y honestas, como esta mujer.

Pongo rumbo al ‘Cementerio de Los ingleses’. Son cerca de seis kilómetros por un camino de tierra, pues quiero conocer cómo es el lugar donde partieron hacia el más allá los tripulantes de un naufragio tan dramático como el del Serpent antes citado que llenó de tinta impresa los periódicos de la época. Me meto en la pista con la BMW, poniéndome de pie y elogiando la versatilidad de esta moto que igual me permite ‘curvear’ sobre asfalto con seguridad que circular por tierra con igual confianza e igual divertimento, agradeciendo disponer de una moto con la que no hay imposibles, ¡qué maravilla!

A la vuelta del camposanto, donde yacen esos 172 ingleses que salieron de sus islas para no volver, me recreo contemplando las diferentes postales del faro de cabo Villano a medida que me acerco a él y reconozco el privilegio de tener un trabajo que me permite conocer a personas llanas y sencillas como Cristina Fernández, gente bondadosa que ama su trabajo y empatiza con los demás. También alabo mi suerte por conducir motos con las que disfruto y que me permiten acceder a lugares remotos y recónditos de exuberante belleza, como esta BMW F 750 GS que, como bien dice la farera, es una tentación.

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