Viajar en moto por Lesoto

Por Carlos G. Portal (Charly Sinewan)
En su recorrido por la costa este de África, el bloguero recorre Lesoto, un pequeño país rodeado por Sudáfrica, y conoce de primera mano la ONG Riders for Health, entrevistando a Mahali Hlasa, directora de la organización.

Hace más de tres meses salí de casa y apenas he recorrido un tercio de la distancia prevista hasta Madrid. Pensé incluso que llegaría para el EBMWR13 en Formigal y sin embargo estoy en Cataratas Victoria, en Zimbabue. Sigo en el hemisferio sur y todavía muy lejos del ecuador. África me tiene bien enganchado. Tengo siempre la sensación de no querer avanzar, sabedor de que lo que veo desaparecer en el retrovisor será complicado que se repita en los próximos años. Sigo avanzando en una vuelta al mundo por etapas que no sé si algún día terminaré, pero que, si es así, será después de mucho tiempo viajando.

He pasado dos meses y medio en Sudáfrica, un país muy complejo por su historia y su política, pero muy agradecido para viajar, especialmente en moto. De hecho, es el segundo país del mundo en el que más tiempo he pasado. Entre medias he atravesado el reino de Lesoto, un pequeño país rodeado íntegramente por Sudáfrica y, sin embargo, completamente diferente.

Sani Pass

La entrada más mítica en Lesoto es el Sani Pass, una pista que asciende desde el paso fronterizo sudafricano, a dos mil metros, hasta el de Lesoto, a casi tres mil, en tan solo ocho kilómetros. La pista zigzaguea en su tramo final con una serie de curvas cerradas a imagen y semejanza de cualquier buen puerto de los Alpes, pero sin la dulzura del asfalto europeo. Esto es tierra con una capa de piedras e intermitentes agujeros.

Según muchos, lo pasaré mal con mi moto, demasiado pesada para un terreno tan complicado. Y lo cierto es que la moto no lo es pero mi equipaje sí. No sé exactamente de qué hablamos pero debe rondar los 60 kilogramos. Unidos a los 200 de la moto, es mucho peso para según qué trazado. Sin embargo el Sani Pass tiene más marketing que otra cosa y no resulta muy complicado con una buena moto como la GS. La única complicación es detener la moto en el fuerte desnivel para hacer vídeos y fotografías.

Lo que no desmerece es la belleza del paisaje. Pasados los dos mil y pico metros, desaparece la vegetación y el decorado se convierte en un desierto en las alturas. Durante el ascenso me cruzo con algún sencillo y simpático basuto (ciudadanos de Lesoto). Recuerdo que en Sudáfrica me advirtieron varias veces que tuviera cuidado con ellos. Mucha gente sigue pensando que la pobreza va siempre ligada al deseo de lo ajeno. Viajar debería ser una asignatura obligada.

En la cumbre, el cartel indica los 2.800 metros. Un sencillo paso fronterizo y entro en Lesoto, un absoluto salto en el tiempo. La pista continúa en ascenso hasta tocar techo a 3.200 metros. A partir de ese momento, comienza un descenso de nuevo espectacular por una angosta pista que se hace hueco entre dos imponentes macizos. Unos kilómetros después, llega la catástrofe: el Imperio Chino dinamitando la ladera, allanando una pista ancha que en breve será asfaltada y permitirá el cómodo y rápido desalojo de los recursos del país, diamantes en esta parte. En breve el Sani Pass dejará de ser lo que es y se convertirá en otra cosa. Llegará el desarrollo, con lo bueno y también con lo malo.

Atardeciendo llego a Mohktolong, una pequeña ciudad en la que puedo encontrar hotel.

Camino a Sehlabathebe

Sehlabathebe es un parque natural protegido donde sé que encontraré refugio, una especie de Lodge completamente aislado sin luz eléctrica pero con comodidades. La jornada se prevé corta, al menos en distancia lo es, poco más de 200 kilómetros por pista.

Sin embargo la dureza de las pistas en Lesoto, con piedras, agujeros y fuerte desniveles, dinamita cualquier media. El trazado serpentea por impresionantes macizos áridos, entre los 2.000 y 3.000 metros, hasta llegar a la traca final del día. La pista se hace más estrecha, el desnivel aumenta y me enfrento a un último puerto mucho más complicado que el Sani Pass y en completa soledad. No me cruzo con ningún otro vehículo, son casi las cuatro de la tarde y estoy a 3.000 metros cuando corono. En ciertas sombras se mantiene la nieve. Dentro de un par de horas el sol se habrá marchado y la temperatura bajará vertiginosamente hasta ponerse en negativo.

A veces no soy consciente del riesgo que tiene viajar solo. Nunca me pasa nada, al menos lo suficientemente importante para estar en apuros, pero una caída, una avería o un simple pinchazo en este momento, me llevaría a un escenario un tanto preocupante. Mejor no pensarlo.

Con la noche cerrada llego a Sehlabathebe, sano y salvo.

Katse Dam

Desde Sehlabathebe decido deshacer parte del camino del día anterior para dirigirme a una presa gigante que hay en el interior del país. Alguien me recomienda esa ruta, por la belleza del entorno y sobre todo porque una carretera de asfalto perfecto bordea la presa. Eso será mañana, el plan de hoy es llegar hasta la presa y alojarme en el único hotel.

El día es un calco del anterior, el mismo tipo de pistas, los mismos parajes y las mismas sensaciones. Son días en los que doy tregua a la cabeza y exijo más al cuerpo. Poco margen para pensar dejan los agujeros y las piedras, todo es un continuo esfuerzo por mantener la moto en su sitio, por no caer, por avanzar en la ruta con la satisfacción de estar pilotando una moto por lugares nuevos y espectaculares. Un viaje en moto tiene muchos alicientes, todo lo que un viaje aporta y además el componente de reto. Esa inigualable sensación de llegar sudado y polvoriento a un hotel o a un camping,  después de haber salido victorioso tras muchas horas de moto por lugares de cierto riesgo.

Por eso ocho horas después llego sonriente a la Presa Katse, con los últimos rayos de sol. Mañana más.

La llegada a Maseru

Amanezco en la presa. El día es espectacular. La presa luce espléndida con la luz de la mañana. Los pajaritos cantan. La rueda trasera está en el suelo. He pinchado.

Con mi habitual exceso de optimismo decido poner un bote de spray e intentar llegar hasta un taller para evitar el incómodo trámite de desmontar la cubierta con los desmontables de viaje. El optimismo dura dos kilómetros, la rueda se viene abajo, la moto culea y renqueante paro en una solitaria cuneta. Toca ensuciarse las manos.

Una hora después todo está solucionado, puedo proseguir. Me viene a la cabeza la imagen de hace un par de días, a 3.000 metros, a las cuatro de la tarde y completamente solo. Un pinchazo ahí habría sido catastrófico.

La presa Katse es la segunda mayor de toda África. De su explotación recibe electricidad gran parte del país, además de ser una importante fuente de ingresos para el país. Lesoto exporta agua a Sudáfrica, se estima que el 5% del PIB del país proviene de esta presa.

Bordear la presa supone un nuevo y diferente placer motero. Lesoto lo tiene todo, pistas complicadas de piedra por parajes de no creer o infinitas curvas de asfalto. Primero bordeando la presa durante muchos kilómetros, después ascendiendo y descendiendo un espectacular puerto que vuelve a subir hasta los 3.000 metros y que poco tiene que envidiar a los más míticos puertos de los Alpes. Pero estamos en Lesoto, los carros propulsados por burros, los locales viajando en caballo y los niños sonrientes, te lo recuerdan curva tras curva.

Tras una jornada inolvidable llego a Maseru al atardecer. Es una ciudad dócil comparada con otras capitales africanas, menos caótica y mucho más limpia. Llevo unos días desconectado, al alojarme descubro que es viernes. He perdido la noción completa del tiempo. La sonrisa que me produce tal muestra de libertad dura tan solo unos segundos. He venido a Maseru para conocer a Riders for Health, famosa ONG entre los moteros. Tendré que esperar aquí hasta el lunes.

Riders for Health

Este viaje por la costa este africana supone mi tercera etapa de la vuelta al mundo. Esta vez he puesto en marcha un sistema por el cual los lectores de mi blog pueden ser partícipes del recorrido. Recibo sugerencias de lugares interesantes por los que pasar o asociaciones o personas que visitar, siempre que generen después un contenido interesante. Todo eso lleva a una votación en la web www.eligetupropiamotoaventura.com y entre todos decidimos dónde me dirijo. Mad Dispersa me sugería que visitase a Riders for Health en Lesoto, por estoy aquí.

Las oficinas de Riders for Health están en el Ministerio de Sanidad, en la quinta planta. No hay ninguna medida de seguridad, nadie se pregunta qué hace un blanco mal vestido allí, con una aparatosa y enorme bolsa negra. En ella llevo las cámaras y el trípode. Pretendo hacer una entrevista a Mahali Hlasa, directora de Riders for Health en Lesoto.

Mahali Hlasa me recibe sonriente a pesar de no saber quién soy y qué hago allí. Llevo un plan para poder acceder a lo que busco, no quiero que Mahali pueda sentirse acosada por un tipo blanco y barbudo que se presenta sin cita previa. En 2009 Miquel Silvestre visitó esta ONG, su experiencia está narrada en su libro ‘Un millón de piedras’. Llevo conmigo un ejemplar que espero me ayude en mi objetivo. Cuando viajamos somos embajadores, la imagen que dejemos será un legado para los que vengan detrás. No quiero decir que siempre unos y otros seamos el mejor ejemplo, pero cuando es así como es el caso, y ayuda al siguiente, es justo reconocerlo.

Mahali me concede la entrevista sin poner impedimento alguno. Me encuentro una mujer sencilla, satisfecha con su trabajo y dedicación a la ONG desde los años noventa. Al día siguiente me organiza una jornada con sus moteros, visitando hospitales y aldeas. De la fusión de ambos días sale el siguiente vídeo.

Próximo destino Boswana. Si te interesa leer una crónica extensa sobre el paso por Lesoto puedes hacerlo en este post.

Más información en www.sinewan.com

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