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Nouakchott-Saint Louis

Nouakchott-Saint LouisPor Nacho Gasulla
Antes de cruzar a Senegal desde Mauritania, el escritor y aventurero Nacho Gasulla, que viaja en representación de la ONG Escritores Sin Fronteras, conoce a varias personas peculiares, incluido a un joven italiano, Enrico, sin experiencia en conducción con moto.

Existe una categoría de viajeros conocida con el nombre de overlanders (traducido literalmente del inglés, que se mueve sobre el terreno). Un overlander se parece a un mochilero en que ambos viajan durante largo tiempo, recorriendo largas distancias, visitando muchos lugares y con un presupuesto limitado. La diferencia entre uno y otro es que el overlander lo hace con vehículo propio, que le permite ser independiente y moverse con mayor libertad. En este viaje, yo soy un overlander.

Hay lugares de paso en los que los overlanders tendemos a encontrarnos. Esto ocurre muy a menudo en las ciudades. Algo común a los overlanders es que no nos gustan las ciudades. Es lógico. Viajamos con vehículo propio para relacionarnos de una forma más estrecha e intensa con el entorno natural, y las ciudades no lo son. Nadie en su sano juicio desearía relacionarse de una forma más intensa y estrecha encima de una moto con una ciudad como Nouakchott, o como Saint Louis. Por esta razón, entre los overlanders tienen muy buena acogida los campings de ciudad. Muchas veces no son exactamente campings, sino albergues en los que disponen de espacio generalmente arbolado para que los viajeros con todoterreno puedan aparcar sus coches y desplegar las tiendas de campaña que cargan sobre sus bacas. Los que viajamos en moto podemos montar nuestra tienda o alquilar una habitación. Generalmente los baños son compartidos, la cocina está a disposición de todos, y hay un espacio común en el exterior donde uno se puede relajar leyendo, escribiendo, charlando con otros viajeros o preparando la siguiente etapa del viaje.

Estos lugares son para mí de vital importancia. En ellos consigo mucha y muy buena y actualizada información sobre lo que voy a encontrar en los próximos días y semanas de viaje, y esto en África Occidental tiene un enorme valor. Nunca dejo de ir a uno de estos lugares, aun cuando pudiera tener una segunda opción más apetecible o más barata.

El lugar de encuentro de los overlanders en Nouakchott es el Aubergue Menata. Es un lugar mal atendido, y gestionado por un grupo de personas con querencia a la antipatía y la desidia, aunque esto no deja de ser una afección del carácter de la que uno no tiene por qué contagiarse. En cambio, el lugar está muy bien ubicado dentro de la ciudad, tiene una terraza interior muy agradable y es allí donde se encuentran los overlanders.

Rory y Hueso

En el Menata conozco a Rory y a Hueso. ¡Vaya dos! Rory es un irlandés con cuerpo de gnomo, aspecto de amish, y una barba de musulmán que le empieza a hacer popular entre los viajeros que van o vienen cruzando el continente por occidente “¿Rory, Rory, Rory…? ¡Ah, sí hombre, el irlandés chiquitín con barba de imán!” Cuenta Rory que la barba se lo pone muy fácil. Él no dice que sea musulmán, pero deja que los demás vivan en el error. Rory viaja en solitario dentro de un Land Rover Discovery muy bien preparado. Lo cargó con ochenta litros de agua y otros tantos de combustible extra e hizo en solitario el tramo Nouadhibou-Chumm, hacia el corazón del desierto. A punto estuvo de no contarlo. Tardó dos días en sacar el coche de un banco de arena. En las primeras cuatro horas de intento consumió seis litros de agua. Entonces comprendió que debía trabajar por las noches.

Lo de Hueso es un fenómeno aparte de cuanto he conocido en relación con el mundo de los viajes y las motos. Es argentino, medirá lo mismo que yo, algo más de 1,80, pero pesa la mitad. Por eso lo de Hueso (y porque a pesar de su ligereza el tipo es duro de verdad). Llegó a España desde Buenos Aires, compró una Rieju 250 que encontró de segunda mano en Algeciras, ató a ella con pulpos su mochila, un paquete con herramientas y repuestos, y un par de bidones, y se lanzó al descubrimiento de África Occidental. En Nouadhibou pudo meter su pequeña moto literalmente dentro del vagón de pasajeros, y viajó en ese tren que yo no pude coger hasta Chumm. Cuando Hueso me dijo que él no era motero, que no tenía experiencia con motos, que esta era en realidad su primera moto en propiedad y este su primer viaje en moto, casi me da algo. Le tuve que explicar que motero no es quien tiene moto o lleva toda su vida montado sobre una, sino el que se sirve de ellas para relacionarse con el mundo de una determinada forma, con un determinado espíritu. Entonces lo comprendió. Hueso es el motero y viajero más auténtico y genuino con el que me he cruzado en mucho, pero que mucho tiempo.

Rory volvía de la frontera con Senegal. Había llegado a salir de Mauritania e intentado entrar en Senegal, con toda la documentación en regla, pero le habían echado para atrás. Al parecer, había cometido el imperdonable error de no esperar al operario y tratar de levantar por sí mismo la barrera del puesto fronterizo de Diama que hay sobre el puente. Por suerte para él, tenía doble entrada en su visa mauritana. De lo contrario, se habría encontrado a merced de unos y otros.

Hueso volvía de la embajada de Senegal. Para concederle la visa de turista debía tener una visa para Mauritania en su pasaporte de al menos noventa días, y la suya resultaba ser de sesenta. Nunca he escuchado cosa semejante; que un país soberano acceda a recibirte como turista en su país dependiendo de cómo otro país haya actuado al respecto. Ha hablado con el cónsul, pero no ha sido posible el entendimiento. Así están las cosas para Hueso.

En cuanto a mí, creo tener todo en orden como para ponerme en marcha y abordar el cruce fronterizo. De los dos pasos posibles desde Mauritania, Rosso o Diama, no albergo la más mínima duda: Diama. Rosso es bien conocido entre los viajeros por ser uno de los pasos fronterizos más corruptos y estresantes de esta parte de África. Pero a punto estoy de descubrir que Diama le anda a la zaga.

Enrico, en una África Twin

Dos días antes de partir para Senegal, se deja caer por el Menata un italiano de nombre Enrico. Tiene 24 años. Viaja en una África Twin que va a cumplir treinta años (la moto ya estaba curtida en la carretera cuando Enrico aún no había nacido), pero que conserva un aspecto estupendo. De vez en cuando, las conexiones eléctricas a la batería le dan algún problemilla, pero eso es todo. Está decidido a esperar a que yo haya terminado mi trabajo para viajar juntos hasta Senegal y pasar la frontera acompañado. Y me parece muy buena idea. Entrevisto a Moussa Ould Ebnou, el escritor que representa a Mauritania en ‘Historias de África’, y doy mis obligaciones en este país por terminadas. Ceno con Ana, su pareja y un par de amigos españoles. De regreso me dejan en el albergue, y nos despedimos hasta no se sabe cuándo.

Al entrar en la terraza echo de menos la presencia de Rory, pero sobre todo la de Hueso, que han partido ya juntos hacia Mali, desde donde me enviarán noticias sobre la situación que se vive en el país como consecuencia del reciente golpe de estado y la invasión de las facciones islamistas por el norte, llegadas desde la guerra de Libia. Pero me llevo una gran alegría al encontrar de nuevo a Marek, el ciclista alemán a quien había visto por última vez en Rabat. Anda escaso de ropa, y me pide una camiseta. Solo tengo las mías, con los logos de los patrocinadores de la Expedición Africana, pero le regalo una. Hoy, mientras escribo esto, hay un enfermo patológico del ciclismo que anda vestido como yo por las carreteras de África Occidental dando pedales como un enajenado. Pero por suerte, diría en este caso, no soy yo. Ni esa es la Expedición Africana.

Rumbo a Diama

A las 7:30 de la mañana estamos listos. Y nos ponemos en marcha. Llenamos los depósitos de gasolina y tomamos rumbo sur. Para llegar al puesto fronterizo de Diama no es preciso llegar a Rosso y girar después al este. Sabemos que a unos cuarenta kilómetros antes de que la carretera termine en Rosso, una pista se desvía a la derecha, en dirección completamente sur. Conduce directamente a Diama a través del Parque Nacional de Dawlin, y el punto en el que tomarla se reconoce en primer lugar por los veinte kilómetros de carretera bacheada que preceden al desvío y, en segundo lugar, por la acumulación de maquinaria que los chinos emplean en la construcción de la carretera que pronto sustituirá a la pista.

Su primer viaje en moto

Efectivamente. No falla. Veinte kilómetros de baches y socavones y, a continuación, apisonadoras, excavadoras, camiones y una pista de tierra y arena. ¿O debería decir de arena? Lo cierto es que esperábamos encontrar algunas pequeñas dunas y acumulación de arena, pero no tan pronto, nada más incorporarnos a la pista.

A la primera dificultad con la arena, Enrico se cae. Del depósito sale gasolina a borbotones. Le ayudo a levantar su moto. Se pone en pie más alterado de lo normal. Casi angustiado diría yo. Es entonces cuando me confiesa que es la primera vez que viaja en moto, que es su primera moto, y que nunca ha conducido fuera del asfalto. Y lo que es más grave, que acaba de salir de una complicada operación de rodilla de la que le ha costado seis meses recuperarse. Inevitablemente, me enfado. Esas cosas uno no se las calla en el momento de decidir viajar con otro y trazar una ruta conjuntamente.

Entonces acordamos salirnos de la pista de arena y subirnos al trazado que está siendo asfaltado, a riesgo de que, como sabemos que puede ocurrir, aparezcan operarios lanzándonos piedras. Consigo atravesar un par de pequeñas dunas y llevar a Paquita terraplén arriba, hasta alcanzar esa otra pista de momento perfectamente plana, sin baches y sin arena. El calor es intenso, y el sudor ha traspasado hacia afuera la chaqueta BMW que llevo puesta. Enrico me llama. Prefiere que conduzca su moto hasta donde he dejado la mía. Y lo hago. Me subo y tengo la sensación de conducir una bici. Llevarla hasta donde espera Paquita no me cuesta apenas esfuerzo. Atadas a las maletas llevo unas botellas de agua. Está tan caliente que casi se podría hacer té en ella. El agua caliente es muy saludable, dicen. Y me lo repito para animarme. Cuando he bebido, podemos continuar.

Pero en cuanto me pongo en marcha mi sexto sentido me pone sobre aviso de que me estoy metiendo en un lío importante. Enrico no es un compañero de viaje, sino un potencial problema de considerable dimensión. No sé como será esta maravillosa pista más adelante. En ochenta kilómetros puede ocurrir cualquier cosa, y en estas condiciones debo esperar lo peor. Si se presentan dificultades, no puedo contar con Enrico, y me encontraré solo pero con dos motos. Entonces decido dar media vuelta mientras estoy a tiempo. Volvemos a la carretera, anuncio, sin dejar espacio a la réplica. Pero juraría que Enrico respira aliviado. El plan sigue siendo viajar a Diama, pero tendremos que llegar a Rosso y conducir unos ochenta kilómetros extra de pista, fácilmente transitable incluso para Enrico, entre Rosso y Diama.

De Nouakchott a Rosso por carretera la ruta no tiene complicación de ninguna clase, salvo los mencionados baches a lo largo de los veinte kilómetros que preceden al desvío, y los esporádicos socavones en el resto del trazado, que por inesperados son más peligrosos. El paisaje es agradable, y si uno no tiene que tratar de manejar más de trescientos cincuenta kilos de moto en arena y en parado, la temperatura se sobrelleva estupendamente. Así que lo mejor que se puede hacer en el camino hacia Rosso es precisamente prepararse para la llegada a Rosso.

Paramos para tratar de socorrer a un motero mauritano al que se le ha partido la cadena. No tengo la herramienta precisa para desmontar y unir eslabones, pero le presto las que tengo. En cuanto compruebo que para arreglar la avería ha desmontado la rueda me doy cuenta de que no hay nada hacer, y nada en lo que le podamos ayudar. Le invito a montar la rueda y remolcarle hasta el pueblo, pero dice estar seguro de resolverlo por sus medios. Ya son dos los eslabones que ha partido, y los dos extremos de la cadena están machacados. No quiero seguir perdiendo el tiempo bajo un sol inclemente, y le dejamos en compañía de otro buen samaritano que también empieza a sospechar que por el camino elegido la cosa no se va a resolver. Cuando me subo de nuevo en la moto vuelvo a estar empapado en sudor.

Entrada en Rosso

Aproximadamente una hora después entramos en Rosso. Desde que somos divisados se nos echa encima una multitud de personas que dicen querer ayudarnos a resolver el paso fronterizo. Sabía del desvío que había que tomar a la derecha, justo antes de la última gasolinera, que más adelante se convierte en la pista de Diama. Pero el desvío no es tan visible, y uno no sabe cuál es la última gasolinera hasta que la ha pasado. Y ahora no hay escapatoria. Hay que enfrentarse a un permanente acoso hasta que consigamos encontrar de nuevo el camino. Me veo metido en los infectos callejones de Rosso, en los que la inmundicia se ha apoderado del paisaje y ha carcomido el amor propio de las personas.

Lo que ocurre a partir de aquí hasta que consigamos cruzar la frontera de Diama a la mañana siguiente, merece capítulo aparte, y así lo haré. Vale la pena extenderse en el detalle y contar lo ocurrido de forma que pueda ser bien entendido.

Una vez que conseguimos llegar a Diama y cruzar la frontera, los cuarenta kilómetros de camino hasta Saint Louis me parecen alfombrados de puro fácil que resultan, y por lo que de alivio supone. La noche va a ser dura, y solo querré llegar a un lugar en el que descansar. Con todo, ese lugar no va a estar en Saint Louis, sino en Dakar. Pero eso todavía no lo sé.

Más información en www.escritoressinfronteras.org

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