El lugar en el que desaparecieron las estrellas
Por Alicia Sornosa
En compañía de Miquel Silvestre, Alicia Sornosa, la primera española en dar la vuelta al mundo en moto, llega al Círculo Polar Ártico con su BMW F 650 GS, cumpliendo así otro de sus objetivos dentro del espectacular periplo que está realizando.
Llegar hasta Alaska desde Vancouver fue cuestión de días. En cuanto abandoné las cercanías de la ciudad, todo se volvió más verde aún, con enormes montañas y ríos y el ritmo de la lluvia que caía sin cesar sobre mi BMW F 650 GS, Descubierta, y yo. Gracias al equipo de agua de dos piezas de BMW Motorrad, esto no me importó: me mantengo seca por dentro, con lo que la ruta no es tan incómoda. Llegar al Williams Lake fue rápido, aunque largo. Así me di cuenta de las enormes distancias que, a partir de entonces, tendría que manejar. De esta pequeña localidad arrimada a un lago a las faldas de la montaña, me dirigí hacia el noroeste. Continué por la 97 que, a la altura de Prince George, se transforma en la Alaska Highway para pronto desviarme por la 37, denominada Cassia Hy, mucho más tranquila, desconocida y pintoresca hasta llegar a Stewart, un pequeñísimo pueblo en la frontera con Hide, que es casi la continuación del primero pero en la parte de Alaska. Camino de esta fronteriza localidad, contemplé una lengua de glaciar. Pese a hacer casi todo el camino lloviendo, disfruté de la compañía de otros motoristas y esas increíbles vistas del hielo más azul que he contemplado en mi vida. Fue emocionante.
Al día siguiente, deshice el camino hasta volver a tomar la 37 hasta Watson Lake. Allí volví a girar hasta el oeste, por la Alaska Highway o número 1, dirección White Horses, la última localidad antes del ‘borde’ de Canadá con Estados Unidos. Por el camino dormí en un pequeño pueblo llamado Jade City, donde los nativos trabajan esta piedra dándola forma de osos, totems y mil figuritas imaginables. Una cabina con una pequeña ventana, un sofá y un cuenco de sopa caliente me hicieron caer dentro del saco en unos segundos. Por la mañana seguía lloviendo. Salí temprano y pidiendo que dejase de llover para poder hacer alguna foto de los enormes lagos de aguas cristalinas rodeados de pinos y chopos blancos. De los osos que todos los viajeros que me iba encontrando hablaban, no vi ni uno; eso si, renos, algún puercoespín, zorros dorados y águilas de pico amarillo se me cruzaron en el camino.
White Horses era mi siguiente parada. Está situada a unos 600 kilómetros de Tok, el primer pueblo de Alaska tras pasar la frontera. Allí me esperaba un grupo de españoles para comer, entre ellos Álvaro Neil (Biciclown), un hombre que lleva regalando sonrisas y pedaleando por el mundo desde hace siete años. Además, en esta diminuta ciudad me iba a encontrar con el que fue mi compañero durante la primera etapa de mi vuelta al mundo, el rider Miquel Silvestre. Salí de madrugada sin necesidad de poner la luz, ya que el sol casi no se pone por estas latitudes y pasé la frontera casi a la una de la tarde. En poco más de una hora llegaba al Mild Moon lake, justo a tiempo para la barbacoa.
Grandes viajeros, grandes encuentros
A Tok iba arribando gente; primero un amigo, Domingo, y juntos esperamos la llegada de Miquel Silvestre. Entrar en el recibidor del camping con su traje de lluvia amarillo fue toda una sorpresa, no lo esperaba hasta más tarde. Juntos decidimos la ruta a seguir hasta Inuvik para pasar el Círculo Polar Ártico. Primero pararíamos en Dawson, que es la población ya en la parte de Canadá que existe tras el paso del Top of the World, una pista de barro y mucha grava que une estas dos ciudades. Dawson City, en la región del Yukón, surgió hace unos cien años gracias a la fiebre del oro. El solsticio de verano lo celebran con una reunión de motos trail en la que, cómo no, abundan las BMW R 1200 GS. Aunque llegamos tarde, pudimos disfrutar del ambiente de esta ciudad, que parece sacada del oeste americano y a la que se accede cruzando su río en un ferry que funciona las 24 horas. Charlar con otros viajeros, beber cerveza, descansar y tomar fuerzas para lo que estábamos a punto de realizar, la llegada al Círculo Polar y al extremo más al norte que se puede acceder en esta época por tierra, la esquimal ciudad de Inuvik.
Preparativos de una larga, larga pista
Llegar hasta la ciudad del norte no ha sido fácil. La pista es de 700 kilómetros y en ella puedes encontrar de todo menos poblaciones. Hay que proveerse de agua y comida y estar preparado para cualquier eventualidad. Los cruces con los camiones-tren pueden ser peligrosos y, aparte de los ciclistas, nadie, excepto osos y alimañas, pasean por estos parajes. La primera parte es sencilla, tierra dura, casi lisa y sin lluvia me permitían rodar a una velocidad de 80 km/h. Me estaba divirtiendo y mi F 650 GS con sus Continental TKC-80 estaba en su salsa. Pero todo lo bueno acaba por terminar y un incendio nos cortaba el paso tras una jornada de 150 kilómetros. Aún nos quedaba otro tanto para llegar a dormir al único lugar donde es posible repostar, el Eagle Plains. Decidimos esperar a que el viento amainara y el fuego desapareciese de la carretera. Tras una hora larga, los retenes que cortaban el acceso nos permitieron seguir. La buena pista estaba rodeada de suelo humeante, árboles quemados y una niebla en la que no era posible respirar. Llegamos tras más de cinco horas de marcha a Eagle Plains. Eran las dos de la madrugada, pero, al no haber noche, uno no se entera y es capaz de pilotar hasta que el cuello, un brazo o un compañero dicen basta.
Al día siguiente llegaríamos al Circulo Polar, esta ‘noche’ tocaba descansar. A la mañana siguiente, cometimos el error de salir tarde. A las 11 horas nos poníamos en marcha para intentar terminar los algo más de 360 kilómetros de pista que nos quedaban. Misión imposible. La grava o ripio era cada vez más abundante y el cielo comenzaba a llenarse de nubes de tripa negra. El Círculo Polar está a unos 60 kilómetros del hotel. Llegamos e hicimos la foto, la tundra ganaba espacio al bosque. Pequeños arbolitos subsisten entre los millones de flores blancas que salen al derretirse las nieves del invierno. Blanco por blanco, es el color de estas suaves colinas. Cuando quisimos darnos cuenta teníamos una tormenta encima. Ver en el horizonte los rayos da miedo. Apreté los pies contra las estriberas y me concentré en las roderas que quedaban libres de tanto ripio, mirada al horizonte y, ¡bang!, un tremendo rayo hizo que pegara un bote a la vez que sufría un calambrazo en mi mojado guante izquierdo. Levanté la visera del casco permitiendo que el agua entrase dentro. Grave error. Estaba perdida, no veía nada y necesitaba detenerme. Todos lo hicimos. Tras un breve descanso y haber rebajado los latidos del corazón, continuamos la marcha. La lluvia dio paso al granizo y éste al viento. La tundra nos daba la bienvenida en todo su esplendor, con todos sus atributos. Lagos, colinas de blancas flores, mucha grava, mucha más de la que hubiese imaginado, kilómetros de pista, más y más. Esto es interminable y ahora la media es de 40 km/h. Hay que ir de pie durante horas y estamos cansados. Llevamos más de cinco horas sobre las motos. Aunque llevamos combustible en garrafas, a mi BMW no le hace falta, es un mechero, pero en pista aún más. Con un depósito puedo hacer más de 280 kilómetros y, a este paso, casi 300. Hay que parar y buscar un lugar donde dormir en la tienda. Un descanso para mirar un llano me hace dar cuenta de la cantidad de voraces mosquitos que se acercan hambrientos hasta mí. Oigo su zumbido sin quitarme el casco, no quiero ni subir la visera, es demasiado, inhumano, exagerado. El deshielo forma millones de laguitos y arroyos donde viven y se reproducen por millones. Sus agujas traspasan la piel del caribú y para ellos es fácil atravesar la cordura. Estamos en peligro y salimos de allí paras pernoctar un poco más adelante, a la orilla de un río en un camping que parece abandonado.
Del Antártico al Ártico
Echo de menos la noche pero, sobre todo, las estrellas. Estoy rodando por una pista interminable en la que, cuando hay noche, se debe ver uno de los cielos más llenos de astros que se pueda imaginar, sin ninguna contaminación lumínica en más de 700 kilómetros a la redonda. Pero no puede ser, aquí las estrellas se han borrado por unos meses.
Los mosquitos siguen intentando devorarme, pero, a través de los guantes de invierno de BMW Motorrad, no son capaces y me río de ellos. Salimos hacia Inuvik, el final de esta pista de 700 kilómetros, en el borde del Océano Ártico. Ahora hago memoria, en Tasmania (Australia), hace unos meses, metí los pies en el Antártico. Esta vez estoy en la otra punta del planeta, literal. Arrancamos y salimos, la pista se complica, más ripio o grava y muchos kilómetros de una tierra blanda, desagradable, que hace que las ruedas se hundan. No hemos desayunado, porque ya no teníamos qué comer. Quiero llegar. Cuando menos lo esperamos, tras una hora desde que salimos para cubrir los 50 últimos kilómetros, a unos diez minutos de la ciudad, aparece el asfalto. Tras tres días y más de 700 kilómetros de pista, lo agradezco. Qué suave me parece.
Mi F 650 GS es una máquina perfecta. Va cargada con algo más de 100 kilos, lleva más de 40.000 km, lluvia, granizo, pistas africanas, tráfico indio, off road y carreteras australianas, polvorientas rectas americanas y ahora la Dempster Hy, y ni un ronquido, ni un ‘ñiqui, ñiqui’, ni una queja. Me está llevando por el mundo generosa, eficaz. Su mecánica hace que viaje tranquila y segura. ¿Quién dijo que no se puede dar una vuelta por el mundo en la pequeña de la familia GS?
Más información en www.aliciasornosa.com y en su perfil de Twitter









