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Dios visita Sumatra y me tira de la moto

Dios visita Sumatra y me tira de la motoPor Miquel Silvestre
De noche, diluviando y camino de una población lejana, el escritor y aventurero sufre una caída mientras reflexiona sobre la existencia de Dios. El contratiempo no fue a mayores y sirvió para recordarle que hay alguien siempre con él que le echa una mano.

Se ha hecho de noche en Sumatra. En el GPS compruebo que quedan más de 120 kilómetros hasta llegar a cualquier población. Pregunto, pero las respuestas que obtengo de los lugareños son vagas. Nadie habla inglés. El viaje ha dejado de ser divertido. Se trata sólo de sobrevivir. La selva se alza y nos engulle. La carretera serpentea colina abajo y arriba. Está destruida por el incesante paso de camiones. Estos lentos paquidermos humeantes se agrupan en largos convoyes que zigzaguean para evitar los socavones. Ocupan el centro de la calzada y se desplazan hacia un lado y otro sin previo aviso. Los adelanto de tres en tres y hago sonar mi claxon para que adviertan mi presencia. Algunos conductores sacan la cabeza por la ventanilla para comprobar que no sueñan, que efectivamente está pasando a su lado un platillo volante con potentes luces de xenon. “Mister, hello, mister”, oigo que gritan a mi espalda. No puedo devolverles el saludo. Toda mi energía se concentra en anticipar los obstáculos. Estoy cansado y harto. Es en estos momentos cuando me pregunto por qué. “¿Por qué diablos haces esto si no tienes ninguna necesidad? No tienes nada que demostrar, incluso en el caso de que fuera tu objetivo demostrar valor, valía, resistencia o temple. Ya está hecho todo”. Pero aquí estoy, en Sumatra, recorriendo una selva a oscuras bajo un cielo cruel que dentro de poco me va a regalar un diluvio.

Así es. Se abren las compuertas y empieza a llover. El casco se empaña; hace meses que perdí la pieza de la visera que impide la formación de vaho. No veo nada. Tengo que conducir de pie sobre las estriberas y levantar algo la pantalla para dejar que entre el aire y el agua porque, de lo contrario, estaría completamente ciego en esta guerra. Y también hoy tengo que ganar. Debo sobrevivir. Pero no tengo tanta confianza como otros días. Ya esta mañana, al despertar en Padang y ver el día tan feo, tuve un presentimiento extraño, algo que me decía que tuviera cuidado, que tal vez las cosas se iban a torcer. Aunque es posible que lo que en realidad estuviera torcido fuera yo.

Llevo algunos días de mal humor, pensando demasiado, y demasiado mal. Pensando en cosas que no son buenas. Eso no sale gratis. Las actitudes negativas atraen malas energías. Creo que existe una especie de geometría cósmica en este universo que se encarga de entregar a cada uno lo que da. Otros lo llaman justicia poética ¿Y qué es lo que me está pasando? ¿Por qué en lugar de disfrutar de cada momento ando con la cabeza llena de rabia? Tiene que ver con mi nuevo libro y con este escaparate de vanidades que son los viajes online. Lo que era un juego divertido donde todos éramos amigos se ha convertido en otra cosa. Y yo también. Últimanente pierdo demasiado tiempo cavilando en quién me está decepcionando, en por qué hay gente que me aborrece por leer un post o ver un vídeo de Youtube, en quiénes son mis amigos de verdad y quiénes sólo lo fingen o lo aparentan porque puede interesarles en un momento dado. Pierdo tiempo buscando argumentos que me den la razón en pendencias absurdas. Se me olvida que hacer un inventario de agravios es siempre agraviar. Cada uno tendrá sus razones y sus asuntos, sus propios y legítimos intereses y yo debería ser más comprensivo. El mundo no gira en torno a mí. Soy yo el que salí un día para pasarlo bien girando a su alrededor, para asumir mi propia pequeñez disuelto en la inmensidad del planeta. No, nunca importa quién tiene razón en las pendencias y miserias si al final eso te va haciendo miserable.

Tengo miedo. Hoy no sé si voy a llegar a mi destino. La ruta es objetivamente peligrosa y me quedan muchos kilómetros. Entonces me acuerdo de Dios. De ese Dios que descubrí recientemente sin que nadie me hablara de Él, sin que yo lo buscara y sin que hallarlo me haya facilitado en absoluto la vida. Ahora no sé qué respuestas darme si Él existe porque no lo entiendo, no lo comprendo y no me alcanzan sus razones para hacer lo que hace. No tiene razones y por eso yo dejé de creer hace muchísimos años. Porque es irracional. Por eso no reprocho a los ateos y agnósticos que no crean. Los entiendo. A veces me gustaría olvidar mi rosario, dejarme de creencias religiosas y salir corriendo de regreso hacia el grupo de los escépticos. Se vive mucho más tranquilo en ese lado. Lo sé porque yo crucé el puente sin que tuviera necesidad de hacerlo. Para ser claros, a mí con una cerveza en la mano, una cama y una mujer que me quiera a ratos, me sobra y me basta. La trascendencia ultraterrena es algo que me supera tanto que no sé dónde demonios colocarla. Pero el caso es que creo. Aunque a veces dude. Claro que dudo, soy tan voluble, cobarde y débil que sigo sin entender las razones para que me haya protegido todo este tiempo.

Un pensamiento brota dentro de mi cabeza sobre esta carretera asquerosa y resbaladiza. “Por favor, haz que deje de llover”. Es una petición, una súplica. Cuando la reconozco, quiero borrarla inmediatamente. “Olvídalo, no te he pedido nada. Si llueve, que llueva”. Nunca le pido nada. Jamás. No creo en Él para que me dé nada. Sólo para darle gracias. De niño le pedía muchas cosas. Cosas tan infantiles como “por favor, que le guste a esa chica o que gane mi equipo”. Luego me hice más mayor, más racional, más golfo y menos interesado en asuntos infantiles y dejé de creer. Cuando en Uzbekistán empecé a creer de nuevo, mantuve mi costumbre de no pedir. Jamás se le pide a Dios y menos para uno mismo. Cuando entro en un templo en mis viajes, enciendo velas. Siempre son para los demás, para los que quiero y para los que no conozco. A veces, en muy pocas ocasiones, también por mí. Pero no para que me proteja, sino para que me ayude a ser mejor.

Pero hoy es diferente. Hoy tengo miedo de verdad. Los baches son profundos. No veo nada. Hay muchos camiones. Llevo ocho horas conduciendo, estoy agotado y aún me quedan por delante más de 80 kilómetros. Y como estoy asustado, no puedo evitar dirigirme de nuevo a Él aunque no quiera. “De acuerdo, no te pido que deje de llover, eh, no te lo pido, que quede claro, pero, hombre, si deja de llover me vendría muy bien”. Pero la lluvia sigue cayendo y las nubes permanecen compactas, casi sólidas sobre la selva. Entonces cometo la estupidez de decirle una obviedad que nadie pasaría por alto sin un buen rapapolvo. “Bueno, lo importante no es que deje de llover, lo importante es llegar sano y salvo. Así que estoy en tus manos. Como tantas otras veces.” Y al oírme pensar así, añado otra estupidez todavía peor: la duda. “Me pregunto si realmente existes o eres solo una imaginación mía por haber sobrevivido al mundo, a mi modo atroz de conducir y a mi inconsciencia”.

Alcanzo un cambio de rasante acelerando para que la moto no se detenga y justo en la cima encuentro otro desconchado en el asfalto agrietado. El socavón es de casi diez centímetros. Intento esquivarlo para no destruir la llanta delantera. El golpe de manillar brusco dirige la rueda justo al borde de la rotura. Los tacos se escurren hacia el interior del bache y la moto se viene al suelo con un golpe terrible. Mientras caigo soy perfectamente consciente de que mi pie derecho se ha quedado atrapado debajo de la maleta y que el brazo derecho impacta contra el firme de alquitrán. Cuando todo se detiene, temo lo peor. Estoy aprisionado y no hay nadie para ayudarme. Me pongo de pie. Estiro el brazo. Parece que funciona. El traje de lluvia se ha rasgado en el codo, pero la protección de la chaqueta ha trabajado perfectamente. El tobillo también gira. Los dedos se mueven.

La moto ha quedado con las ruedas mirando al cielo. Oigo el ronquido de un camión, me planto en mitad de la carretera y le hago señas cuando aparece. Se baja un tipo más asustado que yo. Luego aparecen unas motos. Todos se detienen. Empiezan a levantar la BMW y entonces caigo. No he sacado una foto. ¡Siempre la jodida foto! El show imparable. El show implacable. Abro el cofre, saco la cámara y tomo una instantánea para el recuerdo. Sólo se ve la oscuridad, el asfalto destruido, la moto en el suelo y las maravillosas personas humildes que siempre están ahí para echarte una mano.

“Mister, mister”, dicen, y me preguntan por señas si estoy bien. Sí, sí lo estoy. Afortunadamente, la tecnología ha salvado mi físico. Lo de mi mente es otra cosa. Reviso a Atrevida y no encuentro ningún daño grave. Incluso la maleta derecha está en su sitio a pesar de haberse llevado todo el golpe. Es asombroso porque estos anclajes están soldados desde Nepal. Los rompí en un pequeño accidente yendo con mi madre. Tendrían que haber saltado. Pero no. Todo está en orden. Subo en la moto dolorido pero entero. Arranco y acelero. Me quedan ochenta kilómetros y tengo que llegar como sea; esto no ha hecho más que comenzar. Mi cerebro bulle, mi corazón late todavía deprisa, agitado. He tenido mucha suerte, me digo. Otra vez la suerte, esa bendita flor en el culo que algunos dicen que tengo y que me ha salvado cien, mil, un millón de veces. Mientras se me pasa la impresión, esquivo baches, adelanto camiones, dejo que el aire me dé en el rostro para quitarme el sueño y el susto.

Espera un momento. El aire me está dando en la cara. Llevo la visera abierta. Veo el camino que tengo delante. No entran gotas de agua. Sólo ahora me doy cuenta. Ha dejado de llover. El golpe emocional que recibo en este instante es casi más fuerte que el que me he llevado contra el suelo hace minutos. Los escépticos nunca lo entenderán y para mí es imposible explicarlo coherentemente. No se puede. Nunca podría, pero no puedo sino reconocerlo y expresarlo, de lo contrario no sería justo, no sería fiel a mí mismo y a lo que sé que me acompaña. En estos momentos siento de nuevo que no cabalgo solo. Bajo estos árboles tropicales vuelvo a reconocer lo mismo que en las desoladas estepas del Asia Central. Que hay alguien conmigo. Alguien que por alguna razón me echa una mano e impide que me despeñe. Ese alguien perdona que sea imperfecto, que no me llegue la bondad hasta el sacrificio, incluso que mi egoísmo y mi vanidad sean casi más grandes que mi R 1200 GS. Sabe que lucho contra ello aunque me veo derrotado cada día y tengo que volver a empezar. Pero hoy he comprobado que no tolera que arruine mi buen humor con mezquindades y miserias. Es un maldito bromista que juega conmigo. Le he pedido que dejara de llover y como premio me ha tirado de la moto, pero enseguida me ha sujetado para que me diera cuenta de que está ahí, y que cuando Él lo desee todo puede terminar. Por ahora no quiere. Él tendrá sus razones porque yo sí que no las entiendo.

Sigue a Miquel Silvestre a través de su cuenta de Twitter @miquelsilvestre.

9 Respuestas para “Dios visita Sumatra y me tira de la moto”

  • RK dice:

    BRAVE MIQUEL.

  • Uno cualquiera ... dice:

    Yo sí conozco los motivos… Todo por Amor!

  • koper dice:

    no fue dios, fueron los et’s!
    cuidate Miquel :D

  • Antonio dice:

    Alguie viajado como tu deberia saber que todos los dioses son imaginarios.

  • Antonio dice:

    En casa guardo una extensa colección de “sagradas escrituras” que prueban la existencia de SUPERMAN, conocido en la Tierra como Clark Kent, nacido en el planeta Krypton con el nombre de Cal_El, hijo de Jor_El eminente científico kryptoniano que envió en una nave a su hijo Cal a la Tierra para salvarlo de la destrucción de su planeta y con sus enseñanzas grabadas en unos cristales para que creciera con unos valores morales y una sabiduría inimaginable. En la tierra fue adoptado por los Kent de Smallville y adquirió superpoderes que le permitían volar, tener visión de rayos X, superoído, superfuerza, supervelocidad y superaliento. Con estos poderes Clark Kent se dedicó a hacer el bien a la humanidad salvando a mucha gente de terremotos, accidentes de avión, etc, y también lucho contra los malos desarticulando muchas bandas de mafiosos. Sin embargo, tuvo varios enemigos poderosos como Lex Luthor quienes intentaron matar a Superman con meteoritos de Kryptonita. Vivió en Metrópolis trabajando en el periódico Planet tal como dicen las escrituras aunque no se tenga constancia de la existencia de dicha ciudad ni de dicho periódico en ningún lugar del mundo pero ahí están mis comic… digo santas escrituras que atestiguan que sí existió pero sobre todo yo sé de la veracidad de Superman porque lo siento aquí en mi pecho, cuando me voy a dormir sé que me proteje y que si algo malo me va a pasar yo le puedo llamar y él vendrá volando con su capa roja y sus calzoncillos rojos que se pone encima de los pantalones. ¡TE AMO SUPERMAN, MI SALVADOR!

  • Vicente dice:

    Miquel,no tienes que demostrar nada a nadie.Nadie es perfecto.Cuando las cosas van bien cuantos amigos tenemos,pero cuando se tuercen,solo te quedan los que lo son de verdad.Pero por desgracia la vida es así y no se puede cambiar.Yo lo que hago es tomarme nota mentalmente de las personas que me fallan,para no olvidarlo.Y aun así luego me cuesta mucho decir que no a esas personas,con lo cual veo que sigo siendo imperfecto.Pero no,se,eso va con cada uno.Yo me siento bien siendo imperfecto.Un abrazo Miquel.

  • pepe dice:

    Fantástico relato. Intimo y prometedor. Una odisea.

  • Rafa dice:

    Ni toda la fuerza de los elementos en contra tuya son capaces de pararte.Bravo una vez más EXPLORADOR.

  • santiktm05 dice:

    animo Miquel, q te sigo por todas partes
    lo Bueno de las caidas es al levantarse
    un saludo

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