En Cape Town. ¡Ya estoy aquí!
Por Eduard López Arcos
En Sudáfrica, el aventurero ha finalizado el viaje que inició en Barcelona con su BMW R 1200 GS Adventure. Tras cinco meses de viaje, ¡lo ha conseguido! Ha hecho 20.000 kilómetros por el oeste de África. Ha atravesado 16 países y cada uno de ellos le ha aportado infinidad de sensaciones y nuevos amigos. En esta crónica, habla de su paso por Togo y Benín.
En África hay algo que en Europa falta: humanidad. Cualquier conflicto cruel que podamos padecer en el Continente Negro no representa, en absoluto, el caracter humano de su población. Hasta en las fronteras más complicadas, cuando hay que lidiar con policías corruptos y un sistema desordenado, he encontrado humanidad.
Me encuentro escribiendo estas líneas desde el comedor del African Overlanders, un camping muy económico y acogedor desde el cual, lo más probable, es que se encarguen de enviar la moto en un contenedor, por barco, de vuelta a Barcelona. Una vez arreglado el papeleo, ya podré dejar la moto a Duncan, el dueño de este negocio, para que la empaquete y tramite el envío.
En el camino me he encontrado a algunos viajeros en moto o coche que me preguntaban si la BMW R 1200 GS Adventure no era una moto muy pesada para este viaje. Mi respuesta es que, para mí, es la moto perfecta. Tiene una buena autonomía y es una máquina fiable y robusta. Lo ha resistido todo y en ocasiones no ha sido nada fácil.
Esta experiencia no tiene un antes ni un después. Para mí ha significado un día largo, vivido a tope. Un día más en mi vida.
En la siguiente Newsletter explicaré cómo ha sido la ruta en Namibia y Sudáfrica.
Togo, cuna de buenos pilotos
Recuerdo los primeros días que miraba el mapa de África. Me llamaban especialmente la atención dos países cuya geometría destacaba respecto a los demás. Dos países con una silueta parecida, alargada y estrecha. Togo y Benin, dos países que pensaba cruzar rápido.
He llegado de noche a Aflao, población en Ghana que hace frontera con Togo. Una nube de polvo cubre toda la ciudad. No encuentro sitio para acampar, así que me paro en el último hotel justo a unos metros antes del paso fronterizo. El precio es económico, pero igualmente les pido un descuento. Aceptan y yo también. Dejo todos mis bártulos en mi pequeña habitación. En la recepción del hotel me encuentro con un personaje que asegura tener un negocio, con su hermano como socio, en Accra, de fabricación de licores. Allí copian los licores de más éxito en el mercado. El negocio les va de maravilla. Me invita a una cerveza y charlamos. Le cuento mi viaje. “¿A dónde te diriges ahora?”. “Mañana quiero cruzar a Togo”, le contesto. “Mira, te voy a presentar al comandante de la policía de Ghana y a su homólogo en Togo, que se encuentra en el hotel de enfrente”. Hablo con el primero y me cita por la mañana temprano para presentarme al otro comandante togolés. Asegura que me puede ayudar a pasar la frontera. No creo que sea una frontera complicada, pero puede ser interesante la compañía.
Antes de subir a mi habitación para descansar, me quedo un rato hablando con los guardas del hotel. Uno de ellos tiene una cicatriz que le atraviesa la ceja y el ojo izquierdo. Es nigeriano, de Lagos. “¿Quieres ir a Nigeria? Si no quieres ver tu moto con matrícula nigeriana, no vayas”. “¡Ay, ay, ay!”, pienso.
“No cruces Nigeria”
A la mañana siguiente, el comandante de Togo, Custeau, aparece en la entrada del hotel. Nos presentamos y hablamos sobre los trámites fronterizos. No me parece que deba haber alguna complicación, pero él insiste, amablemente, en acompañarme a hacer la gestión. Aprovecho para preguntarle si conoce la situación actual de Nigeria. Me recomienda no cruzarla y que busque una alternativa. “No te preocupes. Hablaremos con el jefe de inmigración en la frontera”.
Ha pasado media hora y ya me encuentro en el lado togolés. Ahora estoy en el despacho del citado jefe de inmigración, un tipo amable. Escucha mi historia con mucho interés y fascinación. Al igual que el comandante Custeau, me dice que no cruce en moto Nigeria. “Los nigerianos tienen un caracter camaleónico. Están locos. Pueden estar de buen humor o pegarte un tiro”. Empiezo a pensar que seguramente es buena idea no pasar por Nigeria. Estos tipos parece que conocen los problemas del país más temido de África, y tiene pinta que son graves. Preocupados por mi situación, proponen conseguirme un camión para cargar la moto y atravesar el peligroso país. No me gusta mucho la idea, pero no la descarto. Invito al comandante Custeau a una refrescante bebida de malta en una gasolinera y nos despedimos.
Conozco a Tété y a otros moteros
Togo es un país ordenado y limpio. Llego a Lome por la carretera de la costa. La playa, el océano azul, el sol: ¡qué espectáculo! Llevo horas sin comer nada y me paro en un pequeño restaurante al otro lado de la carretera. Allí conozco a Tété Adote y a su esposa. “¿Es tuya la BMW de ahí fuera? ¿Has venido desde España hasta aquí en moto? ¡Es fantástico!”. Les invito a mi mesa y continuamos la conversación. Tété tiene una BMW R 1150 GS de la que habla entusiasmado. Él participó dos veces en moto en el antiguo París-Dakar hace ya bastantes años, cuando este rally ofrecía otros alicientes, quizás más interesantes. Les explico mi inquietud sobre Nigeria y que estoy buscando otras alternativas para no pasar por ese país. Pienso en volar con un avión de carga o embarcar la moto hasta Namibia. Tété me dice que, si quiero utilizar Internet para buscar información, puedo ir a su oficina, que no está muy lejos.
Llegamos a su lugar de trabajo y allí conozco a Denis, que es el dueño de la empresa. Esta compañía se encarga del mantenimiento de maquinaria pesada de una marca china y el amigo Tété es el responsable del equipo de mecánicos. Denis es de origen francés y hace más de treinta años que reside en Togo. Ha participado en el París-Dakar tres veces. Otro compañero de trabajo aparece, un togolés que formó equipo en el rally con Denis y Tété.
Le comento a Tété que me ha entrado aire en el circuito del freno trasero y que, por ello, el freno no funciona. Enseguida me hace llevar la moto a su taller. Dentro del él veo algunas motos de enduro y tres BMW R 1150 GS. Me quedo alucinado. La R 1150 GS es una moto que siempre me ha gustado, sobre todo la versión Adventure. Todos estos mecánicos son unos fanáticos de las motos y participan en las diferentes carreras que se organizan en el país. Hay mucha afición al off road en Togo. Rápidamente un mecánico aparece con líquido de freno y realiza el drenaje del circuito. En pocos minutos el freno trasero ya está funcionando perfectamente. También limpian a fondo la ‘Cebra Roja’, que queda como nueva.
Tété me invita a alojarme en su casa durante mi estancia en Lome. Compartimos ruta un par de días por el norte del país, que me parece un lugar estupendo.
Michele, otro piloto dakariano y director de un taller de motos, me comenta que varias veces al mes va a Abuja, capital de Nigeria, para exportar alguna moto. La ruta que utiliza para evitar los controles militares es por el norte. Me dice que el principal problema en Nigeria reside en la policia y los militares. La ruta que me indica tiene muchos kilómetros off road hasta llegar a Abuja. Tengo mis dudas, ya que parece que desde hace algunas semanas se están produciendo atentados a iglesias, perpetrados por radicales islamistas, por el norte del país.
Mohamed me ofrece cruzar Nigeria
Hace unos días, un contacto a través de Facebook, Mohamed, un motero nigeriano, propietario de una tienda de motos en Lagos, se ofreció para acompañarme a cruzar Nigeria por el sur, pasando por Lagos y Benin City hasta llegar a Calabar, cerca de la frontera con Camerún.
Durante unos días no tengo trato con Mohamed, pues conseguir una buena conexión a Internet en este lado de África no es nada fácil. A veces hasta imposible, porque, simplemente, en las zonas más rurales no existe. La mejor opción para usarlo es comprar una tarjeta SIM en cada país y configurar el teléfono móvil. No siempre funciona bien, pero es mejor que esperar durante horas, delante de una pantalla, en un cibercafé, a que se cargue una página. Volviendo a mi situación, como no puedo planificar el encuentro con él, decido hacer caso a Michele y realizar su ruta.
Atravieso Togo verticalmente. El paisaje es estupendo, frondoso e interesante. Pienso que estaría bien pasar unos días más en Togo y disfrutar de la moto por sus montañas, pero estoy impaciente por llegar a Nigeria. Así que sigo dirección a Ketao y continúo hasta dar con la frontera con Benín.
Benín, el gozo concentrado en pocos kilómetros
La frontera se encuentra en una ancha e interminable pista que cruza todo el país. Allí me dan un visado, por el equivalente de unos diez euros, para atravesarlo en pocas horas.
En cada parada que hago se me acercan un montón de niños risueños. Se aproximan tímidamente, pero en grupo numeroso. Están alucinados por la ‘Cebra Roja’. Les hago una foto junto a la moto. Cuando se la enseño en la pantalla de mi cámara, ríen y ríen sin parar. ¡Magníficas sonrisas!
Sigo la ruta, deleitándome con impresionantes vistas. Paso fugaz por Djougou, N’Dali y Nikki. La moto rueda con total ligereza y a un buen ritmo por la tierra. Sin rechistar y levantando polvo.
En Nikki, un cotrol militar me para. El capitán está tumbado en una especie de hamaca en el porche de una pequeña caseta de madera. Mira mi pasaporte y me pregunta: “¿Hacia dónde vas?”. Le desvelo mi destino: Nigeria. “¿Estás informado de los problemas que hay allí? Lo mejor sería volver atrás”. Mi reacción es contundente: “No pienso que esos problemas vayan conmigo. Necesito atravesar el país”. Aun así, parecía que esa ruta, la que Michele me había indicado, no era la más segura. El capitán me devuelve el pasaporte y me desea suerte. ¡Gas! Mi objetivo es cruzar la frontera y dormir en el siguiente pueblo, Kosobusu. En la próxima News continuaré mi relato africano.
Más información en www.ridetoroots.com
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SO GOOD.