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Mi madre en Katmandú

Mi madre en KatmandúPor Miquel Silvestre
El escritor y aventurero relata la llegada de su madre a Nepal y las experiencias vividas con ella. La foto de ambos junto a Atrevida, teniendo como fondo el Annapurna, marca un importante punto de inflexión para Silvestre.

“Llego mañana. Te haré de fotógrafa”

Cuando me desperté en mi habitación de la Kathmandu Guest House, abrí el correo electrónico. Tenía un mensaje de mi madre de setenta y cuatro años. Como todo en ella, era sintético y fatídico. “Hijo, he visto en el blog que has llegado a Nepal en tu vuelta al mundo tras los exploradores olvidados. Necesitas buenas fotos en el Annapurna. Te haré de fotógrafa. Llego mañana. Llevaré mi casco y el equipo de motorista”.

Como acostumbra a hacer, la decisión estaba tomada y no admitía apelación posible. El correo me dejó algo desconcertado, preso de emociones contradictorias. Por un lado me hacía ilusión verla, pues llevo ocho meses fuera de España viviendo con lo poco que cabe en las maletas de una motocicleta, pero la idea de recorrer las terribles carreteras asiáticas de alta montaña con mi madre de paquete me inquietaba sobremanera.

Cuando voy a recogerla al aeropuerto internacional de Tribhuvan, me encuentro con una multitudinaria marcha motorizada por un estado sherpa independiente. Aquí, cuando no hay una huelga, un corte de suministro o una algarada, hay una manifestación. Tras la guerra civil, Nepal es una curiosa república dividida entre dos poderes. El Gobierno y los maoistas. Lo curioso es que los maoistas hoy son también miembros del Gobierno, lo que no impide que prosigan sus protestas contra los cortes de energía eléctrica o el incremento del precio de la gasolina que el propio Ejecutivo decreta. Ni tampoco los ‘ilegales’ peajes en las carreteras principales para sufragar las necesidades de la comunidad popular de turno.

Como temo que la política haga que llegue tarde, me sumo a la marcha enarbolando uno de sus rojos gallardetes reivindicativos. Inmediatamente, cabalgando sobre mi enorme motocicleta extranjera, me convierto en el héroe de la lucha por un estado sherpa. Y así, mientras mis compañeros de lucha toman fotos del nuevo camarada, voy ganando posiciones hasta ponerme en cabeza. Una vez allí, acelero a fondo para llegar hasta el aeródromo dejando detrás de mí una serpiente de banderas rojas y pequeñas motos chinas.

A por ella al aeropuerto

En la entrada del recinto aeroportuario esperan unos militares en un puesto de control. Antes de pasar la preceptiva revisión, guardo la roja banderola y olvido la causa que tan fervientemente he defendido minutos antes. Pero es que ahora debo enfrentarme a otro poder fáctico mucho más temible que el del centralismo nepalí.

En este aeropuerto no se puede esperar a los viajeros delante de la puerta de salida. Hay que amontonarse junto a cientos de personas en un lateral. Los policías de vez en cuando empujan a la masa hacia atrás. El sol nos cae a plomo. La salida de mi madre se retrasa y yo empiezo a transpirar dentro de mi mortaja de motorista. Observo como varios occidentales van siendo expulsados de la panza de los aviones. Un pálido lama escocés con ropones rojos y cara de pánfilo, un grupo de trekkers, dos ejecutivos impecablemente trajeados, una pareja de hippies americanos que ha venido a recoger a los padres de ella. El novio y la suegra se saludan con un abrazo de pájaro, de apenas una fracción de segundo. Un abrazo sin calor físico, contacto ni afecto. Los abrazos de los yanquis son de horchata.

Y entonces aparece mi madre. La llamo y me reconoce. Viene hacia a mí y nos abrazamos. Nosotros sí que nos abrazamos de verdad. Lleva más de veinte horas de aviones y salas de espera, pero sigue desprendiendo una energía extraordinaria.

- “¿Dónde nos vamos a alojar?”, pregunta mientras se sube en el asiento trasero de Atrevida, mi BMW R 1200 GS 30 Aniversario.

- “Estoy en un albergue del centro”.

- “Ah, no”, protesta, “a mí no me llevas a uno de tus agujeros. Yo quiero ir al Dwarikas, que es donde me quedé la última vez. Me encanta ese sitio. Tienen la mejor colección de marcos de ventana antiguos de Nepal”.

¡Diablos! El Dwarikas es el mejor hotel de la ciudad. Es un auténtico museo de artesanía nepalí de los siglos XV en adelante. Un lugar que vale la pena visitar sólo por disfrutar del mimo con el que los dueños han acometido el trabajo de restauración de un gran tesoro nacional. El problema es el precio, acorde con la altísima calidad del establecimiento.

- “Madre”, objeto, “ahí la habitación individual son 250 euros como mínimo”.

- “¿No eres escritor de viajes?”, comenta ella como si yo fuera un poco tonto. “Pues diles que les vas a hacer un reportaje y que te hagan un descuento”.

Imposible negarse, así que para allá fuimos. Intenté la estratagema, les enseñé la BMW, les dije que daba la vuelta al mundo escribiendo para revistas y periódicos, y de modo casi milagroso conseguí una rebaja más que sustancial, y que de paso me dejaran meter la moto dentro del patio ajardinado para hacer una sesión fotográfica con todo el staff del hotel.

De visita turística

Casi sin descansar, salimos a hacer turismo cultural. Cerca del hotel se encuentra el soberbio templo hinduista de Pashupatinath, el más antiguo de Katmandú, a orillas del río Bagmati. Declarado Patrimonio de la Humanidad, es centro de peregrinación. Por las carreteras de Nepal se pueden ver los andrajosos peregrinos que vienen a pie desde India. En los escalones que llevan al agua es donde se incineran los cadáveres. Un penetrante olor a carne quemada inunda el ambiente. Subimos las interminables escaleras que llevan hasta la cima del montículo tomada por centenares de monos que aprovechan las pujas u ofrendas alimenticias a los dioses. Un guarda nos intercepta. El paso solo está permitido a los hindúes. Los extranjeros han de quedarse en la otra orilla.

- “¿Pero qué está usted diciendo?”, salta mi madre. “Mi hijo es escritor y necesita tomar fotos de este lugar, así que déjenos trabajar”.

Imposible resistirse. El centinela nos deja paso franco y saluda militarmente. Cuando terminamos con el ‘trabajo’, mi madre comenta: “En Katmandú hay muchas cosas que ver, pero creo que te interesan sólo aquellas a las que puedas llegar en moto. Recuerda que el viaje que estás haciendo es excepcional porque lo haces de ese modo; debes procurar que siempre aparezca tu BMW, tú no llegas a los sitios en avión como todo el mundo. Vámonos para la plaza Durbar”.

- “Pero, madre”, me atrevo a objetar, “el centro es peatonal y además hoy hay huelga. Nadie circula por la ciudad”.

- “No digas más tonterías. La gente tiene miedo, pero tú eres un extranjero, se ve a la legua. Para empezar no sabes nada de la huelga, y para continuar, la política nepalí no va contigo”.
La plaza Durbar es el auténtico corazón de la ciudad. Aquí se haya un curioso templo de madera, reconstrucción del primigenio que hace miles de años diera nombre a la ciudad, así como la residencia de esa desgraciada niña diosa a la que llaman la Kumari.

- “Me parece una tradición perversa”, comenta mi madre mientras nos rodean los curiosos, “esa pobre cría no puede pisar el suelo, no se relaciona con otros niños y no tiene una vida normal. Es una divinidad, sí, pero hasta que tiene la primera menstruación, entonces es devuelta a su casa. Ya me contarás qué futuro tiene alguien que ha vivido los primeros años completamente aislada de la realidad”.

Nos ponemos al día

Durante la cena nos pedimos una buena ración de cerveza Everest. Tenemos muchas cosas de que hablar. Primero caen las preguntas de rigor sobre cómo está cada uno de los miembros de nuestra rara familia. Están todos bien, o al menos como siempre. Somos gente peculiar pero bien avenida y todos hemos tenido bastante buena suerte. Luego pasamos a los temas que me atañen. ¿Qué tal el viaje? ¿Qué voy a hacer después? ¿En qué estoy pensando?

- “Siento reconocer que para mí esto ya no es como fue. De algún modo se ha reducido la capacidad de emocionarme. Sentir lo que sentí en Kazajistán no se puede repetir. Entonces me creía incapaz de hacer lo que estaba haciendo y superarme hacía que sintiera una alegría y una emoción muy especiales. Ahora ya sé que puedo hacerlo y algo de magia he perdido”.

- “Yo creo que lo que te pasa es que es la primera vez que te comprometes con un viaje; hay mucha gente mirando. Tal vez por eso no disfrutes como antes”.

- “No me parece que sea esa la razón. Viajo porque se me da bien y ahora ya lo veo como un trabajo. Un trabajo estupendo, envidiable, mal pagado pero un trabajo duro, exigente. Estoy todo el día currando. Es raro que se observe en directo lo que hago, pero estoy preparado para ello. Soy bueno haciendo lo que hago. Pero hay algo más. Ya no tengo paciencia con la gente. Antes era simpático con todo el mundo, ahora no; aguanto poco. Es como los tipos del aeropuerto de hoy. Me molesta que se queden pasmados delante observándonos como bichos raros”.

Mi madre mira para otro lado antes de hablar. Está pensando las palabras para no irritarme, pero al final dice lo que piensa.

- “Has de esforzarte en ser más amable. Piensa que son unos pobres desgraciados a los que les estás regalando unos segundos de diversión, de comprobar por sus propios ojos que ese mundo exterior que ven por la televisión existe. Debes ser más generoso, más comprensivo. No todo el mundo tiene tu inmensa suerte en la vida”.

Bebo un trago de deliciosa cerveza Everest. Quizá la mejor que haya probado nunca. Sé que mi madre tiene razón. Hablan la bondad y la sabiduría por su boca. Pero me resulta difícil. Siento que hay algo que estoy perdiendo.

Comenzamos el viaje con accidente

Abandonar Katmandú al día siguiente no es fácil. Hay gente, coches, tráfico, montañas, baches y muchas curvas. Ya nos lo han avisado. Hasta Pokhra hay poco más de doscientos kilómetros y seis horas de viaje. La cosa se tuerce pronto. En la carretera aparece un control de maoistas. Exigen un peaje a los conductores. Me hacen señas para que pare. Yo nunca pago a bandidos, ni siquiera cuando llevan uniforme legítimo y estos no lo llevan. Intento esquivarlos adelantando al coche que me precede por la izquierda, pero el resto de carril viable es muy estrecho y golpeo su parachoques con mi maleta derecha. El impacto es tremendo. Nos caemos con todo el equipo.

Lo primero es preguntarle a mi madre si está bien. Lo segundo es comprobar el estado de la moto. Ha quedado en una posición muy rara. Tumbada de lado, con la rueda delantera metida dentro de una acequia. Es imposible sacarla solo, me tienen que ayudar estos filibusteros de la carretera.

- “Mira, ya tienes historia”, comenta mi madre divertida mientras hace fotos. “Los maoistas que querían extorsionarnos te acaban echando una mano”.

Atrevida parece estar bien. La maleta Trax de SW Motech está intacta a pesar del tremendo golpe. Pero los anclajes se han partido por dos puntos y el tercero ha perdido el tornillo que cierra. Con unas bridas metálicas la sujeto y añado una cincha de atar. Queda más o menos bien y podemos seguir nuestro camino sin pagar a los maoistas. A quien sí tengo que pagar es al dueño del coche cuyo parachoques he abollado considerablemente. Lo primero que hago es sacar mi seguro indio. El tipo dice que uff, que menudo rollo lo del seguro, que por qué no se lo pago aquí y ahora y nos olvidamos del asunto. Pide 5000 rupias. Unos 50 euros. Podría sacar mejor precio, pero mi madre está mirando impaciente.

- “Ok”.

Camino equivocado

Una vez se abandonan los suburbios de la capital, la carretera del valle de Katmandu es ondulada, serpenteante, preciosa; sin embargo, cometo otro grave error. A 90 kilómetros de Pokhra, equivoco el camino debido a la indicación errada de un imbécil. Aparezco en Bharatpur. Me he desviado casi 30 kilómetros por una ruta escarpada y en obras. Maldigo mi estampa. Esto es un contratiempo enorme. Regresar nos supone más de dos horas. Es seguro que llegaremos de noche y no hemos comido, bebido, ni descansado. Esto para mí no es un problema, estoy más que acostumbrado, pero sí lo es para mi madre. Sin embargo, como me contará después, sufriendo lo indecible sobre baches y curvas durante diez horas, le pidió a Dios que le diera paciencia para aguantar, y aguantó sorprendentemente bien.

Se hace de noche y mi madre sólo ve un muro de luces en dirección contraria. Yo he aprendido a conducir entre estos salvajes, llevo muchos meses con este tipo de circulación, para mí es normal y estoy tranquilo, pero ella debe estar asustada. Cualquiera lo estaría.

En Pokhra vamos a la zona de lago, la más turística, donde hay cientos de hoteles, restaurantes, tiendas de souvenires y agencias de aventura. Acabamos en la Swiss Home, aunque de suizo solo tenga el nombre. Un caserón con descuidado jardín y dos pisos de habitaciones espartanas. El lugar es básico a más no poder. Mañana buscaremos otra cosa, pero hoy cualquier agujero sirve. Tras un corto regateo se queda en 15 dólares por habitación. No estaría mal si no fuera porque no tienen luz, ni agua caliente, ni calefacción, ni nada de nada. En fin, del Dwarika´s al Swiss Home hay mucho más que doscientos kilómetros. Hay un mundo y uno debe estar preparado para cualquiera de los dos extremos. Una vez asumido que vamos a dormir aquí, nos vamos a tomar algo acompañado de una buena dosis de Everest. Como siempre ocurre una vez que se termina bien un largo viaje, a toro pasado las cosas no son tan terribles y uno puede reírse de ellas y de uno mismo.

Impresionante Annapurna

Al día siguiente mi madre aparece en mi cuarto a las siete de la mañana y ordena.

- “No hay muchas nubes. Hay que hacer las fotos del Annapurna. Espabila”.

Salgo adormilado al exterior y entonces lo veo por primera vez. Dios mío, es enorme y fabuloso. Durante el amanecer de los meses invernales, las paredes nevadas refulgen rosáceas, como diamantes enamorados. Desde cualquier calle de Pokhra se ve. Domina el pueblo como un celoso guardián, como una presencia constante y retadora. “Estamos aquí”, parece decirte, “aquí desde siempre, desde mucho antes que tú, pequeño reptil medio evolucionado”. Y tú lo miras y sabes que tiene razón, que es grande, poderoso, eterno y que tú eres nada, una hormiga a su lado. Pero hay algo más. Él es ciego, sordo y mudo. No tiene corazón ni voluntad. Está inmóvil. La mayoría de nosotros no podemos contra él, pero hay algunos hombres que sí pueden, hombres que luchan con corazón y voluntad y acaban dominándolo. La emoción de esos pequeños hombres es real. Aunque los montes no lo sepan y se crean tan importantes, ellos existen sólo para que soñemos con escalarlos.

Tanta belleza y que pueda ser tan cruel y tan terrible. Si he venido hasta aquí ha sido para rendir mi modesto homenaje a esos valientes exploradores del siglo XXI, los alpinistas españoles fallecidos en su conquista. El mallorquín Tolo Calafat murió en el 2010 en una expedición liderada por Juanito Oyarzabal y el navarro Iñaki Ochoa de Olza en el 2008, cuando sufrió un edema cerebral a pocos metros de la cima y se organizó una de las más fantásticas operaciones de rescate con varios himalayistas de primer nivel unidos en el empeño de salvar la vida de un personaje excepcional, como montañero y como persona.

- “Para conseguir buenas tomas del macizo hay tres lugares”, comenta mi madre. “Uno es la Pagoda de la Paz, un templo situado sobre el monte que está al otro lado del lago. El otro es Sarankot, en la otra dirección, justo sobre esa colina que está entre Pokhra y los Annapurna. El otro es un rinconcito humilde dentro del pueblo que casi ningún turista visita. Al borde mismo del agua, desde ahí podrás coger una foto de tu moto, la montaña y su reflejo”.

Para llegar a la Pagoda de la Paz hay que subir una empinada senda sin asfaltar. Noto que mi madre tiene miedo. Se agarra fuerte y siento su temor. Yo ya me he acostumbrado a todo, pero es cierto que si se piensa fríamente, debería helarme la sangre recorrer esta escarpada pista con un precipicio a mi lado. Cuando revise las fotos que mi madre me ha hecho, me daré cuenta de la dimensión del vacío que bordeaba. Pero lo cierto es que ahora no lo veo. Sé que está aquí, acechando, pero mi pasión por lograr la foto, por capturar ese momento me impide calibrar bien el riesgo que corro.


“¿Qué te dice la montaña?”

Cuando llegamos al lugar desde donde se ve la montaña hago la foto y me doy cuenta de que es algo único y maravilloso tener juntos en el mismo encuadre a la cordillera del Himalaya, a la mujer que me dio la vida y a una moto con matrícula española que he traído conduciendo sobre un millón de piedras. Ya dan igual los libros que venda, los reportajes que publique, los amigos o enemigos que tenga en las redes sociales. Ya todo da igual. Lo que he logrado hoy es algo excepcional que quedará para siempre en nuestro recuerdo.

- “¿Sabes por qué he venido en realidad, hijo?”.

- “¿Para hacerme fotos?”.

- “No, he venido para ayudarte con tu historia pero también por otra razón. Esa montaña que tienes delante habla. A todo el que tiene delante le dice algo. Creo que este viaje te está afectando de un modo diferente a los anteriores y estás perdiendo un poco tu verdadero horizonte. Quería que la montaña te recordara por qué estás haciendo esto. He venido a Nepal porque quiero escuchar lo que te dice y que al estar conmigo no se te olvide nunca. ¿Qué te dice?”.

Me enfrento a la majestuosidad pétrea y creo que por primera vez la veo como realmente es. Un espejo. Un espejo de nieve, cielo y sol. El espejo más alto y más puro del planeta.

- “Me dice que he luchado mucho por llegar hasta aquí. Muchos pensarán que los alpinistas están locos por empeñarse en subir montañas a riesgo de sus vidas, pero yo les entiendo más allá de lo que se pueda explicar con palabras. Hay algo allá arriba. Alcanzar la cima debe ser parecido a lo que siento cuando llego a un destino lejano después de rodar sobre un millón de piedras. Viajar en moto alrededor del mundo y escribir sinceramente sobre ello vale tanto la pena como escalar estas montañas. Hay una satisfacción especial en ello. Algo profundo que nos saca de aquí. No sé qué es exactamente, pero sé que existe y que es algo que vale la pena. Realmente, vale la pena”.

4 Respuestas para “Mi madre en Katmandú”

  • Joavel dice:

    Vale la pena !!!

    Salut Miquel.

    Joan.

  • eugenio rodríguez dice:

    ¡Maravillosa vuestra experiencia: madre e hijo frente al Annapurna! Recuerdo mi lejana lectura de Maurice Herzog sobre su subida. Luego fue ministro de la República Francesa con varios dedos menos en las manos y en los pies. Estaba ahora leyendo la instrucción de la dirección general de los registros y del notariado de 12 de mayo de 2012 “sobre los problemas organizativos que se plantea la inscripción en un registro público a que se refiere el inciso final del artículo 90.1.6º de la ley 38/2011, de 10 de octubre, de reforma de la ley 22/2003, de 9 de julio, concursal” y decididamente es más entretenida tu página.
    Un abrazo

  • maria dice:

    ¿puedo preguntarte dónde has podido leer la instrucción a que haces referencia? Gracias!

  • eugenio rodríguez dice:

    Hola, María. Mi correo era un guiño a Miquel porque, además de amigos, somos compañeros de profesión, sólo que él está excedente para poder hacer estos apasionantes viajes, y yo estoy en activo. No obstante, la resolución existe, pero aún no fue publicada en el B.O.E. La recibimos los registradores por correo interno de nuestro colegio profesional. Como no es seguro que se llegue a publicar oficialmente (y sólo entonces verá la luz en una publicación llamada Anuario de la Dirección General de los Registros y del Notariado, que sale con unos dos años de retraso), lo más directo si quieres conseguirla es que te dirijas al Registro de la Propiedad o Mercantil que tengas más próximo, hablas con el registrador y le pides una copia. Si no la encuentra dile que la recibimos en un correo del miércoles 23 de mayo de 2012, del Servicio de Estudios. Así que lo más probable es que la tenga aún en la bandeja de entrada. Un saludo, Eugenio

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