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El Masai Mara en moto

El Masai Mara en motoPor Miquel Silvestre
El aventurero relata un encuentro casual con Raúl y Cristina, una pareja dueña de un campamento en Masai Mara (Kenia), y su corta pero intensa vivencia en este paraje de ensueño.

Por fin llegamos a Nairobi. Para mí no es como llegar a cualquier otra ciudad africana. Aquí siento algo especial. Aquí compré hace pocos años la BMW R 80 GS con la que realicé el viaje por catorce países africanos que relaté en mi libro ‘Un millón de piedras’. De aquí saldría hacia Ciudad del Cabo con muchos temores y ningún conocimiento sobre lo que iba a encontrar. Aquí fue, pues, donde se empezó a forjar el libro de viajes que hoy y para mucha gente es bastante más que un libro. ‘Un millón de piedras’ es ya casi un fenómeno social que representa el sueño de miles de tipos corrientes que un día se hartan de todo, rompen con sus miedos y sus comodidades europeas y se arriesgan a ver el mundo por sí mismos del modo más directo posible. Sobre una moto no hay barreras, carrocerías ni parachoques. Tú eres el paisaje, tú el horizonte y tú el verdadero protagonista de la historia. Tampoco hay mentiras que valgan ni manipulación informativa. Lo que ves es lo que hay. Y tu verdadera medida como aventurero la acabas comprobando en el primer control militar.

De aquí salí desconociendo África pero con ganas de descubrirla sin que nadie me la filtrara. No sabía ni qué país iba detrás del siguiente; sólo que otros lo habían hecho y si ellos pudieron, ¿por qué diablos yo no iba a poder? Así que aquí me presenté dispuesto a comprar una moto de segunda mano. El regreso supone que he cruzado este continente de cabo a rabo. Ya puedo decir que he conquistado el horizonte africano en su plenitud. De Norte a Sur, del Índico al Atlántico sin olvidar el Mediterráneo y el Mar Rojo. ‘Un millón de piedras’ nace aquí. Lo curioso es que ese libro no lo he escrito yo. Ya estaba escrito. Solo necesitaba que alguien lo tradujera a palabras. Más que escribirlo, él me escribió a mí. Y al poner la palabra “fin” sobre el papel yo era una persona muy diferente de la que un día salió de Nairobi.

Incluso aquí el libro de las piedras me proporciona sorpresas. Acudimos junto a numerosos expatriados a una barbacoa organizada por un mayorista de viajes español y mientras espero en la cola de las pizzas oigo que alguien habla a mi espalda.

—“Miquel Silvestre… ¿de qué me suena?”.
Me giro y encuentro una pareja de más o menos mi edad. Ella es una mujer guapa y estilosa. Él es un chaval delgado, moreno, con barba poblada y oscura. Ha leído mi nombre en la camiseta que llevo puesta.
—“No sé, yo sólo monto en moto”—replico.
—“¡Caramba!”—exclama él—, “ya lo sé, tú has escrito ‘Un millón de piedras’. Lo estoy leyendo ahora mismo. Me lo ha regalado Jacobo, un amigo mío al que le encantó”.

Raúl y Cristina han montado un campamento en Masai Mara llamado Enkerende Tented Camp. El Mara es el gran ecosistema africano. Han viajado por todo el planeta hasta que encontraron su lugar en el mundo y decidieron apostarlo todo por su sueño de habitar en el que quizá sea el último rincón salvaje, allí donde los animales siempre ocupan un escalón superior al de los seres humanos. Rápidamente se genera entre nosotros una corriente de complicidad y simpatía mutua. Tampoco ellos creen en las casualidades. Nos invitan a una estancia en su paraíso privado y justo eso era lo que nosotros andábamos buscando antes de dejar Kenia.

Atardece. El firmamento ya es de color plata vieja y empieza a llover. Se suceden los pedregales, las zonas encharcadas, los barrizales, los arbustos… y entonces aparece un prado llano y un grupo de altos Masai vestidos con trajes típicos: falda roja, sandalias y manta de cuadros. Armados de machete, maza y lanza su aspecto es temible aunque sus sonrisas delatan una naturaleza sana.

Aparcamos las motos. Descargamos el equipaje y seguimos a nuestro anfitrión hasta nuestra tienda. Es un pedazo de lujo injertado en la naturaleza.

Todos los detalles están pensados. Cada mueble mantiene un perfecto equilibrio entre la rusticidad de su antigua forma natural y la función que hoy debe cumplir. Las mesillas, el soporte de las toallas, la percha del baño. Obra de Cristina, todo está escogido con mimo.

Pasamos unas jornadas fabulosas; salimos al amanecer con las motos cuidando no estropear esta maravillosa naturaleza. Contaminamos menos que los todoterreno de los rangers y los turistas. Los animales casi se dejan tocar. Al atardecer, regresamos al campamento a tomar una estupenda cena mientras los hipopótamos van saliendo del río ante nuestros ojos. Los gin-tonics y las cervezas animan una conversación plagada de historias y anécdotas sobre la zona y sus habitantes.

Es perfecto, pero hay que irse. Nos esperan los exploradores olvidados de mi ruta del millón de piedras. Salimos hacia la pista principal que nos aleja del ecosistema del Masai Mara. Hay que cruzar el río. Viene muy crecido. Lo conseguimos no sin ciertos apuros y al final brotamos a la pista. A pesar de los baches y el barro, el corazón está henchido de un hálito nuevo. Raúl y yo nos damos un fuerte abrazo cuando separamos nuestros caminos; yo a Nairobi para volar a Bombay con mi moto, él a su pequeño reino salvaje. No es un adiós, sino un hasta luego. Como nos dijimos hace varias noches, esto es sin duda el comienzo de una larga amistad.

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