ESTO ES MOTO AVENTURA

Por Agustín Ostos
Salimos de Georgetown a las cinco de la madrugada rumbo Brasil. Era temporada de lluvias y durante la noche una tormenta regó los 100 kilómetros de asfalto que nos separaban de Linden, ciudad donde nos despediríamos de la civilización… un tiempito.

Me recomendaron encarecidamente que el trayecto fuera realizado con otra moto más para pasar algunos tramos con mayor seguridad, pero como llevaba por paquete a un tiparrón de mi pueblo acostumbrado a cargar paletillas y jamones, pensé que estaba servido para dar comienzo a los casi 500 kilómetros de tierra que hay hasta Lethem, la ciudad fronteriza con Brasil.

El camino era bastante ancho y de tierra firme, lo cual nos permitía ir a 100 kilómetros por hora tranquilamente. Sin embargo, en cuestión de minutos comenzó a estrecharse y a presentar montículos de barro, producto del tránsito de vehículos que, a pesar de no ser excesivo, sí era constante, ya que esta es la única ruta que comunica Guyana con Brasil.

A veces había mucho barro y otras nada, pero cuando sí había el neumático delantero de carretera que me pusieron por error en Brasil comenzaba a perder agarre y resbalar. Más tarde entendí que en la selva, como en la vida, hay que conformarse con lo que toca y que cabrearme por el fallo que tuvieron no nos iba a ayudar a salir de allí. ¿La buena noticia? No llovía. Diluviaba.

Algo que aprendí en esta ruta es que una cosa es que la pista esté embarrada de días previos y otra que en ese mismo día llueva casi sin parar y se embarre sobre lo ya embarrado aún más… Pero claro, hay que tener en cuenta que en esta parte del mundo en esta parte del año llueve una media de seis veces al día, cuando no el día entero, lo cual, horas después, nos llevaría a descubrir fuerzas en nuestros cuerpos hasta entonces desconocidas.

Tal vez por eso a menudo me pregunten si no me da miedo viajar de esta manera, a lo cual siempre respondo lo mismo: si tiene que suceder algo malo, sucederá; pero obsesionarse con la posibilidad de que ocurra cuando de momento estás a salvo no tiene ningún sentido. Pero claro, hay veces que dejas de estar tan a salvo y lo sabes. Quizás aún no ha pasado nada, pero sospechas que si se materializara el riesgo, la situación podría ponerse muy pero que muy fea. Y aún así, quizás por coraje, quizás por inconsciencia, lo único que se puede hacer es tirar ‘palante’, enfrentar el miedo y ya está.

Los miedos son nuestro mayor límite y si nos dejamos acobardar por ellos nos impiden vivir como realmente soñamos. Y si algo comprobé hasta ahora, después de casi 50.000 kilómetros, es que al otro lado del miedo están las mejores cosas de la vida.Nosotros cruzamos sin pensarlo, pero todavía no estoy seguro si lo que nos encontramos era una de esas “mejores cosas”.

Y es que cuando superas el umbral de siete horas de viaje, el cansancio y la fatiga entran en escena, lo cual implica comenzar a cometer errores. El nuestro fue darnos cuenta de que veníamos arrastrando un bidón de gasolina en un lugar donde no éramos bienvenidos: una zona custodiada por unas abejas amazónicas muycabronas. Como si la selva nos estuviera enviando señales, nos fuimos cagando leches de aquel sitio, sin saber, obviamente, que lo que venía adelante tampoco era la mejor opción. Pero por muchas abejas y charcos que hubiera, lo que la selva guyanesa no sabía era con la clase de machotes extremeños que estaba tratando.

El factor aventura es directamente proporcional a los efectos combinados de aumento de cansancio y dificultad en la pista. Si a eso le sumas una ubicación poco recomendada, aparece la fórmula perfecta para cocinar una receta que, si te pasas, puede ser mortal.

Pon un puente roto de troncos mojados con huecos entre sí por los que cabe una persona con una caída de 8 metros a un río con pirañas, serpientes y caimanes y se obtiene la coyuntura perfecta para que el riesgo, los miedos y todo lo malo se materialice. Añádele a un tronco traicionero olvidar meter primera y de la aventura emocionante pasas al embrollo serio.

Y nos caímos… muy mal caídos. Y levantarla era difícil y peligroso, dado que la moto yacía entre dos troncos con una separación de más de medio metro, convirtiendo el ángulo para levantarla en una prueba macabra de fuerza y resistencia psicológica, ya que cualquier error haría que nos precipitáramos entre los troncos hacia el río. Encima no solo no había cobertura en cientos de kilómetros, sino que faltaban minutos para que anocheciera.

Mi mayor preocupación era que apareciera el animal más depredador de todos con ganas de hacernos daño: el hombre. Estábamos muy expuestos, indefensos y en una ruta frecuentada por la minería ilegal de oro y los laboratorios de cocaína. Pero no quedaba otra: había que ponerle fe, y muchos huevos. Porque si algo caracteriza el viajar en moto es la superación de pruebas como esta.

Prueba cuánto puedes, prueba cuánto quieres, prueba cuánto eres. Y si te caes, te vuelves a levantar. Pero en algún momento hay que decidirse; los muros no mantienen a los demás fuera sino a ti dentro. Puedes pasarte la vida levantando muros, o puedes vivirla saltándolos. Aunque hay algunos muros demasiado peligrosos para cruzarlos y lo único que sé es que si finalmente te aventuras a cruzar… las vistas al otro lado son fantásticas.

A esto vinimos. Esto era parte de mi sueño, de la inexplicable búsqueda de la felicidad en la que ando. Y como decía Will Smith en aquella película, nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo. La gente que no logra conseguir sus sueños suele decirles a los demás que tampoco cumplirán los suyos. Si quieres algo, ve a por ello y punto. Eso sí, no te olvides… de hacerlo en moto.

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