MOTOS PARA UNA VUELTA AL MUNDO

Por Charly Sinewan
Hace exactamente diez años que programaba mi gran viaje, el que me llevaría desde España hasta Australia. Entre todos los preparativos, quizá el más importante, era escoger la moto ideal con la que hacer aquel viaje que, pensaba, sería por momentos peligroso. Especialmente me preocupaba atravesar los últimos kilómetros de Irán y Paquistán.

Le di en aquel momento mucha importancia a la tranquilidad, así que decidí viajar con una moto que ya conocía y que hasta la fecha no me había fallado, la Honda Varadero 1000 cc. Una moto muy pesada que, aunque no era la ideal, me llevó hasta Australia tras 40.000 kilómetros, 23 países y 3 continentes. Por el camino dio algunos problemas, como casi todas las motos a las que sometes a terrenos para los que no están preparadas y con un exceso de peso. Una noche reventé el amortiguador y se partió el basculante. Nada grave, tan solo me tocó subir la moto a un camión, llegar a un taller indonesio donde nadie hablaba inglés, pasar allí unos días que nunca olvidaré y, finalmente, esperar piezas de recambio para poder seguir camino. Casi ocho meses después de haber salido de Madrid, llegué a Sídney. La Perla Negra, terminó por llamarse aquella moto.

Cuando terminé aquel viaje tuve claro que, si quería seguir recorriendo el mundo en moto y, como parecía, me gustaba hacerlo lejos del asfalto, necesitaba una moto trail, más ligera, con mejores suspensiones, pero sin perder la capacidad de carga necesaria para llevar una casa y una productora encima. Por eso compré mi primera BMW F 800 GS, de segunda mano, arreglada por un buen amigo después de un accidente, muy barata, pero con pocos kilómetros. Fue la encargada de recorrer África durante cinco años, miles de kilómetros por asfalto, pero también miles por pistas de tierra, pedregales o trialeras. Caminos destrozados por las lluvias, barrizales incomprensibles o eternos arenales. De todo pasó aquella moto que, cinco años después de haber entrado por Marruecos, llegó a Kenia y se quedó allí para siempre. La Misionera, terminó por llamarse.

En 2016 di el salto a América y para ello, con la experiencia adquirida tras tantos años viajando por el mundo, compré la moto que pensé sería la ideal para el tipo de viaje-vida que llevaba: de nuevo una nueva F 800 GS, pero esta vez sin estrenar. Con ella he cruzado Estados Unidos de costa a costa, bajado a la Baja California mexicana, subido hasta Alaska, ido a Cuba y, por último, este año, recorrido el caribe mexicano y el estado de Chiapas. Este fue su último viaje conmigo. Tenía 66.000 kilómetros y, aunque estaba perfecta y lista para otros 66.000, tocaba renovarla. Mientras regresaba de Chiapas a Cancún, venía pensando en los últimos tres años, en los recorridos tan largos que he hecho con ella y en que, por unas cosas o por otras, casi siempre he ido con prisa. Por eso, como las dos anteriores, y aunque no me gusta ponerles nombre a las motos, se ha terminado ganando el suyo: Rápida y Furiosa.

En breve arrancaré de nuevo para seguir con esta vuelta al mundo eterna, que ahora cumple diez años y que esperemos que dure otros diez. Veremos con qué motos. La siguiente, por cierto, ya está aquí conmigo…

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