ALASKA, LA ÚLTIMA FRONTERA, RECÓRRELA CON UNA BMW GS

Alaska es uno de esos lugares que siempre vemos en los documentales sobre tierras inhóspitas, salvajes, osos comiendo salmones… Naturaleza en estado puro.

Como en 30mps Adventures nos gusta todo lo que se sale de lo habitual, creímos que era un destino maravilloso para recorrer, como no sobre unas BMW GS, así que lanzamos el Tour para finales de este pasado mayo y apenas tardó unos días en llenarse: Alaska es uno de esos destinos que te atraen y es casi imposible evitar subirte a la expedición para descubrirla.

Volamos desde España vía Seattle a Anchorage -la ciudad más conocida del estado, aunque no es la capital-, y aterrizamos en tierras alasqueñas a última hora del día, disfrutando de las primeras maravillas nevadas desde la ventanilla del avión, con una claridad total a pesar de estar cerca de la media noche.

Al día siguiente, a pesar de quedar a las 8:00 horas para desayunar, los miembros del grupo ya estaban rondando el café dos horas antes, el ‘jet lag’ (diez horas de diferencia horaria) y los nervios por arrancar motores y perdernos por la tierra de osos, alces, glaciares y lagos se podían mascar en el ambiente.

Nos dirigimos a recoger las motos, donde teníamos entre otras varias, las F 700 GS, F 800 GS, R 1200 GS y R 1200 Adventure que previamente estaban asignadas. Cargamos los equipajes en el 4×4 de apoyo y llegó el momento de escuchar la melodía que llevábamos días, semanas, meses esperando, cuando giramos la llave y le dimos al encendido. De repente, 14 motos rugiendo listas para iniciar la aventura, saliendo de la ciudad, dirección sur, rumbo a la península de Kenai.

Una de las cosas más fascinantes de Alaska es que siendo más de tres veces el tamaño de España, apenas tiene 800.000 habitantes, por lo que nos esperaban unos días de ver poca gente. La primera zona al entrar en la península nos recibe con una de las mejores rutas de América del norte, una carretera cuyo arcén es prácticamente el mar durante muchos kilómetros. Atrás quedaban el estrés, el tráfico, los atascos de nuestra rutina diaria y delante de nosotros solo había lagos, ríos, montañas nevadas y naturaleza salvaje. Paramos a hacer las primeras fotos y comprobar con el ‘Staff’ que todo funcionaba correctamente y  que estábamos cómodos sobre nuestras monturas.

Seguimos disfrutando de este espectáculo hasta llegar al primero de los muchos glaciares que veríamos durante los siguientes días y tras unos minutos de caminata por el bosque nos fotografiamos junto a él. Es curioso comprobar como durante el paseo entre los árboles, vas viendo señales de donde estaba el glaciar desde los años 20 y como ha ido retrocediendo debido al cambio climático. Alguien bromeaba que, en realidad, es culpa de los ricos de Alaska que les gusta tomarse las copas con hielo del glaciar y que por eso cada vez queda menos…

Después de hacer noche en Seward, seguimos rodando hacia el punto más al sur de esta península, acompañándonos la lluvia durante parte del trayecto. La llegada a Homer es una de las más espectaculares de todos nuestros viajes y hasta la lluvia debió sorprenderse de la belleza de este lugar porque se quedó atrás, las nubes se abrieron y pasamos de un día frio y lluvioso a tomarnos unas cervezas en una terraza al aire libre bajo el sol de media noche. En la cena muchos repitieron salmón y otros pescados, típicos de la zona y sin duda riquísimos.

Después de tocar el punto más al sur de la península de Kenai, retrocedímos sobre nuestros pasos en un día muy acogedor y soleado, y decidimos premiar al grupo con unos 30 kilómetros de pista por un paraje entre bosques y lagos. Si la ruta estaba siendo bonita, esta pista en perfectas condiciones hacía que disfrutáramos aún más de la naturaleza de Alaska. Un cartel nos avisa de la posible presencia de osos en la zona y de cómo actuar en caso de encontrarnos uno, aunque creo que si se diera el caso de poco nos valdrían los consejos y saldríamos corriendo (cosa que no se debe hacer nunca).

Afortunadamente, los osos no aparecieron y seguimos rumbo norte, para parar en un área de conservación de animales salvajes donde sí disfrutamos de los osos negros, los Grizzly, alces, coyotes y demás animales autóctonos. Este centro se encarga de recoger aquellos que se quedan huérfanos, están heridos, o descubren como mascota de algún desalmado y se lo incautan, para luego, si es posible, reintroducirlos en la naturaleza.

Seguimos ruta y nos dirigimos durante todo el día rumbo Este hasta casi rozar la frontera con Canadá. Una carretera rápida con curvas hace que disfrutemos de la conducción de las motos, con el magnífico glaciar Matanuska como testigo durante gran parte del día. Paramos a repostar en la única gasolinera de la zona. Rodar en moto por Alaska te obliga a tener controladas donde están las estaciones de servicio (y si disponen del “oro negro”, que no siempre hay).

La tarde nos guardaba una sorpresa en forma de 80 kilómetros de pista sin perdida, donde decidimos dejar al grupo que se estire y cada uno ruede a su ritmo, se detenga a hacer fotos y disfrute del entorno casi como si rodara solo. Nuestro destino sería un poblado minero abandonado y que ha sido restaurado poco a poco, donde además de pasear por sus curiosas calles de edificios rojos de madera, tuvimos la posibilidad de caminar sobre el glaciar. Algo espectacular.

Después de varias jornadas duras y largas de ruta, tocaba un día más tranquilo. Llegar hasta este poblado minero hace que tengamos que volver sobre nuestros pasos, puesto que no hay salida, disfrutando nuevamente de la pista y de sus puntos más interesantes

Esa noche dormimos en un ‘RoadHouse’ auténtico, de los que quedan muy pocos. Estas construcciones eran hospedajes que en la época de viajar en caballo se ubicaban en las principales vías de comunicación cada 25 millas, que es la distancia que el cuadrúpedo cubría diariamente, aproximadamente, para dar alojamiento tanto al vaquero como al corcel. Quedan muy poco originales, pero tuvimos la suerte de cenar y dormir en uno de ellos.

Nos quedaban dos días de ruta para finalizar el viaje entre los que haríamos la pista de Denali con casi 180 kilómetros de longitud entre lagos, ríos, puentes y montañas, siempre en dirección Oeste. El día era tan espectacular que cogimos unos sándwich y bebidas para comer en algún punto del camino al aire libre. Rodamos durante varias horas en las que te apetece parar cada kilómetro a hacer una foto, sin duda una de las jornadas más impresionantes que se pueden hacer en moto.

Los días pasaban y llegábamos a la última jornada antes de regresar a Anchorage. La marca España sigue vendiendo mucho y todos a los que les decíamos nuestro origen no dudaban en hablarnos de lo bien que se lo pasaron cuando visitaron nuestro país, o de la próxima visita que sin duda sería a España. Hasta la policía quiso hacerse una foto con nosotros y pedirnos consejos, ya que este verano volaría a Madrid con su familia y realizarían un tour por el país.

Casi sin darnos cuenta, repostamos por última vez nuestras motos para devolverlas cansadas, polvorientas y con algunas heridas de la batalla de siete días que acabábamos de lidiar. Tuvimos un rato para ir a comprar recuerdos y souvenirs, y darnos un último homenaje de cena para despedirnos esa noche de una aventura más de 30mps Adventures con un magnífico grupo que hace que todo sea mucho más fácil.

Lo mejor de terminar este viaje, es que en 2020 volveremos a hacerlo. Alaska, la última frontera, nos espera.

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