DESDE TAILANDIA CON AMOR

Por Eduard López Arcos
No sé cómo explicarlo. En ocasiones, cuando lo he intentado, se me ha entendido mal o mal interpretado. Desde finales del 2011 ya no viajo. Un día, durante mi periplo por el África occidental, entendí que solamente existe un viaje. Durante los siguientes años esa idea ha ido madurando y afirmando.

El único viaje que existe es el de la vida. Existen diferentes motivos por los que decidimos movernos de un lado a otro. Puede ser el conocer una nueva cultura, nuevos paisajes, un clima más cálido o más frío, participar en una prueba deportiva, un proyecto de trabajo… La lista es infinita, seguramente hay tantos motivos como personas en el planeta.

El viaje de la vida

Para mí el motivo de moverme entre provincias, países y continentes no es otro que el de encontrar un lugar en donde estar bien. El movimiento es para mí el estado en donde me siento más cómodo y más libre. Cuando encuentro un lugar en el que puedo relajarme, meditar y ver las cosas más claras, desde nuevas perspectivas, intento permanecer en él el tiempo suficiente como para recuperar el pleno equilibrio. Sentirse en completo equilibrio es muy importante ya que nos facilita madurar ideas, tomar decisiones con más seguridad y decidir en qué dirección continuar nuestro camino.

Decía que ya no viajo o quizás sería más correcto decir que solamente viajo por la vida. Da igual si estoy en Marruecos, Barcelona, Tailandia, Galicia, Italia, Francia o vete tú a saber dónde, lo importante es encontrarme en el lugar que necesito en el momento adecuado. Acabo de estar casi cuatro meses en Tailandia y, a pesar de haber estado otras veces, todavía me falta mucho por conocer de este país. A algunos quizás les puede parecer extraño, ya que el tiempo total que he pasado en Tailandia da para conocer el país entero. Pero las circunstancias mandan y en el viaje de la vida no solamente cuentan los kilómetros, también aprender del día a día que te ofrece un mismo entorno, lo que permite profundizar en la cultura y la cotidianidad de los habitantes del lugar. Cuando te acostumbras a ver algunas caras a diario, entonces ese viaje cobra otra dimensión. Supongo que eso a algunos les satisfará y a otros no. Particularmente, a mí, me aporta sosiego, paz interior y serenidad.

Tormenta sigue fenomenal

Y al llegar a Ourense, después de tres aviones, un tren y un autobús, saqué la bicicleta de la caja, la monté, cargué el equipaje e hice veinte quilómetros para encontrarme con ella. Tormenta estaba tal y como la había dejado, esperándome. Al día siguiente monté la batería, pulsé el botón y salí a hacer curvas por estas magníficas carreteras reviradas y poco transitadas. Echaba de menos la potencia de la F 800 GS y lo divertida que es.

Estos días la voy a dejar lista para cubrir unos cuantos quilómetros por Europa, la única manera que tengo de ver a mis amigos, que están repartidos por todo el mundo. Después de las altas temperaturas y el alto porcentaje de humedad relativa en Tailandia, unas semanas rodando por los Alpes será de lo más agradable. Mi compañera me espera.

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