DESDE ASTURIAS HASTA LA PENÍNSULA ARÁBIGA EN MOTO, EN SOLITARIO

“La guerra, la represión iraní, convivir con mujeres cuyo rostro borran unas máscaras impuestas. Familias con las que conviví, un complicado regreso, pero una mochila repleta de felicidad, vivencias, tolerancia y un poco más sabia”. Lo asegura Elsi Rider, la intrépida rider que viajó hasta la Península Arábiga con su BMW F 700 GS, periplo que nos cuenta por capítulos en su blog en la News desde esta misma entrega. Aquí hace un breve resumen de lo vivido.

La guerra

El pasado 29 marzo de este año iniciaba el IV gran viaje en solitario por Asia con mi moto; esta vez el destino era desde Asturias (España) hasta la Península Arábiga, 15.000 kilómetros, donde pasé varios días al lado de la guerra, conviviendo con refugiados sirios y escuchando disparos ante la aparente normalidad a escasos ocho kilómetros en territorio turco.

Tras atravesar Europa, y conociendo ya el norte y centro de Turquía, esta vez quería realizar el recorrido por el sur de este país, salpicado a medida que te acercas a las zonas calientes de Siria por campos de refugiados desperdigados por todo el territorio.

Una de las noches, me desperté por el ruido de lo que “parecían petardos”, pero eran disparos. Un turco tomaba su té tranquilamente y con gestos me indicó “pum, pum, pum, sirios”. ¡Al lado se esfumaban vidas humanas mientras allí reinaba una relativa tranquilidad! El sur de Turquía está literalmente blindado por tanques cada pocos kilómetros, lo que me obligó a coger una carretera de montaña, terminando metida en territorio de terroristas y tras una veintena de controles militares, en el último me explicaron la situación de “por donde había pasado”, mostrándome unas fotos explícitas de terroristas abatidos con un tiro en la cabeza allí mismo, en la garita donde estaba hablando con ellos.

Irán, un paso de gigante hacia atrás

Irán tampoco fue fácil, “las tuercas se han apretado más” y los derechos se han recortado mucho, sobre todo los de las mujeres. Tras tres días en la frontera y con una autorización especial de la policía, conseguí atravesar el país con un permiso de transporte de mercancías en tránsito. Las motos de alta cilindrada ahora están prohibidas. Aunque, mi opinión y por lo que me comentó una funcionaria del país con la que cogí cierta amistad, es que ya no quieren más viajeros en solitario. Prefieren turistas que lleguen en avión, donde todo se dulcifica y así la población no tiene contacto directo con la gente extranjera y los forasteros tampoco nos enteramos de lo que está sucediendo en el país, que, desde mi punto de vista, es un paso de gigante hacia atrás.

Península Arábiga y la isla de las mujeres con máscaras

A final conseguí llegar a la Península Arábiga, donde tras recorrer todos los países, excepto Arabia Saudí, cuya entrada me negaron por mi condición de mujer, pude conocer una cultura absolutamente diferente. Conviví con familias donde el hombre tenía cuatro mujeres. Lloré en la isla de Masirah junto a las mujeres que borran sus rostros por las máscaras que las obligan a llevar y conocí el gran desierto de Arabia, inmenso, de extrema belleza y muy duro.

El complicado regreso. Dormir en mezquitas

Conseguí un salvoconducto a la vuelta para atravesar Irán con mi moto, dándome dos días para recorrer 2.130 kilómetros, en un país con la tasa de siniestralidad por accidentes más alta del planeta. Conduje de día y de noche. En Irán manejan muy rápido y muy mal, al oscurecer todo el mundo va con las largas puestas y, sobre todo, los camiones, que llevan además un montón de luces que me cegaban y echaban de la carretera constantemente.  Dormía en mezquitas para no perder mucho tiempo, mi salvoconducto expiraba en breve y no había tiempo que perder. A la llegada a Irán, en la frontera turca de Dogubayazabit, me escaneó la moto la policía turca, haciéndolo en tono chulesco, burlándose de mí y revisándome todo el equipaje. Ante mi queja al solicitar una mujer que tocara mi ropa íntima, la situación se complicó y me hicieron desmontar la moto entera.

Con 39 grados de fiebre que tenía, inicié el regreso tras siete días de intensa lluvia, pasando todo un día en un hotel para intentar bajar un poco la temperatura.

En campo base

Ahora, desde la comodidad de mi casa, “campo base”, y con todos los regalos que me han ido haciendo por el camino, solo me queda recordar todos los momentos vividos en este intenso viaje. Los malos, pero también los buenos, que fueron la mayoría. Con un montón de experiencias vitales que han llenado mi mochila viajera con otras nuevas culturas, encuentros, familias, gentes y lugares maravillosos. Y con el mejor regalo de todos “el haber vivido otra experiencia más que contar cuando sea viejecilla, otra cosa de la que no arrepentirme por no haberla hecho”.

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