Y ME ENCONTRE CON LA GUERRA EN MI CAMINO

Por Elsi Rider
Estoy sentada en una pequeña cala de aguas turquesas en mi viaje hacia la Península Arábiga. Está cayendo el sol y recuerdo los inicios de esta aventura que me ha traído hasta aquí, Mascate, capital del sultanato de Omán, disfrutando de un pequeño paseo por su famoso zoco de Mutrah.

Evoco el comienzo del viaje, pasando por ciudades del sur de Turquía, a las que ya va muy poca gente por temor a la cercana guerra de Siria. Sus ciudades son espectaculares, Mardín, Harrán y Konya, la famosa cuna de los Derviches Giradores. Un chico que amablemente se presta para llevarme a una madrasa y un fuerte con mucha antigüedad a las afueras de Mardín me comenta que han tenido sus hoteles cerrados hasta hace poco porque “ya no hay turistas”.

Paseo tranquilamente entre sus callejuelas y la gente me va saludando, interpretándolo como un gesto de agradecimiento hacia mí, por regresar a su ciudad medieval.

El sur de Turquía, desde Konya hacia la frontera entre Siria, Iraq e Irán, está salpicada de campos de refugiados sirios, desperdigados por aquí y por allí. Todos tienen una especie de tienda de campaña, algo parecido a las típicas lonetas de ACNUR que el Gobierno les ha facilitado. Era la imagen de la desgracia, de la tristeza, de los olvidados y escondidos refugiados. Con mi BMW, estaba siendo testigo de la cruda realidad que vemos a diario en la televisión. Aquellos a los que “acogieron los turcos” a cambio de una suma de dinero de fondos europeos y ahora mal viven bajo techos de plástico.

Con Lusi, mi moto, me cruzo cada dos por tres con uno de estos asentamientos y a la vez voy pensando en la tranquilidad de este lado de la frontera cuando a escasos treinta kilómetros la gente está muriendo por la guerra.

Llueve, y en una pausa un enorme arcoíris aparece ante mis ojos, pero no era un arcoíris cualquiera. Su arco de colores abrazaba Turquía y Siria. Para estas cosas de la naturaleza no hay fronteras que pueda poner la mano del hombre.

Recuerdo una noche cerca de Harrán donde me quedé a dormir. Había montado mi tienda de campaña dentro de una de las famosas casas colmena, húmeda y muy fría, donde apenas pude dormir. Era tarde y comencé a escuchar lo que el primer instinto nos lleva a pensar en niños jugando con petardos, me asomé a una especie de patio, donde un turco, un hombre enjuto de barba tomaba un té. Le miré y haciendo gestos con sus brazos, me dijo “Pum, pum, pum, Siria”. Efectivamente no eran niños jugando, era “la guerra”, la cruda guerra. A ocho kilómetros la gente se “estaba disparando”, había vidas que se esfumaban del otro lado de la frontera, ante la normalidad de esta parte de Turquía.

Aquella noche, había cenado con una familia siria y jugado con los niños con ropas viejas, rotas y sucias que atraídos por mi moto se acercaban con esa sonrisa inocente que ni siquiera la guerra es capaz de apagar.

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