EN BUSCA DEL FRÍO POLAR

Por Manel González  
Hace dos años volví de una travesía invernal por el círculo Polar Ártico en esquís y Pulka (trineo para largas travesías por el hielo y la nieve donde cargas todo el material que necesitas). Pasado ese tiempo, sentía la necesidad de volver al frío polar, pero esta vez en moto, era una combinación que me atraía cada vez más, hasta que resolví la duda: “¡No hay más que hablar, ya lo he decidido, emprenderé el viaje a Cabo Norte en febrero solo o acompañado!”.

Le conté el proyecto a mi amigo Francis, con el que realicé en 2018 un viaje en moto de Barcelona a Senegal, los dos llevábamos sendas BMW R 1200 GS Adventure del 2017, recorriendo más de 10.000 kilómetros en poco más de tres semanas. También realizamos una ruta en moto por el Himalaya, en busca de los puertos más altos del mundo. Francis siempre está dispuesto a una buena aventura, así que le comenté el proyecto, me miró con una sonrisa de complicidad y me dijo que sí.

La ruta a seguir partiría de Barcelona, para continuar por Francia, Luxemburgo, Alemania, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega y regresar por la misma ruta, unos 10.000 kilómetros en total, de los cuales 4.000 serían por hielo con neumáticos de clavos. La duración del viaje sería de unos 25 días, dependiendo de las condiciones meteorológicas.

Empieza el viaje en plena ola polar

Recopilé información sobre algunas incertezas que me abordaban; por ejemplo, debía pensar en los 4.000 kilómetros por el hielo que nos esperaban. Una de ellas, la más delicada, tal vez, era qué clavos pondría a los neumáticos de tacos para que agarraran sobre el hielo. Tenía varias opciones, pero no lo tenía claro. Otros puntos a considerar no menos importantes eran la preparación de la ropa técnica, el calzado, material de montaña, tienda de acampada, hornillo de gasolina, saco de dormir, aislante, etc. Debido a mi experiencia en alpinismo hibernal, esta parte del equipaje me resultó fácil de gestionar y, además, tuve la fortuna de contar con el asesoramiento de mis amigos de Vertic Sabadell. En cuanto a la R 1200 GS Adventure, confié en otros amigos, los de Control 94, que, además de ponerla a punto, me asesoraron sobre el líquido refrigerante que necesitaba y todo lo referente a las temperaturas extremas que me esperaban.

El día 2 de febrero, con la llegada de una ola de frío a Europa y con muchísima ilusión, salimos disparados para atravesar Francia. Y no tardamos en toparnos con las primeras inclemencias climatológicas, porque en el país galo nos encontramos con un frío brutal, sólo tenéis que ver la fotografía de la moto al amanecer, ¡totalmente blanca! Lo más increíble es que, tras estar toda la noche al raso, le di al pulsador y mi BMW arrancó a la primera. A partir de esa noche le puse siempre la funda.

Seguimos subiendo y atravesamos Alemania con frío y lluvia. A primera hora del día siguiente, tomamos el ferry y paramos en Copenhage para comprar un casco con visera calefactable y un chaleco eléctrico. Pero, finalmente, no lo encontramos y decidimos seguir hacia el norte.

Con las ganas de seguir subiendo, no paramos ni para comer. Cogimos la autopista y al cabo de muchas horas encima de la moto, la lluvia se convirtió en nieve. Mi compañero de fatigas, Francis, iba por delante, “espero que pare”, me dije.

La situación se complicaba y no me gustaba nada el cariz que estaba tomando, cada vez había más nieve en la calzada que, debido al intenso frío, se helaba, por lo que la carretera tenía una fina capa de hielo, “¡Uffff!, noto como pierdo el control de las dos ruedas…”, exclamé.

En la boca del lobo

La situación era peligrosísima, temía irme al suelo en cualquier momento, “lo raro es que no me encuentre a Francis con sus huesos sobre el asfalto”, pensé. Finalmente, nos juntamos de nuevo y por suerte encontramos un área de descanso, entrando en ella como pudimos. “Es imposible seguir, estamos atrapados y con mucho frío”, reconocimos ambos.

En la zona de descanso había un lavabo con sitio suficiente para dormir los dos; disponía de un plegatín para cambiar a los bebes, utilizándolo de cocina. “Llevamos comida, esto es un hotel de cinco estrellas”, comentamos entre risas. Nos lo tomábamos un poco a broma, aunque sabíamos que la situación era seria, porque lo cierto era que estábamos incomunicados por la nieve y al día siguiente tampoco podríamos movernos.

Al otro día, y en vista de que la situación no cambiaba, llamamos finalmente a la asistencia para que viniera a rescatarnos una grúa y que nos llevara a un hotel en la ciudad de Uppsala, como así fue, dándonos la dirección del taller donde, a primera hora, llevaría las motos para realizar el cambio de neumáticos. Antes, durante la espera de la grúa, se produjo un hecho que iba a cambiar el sino del viaje. Francis me dijo que lo dejaba, que no quería pasar más frío, “nos estamos metiendo en la boca del lobo”, sentencia. Le intenté convencer, pero lo tenía claro, no quiso ni tan siquiera cambiar los neumáticos, abandonaba el proyecto, no quería pasar más frío y continuar la ruta empeoraría mucho la situación. 

¡Empieza la aventura en solitario!

Salimos del hotel de Upsala donde pasamos la noche a primera hora y nos fuimos al taller de neumáticos donde estaban las motos. Tenía ganas de poner ruedas con clavos, dejando las gomas de asfalto para la vuelta. Me despedí de mi compañero y en ese momento empezó mi viaje en solitario.

Me quedaban casi 2.000 kilómetros de carreteras heladas hasta llegar a Cabo Norte. Abandoné Uppsala sin tener claro hasta dónde iba a llegar, porque la sensación de los clavos en los neumáticos hacía que condujera la moto sobre el hielo fino con mucha atención. Iba dando pequeños saltos y a la BMW le costaba entrar en las rotondas, “pero ya me iré acostumbrando”, apunté con más moral que el Alcoyano. El termómetro marcaba 21 bajo cero.

Al cabo de una hora, la conducción se hacía insoportable con esas temperaturas gélidas, ya había aguantado temperaturas de -30º, pero conducir estático en la moto y generando un viento de 80 km/h, representaba una sensación térmica de menos 60º. “¡Estoy congelado, tengo que parar!”, y así lo hice.

Cada hora debía refugiarme en las gasolineras y quitarme las capas de ropa para que volvieran a coger temperatura. Mientras tomaba algo caliente, reconocía que hacer más de 300 kilómetros seguidos en esas condiciones, era muy complicado. 

Llegué a Sundsvall a las 16:00 h (ya de noche) con un frío de perros; me metí en el primer hotel que pillé, pues necesitaba calor y reflexionar en cómo controlar el frío.

A la mañana siguiente hice cambios en mi equipación añadiendo un forro y pantalón polar. Llevaba cuatro capas de ropa técnica bajo la chaqueta y los pantalones y dos pasamontañas. Me vestí y salí rápido del hotel para no sudar, “parezco un astronauta”, me dije sonriendo bajo tanta ropa. Una vez junto a mi moto, inicié la rutina diaria, que empezaba por quitar la funda que protegía a mi querida compañera de viaje. A continuación, el momento crítico, la puesta en marcha de la BMW. Pulsé el botón de arranque y a la primera sonó el motor boxer, que me parece música celestial. Lo dejé diez minutos al ralentí para que fuera cogiendo temperatura mientras cargaba las alforjas. 

Hacía un sol radiante y la temperatura era de -15º. Empecé a subir en busca de mi destino y parecía que había mejorado en cuanto a la ropa, pues no tenía tanto frío (era más una sensación que realidad, como comprobaría más adelante), decidiendo no parar tanto. Cuando llevaba unos 220 kilómetros, a unos cinco de la localidad de Umea, y con el frío en los huesos, me di cuenta de que la rueda delantera estaba pinchada, justo cuando necesitaba llegar a algún lugar para entrar calor. Me bajé de la moto y empecé a mover los brazos y piernas para no quedarme congelado. “Esto no hay quién lo aguante, tengo que quitarme las manoplas para coger la llave que cierra la caja de herramientas. Tengo que ir rápido, no puedo exponer mucho tiempo las manos desnudas a la intemperie”. Pero, ¡oh sorpresa!, la cerradura estaba congelada; busqué rápido un mechero para derretir el hielo, pero no aguanté más, “Necesito ponerme las manoplas y calentar las manos, porque ya no las noto”, exclamé. 

Al cabo de unos minutos lo volví a intentar; me quité las manoplas, apliqué la llama del mechero a la cerradura, consiguiendo abrir finalmente la caja de herramientas; cogí un botellín de aire comprimido, que estaba helado, y lo conecté a la válvula, ¿funcionará? ¡Bingo!, logré hinchar la rueda con las manos heladas y salí pitando en busca de un taller antes de que desinflara de nuevo el neumático.

Entré en Umea y ¡sorpresa!, allí había una supertienda de motos con toda la gama de BMW. Se quedaron alucinados al verme entrar. Debo decir que hasta ese momento no había visto a nadie en moto desde que salí de Barcelona. Tampoco la gente de Umea había visto moto alguna en ese frío invierno, por lo que no paraban de hacerme fotos, preguntándome extrañados porque iba en moto, “Yo tampoco lo sé”, acerté a responderles. Cuando les dije que iba a Nordkapp, se llevaron las manos a la cabeza. 

Bueno, a lo que iba, entré en la tienda y llevaron la moto a la sección de taller, invitándome a sentarme en uno de los sofás, trayéndome enseguida café y galletas. Poco después me confirman que el neumático no tiene arreglo, que los clavos habían perforado la carcasa. Esta posibilidad ya me la temía, porque por miedo a que saltasen los clavos, compré unos con la rosca demasiado larga y llegado a este punto pensaba reforzar el interior de las carcasas y poner cámaras; esto, en Marruecos, estaría solucionado en una hora. Pero en Suecia, todo lo que no esté en el manual de instrucciones no se puede hacer, así que me dijeron que era imposible reparar las gomas, que tenía que poner neumáticos y tornillos nuevos, que la broma eran 560 euros y que había que esperar seis días si quería los Continental TKC80 que llevaba. Le dije que no podía esperar tanto, sacándome un juego de Metzeler Karoo3, “estos mismos ya me sirven”, aseveré.

Era jueves y me dijeron que pasara a recoger la moto el sábado a las 10 de la mañana, llevándome acto seguido a un hotel en el centro de la ciudad. Pues nada, pasé el fin de semana en una bonita ciudad sueca. Aluciné con el nivel de vida que tienen allí y lo bien que está todo, incluso las calles centrales tienen calefacción en el suelo para que no se congelen y sea más confortable pasear.

Malditos clavos

Al final no fui el sábado a recoger la BMW, sino el lunes. Fue salir del taller con la moto y darme cuenta de que era imposible de conducir, “se va de delante y de atrás, ¡que miedo!”, pensé. Volví y me dijeron que probara en carretera. No lo veía claro, pero había que intentarlo, pero la cosa no iba bien, en tan sólo cien metros estuve a punto de caerme un par de veces. Volví a la tienda, pero esta vez andando, pues no me atrevía a hacerlo en moto y les conté que aquello no funcionaba, contestándome que los clavos que me habían puesto eran los que tenían, que no podían hacer nada más. Les respondí que en esta situación era imposible seguir hacia Cabo Norte, que esos clavos eran como chinchetas y para ruedas de coche. Estaba desesperado, yo tenía clavos de recambio, pero por error no disponía de la llave especial necesaria para colocarlos. Me pasé el día recorriendo tiendas buscando esa maldita llave que no la tenían en ningún comercio.

Al día siguiente, resignado, me subí a la moto y seguí subiendo, pero iba asustado, la falta de agarre me ponía en una situación muy peligrosa, porque los camiones se me acercaban esperando el momento oportuno para adelantarme y en caso de caída, al estar la carretera helada, no tendrían tiempo de frenar, y la verdad es que no me apetecía acabar como una alfombra persa. “Me olvido de Cabo Norte, de momento, mi objetivo es llegar al lago Inari como sea”, me fijé como objetivo inmediato.

Llevaba tres días conduciendo con mucha tensión, los deslizamientos de la moto sobre el hielo eran constantes, con alguna caída incluida, circunstancia que me estaba minando la moral, “me siento como un soldado que han mandado a la guerra con un fusil sin balas”, lamenté. Estaba pues muy débil de moral, tanto que en esa situación no podía levantar la moto yo solo. En una ocasión, ya de noche, me volví a caer en un lugar solitario y al no poder levantar la BMW tuve que ir a pedir ayuda a la casa más cercana que encontré, mientras la moto estaba tirada sobre el hielo. A ello se sumó la visera del casco que se congelaba, costando mucho arrancar el hielo que se formaba. Por el contrario, el tema ropa había mejorado bastante, me había quitado la maldita chaqueta de moto que tantos problemas me había creado y saqué la artillería, mis prendas de alpinismo. Pero, en ese momento, sólo tenía un pensamiento, ¡llegar a Inari! “Para mí, es el campo base de esta expedición, donde intentaré solucionar los problemas que arrastro y preparar el asalto final a Cabo Norte” y con ese pensamiento, llegué a Rovaniemi.

A la mañana siguiente, salí de Rovaniemi, capital administrativa de Laponia, en dirección a Inari. El paisaje es espectacular, pasándome todo el día circulando por unas rectas heladas, pinos cubiertos de nieve y lagos helados. De repente, aparece una manada de renos corriendo por la carretera en paralelo, “¡estoy alucinando!” Vamos juntos unos quinientos metros para luego volver a entrar en el bosque y desaparecer. Sigo conduciendo… Y por fin llego a Inari.  

Inari está a unos 400 kilómetros de Cabo Norte. Allí me estaba esperando mi amigo Ricardo, de Greenland Adventure, un experimentado guía de zonas polares. Al día siguiente fuimos a ver a los guías de motos de nieve y les dijimos que yo necesitaba un taller, prestándome amablemente el suyo. Me encendieron la calefacción del local y pusieron a mi disposición todo lo que había en él, añadiendo “como si estuvieras en tu casa, coge lo que necesites”. No paraba de mirar ‘la meteo’, y la predicción era tan adversa que era imposible seguir hacia Cabo Norte por los fuertes vientos y la nieve.

En los días siguientes, tocaba relajarme y solucionar problemas. Conseguí meter los tornillos que llevaba a los neumáticos, estaba pletórico, por fin se terminó la tensión y el miedo a las caídas. También me ofrecieron un mono de moto de nieve para combinarlo con mis prendas, quitándome la ropa de moto, pues sólo me había dado problemas, “la culpa ha sido mía por no comprar un chaleco calefactable para generarme calor”, me recriminé. Ahora sí que me encontraba fuerte para seguir, así que decidí disfrutar de mi estancia en Inari y esperar a que la climatología abriera una ventana de buen tiempo para atacar Cabo Norte.

Después de pasar unos días en el lago, llegó el momento. Me quedaban tres etapas, “hoy empiezo la que más respeto me produce, de Inari (Finlandia) a Lakselv (Noruega), pasando por Karasjok”, una zona famosa por sus bajas temperaturas y carretera poco transitada. “Son 190 kilómetros, ¡vamos allá!”, exclamé dándome ánimos.

Rectas increíbles, soledad y crudeza que me atrapa

El hecho de ir solo es delicado, en caso de caída las maletas de aluminio te pueden dejar el pie atrapado y puede ser muy peligroso. Salí de Inari y si todo debía ir como tenía previsto, en cinco días estaría de regreso. Me despedí de Ricardo e inicié la etapa; al cabo de unos kilómetros entré en unas rectas increíbles, la soledad y crudeza del lugar me atrapa, aunque voy en moto, puedo notar el silencio blanco, lo encuentro fascinante. Siempre intentaba no pasar de 80 km/h por dos motivos, uno, por seguridad personal y el otro, por la sensación térmica: a más velocidad, más frío; cuando se congelaba la visera bajaba la velocidad hasta que al final no veía nada y tenía que parar, rascarla para sacar el hielo, no pudiendo subir la visera por el peligro a congelaciones. Los clavos ‘mordían’ perfectamente el hielo sobre el asfalto; paré para entrar en calor un par de veces, tomando café y algún dulce. Llegué a Lakselv, buscando un lugar para dormir y un restaurante para cenar, encontrándome con un camarero canario que me pregunto: “Pero ¿qué haces en este lugar con el frío que hace?”, confesándome que se fue de España para no ver Tele 5.

A la mañana siguiente, me levanté e inicié la rutina diaria: ponerme las capas de ropa, bajar a ver la moto, que como siempre está a la intemperie, quitarle la funda y el momento clave: pulso el interruptor y el motor boxer arranca a la primera. Mientras se calienta el motor voy poniendo las alforjas. Hoy tengo previsto dormir en Honningsvag a 40 kilómetros de Cabo Norte.

Me habían advertido de que tuviera cuidado con las rachas de viento y con el asfalto, que estaría completamente helado, pero la BMW R 1200 GS Adventure es una moto muy estable con viento. El tema del hielo no me preocupaba, mis clavos se clavaban en él a la perfección.

Por cierto, no os he contado que prácticamente no toqué los frenos en todo el viaje, siempre utilicé el freno motor y al reducir la velocidad, sólo tocaba el trasero, el delantero, impensable.

Me puse en marcha, el día era fantástico y estaba disfrutando de los 180 kilómetros que me separaban Lakselv de Honningsvag, pasando por pequeñas poblaciones de postal; la conducción era muy segura.

Fui todo el tiempo conduciendo junto al mar, disfrutando de esos paisajes de ensueño y atravesando túneles que abren y cierran las compuertas al entrar y salir, voy tarareando canciones mientras conduzco, estoy gozando de estos momentos únicos. Y llegué a mi destino, Honningsvag, pequeña población en el municipio de Nordkapp situada en la isla de Mageroya, que está conectada por un túnel, y que, debido a su latitud, está considerada como la ciudad más septentrional del mundo. 

Ya instalado en Honningsvag, me informo por la tarde del tema de la barrera que está a 13 kilómetros de Cabo Norte. Resulta que, para acceder a él, sólo se puede hacer formando parte de un convoy, con un quitanieves delante y otro vehículo que lo cierra. El horario para entrar también es estricto: a las 11:00 o a las 12:00 h y la salida a las 12:00 o a las 13:00 h, y siempre en convoy. Estas medidas de seguridad tan rígidas funcionan sólo en invierno debido a las duras condiciones que se dan en esta zona y si la ‘meteo’ no es buena cierran la barrera, por supuesto.

Día, 19 de febrero. Ataque a Nordkcapp

¡Qué nervios! Todo lo vivido, todo lo soñado, está a punto de cumplirse. Salí del hotel a las diez de la mañana y sólo tenía que recorrer unos pocos kilómetros hasta la barrera. Pero quería llegar con tiempo, el día no era muy bueno, pero el hecho de ir en convoy me daba seguridad y estaba conduciendo con la ilusión controlada, pues tenía que llegar a la bola.

La carretera sube y baja por semirrectas con curvas abiertas, está balizada, pues todo es blanco y fácil de confundirte, la zona es de una belleza difícil de explicar y por fin llego a la famosa barrera donde me encuentro con varios vehículos esperando. 

Se abre la barrera y empezamos a subir, son 13 kilómetros muy especiales, el paisaje es brutal, ¡ya veo la bola! También veo el mar, estoy a pocos kilómetros del final y me emociono. Se me escapa alguna lágrima, pasan muchos pensamientos por mi cabeza, “¡sigue, sigue -le digo a mi BMW-, ya lo tenemos”! 

Y llegué al final de la carretera, ya no había más, me quedo en silencio contemplando el majestuoso mar de Barents, en ese momento me sentía como un niño travieso que se había escapado de casa para ver que hay en el fin del mundo.

El día 19 de febrero de 2019, consigo mi sueño: llegar a Cabo Norte en invierno. Un viaje inolvidable que me acompañará toda mi vida. “Ahora, sólo me quedan 5.000 kilómetros para llegar a casa y darle las gracias a un montón de gente que me ha apoyado en momentos difíciles”. 

Por cierto, llevo unos días pensando en la Transiberiana y la carretera de los Huesos… 

19 Respuestas para “EN BUSCA DEL FRÍO POLAR”

  • Mauro dice:

    Felicidades Manolo…vaya viaje.. muy buena experiencia para toda la vida..

  • Juajo dice:

    Bárbaro, digno de héroes, lo calificaría como IMPRESIONANTE! No solo luchar contra las adversidades del tiempo sino que también a las de la moto, saludos

  • Juajo dice:

    Bárbaro, digno de héroes, lo calificaría como IMPRESIONANTE! No solo luchar contra las adversidades del tiempo sino que también a las de la moto, saludos

  • Haddoch Pere dice:

    Ante todo felicidades Manel por el reto conseguido !!!
    Por la gran mayoría de moteros , hacer la aventura de NORKAPP es casi un sueño.
    Muchos consigue su aventura en los meses de verano
    Pero conseguir este logro en pleno mes de febrero es solo digno de personas realmente especiales
    Creo realmente que la firma BMW tendría que dar un reconocimiento público y oficial del hecho conseguido por Manel González
    Gracias por tu extenso reportaje y repito mis felicitaciones
    Un fuerte abrazo !!!
    Pere

  • José Luis dice:

    Te felicito. Hice el viaje a Cabo Norte en verano con una BMW F800GS Adventure y casi no llego porque en los últimos kilómetros el viento me echaba de la estrecha carretera. En invierno me parece increíble.

  • José Luis dice:

    Te felicito. Hice el viaje a Cabo Norte en verano con una BMW F800GS Adventure y casi no llego porque en los últimos kilómetros el viento me echaba de la estrecha carretera. En invierno me parece increíble.

  • Xavier Galan dice:

    Uau Manolo!!
    Brutal!
    Ets un crack,…qué mix de conocimiento, inconsciencia, experiencia, valor y tenacidad!
    Me alegro por ti.
    Tienes cerveza pagada!

  • Pere dice:

    En primer lugar felicitar a Manel por este gran reto
    Por la gran mayoría de moteros , hacer la aventura de NORKAPP es casi un sueño.
    En general se consigue su aventura en los meses de verano
    Pero conseguir este logro en pleno mes de febrero es solo digno de personas realmente especiales
    Creo realmente que la firma BMW tendría que dar un reconocimiento público y oficial del hecho conseguido por Manel González
    Gracias por tu extenso reportaje y repito mis felicitaciones
    Un fuerte abrazo !!!
    Pere

  • Ricard dice:

    Felicidades Manolo por cumplir nuevamente una nueva aventura. Viajar al cabo norte en las
    Condicioens meteorologia es impresionante y desmuestra el
    Compromiso y las ganas de vivir sensaciones extremas!!!

  • Ricard dice:

    Felicidades

  • jorge dice:

    Felicidades por la fuerza mental que tienes!!!! El momento de la caída, no poder levantar la moto, con frio, ir a buscar la casa para que te ayuden debió ser épico!! Yo lo hice en verano y ya pase frío ( subida por la costa y bajada por tu recorrido). Como dicen allí no hay día malo, si no mal equipamiento!!!
    La Índia, Spity, Manali, Leh, srinagar, con royal endfild también hecho y brutal. La moto da lo mismo, lo importante el viaje y las experiencias!!!
    Felicidades y a disfrutar!!!

  • Pablo dice:

    Genial Historia!! Simplemente increíble, muy grande!
    Un saludo a Ricardo! Hemos de volver a Inari… intentaré aprender a ir en moto?
    Sinó, con Pulka, que no se Nos dió nada mal!!???

  • Felicitaciones!por esa travesía impresionante con miles de obstáculos pero la garra del motero no decayo y fue a la meta,soy uruguaya mi esposo va recorrer ese camino rumbo a NordKapp en junio nosotros hemos realizado tour acá en Sudamérica con situaciones difíciles pero no llegan a las suyas por que hemos ido en verano asi felicitaciones mil!!para un gran guerrero motorista un cordial saludo desde Uruguay??

  • SoldemedianocheJM dice:

    Toda una Azalea. Enhorabuena. Yo con hacerla en abril me sentiría pletórico. Así que en pileta hola polar. Nuevamente enhorabuena!!

    SoldemedianocheJM

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