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MARRUECOS (3)

Por Miquel Silvestre
La primera cena marroquí fue tajín, lo cual es decir bien poco porque el tajín en realidad no es una receta sino el recipiente donde se hacen muy diferentes platos. Es un cono invertido, hecho de barro cocido, que se cierra sobre una base redonda hecha del mismo material. La base es algo cóncava, como un plato sopero, y en ella se colocan los ingredientes, algo de carne y mucha verdura, especias, aceite y sal, se cierra el cono y se pone al fuego. Al cabo de un rato el tajín está hecho y satisface de sobra al viajero cansado y hambriento.

Había pasado la noche en Midelt, a los pies del Atlas y a unos 450 kilómetrosde Melilla. Desperté muy pronto, pero no sentí cansancio alguno, solo la agradable excitación del camino. Cuando me puse en marcha estaba amaneciendo. El sol recién nacido me golpeaba de frente y apenas veía lo que tenía delante. Recé para que los conductores que fueran en sentido contrario me vieran bien a mí. El termómetro de la moto marcaba 0 grados, pero cuando subiéramos al Atlas la temperatura bajaría más. Y así fue. Cuando llegué a un pueblo sobre un altiplano y allí estábamos a menos siete grados.

Afortunadamente, el sol acaba ascendiendo y la carretera descendiendo y así la temperatura sube y el corazón se emborracha del azul intenso del cielo, el ocre de tierra y el verde de las palmeras que en cerrada masa arbórea han aparecido delante de mí. Estoy en el concurrido mirador al oasis del valle del Ziz. Un frondoso palmeral datilero se extiende sin final salpicado aquí y allá de casas de adobe, minaretes y kasbahs. Cruzarlo significa estar en las cercanías de Errachidia, la ciudad puerta del desierto.

Tras Errachidia, aparece Erfoud. El paisaje es ya pedregosa hamada y áspero páramo de polvo y arena. A los pocos kilómetros se divisa una especie de cráter de cono truncado. Hacia él voy sintiéndome James Bond, y es que este raro accidente geográfico fue escenario de una de las películas de la saga, Spectra, protagonizada por el último 007, Daniel Craig, que encontró aquí la base secreta de los supermalvados, que por supuesto destruyó con gran exceso de pirotecnia y efectos especiales.

Yo solo encuentro un par de acacias en su interior. Estoy en la Gara Meduar, también conocida como cárcel portuguesa, aunque nunca fue una cárcel. Tal vez el nombre proceda de que aquí almacenaban a los esclavos negros que traían del sur antes de exportarlos a América y Europa. No era una cárcel, pero de aquí no podían ir a ningún sitio pues el inmenso desierto que nos rodea se encargaría de castigar su fuga.

Me despido de las acacias y me dirijo a Risani, con una bella y alta puerta de arco. Al cruzarla el viajero se siente un poco Lawrence de Arabia. Es como si traspasara el umbral del misterio del Sahara. Aún quedan unos pocos kilómetros hasta mi destino para pasar la noche, pero a lo lejos ya se distingue el blando perfil de las dunas de arenas, es el erg Chebbi, el mar de dunas saharianas más cercanas a Europa. Justo a tiempo para filmar el ocaso de oro. Esta noche dormiré en el campamento de jaimas que el grupo Xaluca tiene entre los montículos de silicio molido.  Y mañana será otro día, y otro cuento de estas mil y una noches.

Anécdota

Al despertar mi primer día en Marruecos me topé con una anomalía temporal. Según mi teléfono, eran las 7 pero según mi reloj, que había atrasado una hora al entrar en Marruecos, sabedor de que nuestro vecino oficialmente roba 60 minutos al horario peninsular, eran las 6. Pregunté a los empleados y unos me dijeron que eran las 6 y otros las 7. Miré el GPS de mi moto, y según él también eran las 6. El misterio de la hora dubitativa me acompañaría hasta casi el final de mi viaje, que fue cuando me enteré de que el Gobierno Marroquí había decidido unilateralmente no cambiar al horario de invierno, causando el caos en los aeropuertos y en los viajeros inadvertidos.

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