MARRUECOS, GENTES, RUIDOS, ESTÍMULOS… (2)

Por Miquel Silvestre
El viajero europeo que cruza el estrecho se ve sorprendido por un cambio radical de escenario en tan poco espacio de tiempo y distancia. Se duerme en Europa y despierta en África y es como si no hubiera terminado de despertar y siguiera viviendo un raro sueño donde los colores, los olores y los sabores son más intensos. Gentes, ruidos, estímulos, algarabía…

El paso de la frontera ya le anticipa el aparente caos del nuevo planeta en el que penetra. Colas interminables, esperas sin sentido, funcionarios que vienen y van, uniformes extraños, civiles sin función definida que se ofrecen a facilitar el trámite. El viajero neófito solo ve desorden, pero es porque todavía no comprende las normas del universo en el que pretende entrar. Todo tiene un por qué, una liturgia, una sutil lógica interna, pero para el solo hay confusión ya que no conoce el idioma ni las jerarquías sociales marroquíes. Teme quedarse para siempre atrapado en tierra de nadie.

Desperté a las 06:00 am en el camarote del barco de Balearia. Me asomé por el ojo de buey, en la noche se veían las luces del puerto de Melilla. Fui a la bodega con el macuto, arranqué la moto y salí rápidamente. Una de las cosas a las que ya me iba acostumbrando es a la comodidad del arranque de la BMW R 1250 GS. No hay que meter la llave, basta con tenerla en el bolsillo, el sistema la reconoce y solo hay que apretar un botón. Esto se revela muy práctico porque hay menos riesgo de perderla. El traje Rally tiene un pequeño bolsillo con cremallera, la metí ahí, cerré y no volví a preocuparme en todo el viaje.

Al bajar del ferry me encontré con Juan y Cayetano. Me habían escrito por Facebook y les había dicho en qué barco llegaba. Ya eran ganas de estar allí pasando frío a las 6 de la mañana. Querían libro y saludarme. También me había escrito Antia, que llevaba poco en la ciudad. Pero como el barco llegó antes de lo previsto, no estaba. Fuimos a desayunar y le mandé un mensaje: a las 8 estaré en la frontera. Cuando llegué a la zona española, se me acercó un policía y me pregunta si soy Silvestre. Me dice que hay una chica preguntando por mí y que les ha pedido que si ven un tío en moto, que le digan que está en la zona internacional. Y allí estaba ella, para comprarme dos libros dedicados. Aluciné con la situación y más aún cuando rodeados de buscavidas y policías marroquíes saqué los libros y se los dediqué.

Cuando estaba en la interminable cola para la aduana llegó un tipo en moto saludando a los gendarmes como Pedro por su casa. Entonces me vio y con reconocible acento gallego, exclamó: “¡Anda, el Silvestre! ¿Qué haces tú aquí?”. Me contó que había leído ‘Un millón de piedras’ y visto cientos de vídeos míos. “Me llamo Dani. Trabajo en el consulado español de Nador desde hace años y paso por esta frontera cada día. Los conozco a todos”, dijo refiriéndose a los aduaneros marroquíes. Hizo un gesto, vino el jefe y casi le ordenó “Mi amigo pasa ya”. Comprobé además el cambio de sistema aduanero marroquí. Antes había que declarar la importación de la moto cada vez, y a la salida asegurarse de que nos tomaban una copia del permiso de importación y sellaban la nuestra. Solo así se evitaba una multa importante al volver a entrar en Marruecos con un vehículo que oficialmente no había salido del país. Ahora se declara una sola vez la entrada, te dan un código QR que hay que escanear a la salida y ya puedes volver a entrar con la moto todas las veces que quieras solo mostrando ese código.

Así que gracias a las gestiones de Dani en diez minutos estaba dentro. Fuimos a desayunar a Nador, antigua ciudad del protectorado hispano, donde delante de un té y una tostada con tomate me contó algo de su aventurera vida como funcionario en sedes diplomáticas españolas de África y nos despedimos con un abrazo y muy contentos de haberle encontrado por esas casualidades en las que yo no creo desde hace años.

Deja tu comentario