MARRUECOS EN LA BMW R 1250 GS

Por Miquel Silvestre
Mi primer gran viaje del 2019 comenzó cuando me enteré de que BMW sacaba la evolución de la GS 1200 y la aumentaba de cilindrada para parir la R 1250 GS. He sido durante años su embajador de marca para el modelo R 1200 GS y debía probar su evolución tecnológica.

Se me ocurrió usar la R 1250 GS para un gran viaje por Marruecos que no fuera el habitual. El Atlas ya lo había hecho, así como el Sahara occidental. Pero no la zona de desierto fronteriza con Argelia. Todo el mundo va a Merzouga a ver las dunas de Erg Chebbi, pero sabía que había otros mares de dunas menos visitados. Rápidamente encontré información sobre erg Chegaga y sobre el lago seco Iriki, una inmensa planicie que un día estuvo cubierta de agua y hoy es terreno llano y duro. Para llegar hasta estos territorios solo había pista de arena y piedras y pensé que podría ser la aventura perfecta para probar la nueva maxitrail de BMW.

Cuando decido cruzar el estrecho siempre contacto con Balearia. La prefiero sobre cualquier otra compañía de ferry. Por un lado, porque su sede está en mi pueblo, Denia, pero sobre todo porque cuando hace unos años organicé la expedición Destino Dakar para TVE, contacté con el departamento de comunicación de otra naviera por si proporcionaban los billetes y la respuesta fue que debido a su política medioambiental no se involucraban en actividades a motor. ¡Como si sus barcos fueran a vela y no a gasoil! O sea, que la naviera sacaba un buen dinero de los cuatreros (amantes del 4×4) y motoristas que viajan a Marruecos, pero considera que su actividad es nociva y repudiable. Me pareció un gesto empresarial sumamente hipócrita y me prometí no volver a gastar un euro en sus barcos, ya que tan sucios le parecían. Balearia, por el contrario, accedió gustosamente a ceder los billetes y yo recomiendo sus servicios siempre que puedo. Como anécdota puedo añadir que cuando embarqué hace pocos días para viajar a Melilla, vi que la portada de su revista la ocupaba Laia Sanz en su moto, así que su apoyo al mundo del motor es claro.

Necesitaba un seguro de viaje, de modo que contacté con IATI, que habían patrocinado parte de la edición de mi libro ‘Manual de Aventura’, y aseguraron la expedición. Y contacté también con el Grupo Xaluca que posee varios hoteles en Marruecos. Lo que me interesaba era alojarme en su campamento de jaimas en las dunas de Merzouga. Contacté también con el fotógrafo y aventurero Juan Antonio Muñoz, propietario de hoteles en Ouarzazate, el oasis de Agdez y Tagounite, y también accedió a alojarme y a mostrarme algunas rutas del Marruecos menos conocido. Otros colaboradores han sido Columbus Outdoor, marca española de material de acampada, que me proporcionó en su día tienda, saco y esterilla, y Ternua, empresa vasca de ropa técnica de montaña, que me cedió un traje térmico y un anorak, necesarios para el intenso frío del enero marroquí.

Se planteaba el tema de llevar o no maletas. Yo he decidido desde hace tiempo no llevar más maletas de aluminio. La razón son mis hijos. Para entendernos, en mi opinión, existen dos tipos de viajes de aventura en moto: viajes largos y viajes difíciles. Un viaje largo es por ejemplo dar la vuelta al mundo o cruzar África, Sudamérica o Asia. Hablo de un mes mínimo y 10.000 kilómetros. Un viaje difícil es hacer un recorrido totalmente off-road por el Atlas, el desierto marroquí, el Cáucaso rumano o las montañas albanesas. Excursiones de siete o diez días donde hacemos 2.000 kilómetros normalmente en motos de enduro. Un viaje largo puede tener etapas difíciles, pero no puede ser siempre difícil porque entonces la mecánica no lo resiste y menos con una gran trail.

Mientras no tuve hijos, yo hacía viajes largos. Viajes de meses donde necesitaba llevar conmigo bastante equipaje. Por mucho que redujera, si quieres dar la vuelta al mundo durante año y medio no te basta con un solo par de vaqueros, tres camisetas y dos llaves allen. En esas largas travesías llevaba maletas de aluminio y bolsas estancas. La moto se ponía en 300 kilos. El objetivo es cubrir la distancia planeada. El mundo ya tiene bastantes malas carreteras como para ir buscándolas tú, así que intentas tomar el camino más fácil porque ya se complicará solo. Cuando cruzas Sudán no quieres averías ni caídas que hagan expirar tu visado y tener un problema legal en una dictadura islámica, de modo que no atraviesas el Sahara sudanés por pistas de arena sino por la única carretera asfaltada que sigue el Nilo. Esa misma ruta principal se convierte en patatal cuando cruzas a Kenia. Cuando topaba con pistas duras con una inmensa GS 1200 cargada con maletas, lo pasaba mal, pero se compensaba porque también tenía más tiempo para salir del atolladero. Si en la pista africana de Moyale me pasaba dos o tres días para hacer 400 kilómetros, pues me los pasaba y encima divirtiéndome.

Pero cuando tienes hijos tus viajes ya no pueden ser tan largos, así que los hago más cortos, pero más difíciles para que sean igual de intensos. Entonces ya no coges siempre las rutas principales, sino que buscas las pistas del Atlas o del desierto. Pero ahí lo que no quieres son kilos de más. Tampoco hacen falta. Cuando te vas una semana o diez días no es necesario llenar maletas de aluminio. Todo cabe en un macuto. Incluido el equipo de acampada. Una tienda de dos kilos, un saco de dormir, una esterilla y un frontal. Unas zapatillas, unos vaqueros, cuatro camisetas, y cuatro mudas de ropa interior. Un traje térmico. Gafas y guantes de repuesto. Un neceser. Una pequeña bolsa de herramientas con las llaves allen, torx y fijas que necesite tu moto. Llave inglesa, cinta americana y bridas. Luego te vistes con tu ropa de moto y te pones sudadera, forro polar y anorak. Y en la bolsa de depósito yo llevo cámaras y en una bolsa que puse en lugar de top case metí el traje de lluvia. No me ha hecho falta nada más. Ni en Tayikistán, ni en Marruecos, ni en Noruega. Y créeme que se agradece cuando te metes en un río de arena saharaui.

Marruecos es un país maravilloso. No es retórica poética, sino descripción aséptica y fría. Es una nación donde suceden hechos maravillosos, en el sentido clásico de extraordinarios y cuasi mágicos, y donde los paisajes son también maravillosos, tanto en su acepción romántica por lo bellos, como científica porque algunos parecen estar fuera del tiempo y el lugar que les correspondería. Con esto quiero decir que un viaje por Marruecos puede abarcar todo el rango posible de contrastes. Se puede planificar un recorrido sencillo, turístico, sin incomodidades e incluso con lujo, y se puede uno complicar la vida hasta lo indecible en un escenario del África más profunda. Bueno, pues yo como iba a hacer un vídeo promocional de la BMW R 1250 GS equipada por Wunderlich, decidí abarcar ambos extremos y vivirlos ambos con intensidad.

Lo primero que tengo que aclarar al lector es que para mí hay tres Marruecos. Uno es del norte, que llega hasta las estribaciones de la cordillera del Atlas. Otro es el Marruecos del Atlas. Y el tercero es el del sur del Atlas. Personalmente prefiero los dos últimos. Hay cosas interesantes en el Marruecos del norte, pero no se pueden comparar con lo que hay en el sur, ni por la gente, ni por los paisajes, ni por el clima, ni por la cultura… ni por las carreteras o la ausencia de ellas.

La cuestión era cómo llegar a Merzouga del modo más rápido. Bien, por eso viajo en maxitrail. Porque para llegar al Erg Chebbi primero hay que hacer mil kilómetros por autovía y carretera nacional. Muchas veces me dicen que con una R 1200 GS no se puede hacer bien off-road. Es cierto, pero con una enduro no se hace bien carretera ni se puede llevar equipaje. Como explico en mi libro ‘Manual de aventura overland’, lo primero que tiene que hacer el viajero es ser honesto consigo mismo y responderse ¿cuánta pista piensas hacer y cuánta carretera? La mayoría de viajes a Marruecos de una semana a diez días que se hacen viajando en tu propia moto (otra cosa es llevar la enduro en un remolque o alquilarla allí) supone que el 70 u 80% del viaje es por asfalto porque lo primero es llegar. Y una vez allí, para ese 30 o 20% de pista, sirve una trail perfectamente porque la mayor parte de la distancia la harás por carretera y lo que quieres es llegar lo antes posible y lo más descansado para pasar la mayor parte del tiempo en las pistas. Para entendernos, sobre una maxi trail cómoda puedes hacer mil kilómetros en dos días para invertir luego tres días en hacer 300 kilómetros de pistas en el Atlas. Si lo hicieras en una moto enduro, los mil kilómetros de carretera serían interminables y acabarías baldado para luego tener menos tiempo y fuerzas para hacer las pistas.

Comparé rutas de ferry y opciones de recorrido y encontré que lo más rápido era embarcar en Málaga o Almería con Balearia para tomar el barco de la noche que atraca en Melilla. La razón es que puedes salir de Madrid a mediodía, hacer 500 kilómetros por autovía para llegar al embarque y zarpar a las 23:00. Duermes en camarote y te despiertas a las 06:00 en Melilla, el desembarco es rápido por estar en España, repostas a menos de un euro el litro de gasolina, cruzas la frontera terrestre antes de las 08:00 cuando casi no hay nadie y ya estás en Marruecos. Desde ahí vas a Nador, sacas dinero marroquí de un cajero (2.000 dirhams son 190 euros), desayunas barato, compras una tarjeta de Maroc Telecom con un paquete de internet, y tomas la llamada ‘Carretera Interminable’, que va hacia el sur con buen asfalto y poco tráfico. Es una jornada de transición en la que haces unos 440 kilómetros hasta Midelt, en las estribaciones del Atlas. Hay varios hoteles para pernoctar y cenar un tajin.

Despiertas pronto y cruzas el Atlas. Hace frío, pero se soporta. Cuando lo hice en pleno mes de enero, estaba a menos 6 o 7 grados según el termómetro de la moto. Pero, según va avanzando el día y dejas atrás la cordillera, la temperatura se pone en unos 12-15 grados y se mantiene así hasta la caída de la tarde, que vuelve a bajar drásticamente. La ruta de Midelt a Erfoud es bastante bonita y está bien asfaltada. De curvas y cañones. Ideal para la R 1250 GS. Cuando te acercas a Errachidia ya has dejado las montañas y entras en la bella zona del palmeral del valle del Ziz, con un mirador espectacular. Es zona de palmeras, kasbahs derruidas y casas de adobe. Muy pintoresco y atractivo el escenario, pero no conviene detenerse mucho para llegar a las dunas a tiempo de ver el ocaso. Pasamos Risani, que tiene una bella puerta de entrada y ya recorremos el último tramo entre palmeras y luego la desolación. Y cuando estás a unos diez kilómetros ya divisas las dunas a lo lejos y sientes una gran alegría.

Este júbilo es un efecto curioso y revela bien el cambio de paradigmas modernos. Antiguamente, cuando los viajeros divisaban dunas de arena, se entristecían porque eso era un obstáculo que significaba avanzar penosamente, sed, viento y muerte. Sin embargo, ahora esas dunas son el nuevo oasis. Cuando el viajero las divisa, siente inmensa alegría porque en esta época de confort excesivo lo que busca es reencontrarse con la incomodidad, aunque sea controlada, con la pureza del desierto, el tacto áspero de la arena y el color oro del ocaso. Las dunas de Erg Chebbi son hoy un nuevo oasis que alegra a los viajeros y también lo son para los habitantes tradicionales de la zona que han encontrado en el turismo el modo de mantener a sus familias.

El viajero europeo que cruza el estrecho se ve sorprendido por un cambio tan radical de escenario en tan poco espacio de tiempo y distancia. Se duerme en Europa y despierta en África y es como si no hubiera terminado de despertar y siguiera viviendo un raro sueño donde los colores, los olores y los sabores son más intensos. Gentes, ruidos, estímulos, algarabía… El paso de la frontera ya le anticipa el aparente caos del nuevo planeta en el que penetra. Colas interminables, esperas sin sentido, funcionarios que vienen y van, uniformes extraños, civiles sin función definida que se ofrecen a facilitar el trámite. El viajero neófito solo ve desorden, pero es porque todavía no comprende las normas del universo en el que pretende entrar. Todo tiene un por qué, una liturgia, una sutil lógica interna, pero para él solo hay confusión ya que no conoce el idioma ni las jerarquías sociales marroquíes. Teme quedarse para siempre atrapado en tierra de nadie. Tranquilo, al final pasará, pero el tiempo que invierta dependerá de su habilidad, de la hora a la que haya llegado y, cómo no, de la voluntad de Dios, de Alá, o para los ateos de la más cojonuda e inesperada suerte.

Que fue la que yo tuve. Desperté a las 06:00 am en el camarote del barco de Balearia. Había dormido bien después de cenar y no me costó levantarme porque ya tenía metido en el cuerpo el nerviosismo de los viajes. En cuanto me pongo en marcha, mi cuerpo y mente se ponen en estado de alerta y necesito dormir apenas cinco horas para estar operativo. Me asomé por el ojo de buey, en la noche se veían las luces del puerto de Melilla. Habíamos atracado sin enterarnos. Fui a la bodega con el macuto, arranqué la moto y salí rápidamente. No hubo largas e inexplicables esperas como otras veces al intentar desembarcar en un puerto marroquí. Una de las cosas a las que ya me iba acostumbrando es a la comodidad del arranque de la BMW R 1250 GS. No hay que meter la llave, basta con tenerla en el bolsillo, el sistema la reconoce y solo hay que apretar un botón. Esto se revela muy práctico porque hay menos riesgo de perderla. El traje rally tiene un pequeño bolsillo con cremallera, la metí ahí, cerré y no volví a preocuparme en todo el viaje.

Al bajar del ferry a una hora intempestiva para un día de fiesta, pues era Reyes, me encontré con Juan y Cayetano. Me habían escrito por Facebook y les había dicho en qué barco llegaba. Ya eran ganas de estar allí pasando frío a las seis de la mañana. Querían el libro y saludarme. También me había escrito Antia, que llevaba poco en la ciudad. La había conocido unos cinco años antes cuando me crucé con una moto por Galicia y era ella y su novio Martín. Quería dos libros. Pero como el barco llegó antes de lo previsto no estaba. Fuimos a desayunar y le mandé un mensaje: a las ocho estaré en la frontera. Cuando llego encontré el típico follón. En la zona española se me acerca un policía y me pregunta si soy Silvestre. Sí, contesto, y me dice que hay una chica preguntando por mí y que les ha pedido que si ven un tío en moto, que le digan que está en la zona internacional. Y allí estaba ella, para comprarme dos libros dedicados. Aluciné con la situación y más aún cuando rodeados de buscavidas y policías marroquíes saqué los libros y se los dediqué. Se fue toda contenta.

No acabó ahí la cosa, porque cuando estaba haciendo la interminable cola para la aduana llegó un tipo en una Bandit saludando a los gendarmes como Pedro por su casa. Entonces me vio y con reconocible acento gallego, exclamó: “¡Anda, el Silvestre! ¿Qué haces tú aquí?”. Me contó que había leído ‘Un millón de piedras’ y visto cientos de vídeos míos, pero que no usaba Facebook y no se había enterado de que venía. “Me llamo Dani. Yo trabajo en el consulado español de Nador desde hace años y paso por esta frontera cada día. Los conozco a todos”, dijo refiriéndose a los aduaneros marroquíes. Hizo un gesto, vino el jefe y casi le ordenó “Mi amigo pasa ya”. Y en diez minutos estábamos dentro. Fuimos a desayunar a Nador, antigua ciudad del protectorado hispano, donde delante de un té y una tostada “catalana” (así llaman al pan tostado con tomate que tantos españoles pedimos), nos contó algo de su aventurera vida como funcionario en sedes diplomáticas españolas de África y nos despedimos con un abrazo y muy contentos de haberle encontrado por esas casualidades en las que yo no creo desde hace años.

Descendiendo hacia el sur pasamos por Monte Arruit, donde tuvo lugar el desastre de las tropas españolas en la guerra del Rif, allí mataron a 3.000 soldados desarmados a sangre fría. No me detuve porque esa historia, con visita al antiguo cuartel y aguada ya lo hice cuando rodé la temporada ‘Destino Dakar’ de ‘Diario de un Nómada’. Sin embargo, el paso no fue fácil porque era día de mercado y el centro estaba colapsado de puestos, gentes y vehículos. Era complicado avanzar, pero ese es el universo en el que me gusta moverme: caótico, abigarrado, impredecible, bizarro e intenso. Como tenía prisa me limité a grabarlo con la cámara subjetiva del casco. Ya tendría tiempo de filmar en otros mercados más adelante.

Unos cuantos kilómetros más al sur tomamos la N-15, conocida como “La Interminable”. Dicen que estuvo en mal estado y que era tan estrecha que no pasaban dos vehículos al mismo tiempo, pero actualmente es una carretera bien asfaltada, con poco tráfico y que penetra recta en dirección sur. El paisaje cambia rápidamente del verde del norte marroquí a los ocres y pardos del preludio del desierto. Todavía no es el Sahara, pero estamos cerca de la frontera argelina y el horizonte es reseco y desolado. La verdad es que a mí me gusta bastante hacer esta “Interminable” con vistas a poblados de pastores, ancianos con borricos, cabras y poca gente. No es un recorrido muy ameno porque son 400 kilómetros prácticamente iguales a sí mismos y ya llevas otros 600 de autopista desde Madrid a Almería, pero permite avanzar rápido sobre una maxitrail como la R 1250 GS y en apenas 24 horas te plantas desde la granadina Sierra Nevada hasta Midelt, en las estribaciones septentrionales del Atlas. Porque cuando el día anterior estaba pasando por la provincia de Granada fue a la misma hora del atardecer que el día siguiente entraba por la puerta del hotel Kasbah. Este impresionante salto de mil kilómetros y dos cordilleras en un día completo es lo que permite una moto tan cómoda y potente como la R 1250 GS. Y a partir de ese momento, empezaba lo verdaderamente divertido con una semana completa para disfrutarlo.

Continuará.

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