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LA RUTA DEL AGUA, MADRID – TURKANA, UN VIAJE AL CORAZÓN DE ÁFRICA Y DE UNO MISMO

Por Alfonso Gordon
Si hace algo más de un año alguien me dice que iba a viajar en moto desde Madrid a Turkana en solitario, atravesando Egipto, Sudán y Etiopía hasta llegar a Kenia, le habría mandado un poco más lejos que a paseo sin dudarlo. Pero, como decía Lord Byron, “El amor te conducirá por senderos donde ni los lobos hambrientos se atreverían a entrar”.

En este caso no ha sido el amor de una mujer, sino el amor que hace dos años me despertó aquella región olvidada por el hombre, pero tocada por la mano de Dios que es Turkana. Sólo alguien que haya estado en un entorno parecido puede saber de qué hablo, pero la realidad es que allí, debajo de un árbol, en el verano de 2016, entendí de la mano de las misioneras el verdadero significado de la palabra “Amor”, y después de eso simplemente no puedes negarte cuando el lugar te llama de nuevo.

Y la llamada se produjo un año después en forma de necesidad para abrir un pozo de agua en el poblado de Atapar, así que sin pensar mucho dónde me estaba metiendo, decidimos organizar la Ruta del Agua para financiar ese pozo de agua que tanto necesitaban y que les cambiaría la vida.

Y para allá que me fui. Desestimadas todas las rutas terrestres para llegar a Egipto (Libia y Siria estaban en guerra, y el mercante me tardaba cinco semanas en llevar la moto a Egipto), subí a Akipi, mi ya querida BMW R 1200 GS Adventure en un avión y juntos nos plantamos en El Cairo el 4 de octubre para comenzar este viaje increíble. Lo que nadie me avisó es que al día siguiente de llegar habían tres días festivos con motivo de la fiesta nacional egipcia, que junto a la ya consabida lentitud y complejidad de las aduanas y autoridad de tráfico de Egipto, así como los dos días que tardé en obtener el visado de Sudán, hicieron que tuviera que esperar diez largas jornadas para poder empezar a circular con la moto. No vino mal, ya que aproveché para conocer El Cairo y su Museo, el Zoco, las mezquitas, las iglesias Coptas y su gente. Y en esos días también pude ir a visitar Alejandría, cuna de una de las historias de amor que más influyeron en la historia de la humanidad (me refiero a Cleopatra y Julio César). Y donde se encontraban dos de las maravillas del mundo antiguo: El Faro de Alejandría y su Gran Biblioteca. No queda nada de ellos, pero en su lugar se levantan la nueva Gran Biblioteca de Alejandría que es una obra increíble de la arquitectura moderna y la ciudadela de Qaitbay levantada en parte con los restos del faro derruido por varios terremotos.

Y por fin, y ya con el visado sudanés en la mano, el 14 de octubre pude salir con la moto de El Cairo rumbo a este viaje alucinante hacia el interior de África y, como digo en el títular, hacia el interior de uno mismo. Han sido 57 días intensos, llenos de experiencias personales, de gente maravillosa que conoces por el camino y de lugares increíbles que sólo ves en las películas. Es imposible de contar todo, pero al menos intentaré poner un poquito de cada cosa.

Si empezamos por los lugares, hay que hacerlo por Egipto y sus monumentos. La lista es innumerable, pero si tengo que elegir, me quedo con Luxor y Abu Simbel. La puesta de sol en Luxor, navegando en el Nilo en una Falúa y viendo los templos en la orilla, o el amanecer volando en un globo sobre el Valle de los Reyes y la tumba de Hatshepsut, son dos escenas que te trasportan a otras épocas y quedarán grabadas en mi alma para siempre. De Sudán, me quedo con sus pirámides (tiene más que Egipto), en concreto con las de Meroe y con la montaña sagrada de Jebel Barkal. Aunque lo que más sobrecoge es su desierto, posiblemente el entorno más implacable y cruel que haya conocido en la vida, pero a la vez uno de los más hermosos paisajes que puedas visitar. Es increíble como normalmente los parajes más peligrosos y salvajes son a la vez los más hermosos y delicados. Y es increíble también como, en medio de ese desierto implacable, el Nilo se abre paso creando toda una franja verde que se ve desde el aire y sobre la que desde hace miles de años se articula la vida en estos dos países.

En cuanto a Etiopía, no puedes hablar de ella sin hablar de sus carreteras repletas de gente y de sus paisajes. El Valle del Riff, las Montañas Simien y sus Babuinos Gelada, sus lagos, el nacimiento del Nilo Azul, El Valle del Omo y sus tribus, sus iglesias, todo se convierte en una sucesión de escenas increíbles, inolvidables, y a veces extraterrestres, que te hacen recordar que eres algo muy pequeño en este mundo, y que no tenemos derecho a destrozarlo como lo estamos haciendo.

De Kenia y de mi querida Turkana no puedo hablar mucho sin emocionarme. Su mayor riqueza turística está en sus parques nacionales, pero para mi Turkana siempre será ese sitio en el mundo donde uno descubre lo afortunado que es, donde uno descubre que con amor se pueden conseguir grandes cosas si de verdad se quiere, y que uno es siempre más feliz cuando da que cuando recibe.

Pero lo más impresionante de un viaje de estos ni siquiera son los paisajes o monumentos tan alucinantes que ves. Para mí, la mayor riqueza de un viaje en solitario por esta parte del mundo es la gente que conoces y las experiencias que tienes. Ya sean otros viajeros, como locales que el destino cruza en tu camino, llenan tu alma de aprendizajes que te hacen recordar que tu forma de ver el mundo es solamente una entre un millón, y desde luego no necesariamente es la buena. Te hacen recordar que tú eres el que está de visita, que llevan viviendo así miles de años y que por lo tanto eres tú el que está de visita, que tienes que ser humilde, respetar sus costumbres y creencias e intentar aprender de todo ello. Y de eso sí que me he llevado una mochila llena y tan grande que ocuparía un libro…

Desde Fasham y su pequeña tienda en el zoco de Khan el Kalili en El Cairo, heredada hacía 20 años de su padre, donde entré preguntando por un elefantito y me quedé una hora y media charlando y tomando un té al que, por supuesto, no pude invitar mientras nos contábamos nuestras vidas, me ayudaba a encontrar todo lo que buscaba y me mostraba los mejores sitios para pasear por El Cairo.

Mi agente de aduanas que me enseñó Alejandría, me ayudó a entender la cultura árabe y el papel de la mujer en ella y me hizo dos regalos que luego fueron fundamentales en el resto del viaje: fumar Shisha (Ellos dicen beber) y unos dátiles buenísimos que me vinieron de cine durante todo el viaje, sobre todo en las paradas y en un par de noches que se convirtieron en mi cena.

Unos diplomáticos franceses, que cuando estaba en la terraza del hotel en Abu Simbel, medio aterrorizado porque al día siguiente iba a entrar en Sudán, y soñando con beberme una botella de vino que era imposible de encontrar por allí, se pusieron a cenar al lado mío y al ver mi cara mirando la botella me invitaron a tomar un Borgoña excepcional en la orilla del Lago Nasser.

Los habitantes de Abri, en Sudán, donde paré un día a dormir, y que al ver la que iba a ser mi cama, salí a dar un paseo por el pueblo para ver si se me pasaba el susto. Abri es un pueblito super humilde, y cuando llevaba un rato paseando entre sus casitas de adobe y haciendo unas fotos increíbles de su gente, me metí en el único lugar donde vi que tenían Shisha y café. Y ahí estaba sentado y disfrutando de ambas cosas rodeado de sudaneses que me miraban sin hablar conmigo (luego descubrí que por respeto) y pensando en las escenas tan increíbles que te regalaba la vida cuando llegó el único mendigo del pueblo y se puso a pedirme dinero. Por contar la versión corta, cuando llevaba un par de minutos insistiendo, dos de ellos se levantaron, lo sacaron de allí a empellones y gritando, y cuando se fue uno de ellos se dio la vuelta y me dijo: “Le pedimos perdón, los sudaneses no somos así. Este hombre es un inmigrante que no ha entendido la hospitalidad”. Y, claro, alucinas. Al final aquello acabó invitándoles a café a todos ellos y teniendo una conversación increíble con la ayuda del único que parloteaba inglés sobre la vida del pueblo y sus costumbres.

O contemplar en Karthoum los bailes de los musulmanes sufíes que se celebran en el cementerio de Ombdurman todos los viernes al atardecer, una de las ceremonias más impactantes y con más energía que he visto en mi vida, y terminar hablando con uno de los imanes sobre el origen de la ceremonia y que te regale un poco del incienso que usan mientras te dice: “Eres un hombre de Dios”.

Atropellar una vaca en Etiopia un día en que literalmente se me estaba cayendo una nube encima e iba a 30 km/h y ver con estupor que la que cae es la vaca y no tú con tu GS Adventure, a la que a partir de ese momento le juras amor eterno y miras al cielo dando gracias y sin todavía explicarte como es que ha sido la vaca la que se ha ido al suelo y tú sólo tienes un par de plásticos del “pico de pato” rotos. Bueno, eso y la cara del vaquero viendo como su vaca se iba andando tranquilamente y sin nada roto, y por tanto no iba a poder exigirle al Mousungu (yo) que se la pagara a un precio astronómico, que es la costumbre del lugar.

Mavi y Beatriz, dos españolas que conocí en el museo de Tinja y con las que la visita de las Tribus del Omo se convirtió en una vivencia existencial para los tres y de la que salimos con una amistad preciosa que todavía perdura. Los voluntarios que conocí con el Padre Ángel Valdivia de Todonyang, con Bea a la cabeza, con los que al final acabamos bailando una noche con los locales y que se convirtió en otro recuerdo imborrable de mi memoria.

Encontrarte en Omorate con otro motero, Luis Heras, y un grupo de amigos que iban haciendo Enduro hacia la misión de Todonyang para colaborar con ellos en otros proyectos, y tomarte un jamón ibérico en un bar en la otra parte del mundo para celebrar la amistad, la fraternidad del mundo de la moto y el haber llegado hasta allí. Por cierto, gracias Topo Pañeda por aquello y por toda la ayuda que luego me diste en Nairobi para repatriar la moto.

Y mil vivencias más: Calcular mal las distancias entre gasolineras y estar a punto de quedarte sin gasolina en medio del desierto a 48ºC. Aprender a comer con las manos durante tu paso por Sudán y Etiopía porque simplemente no hay otra forma de hacerlo. Comer varias veces algo que todavía sigo sin saber que era, sólo porque era lo único que veía cocinado y no había manera de entenderme con ellos en inglés, ya que en general los sudaneses hablan árabe y los etíopes hablan ámárico, que es todavía más difícil de entender que el anterior. Levantarte lleno de picaduras de chinches porque prefieres eso que montar un camping en el exterior de la ciudad cuando no lo ves del todo seguro. Caer agotado el día de tu entrada en Turkana porque la moto se ha atascado tres veces y el esfuerzo te ha ocasionado una bajada de glucosa que simplemente te tumba en el suelo y no te permite ni moverte.

Y por último, casi dos meses después de la salida, plantarte en Turkana delante de la tribu de Atapar para anunciarles que el dinero de su pozo ya estaba y que empezarían a perforar la semana siguiente. Fue un instante que difícilmente podré describir. Las caras de aquella gente, intentando entender porqué un blanquito se había recorrido medio mundo en una ‘piqui piqui’ (moto) para llevarles el dinero, sólo porque se lo había pedido su misionera, y gritando en voz alta en idioma turkano ‘Akipi’ (agua), “Esta vez es cierto”, y como el viejo de la tribu daba las gracias a nuestro Dios por haberles traído a la misionera y a todos los que ayudaron a construir ese pozo, hacen que te emociones y que sin poder evitarlo te salga un lagrimón que dejas resbalar por la mejilla porque te das cuenta que sí se puede, que los sueños se pueden cumplir, y que si de verdad quieres, estas cosas pueden hacerse y no tenemos derecho a no intentarlo.

Si intento extraer las lecciones aprendidas en este viaje, os contaré que hay varias: la primera ha sido ratificarme en algo que ya sabía, que el mundo es increíble, grande y precioso. Y que cuanto más te separas de tu propia cultura y más aprendes de otras culturas remotas, más completa es la perspectiva que tienes sobre la vida en general y más te ubicas a ti mismo.

La segunda, es que difícilmente cambiaré de marca. Pensaréis que BMW me paga algo por esto, pero lo cierto es que no es así. Es increíble como Akipi, mi fiel y a partir de ahora inseparable R 1200 GS Adventure del 2015, ha aguantado todo lo que le ha caído en este viaje. Desde caídas, atascos en arena, funcionar con gasolina de 80 octanos o con otra del mercado negro llena de agua arrancando al día siguiente cuando yo pensaba que de ahí no me movía, pasando por la embestida de un tractor suelto dentro de un camión que habría partido a cualquier otra moto por la mitad y que a Akipi sólo le dobló una maleta y las defensas. Será todo lo pesada que quieras, pero esta moto y este motor son indestructibles y con una autonomía que te salva de más de una en estos lugares remotos.

La tercera, es que el mundo motero es terriblemente solidario. Casi el 30% de los donativos para al pozo vienen de este colectivo. O bien directamente o bien pidiendo ayuda a sus amigos y familiares, este colectivo ha dado el do de pecho y ha sido uno de los grandes artífices para hacer realidad este sueño. Como muestra, cuando salí de Madrid solo tenía unos 10.000 euros de donativos conseguidos de los 15.000 euros que hacían falta para el pozo. Pues bien, gracias a lo que iba subiendo durante el viaje en Facebook, y al compromiso personal de algunos amigos moteros durante el viaje que estuvieron continuamente compartiendo y moviendo el viaje, puedo decir que cuando llegué a Turkana habíamos conseguido los 15.000 euros necesarios para el pozo. Sin palabras…

La última es que cualquiera lo puede hacer. Yo soy una persona tan normal como cualquiera de los que leen este artículo. De verdad que no tengo nada especial, sólo que la vida me llevó a Turkana, y cuando ves lo necesario que es, simplemente intentas ayudar de la manera que sabes y en este caso era viajando en moto. Si lo he hecho yo, lo puede hacer cualquiera, de verdad. Así que todos aquellos que estéis pensando que un viaje así es un sueño, que es sólo para gente especial, tengo que deciros que no es así. No puedo deciros que no tengáis miedo (yo lo tuve), pero el miedo es sólo un sistema de protección personal ante lo desconocido. Que en realidad no hay por qué tenerlo, porque no te va a pasar nada tan grave que una persona normal no pueda solucionar y que las vivencias que recibes a cambio compensan mil veces los pequeños esfuerzos que suponen. Es sólo cuestión de ser abierto de miras, de saber adaptarte y de querer aprender. Es verdad que hay que tener tiempo y dinero para hacerlo, pero si de verdad lo quieres, ambas cosas se pueden conseguir.

Así que no os lo penséis mucho, que si lo hacéis no salís. Simplemente tomar la decisión de hacerlo y una vez tomada, ir solucionando las cosas una por una. Recuerdo cuando José Mª Alegre me hizo la última entrevista antes de salir, cuando le decía“ Creo que nunca he estado tan impresionado por un viaje y eso que a mis 56 años he visitado ya 30 países. Y lo estoy por lo que representa, por lo que me espera y por lo que dejo atrás. Sé que este periplo me cambiará la vida, que cuando vuelva ésta no será igual ni yo tampoco seré el mismo”. Ahora que he vuelto sólo puedo decir que fue tal cual. Yo soy diferente, la vida cambió para siempre y ya estoy pensando en cual va a ser mi siguiente gran viaje con mi querida Akipi…

Mientras tanto, gracias a todos los que me leísteis, sobre todo gracias a todos los que colaborasteis con el pozo o con el viaje, gracias a BMW Motorrad España y a Movilnorte por el mimo que le dieron a la moto y por la difusión que me dieron con el proyecto y gracias a mi querido equipo de tierra: Chino, José Luis y Marisa, que día a día y hora a hora estuvieron pendientes del Spot y del ‘whatsapp’ para ver donde andaba y qué necesitaba. Entre todos nosotros, entre todos, 170 personas de forma directa y 700 de forma indirecta han cambiado su vida para siempre, y eso no tiene precio.

6 Respuestas para “LA RUTA DEL AGUA, MADRID – TURKANA, UN VIAJE AL CORAZÓN DE ÁFRICA Y DE UNO MISMO”

  • Enrique Muñoz dice:

    Magnifico y emocionante viaje , felicidades y gracias por compartirlo

  • Pedro dice:

    Grande Alfonso.
    Tu experiencia nos hace estar orgullosos de poder compartir la gran pasión que nos une.

  • Pepe Narváez dice:

    alfonso, eres único… Maravilloso viaje y maravilloso motivo. Me alegro de que todo saliera bien. Nos seguiremos viendo por la carretera a lomos de nuestras “boxer”. Un abrazo

  • Suki dice:

    Un gran reportaje! He disfrutado siguiendo la aventura, grande Alfonso Gordon!

  • Maribel y Raquel ATANCE dice:

    Querido amigo, sólo darte las gracias por conseguirlo y disfrutarlo y hacernos partícipes de tan bellas emociones.
    Esperamos encontrarte pronto por Madrid y poder competir fotos y anécdotas de esta espectacular aventura.

  • Diana Riveros Mora dice:

    Te he dicho que eres un hombre increíble, que buena obra de vida y me alegra de todo corazón que la hayas disfrutado, bueno y los cafés que se te atravesaron también. Un abrazo.

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