LA VIDA ES LA MAYOR AVENTURA DE TODAS

Por Agustín Ostos
Cuando la selva ruge dentro y fuera de tu pecho… es que la has vivido y pasa a formar parte de tus huesos.
Hay quien dice que viajar es una nueva forma de ver las cosas. Yo, en ocasiones, miro para atrás para ver si mi GoPro está funcionando correctamente porque a veces se pone juguetona y me engaña. Y luego, coloco de nuevo los ojos en la ruta y entro en ese espacio sagrado que me brinda el psico-casco para dejarme deslizar –a veces lento, a veces rápido– por este tobogán de mil colores que elegí para mi vida.

La aventura controlada no es aventura. Para mí la vida en sí misma es la mayor aventura de todas; por eso, elegí vivir cada día sin saber a ciencia cierta dónde voy a dormir, qué voy a comer, a quién voy a conocer ni qué va a ser de mí. Y eh, os aseguro que engancha.

Engancha, pero todo está en calma porque todo sigue el trazo que ya se dibujó: tan imperfecto, tan divinamente humano. A lo mejor por eso paré el motor y me orillé para sentarme a observar los decorados, las paredes de este bello mundo en el que vivimos. Quizás lo hice para respirar fuerte, para sentir tranquilo, mientras me preguntaba, sin ansia y con poca prisa, si era verdad que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, como decía Manrique.

Y es que quizás cuando los caminos se cruzan, cuando el calor de los corazones vibra a través de la palma que nos sujeta en el acelerador; quizás cuando el aliento se reseca por la emoción de avanzar hacia lo desconocido oyendo el estruendoso júbilo del espíritu cada vez que nos conectamos a la tierra y nos elevamos hacia el cielo… tal vez ahí veamos de qué se trata la vida.

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