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APRENDIZAJES DEL CAMINO

Por Agustín Ostos
Hace un año que aterricé en Chile y comencé a hacer realidad mi sueño de dar la vuelta al mundo en moto narrando el viaje y entrevistando tribus. Hace un año que lo dejé todo en España y aposté por un estilo de vida con menos comodidades, muchas inseguridades, pero repleto de emociones y aventuras. ¿Que si me ha cambiado? Mucho.

¿Que si tengo miedo? Pues claro. ¿Que si pienso en dejarlo? Ni de coña. 40.000 kilómetros por asfalto, tierra, barro y agua con calor, frío, cansancio, hambre, miles de alegrías y algunas soledades. Por cada vez que caí, una que me levanté; por cada vez que ayuda brindé, muchas más que recibí; por cada vez que el límite rocé, un poquito más que me descubrí. Amigos, ¡cientos de amigos! Y más paisajes aún clavados en retina, innumerables experiencias tatuadas en la piel; muchas horas en el casco preguntándome en qué consiste el misterio de la vida… dejando que el viaje me recorra, sintiéndome crecer.

“Vivir mezclando el placer con el deber, encontrando en el deber el mayor placer posible”. A los 21 años me tatué esas palabras en el hipocampo de mi lóbulo frontal para no olvidar, bajo ningún concepto, cómo quería vivir mi vida. Nunca imaginé que el destino me brindaría las herramientas necesarias para ponerlo en práctica tan temprano y, ahora que lo estoy haciendo, todo lo que puedo decir es que encuentro tanto placer en este “deber” mío que no podría hacer ninguna otra cosa que no fuera esto. Trabajo mucho para que vídeos, fotos y relatos salgan bien, con calidad, semanalmente y tengan algo de mensaje que cale en quien se deje. A día de hoy, paso la mitad del tiempo viajando/grabando y la otra mitad editando/escribiendo/manejando RRSS. Según cálculos imprecisos (siempre detesté las matemáticas) trabajo bastante más que cuando vivía en Madrid… pero con una gran diferencia: lo hago porque quiero, porque me encanta y porque siento que puede llegar a generar un cambio. Y ese, sin duda, es el mejor de los motores.

En el camino he aprendido que si un problema tiene solución… entonces quizás no lo sea tanto. Recuerdo como, antes del viaje, cuando vivía en Madrid, intentaba tener siempre todo controlado, todo en orden, todo perfecto y en su sitio hasta tal punto que, si había algo que fallaba, martilleaba mi cabeza y no me soltaba el aliento. Al comenzar mi gran viaje, me fui directo de Santiago de Chile a Ushuaia. La poca experiencia, el exceso de equipaje, el viento y Supernova fueron la fórmula perfecta para que surgieran problemas todos los días. Y cuando escribo todos los días, quiero decir todos los días. Por eso, no me quedaron más cojones que aprender a lidiar con los problemas desde otra perspectiva: más relajada, más despreocupada, entendiendo mejor que lo que sucedía era inherente a la vida misma, y que yo acababa de comenzar a vivirla intensamente. Creo que el camino me está enseñando a cómo enfocar los problemas de otra manera, a entender que a mi cuerpo le pasan cosas porque lo estoy usando, que a la moto le pasan cosas porque la estoy cargando y que al espíritu le pasan cosas porque lo estoy llenando. No sería buena señal si todo permaneciera estancado e inmutable. Por eso, pido al Gran Misterio que teje mi sendero que sigan sucediendo cosas… ¡¡Que sigan!!

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