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PUNTO SIN RETORNO CON LA BMW R 1250 GS HP

Por Eduard López Arcos
Ya hace un mes que inicié el viaje a Marruecos con la BMW R 1250 GS HP. El cuentakilómetros de la moto marca 6.000 kilómetros, en los que ya ha habido de todo.

La BMW R 1250 GS HP, desde ahora “La Máquina”, está demostrando fiabilidad, rendimiento, dureza y eficacia en los diferentes terrenos por los que está rodando.

Las siglas GS han sido siempre sinónimo de compromiso y equilibrio. Con una GS podemos conquistar el asfalto, divirtiéndonos por carreteras reviradas de montaña y recorriendo muchos kilómetros cargando nuestro equipaje de manera confortable. ¿Cómo puede una moto que va tan bien en carretera ser divertida, segura, rápida y capaz fuera de ella? Pues bien, la GS de más alta cilindrada de la gama se ha vuelto a superar. La nueva R 1250 GS HP no es solamente una bonita, sofisticada y renovada maxi-trail. Esta nueva versión es la culminación de años de experiencia de la marca y, más que nunca, esta nueva GS ofrece un sinfín de excitantes sensaciones.

En el siguiente relato cuento una experiencia vital, resultado de una aventura a lomos de la nueva R 1250 GS HP. Fue entonces cuando me quedó claro de lo que es capaz esta fantástica máquina.

La pista de Bouafer

Hace dos días salía para llevar a cabo una excursión en moto que tenía muchas ganas de hacer. Cada vez que visito a mis amigos de la Kasbah Meteorites Alnif, Mustapha Ben Ouoch me recomienda una ruta con vistas al Jbel Saghro. Se trata de un total de unos 120 kilómetros de pista y unos 80 de carretera, haciendo un bucle desde Alnif. Una ruta perfecta para una maxi-trail como la BMW R 1250 GS HP. Suena bien, ¿eh? Sí… siempre y cuando no entiendas las cosas al revés y, a los 25 kilómetros, en vez de coger el desvío a la derecha, continúes recto.

La BMW R 1250 GS HP es “La Máquina”

La nueva GS es tan capaz que al principio hasta me resultaba divertido pasar por las piedras. La moto pasa, siempre pasa. Pero claro, no pensaba que la cosa se alargaría durante unos 20 kilómetros, y eso, como comprenderás, cansa. ¡Y mucho! Los 250 kilos exigen mucha técnica y resistencia. Resistí, sí, y casi llego al límite. El cuerpo, con tanto esfuerzo, pide mucha agua. Los tres litros que llevaba en mi bolsa, suficientes para la ruta que pretendía hacer, se iban consumiendo rápidamente. Empezaba a caer el sol y las condiciones del “trazado” no mejoraban. No me quedaba otra que apagar el motor de la R 1250 GS HP, “La Máquina”, y asumir que dormiría entre grandes piedras.

Tengo una “media” rayita de cobertura en el teléfono, que aparece y desaparece. Intento hablar con Mustapha. Sé que debe estar preocupado. Por fin logro comunicar con él, aunque tengo que intentarlo de nuevo varias veces para poder explicarle dónde estoy. Gracias a las coordenadas que me chiva el BMW Navigator V, Mustapha puede ver mi posición. Definitivamente me había equivocado de pista. Yo y la moto estábamos bien, así que le digo que no se preocupe y que mañana continuaré.

Durmiendo al raso sin equipo de acampada

Sudado, sin equipo de acampada, ni abrigo extra, me tocaba dormir al raso. Fue una noche interesante. Cuando el frío entraba en mi cuerpo me levantaba y caminaba iluminado por mi linterna y millones de estrellas. Aprovechaba para reconocer el terreno, subiendo y bajando la montaña, y examinar las alternativas. Caminaba a paso lento, para no quemar más energía de la necesaria, y tragando un par de gotas de la escasa agua que me quedaba, y así apaciguar la sensación de sed. Luego volvía a estirarme sobre la fría tierra, boca arriba, pidiendo un deseo a cada estrella fugaz que pasaba.

Ahora, ya puedo contar tres de los deseos que pedí, pues ya se han cumplido y no corro el riesgo de que se esfumen. El primero era el de encontrar agua, que se cumplió al final de la odisea (¡ja ja ja!). El segundo, que se terminaran las piedras. Bueno, éste no se cumplió, pero me conformé con que fueran 20 kilómetros de piedras y no 20,5 kilómetros. Y el tercero, que no reventara la rueda trasera, castigada sin tregua por las afiladas piedras. Al cabo de un rato el frío volvía a por mí y repetía la operación. A 1.900 metros de altura, el fresco ya se empieza a notar.

Desayunando piedras

Está amaneciendo. ¡Qué espectáculo de colores! Me pongo en pie y analizo mi alrededor. Decido no bajar hasta el río. Las piedras son muy gordas y no quiero arriesgarme a destrozar los neumáticos. Eso querría decir que la moto se quedaría allí, en el río, y que si volvieran las lluvias fuertes, pues… ya nos podemos imaginar lo que podría pasar. La única manera que se me ocurre de rescatar a una moto gorda de ese inhóspito lugar es en helicóptero. No creo que a BMW Motorrad España le hiciera mucha gracia, después de la confianza que tienen en mí y dejarme probar la R 1250 GS HP, presentada hace escasas semanas.

Así pues, recurro a otra alternativa y le doy la vuelta a “La Máquina” encarándola hacia arriba. Para desayunar: ¡piedras! Llego a la pista y sigo hasta una parte cortada. Hay que escalar unos dos metros de tierra y piedra, con mucho desnivel, con cuidado de no caer hacia abajo. ¡Glups! No me lo pienso más y doy gas a la HP. De un brinco llegamos arriba. ¡Estamos a salvo! Continúo con más piedras con la esperanza de que vayan desapareciendo. Ese es uno de mis deseos, pero, ¿cuándo se cumplirá?

Sin agua, pero los bereberes me ayudan

De mi bolsa de hidratación sale una esmirriada gota de agua. La última. Por aquí no veo ni cabras. Según el BMW Navigator no debería quedar mucho para llegar a la pista buena, pero estoy cansado. No he dormido, tengo sed y el hambre se me ha pasado, síntoma de que estoy muy deshidratado. ¡Pero, por fin, al salir de una curva visualizo la pista! ¡Bien! “Solamente” tengo que tragarme el pedregal de bajada. Mis fuerzas escasean y el subidón me da energías para superar las dificultades del terreno. Me encuentro a un pastor y sus cabras. Chapurreando algo de francés me dice que ese camino no es bueno, que ya nadie pasa por ahí. Le pido agua o leche y me indica dónde está su casa. Le doy las gracias como puedo. ¡Me cuesta hasta hablar!

Más piedras hasta llegar a la casa del pastor. Me espera su familia con una sonrisa que delataba sus pensamientos: “¡Pero dónde vas, chaval!”. Les sigo hasta una habitación donde tienen preparado el té. Lo bebo como si fuese solo agua. Una de las chicas me trae un vaso gigante de agua fresca. Supongo que es agua de pozo, por lo que no me hará daño, aunque en ese momento poco me importaba eso. Le pido otro vaso. La madre me trae pan, aceite, miel y un vaso, también enorme, de leche fresca de cabra. Como poco, pero parece que el agua y la leche me han bastado por el momento. Espero que en un rato se me abra el apetito.

El reposo del guerrero. La HP como si nada

Les pido una manta y me acuesto en uno de los colchones. Un chico me da una almohada. Un ejército de moscas va hacia la mesita, atacando a todo lo que hay encima. Me cubro con la manta hasta la cabeza e intento dormir.

Al despertar, lleno mi bolsa de agua para el camino y me despido de mis salvadores dándoles las gracias y algo de dinero que llevaba a mano. Me ayudaron de corazón y no por dinero, pero no sabía cómo compensarles. Después de hablar con mi amigo Mustapha, de la Kasbah Meteorites (muy recomendable, en Alnif, con muy buena comida), decidí que lo mejor sería volver por la pista buena a Alnif, y allí descansar. ¡Unos 50 kilómetros de pista sin ‘pedrolos’ me estaban esperando! Aunque al principio estaba algo aturdido, al cabo de unos kilómetros empecé a sentirme mejor y a disfrutar cada vez más de la pista y el paisaje.

Acuérdate de mí y de la BMW R 1250 GS HP si te hablan de la pista de Bouafer. ¡Ja ja ja!

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