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LA BMW R 1200 GS, LOS FAROS Y LAS ISLAS CANARIAS

Por Willy Sloe Gin
Tengo por costumbre y espero no perderla, escribir en papel. Y si es con pluma, mejor que mejor. No parece fácil hacerlo en Canarias. Llenas las islas de mil comercios que venden cualquier cosa menos un cochino cuaderno. Pero como a todo lo que me arrimo, es mía la culpa. Valiente escritor estoy hecho sin poder emborronar algunos folios, por su falta. Nueva ausencia de previsión. Una más de las que de hace poco rato me acompañan.

Así que escribo sin red. En el ordenador. Y escribo intentando contar lo que desde hace un mes vengo sintiendo por estas tierras.

Probablemente sea la primera vez que se queda la carretera mirando otros horizontes. Son los innumerables barcos que he agarrado, y los que me quedan, los que me tienen absolutamente embrujado. Me da lo mismo que venga la mar en calma, revoltosa, rebelde… Me acerca tanto horizonte al principio de todo. A la inmensidad, al paradigma de la belleza. A mi tierra marinera de Cádiz.

Pero en la bodega de tanto barco está Ella, la BMW R 120 GS. Esperándome, bailando tanto antojo salado. Quieta, deseando que suelten las cinchas que la sujetan, para descubrir entre los dos tantísimo misterio que anda lejos, tan cerca de todo.

Lo he dicho mil veces. La R 1200 GS es la moto perfecta. Sólo le gana en versatilidad la apostura que desparrama. La extraño en cubierta como sé que hace lo mismo Ella en garajes oscuros.

Y juntos llevamos ya cinco islas. Las de Occidente. Mañana será otra historia, que nos vamos para Levante. Acercándonos a este final tan lejano todavía.

Llegamos a Tenerife luego de una travesía compleja. De allá a la Palma, a la Gomera, para volver a Tenerife y así poder arribar a El Hierro. Y ahora andamos por Gran Canaria. Nos quedan Fuerteventura y Lanzarote.

Me pidieron el otro día que definiera con una palabra lo que venimos sintiendo acá tan lejos. Algo de cada isla. No sé, pero desde entonces venimos mi moto y yo pensándolo.

La Palma. Indiana, bellísima llena de embrujo criollo.

La Gomera. Salvaje, bellísima también. Aterradora por sus precipicios. Acogedora a base de silbidos. Mezcla de azules y ocres. Mares y volcanes.

El Hierro. El Misterio, la tranquilidad hecha isla. Jamás olvidaremos recorrer aquellas carreteras que antes de cada curva te muestran un desierto y agarrada cualquiera te transporta a Asturias, pongo por caso…

Tenerife. Todo. Basta encaminarse al Faro de Anaga, allá por el Norte y descubrir que teníamos miedos olvidados. Cosmopolita y sencilla a un tiempo.

Gran Canaria. No puede entenderse sin uno de los lugares más bellos que he visto en tanto kilómetro. Agaete y su Puerto de las Nieves. Sobrecogen sus amaneceres. Pueblo marinero como he visto pocos.

Y ahora, luego, mañana, no sé, saldré, saldremos hacia Occidente. A Fuerteventura a Lanzarote. Y allá me toparé con más magia. Difícil resulta asimilar tanta luz.

De vuelta, amarraremos en la realidad. Pensando en más kilómetros, más mares.

Aunque cada vez que partamos nos dejemos media vida en el intento. Sé muy bien de que hablo…

Jamás podré agradecer tanto a los que han hecho posible que esté en este momento escribiendo “al borde de un acantilado”.

Gracias de corazón a BMW Ibérica, a Fred Olsen, a Movilnorte BMW Motorrad, a Trimotos, a BMW Riders, a Turismo de La Palma, de La Gomera, de El Hierro, de Gran Canaria, de Fuerteventura, de Lanzarote.

Y bañados mi GS y yo en alguna lágrima que otra, acordarme también de los que me esperan en casa. Seguramente para aburrirles con mis historias… Para más que nadie mi admiración, mi cariño, mi respeto. Todo esto ha sido posible por ti, Amigo. Gracias Tachi. Sé, me has mostrado que, a base de guachinches y noches, tengo aquí mi Casa.

Gran Canaria. Noviembre de 2018.

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